La ansiedad de Rainer Fassbinder (1945/1982)

El 10 de junio de 1982 moría Rainer Werner Fassbinder, a los 37 años, dejando atrás una frondosa, inquietante obra como director, productor, escritor, editor y actor de cine, teatro y TV. Mucho se ha escrito –y seguramente se seguirá escribiendo– sobre sus películas, sus personajes de ficción, la intensidad con la que vivió y trabajó. Para recordarlo de alguna manera, rescatamos una entrevista que le realizó la revista Fotogramas en abril de 1980, cuando dejaba atrás la experiencia de haber realizado la ambiciosa serie televisiva Berlín Alexanderplatz (1979) y se disponía a estrenar Lili Marleen (1980), previo a los que terminarían siendo sus últimos largometrajes: Lola (1981), La ansiedad de Verónika Voss (1981) y Querelle (1982).
– Nos habían dicho que sería difícil entrevistarle, que generalmente no se presta a entrevistas.
– Y así es. Además, no le estoy concediendo una entrevista, simplemente estamos charlando.
– ¿Qué tal si hablamos del número de películas que ha hecho, unas 40, cantidad considerable sobre todo teniendo en cuenta que solo tiene 35 años?
– Pronto tendré 36… Puede que haya hecho muchas más de 40.
– ¿De qué parte de Alemania es usted?
– Creci en Munich. Mi padre era de la parte del Rhin y mi madre del este de Prusia, de Danzig. Tuvo suerte de estar estudiando en Munich cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, por lo que permaneció en Munich, ya que no podía volver a Danzig. Luego conoció a mi padre. Se casaron en Munich siendo aún estudiantes.
– ¿Cómo son sus relaciones con ellos?
– Mis padres han estado divorciados desde 1951. Las relaciones con mi madre son bastante buenas, somos buenos amigos. A veces le doy algún papel en mis películas. A mi padre no le he visto en mucho tiempo. Quizás haga diez años que no lo veo.
– ¿A quién de los dos no le interesa esta relación?
– Él a mi no me interesa lo suficiente como para hacer el esfuerzo de reencontrarlo y llegarlo a conocer.
– ¿Cuándo empezó a hacer cine? A veces se tiene la impresión de que nació haciéndolo.
– Más o menos. Mis primeros cortos los rodé en 1965/66, cuando aún estaba en la escuela de Arte Dramático en Munich.
– ¿Originalmente quería ser actor o director?
– No era mi intención ser director, pero quería tener algún aprendizaje.
– ¿Era un actor con talento o cree que todo el mundo puede ser actor?
– Creo que todo el mundo puede ser o puede convertirse en actor. Se trata de una mezcla de fantasía y la capacidad de expresar esta fantasía de una forma concreta, y yo creo que todo el mundo posee este talento. Uno puede aprenderlo, de la misma forma en que aprendemos latín o aritmética en la escuela. Yo pude haber sido actor. En realidad me habría gustado serlo.
– Pero usted suele aparecer como actor en muchas de sus películas, ¿no es cierto?
– Sí, sí. Me gusta, sobre todo cuando conozco bien a los demás actores y somos amigos.
– ¿Es más fácil el trabajo de actor en cine que en el teatro?
– Yo no diría tal cosa. La técnica cuenta en el teatro: la voz, la respiración… pero eso es algo que se aprende.
– Cuando elige a los actores para sus películas, ¿cuál es su criterio? ¿Los elige por la personalidad, porque dan el tipo o por el talento?
– Es difícil generalizar. Depende de muchos factores. Me gusta trabajar con actores de teatro si tienen ese algo que hace de sus trabajos algo más que mera técnica. La mayoría de los actores no van más allá de la técnica que han aprendido, una vez que la han aprendido. Se apegan a ella y repiten lo mismo una y otra vez, aunque naturalmente hay excepciones. También me gusta trabajar a veces con lo que suele llamarse estrellas de cine, quienes a lo mejor no son capaces de subir a un escenario pero sí son capaces de proyectar lo que yo llamo fantasía concentrada.
– Algunos le conocen en Alemania como Fassbinder, el enemigo de todos, quizá porque en sus filmes no deja títere con cabeza, ni personas ni instituciones.
– No todo mi cine conlleva ese mensaje de que soy enemigo de todo y de todos. Lo que intento expresar en mi cine es que ciertas instituciones de la sociedad en que vivimos son inhumanas y esto a muchos no les gusta.
– ¿Cree que esto ha sido siempre una constante o que vivimos en una época un tanto especial en este sentido?
– Vivimos en una época en la que esto resulta aún más obvio. Por ejemplo, yo creo que el matrimonio es una de estas instituciones. Aunque yo, por el momento, no tengo nada mejor que ofrecer en su lugar, sin embargo sé que esta institución está destruyendo a mucha gente… esta confianza institucionalizada de una persona en otra…
– A muchos, su película Effi Briest (1974) les pareció muy diferente del resto de su filmografía, un film muy feminista.
– Para aquellos que no se preocuparon por mirar detenidamente mis películas anteriores puede que lo fuera, pero yo creo que todas ellas tienen básicamente el mismo tema. Eso es lo que había dicho antes y después de Effi Briest. Quizás aquella película tenía un tono más triste, pero no era nada nuevo.
– Usted habla del matrimonio y la familia ¿Quizá porque conoce el caso de sus padres?
– En el caso de mis padres habría que culpar sobre todo a las circunstancias. Tuvieron un hijo en 1945, justo después de finalizar la guerra, y fue muy difícil criarme. Eran tiempos difíciles. Mucha gente moría. Para empeorar la situación, nuestros parientes del Este necesitaban ayuda y vivíamos todos en una especie de gran comuna familiar, algo que normalmente podría ser muy bueno pero en aquel caso fue terrible, nada hermoso. Después de que todos nuestros familiares hubieran lentamente rehecho sus vidas y ya no vivían con nosotros, la relación entre mis padres quedó destruida. Así es como lo veo yo al menos. Si a uno de repente le dejan a solas con otra persona, no siempre resulta fácil. Quizá ambos fueron educados para vivir en una gran familia. Este es el caso de la nueva generación. Aspiramos a entrar en grandes comunas familiares en las cuales uno elige a sus familiares y amigos… sólo que al final descubrimos que ésta tampoco es la solución.
– ¿Lo ha probado?
– Sí, una y otra vez. Probé vivir en comunas con quizá siete u ocho personas, o tres o cuatro, pero siempre terminó de forma desastrosa. Después de todo soy incapaz de vivir en pareja, con solo otra persona. También eso lo he probado.
– ¿En su vida de comuna hay tan sólo hombres?
– Sí, todos somos hombres. Es más difícil cuando hay mujeres. Yo estuve casado una vez y no funcionó.
– Pasando a otro tema. ¿Por qué cree que la serie Holocausto produjo tal impacto en Alemania? Parecía como si los alemanes estuvieran esperando esta información que les llegaba de América…
– Puede que no esperásemos exactamente, pero por favor, piense… Se supone que Alemania es una democracia que sin embargo se las arregló para que durante 30 años se suprima lo que sucedió durante el Tercer Reich, hasta tal punto que los alemanes tuvieron que reaccionar con sorpresa, absolutamente atónitos, al saber que aquello que mostraba Holocausto era su herencia histórica. No entremos en si la serie era buena o mala. Sólo podemos preguntarnos qué clase de democracia es esta que deja que los alemanes borren su pasado, que puede pedirles a aquellos que lo vieron todo no contarle nada a sus hijos. En mi opinión, eso no es democracia sino la continuación de una sociedad autoritaria que se ha envuelto en una capa democrática. La gente pensaba que no podría ser verdad que sus padres o abuelos tuvieran nada que ver con aquello. Puedo entender, en parte, que la gente hasta cierto punto quiera ignorarlo, olvidarlo, pero borrarlo de la historia es terrible y antidemocrático.
– ¿Cuál fue personalmente su actitud? ¿Conocía todos estos hechos?
– Sí, por supuesto. He visto los documentos, conozco la historia de Alemania. Es algo que me interesa. Pero en la escuela no se nos enseñaba nada. Es increíble la cantidad de gente que hay de mi edad que simplemente porque no se les enseñaba en la escuela -1945 ni se menciona- no sabían nada. Lo más sorprendente para mí es que nadie tuviera la curiosidad de preguntar qué pasó, que haya tan pocos de mi generación que ya lo supieran antes, que no se sintieran tan terriblemente sorprendidos cuando llegó Holocausto y lo mostró.
– Hubiera sido mejor sacarlo todo a la luz.
– Por supuesto. Todo está relacionado con un sentimiento de culpa. Si no, ¿por qué obrar como si nada hubiera ocurrido? No fue sólo un accidente histórico sino que se había ido cociendo en la historia de la burguesía alemana desde 1848 hasta que de pronto hizo explosión. Creo que en Alemania una mayoría está dispuesta a confesar que esta burguesía alemana no fue la culpable, que de no ser por Hitler nada habría ocurrido, pero yo siempre me hago la pregunta de cómo fue que esta burguesía estaba tan del lado de Hitler… algo ha debido de ir muy mal. Es una cuestión fascinante pero también trágica, el hecho de que 30 años después todos pretendan no haber tenido nada que ver con todo aquello. Yo hice un par de películas sobre las relaciones entre alemanes y judíos en Frankfurt. Los alemanes tenían los mismos prejuicios de antes. Los judíos también tenían los suyos porque habían ido desarrollando ciertas actitudes. Entonces me llamaron antisemita. Yo utilicé todos estos razonamientos para defenderme de estas acusaciones, pero una y otra vez fui acusado de antisemita.
– ¿Le preocupa o interesa la crítica que hacen de su cine?
– Generalmente, no. Hay algunos críticos que sí me interesan, con los que estoy en contacto y aprendo mucho de ellos. Pero no me siento insultado ni animado por lo que digan de mi trabajo.
– ¿Qué nos dice de Lili Marleen, su última película?
– Es el personaje de la canción, pero la historia auténtica del personaje que la inspiró, Lale Andersen y su carrera.
– Parece existir un gran descontento en su país, y sin embargo, Alemania es uno de los países más fuertes económicamente hablando.
– Obviamente esto indica que las cosas no van tan bien como parece. Económicamente nos va bien en nuestra sociedad capitalista, ¿pero por qué entonces hay tanta gente joven terriblemente sola, tan desprovista de amor que tienen que recurrir a la droga? Esto indica que la sociedad capitalista ofrece desde luego un buen nivel de vida, pero poca cosa más. Esta sociedad no nos enseña cómo emplear nuestro tiempo de una forma más inteligente, cómo disfrutar más de la vida, cómo desarrollar unas mayores ansias de vivir. Esto significa que la sociedad está fallando.
– ¿Cree que es el deber de la sociedad el proveernos de esto? ¿No cree que debemos hacer un esfuerzo personal?
– La sociedad no tiene que proporcionarnos esto, sino la oportunidad de que aprendamos a quererlo. En este momento, lo primero que nos enseña la sociedad es a consumir.
– A los Estados Unidos se les acusa de haber creado la sociedad de consumo y ahora Europa parece haber tomado el relevo.
– Sí, no sé por qué. No soy un sociólogo pero creo que la obligación de la sociedad no es tan sólo la de alimentar a sus miembros, materialmente hablando, sino la de crear también algunos cimientos espirituales para que el individuo descubra el significado de la vida… por qué y para qué vivimos.
– ¿Y el amor?
– El amor es algo que necesita el ser humano. Es importante para todos, no importa qué forma asuma el amor. Pero por desgracia es algo que puede convertirse fácilmente en una explotación.
– ¿Votó en las últimas elecciones de Alemania?
– No, estoy contra las instituciones, del tipo que sean.
– ¿Pero qué va a hacer? No existen alternativas.
– Es cierto, pero incluso cuando no hay alternativas esto no quiere decir que tenga que defender las estructuras existentes, porque uno no pueda cambiarlas, porque uno no pueda de la noche a la mañana implantar una sociedad anárquica, que es mi ideal político, sobre todo ahora que el Oeste está confundiendo anarquía con terrorismo. Son cosas que no tienen nada en común. Una sociedad anarquista es una sociedad libre de opresiones.
– ¿Una sociedad sin reglas?
– Sí, bueno, no del todo… hay reglas pero son, cómo podría decirlo… son reglas naturales. Una sociedad sin violencia, sin jerarquías.
– ¿Tendría unas fuerzas del orden?
– ¿Para qué? ¿Por qué?
– Suponga que asesinan a alguien…
– No van a asesinar a nadie. ¿Por qué iba nadie, en una sociedad así, a desarrollar la agresión y querer matar a alguien? Todos podrían tenerlo todo. La humanidad aprendería a no desear obtener todos los bienes materiales de la sociedad de consumo y considerarlos esenciales. La humanidad aprendería a desear a Bach.

Fuente: revista digital Ocho y Medio, de Quito (Ecuador), marzo de 2008. 

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