Los próximos pasados

Hubo tiempos en los que el cine argentino formaba parte de la vida cotidiana de los ciudadanos de este país. En los lugares de trabajo se hablaba de la película nacional que se había visto el fin de semana en cine o la noche anterior por TV. Revistas de interés general de gran circulación –que se hojeaban y leían en hogares y salas de espera– destinaban parte de sus páginas a polémicas, proyectos y premios vinculados a nuestro cine. En ciudades grandes y chicas, los rostros o los nombres de conocidos actores y actrices nacionales se aparecían a la vuelta de la esquina, en afiches expuestos en las puertas de las salas o de concurridos videoclubes.
Desde hace unos quince años, de la mano de las innovaciones tecnológicas y el sostenido crecimiento de determinadas formas de expresión (como el ensayo documental), las películas argentinas son más y resulta menos costoso hacerlas; sin embargo, salvo aisladas excepciones, fueron convirtiéndose en atracción para pocos interesados.
Es cierto que tomaron impulso los festivales (empezando por el de Mar del Plata y el BAFICI, y siguiendo por otros más chicos, repartidos a lo largo y ancho del país), donde la exhibición de films realizados en nuestro país convoca a los cinéfilos. Al mismo tiempo, la crítica en medios gráficos o programas radiales y los debates en cine clubes fueron trasladándose (con consecuencias positivas o no tanto) a las redes sociales, los podcast y Letterboxd. Algunos síntomas resultan esperanzadores, como el hecho reciente de que tres publicaciones materializadas por jóvenes (La vida útil, Taipei, La tierra quema) hayan llevado adelante una encuesta entre especialistas para indagar en sus películas argentinas preferidas. Pero estas señales satisfactorias se cruzan –sobre todo en esta etapa de post-pandemia– con una sensación de desazón, de desorientación, de crisis.
Si décadas atrás cualquier persona de a pie podía relacionar al cine argentino con figuras como Tita Merello, Hugo del Carril o Graciela Borges, o con títulos como Juan Moreira, La Patagonia rebelde o Camila (incluso aunque nunca hubiera visto esas películas), habría que ver en qué o en quiénes piensa la gente hoy cuando se le menciona el tema. Por aquí y por allá se habla de series (o sea de streaming o televisión), y quienes nos interesamos por lo nuevo que tiene para ofrecer nuestro cine andamos medio a los saltos, atentos a dónde, cómo y cuándo verlo. En estos días, una película dirigida y protagonizada por Adrián Suar logró reunir decenas de miles de espectadores, pero ese éxito no tiene mucho que ver con el cine sino con la popularidad televisiva del empresario y actor.
Tal vez, como decíamos aquí, en la actualidad lo más valioso se encuentre en algunas películas modestas en términos de producción (independientes sería la palabra, si no fuera que significa poco a esta altura), pero no parece suficiente. ¿Se escribirán libros en el futuro sobre las producciones argentinas pensadas para Netflix? ¿Cuánto puede ser el riesgo o la sorpresa que conlleven las biopics televisivas que seguirán a las ya conocidas o planificadas en torno a Maradona, Monzón, Sandro, Fito Páez, Jorge Lanata y otros? ¿Por qué dirigentes políticos, oficialistas y opositores, que hablan con aparente convicción de Soberanía o de República (así, con mayúsculas), o de las distorsiones con las que abordan la historia de nuestro país determinados diarios o columnistas de TV, se desinteresan por la creación de una cinemateca nacional, como la tienen todos los países de la región? ¿Por qué no se revisa y mejora el funcionamiento de los Espacios INCAA? ¿Cuánto aparecen en los medios de comunicación los reclamos de las asociaciones y colectivos que aglutinan a directores y productores?
Las preguntas pueden ser también otras, así como son muchas las necesidades de los trabajadores y trabajadoras del medio audiovisual, mirados con desconfianza por cierto periodismo y con indiferencia por alguna gente, aunque forman parte de nuestra sociedad tanto como los taxistas, los empresarios, los médicos o los maestros.
Una simple anécdota puede ayudar a pensar. Para acompañar estas inquietudes me propuse editar un sencillo video de homenaje al cine argentino (no hay uno solo de este tipo más o menos digno en youtube): por un lado, el resultado del módico trabajo creo que devuelve a la memoria, sin demasiado esfuerzo, la riqueza de nuestro cine a lo largo de su historia; por otro, me demostró la precariedad del material (insuficiente, maltratado, desperdigado) al que puede accederse en la web.
Esperando ser mejor protegido y apreciado, el cine argentino perdura, con su pasado con períodos activos y creativos, su presente con claroscuros y un futuro de incertidumbre.

Por Fernando G. Varea

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