Cuatro años, algunas películas

No hace mucho, el cineasta y ensayista Nicolás Prividera se preguntaba por qué el cine argentino le huye tanto a documentar el presente. Es cierto que las expresiones audiovisuales más encendidas sobre desigualdades y vericuetos políticos suelen aparecer en los márgenes y que, tal vez, esa zona de mordacidad y de crítica la hayan ido ocupando, en los últimos años, memes y videos de los que se agitan en la web (el cine no se salva de la escasez de análisis reflexivos imperante en los medios de comunicación), pero el reclamo es procedente y se me ocurre cruzarlo (no oponerlo) con lo que escribía el crítico y teórico Ángel Faretta en algún momento de los ‘80, al juzgar las películas que había visto en el transcurso del año: “No sabemos si tocaron ‘los grandes problemas de nuestra época’ (porque para el artista el problema es el tiempo y no la época), si denunciaron las grandes calamidades que nos afligen (la denuncia es cosa de delatores; la visión serena, la del creador) o si indagaron en las grandes ‘crisis contemporáneas’ (para un autor su única crisis es el film que está rodando)”, aclarando después que las cualidades que dan valor a una película son la belleza, la iluminación súbita, la impugnación de nuestros lugares comunes mentales y morales, y, en definitiva, la posibilidad de ofrecer “placer, sabiduría y felicidad”.
¿Hasta qué punto lo que expresan estos razonamientos se vio reflejado en el cine argentino de los últimos cuatro años? Teniendo en cuenta los largometrajes que tuvieron alguna forma de estreno comercial y dejando momentáneamente de lado –no porque no importen– los problemas de distinto tipo que asociaciones de trabajadores del medio audiovisual se ocuparon insistentemente de señalar durante este tiempo, va a continuación una somera revisión, destacándose ciertos títulos, fulgores, momentos, particularidades.

  • Un mes antes de asumir Macri como presidente, la voz inquietante de Eva Perón y el rencor que llevó a la manipulación de sus restos parecían agitar las aguas a favor de los discursos y posicionamientos de Cristina Fernández en la despareja y fantasmal Eva no duerme (Pablo Agüero). Semanas antes de cerrar su mandato, el recuerdo de la crisis del 2001 y el miedo a volver a sufrir imprevistas disposiciones que arrasen con los ahorros se impusieron en la cordial, superficial y ligeramente graciosa La odisea de los giles (Sebastián Borensztein sobre historia de Eduardo Sacheri), donde asoman gestos representativos del período (sustracción de nombres propios de nuestra historia política, atribución de la crisis a chivos expiatorios, expresiones inocuas de voluntarismo). El film de Sacheri-Borensztein se agrega, además, a la larga lista de películas nacionales de las últimas décadas en las que representantes de la clase media encuentran la solución a sus problemas no en alguna forma de compromiso social o político, sino en el robo a alguien más poderoso que los ha estafado previamente.
  • Una clara señal de época: la cantidad de películas vinculadas, de distintas maneras, a los progresos en favor de los derechos de las mujeres y los movimientos LGTB. Por sobre los tanteos, más o menos provechosos, de Albertina Carri, Edgardo Castro, Santiago Loza, Santiago Giralt, José Campusano, Marco Berger, Milagros Mumenthaler y otros, perduran en la memoria la voz de Agustina Comedi comentando en off imágenes descubiertas o redescubiertas de su padre en El silencio es un cuerpo que cae, más la vitalidad de los protagonistas de Alanis (Anahí Berneri) y Nadie nos mira (Julia Solomonoff).
  • Visiones analíticas sobre problemas actuales o recientes hubo, efectivamente, pocas, y de la mano de cineastas duchos en esas lides, como Carlos Echeverría (Chubut, libertad y tierra) y Pino Solanas (Viaje a los pueblos fumigados). En torno a incidentes trágicos de los últimos períodos democráticos con responsabilidades del Estado, o sobre sombras del actual gobierno, apenas un puñado de films cercanos al ensayo periodístico (incluyendo El camino de Santiago, de Tristán Bauer), afrontando la repetida dificultad de no poder abarcar otro público que el proveniente de sectores interesados o politizados. También merecía ser más vista y discutida Esto no es un golpe (Sergio Wolf), que fue tras las huellas de la rebelión carapintada de 1987 aunando voces, recuerdos y algunos comentarios en off debatibles, reivindicando de algún modo la figura de Raúl Alfonsín (ponderado precisamente por varios funcionarios de la coalición gobernante, aunque no puede saberse cómo hubiera tomado esos cumplidos el aludido). Se suman los trabajos de debutantes de padres respetados (Toda esta sangre en el monte, de Martín Céspedes; Que sea ley, de Juan Solanas) y dos inquietas reflexiones sobre la mecánica capitalista (Pequeño diccionario ilustrado de la electricidad, Triple crimen).
  • La oscuridad de la última dictadura fue bastante eludida, con aisladas excepciones (Sinfonía para Ana, El padre, El imposible olvido, Fragmentos rebelados, El hermano de Miguel, Murales: el principio de las cosas), más el curioso concepto lúdico y dramático con el que Lola Arias reunió testimonios en torno a la guerra de Malvinas en Teatro de guerra. En el recuerdo persisten la atmósfera pesadillesca, los colores espesos y la sensación de miedo de La larga noche de Francisco Sanctis (Márquez/Testa) y la más discutida Rojo (Benjamín Naishtat), propicios relatos de ficción sobre nuestros años ’70. El film anterior de Naishtat, El movimiento, más sugerente e impreciso, reflexionaba sobre caudillismo y mesianismo durante el siglo XIX. “La historia argentina es apasionante y el cine una gran herramienta para dar cuenta de la misma, de los problemas estructurales que dan forma a este presente tremendo que tenemos”, nos decía su director aquí.
  • Piazzolla: los años del tiburón (Daniel Rosenfeld) y Método Livingston (Sofía Mora) ofrecieron la experiencia de adentrarse en la riqueza de dos vidas intensas, la última con referencias bienvenidas en estos tiempos (como una discusión televisiva en torno a políticas neoliberales que se repiten). Evidentemente, la tarea de reconstruir historias de vida fue llevada adelante con mayor madurez en documentales como esos (o los más pequeños y tristes Entre gatos universalmente pardos y Ausencia de mí) que en las biopics realizadas por Lorena Muñoz El Potro y la exitosa Gilda, no me arrepiento de este amor (sobre la cantante que quedó asociada a los festejos del actual gobierno, desde que Macri bailó sus temas en el balcón de la Casa de Gobierno apenas asumió), o en El Ángel (Luis Ortega), que recurrió a la historia de Carlos Robledo Puch para crear una lustrosa ficción en función del look rocker de su fotogénico protagonista, con más solidez que profundidad: al recrear la indocilidad de sus personajes, Ortega Jr. deja siempre a salvo ciertas zonas que sería deseable pulsar. Algo similar podría decirse de Soledad, híbrido retrato de María Soledad Rosas (la joven argentina que abrazó ardorosamente la causa anarquista en Italia en los ’90) que, a partir de una novela de Martín Caparrós, realizó Agustina Macri (hija del Presidente), sin deslizar crítica alguna a la aprensión de la alianza gobernante hacia ciertas manifestaciones de militancia juvenil o de pronunciamientos contra la espiral capitalista.
  • Con su versión de Zama, Lucrecia Martel logró transmitir la húmeda impresión de transitar la América colonial en medio de privaciones, modales afectados y salvajismo, con un perfeccionismo formal que no excluyó alusiones a diferencias de clase (“Indios nunca van a faltar”) o sutilezas varias, como la posibilidad de alguna forma de cambio o esperanza en un final que podría ser también un comienzo. La repercusión internacional que obtuvo puede emparentarse, en cierta medida, con la del mega-film de Mariano Llinás La flor (del que no podemos opinar aquí porque nunca fue exhibido completo en Rosario). El nuevo proyecto de la realizadora salteña es un documental sobre el asesinato de un dirigente indígena cometido diez años atrás: “Rehúyo los temas que están en el candelero –nos decía aquí–; en el fragor o la efervescencia del momento es muy difícil poder razonar, llegar a alguna idea”.
  • Los resortes de la comedia se tensaron hacia el griterío y la agresividad en películas como El ciudadano ilustre (Cohn/Duprat) y El cuento de las comadrejas (Juan José Campanella), como si, en materia de humor en nuestro cine, el único modelo a seguir fuera Esperando la carroza (1985, Alejandro Doria) –cuyos objetivos, de todos modos, estaban más claros– y nunca El negoción (1959, Simón Feldman) o La herencia (1965, Ricardo Alventosa). Prevaleciendo la estética televisiva al servicio del carisma de populares intérpretes, lo novedoso apenas puede detectarse en varios argumentos con personajes femeninos enérgicos, como los de No soy tu mami, Re-loca, El fútbol o yo Me casé con un boludo (a cuyo estreno asistió Macri con su esposa apenas iniciado su período presidencial), o en el meritorio hecho de poner como centro a personajes de clase media debiendo trabajar más de la cuenta para subsistir en Hijos nuestros (en contraste con abundantes ficciones en las que el protagonismo lo tuvieron familias pudientes, con sus conflictos de clase alta o media-alta en primer plano). Saludable fue el intento –logrado a medias– de ironizar sobre la actualidad en la coproducción uruguayo-argentina El candidato (Daniel Hendler), imaginando la construcción de la campaña para el lanzamiento de un candidato político con escasa formación y dudosas convicciones. “Tenemos que permitirnos hablar y jugar –nos explicaba Hendler aquí–, estamos en democracia y la película creo que hace uso de esa libertad”. Asimismo, aportaron dosis de simpatía algunos documentales (Las cinéphilas, Encandilan luces, ¡Viva el Palindromo!, el más discutible Los ganadores).
  • Dentro de las películas que apelaron a la intriga y al suspenso, no hubo algo que se aproximara al mejor Aristarain o al Bielinsky de El aura (2005), aunque la precisión con la que Adrián Caetano dirigió El otro hermano, por encima de algunos ribetes problemáticos de la historia, volvió a recordar sus aptitudes. El resto se repartió entre relatos ceñidos a la presencia de actores como Darín, Brandoni, Francella o Sbaraglia, con rasgos de profesionalismo en algunos casos (El hijo, Al final del túnel, Los últimos), y dos incursiones en el terror de ambiciones casi opuestas (Muere monstruo muere y Aterrados), de la misma manera que los robos callejeros en centros urbanos fueron abordados de manera muy distinta en los relatos de ficción 4×4 (Mariano Cohn) y El motoarrebatador (Agustín Toscano), contribuyendo al debate el documental Pibe chorro (Andrea Testa). De La cordillera (Santiago Mitre) se esperaba un thriller pero terminó siendo otra cosa, o ninguna, introduciéndose en el seno del poder –una reunión de presidentes latinoamericanos– sin conducir a ningún debate fértil.
  • En contraposición al cálculo e incluso al cinismo de algunos largometrajes mencionados, merece destacarse la belleza de tres ficciones vivamente coreografiadas: Familia sumergida (María Alché), Malambo, el hombre bueno (Santiago Loza) y La vendedora de fósforos (Alejo Moguillansky), que además supieron poner en valor contratiempos de ciudadanos de a pie. La siesta del tigre (Maximiliano Schonfeld), Las facultades (Lucía Solaas) y Una ciudad de provincia (Rodrigo Moreno) ayudaron a mirar (y a escuchar) lo que nos rodea. La elegante confección de La luz incidente (Ariel Rotter), la intensidad dramática en algunos momentos de Temporada de caza (Natalia Garagiola), el logrado agobio de La deuda (Gustavo Fontán), la extrañeza de El auge del humano (Eduardo Williams) y la nobleza de los nuevos trabajos de Matías Piñeiro, Pablo Giorgelli, Ulises Rosell, Nicolás Herzog, Hernán Rosselli, Mariano Luque, Iván Fund, Eduardo Crespo y otros, fueron también pequeñas perlas.
    Por más cine, por más miradas fue el lema bajo el cual, hace un año, numerosos profesionales vinculados al medio audiovisual y asociaciones de cine firmaron (firmamos) un documento pidiendo que no se destruya “la multiplicidad y diversidad de la cinematografía independiente”. Había motivos para preocuparse, como puede apreciarse aquí. Sin dudas, la sensibilidad y el talento que hay detrás de muchos directores, productores, guionistas, técnicos, músicos, actores y actrices que dieron forma a las obras más valiosas de estos últimos años, son un capital que todo gobierno debería proteger.

Por Fernando G. Varea

Imagen: fotogramas de La odisea de los giles, El candidato y La vendedora de fósforos.

10 años de Espacio Cine

Por razones un poco inescrutables, Rosario siempre ha sido reacia a generar espacios destinados a reflexionar y debatir sobre cine. El deseo de hacerse cargo de ese vacío, más el interés por reunir notas propias publicadas de manera dispersa en medios gráficos y sitios web los doce años previos (a las que se agregarían nuevas), fueron el punto de partida de Despertando a la vida, que pronto –al advertir que el título resultaba, para muchos, más esotérico que cinéfilo– pasó a ser Espacio Cine. Durante 2009 la publicación de artículos ya existentes se alternó con algunas críticas, junto a textos de Pablo Makovsky, Juan Aguzzi y Leandro Arteaga que tomé prestados con su autorización (agregándose, apenas iniciado el año, uno inédito sobre Historias extraordinarias escrito por Fernando Herrera). Sugerencias de amigos como Franco Falistoco y Guillermo Bruno ayudaron al diseño del blog. Lo que vino después fue una década de persistente trabajo, añadiéndose a los artículos o reportajes concebidos para otros medios muchos especialmente escritos para Espacio Cine.
Llegado a este punto, la sensación es un poco imprecisa, probablemente porque esta labor desarrollada en un medio tradicional hubiera deparado gratificaciones más tangibles (la posibilidad de ingresar gratis a salas de cine, por ejemplo). Pero mejor detenerse en algunas experiencias positivas que deparó el recorrido.

    • Cuando comencé a darle forma a Espacio Cine no sospechaba que, con el transcurso de los años, eso me permitiría conocer a tantos directores y profesionales del medio: el estadounidense John Gianvito (“Algunos dicen que ya no se ven protestas como las de principios de los ’70, pero el activismo organizado es ahora mucho más fuerte que entonces”), el portugués Miguel Gómes (“Tengo conexiones con argentinos muy diferentes, que creo que se odian un poco como pasa en los países donde no hay tanta plata y varios pelean por lo mismo”), la mexicana Paz Alicia Garciadiego (“Todo el cine de John Ford, cineasta excelso, es irreal; los diálogos de Humprey Bogart y Lauren Bacall en blanco y negro son irreales, nadie habla en la vida real con esa rapidez y precisión… hoy el cine está contaminado de realidad“), los españoles Oskar Alegría y Javier Rebollo (“Rosario me pareció una ciudad moderna, joven, algo dinamitada como Madrid: hay algunos edificios modernos que te hacen pensar que allí debió haber algún palacio maravilloso, como en el boulevard Oroño”), los argentinos Fernando Martín Peña (que alguna vez aceptó, muy dispuesto, a que publicara un texto suyo sobre Buster Keaton que había escrito en facebook), Sergio Wolf, Andrés Di Tella, Fernando Pino Solanas, Lita Stantic, Lisandro Alonso, Matías Piñeiro, Alejo Moguillansky, Mariano Llinás, Rodrigo Moreno, Ezequiel Acuña, Nicolás Herzog, Santiago Mitre, Gustavo Taretto, Pablo Giorgelli, Tomás Lipgot, Celina Murga, Benjamín Ávila, José Luis García, Alejo Hoijman, Hernán Rosselli, Rosendo Ruiz, Inés de Oliveira Cézar, Federico Pintos, Javier Olivera, Ariel Rotter, Benjamín Naishtat, Juan Villegas, Maximiliano Schonfeld, Sebastián Sarquís, Daniel Hendler, Ulises Rosell, Toia Bonino, Matías Rojo. También tuve oportunidad de hacerles un par de preguntas al filósofo y profesor de estética francés Jacques Rancière (cuando fue invitado a Rosario por la gente de Facultad Libre) y a la maestra del cine experimental Narcisa Hirsch (cuando acompañó el documental sobre su vida realizado por Daniela Muttis en Mar del Plata). No se trata únicamente de haber obtenido declaraciones de todos ellos para Espacio Cine (o para algún medio gráfico o radial): en la mayoría de los casos, fueron cálidas charlas que recuerdo entrañablemente. Finalmente, vale agregar las entrevistas por mail que pude hacerles a Nicolás Prividera, Milagros Mumenthaler, Lucrecia Martel (a quien pude saludar personalmente años después, en Rosario, e incluso volverla a entrevistar brevemente en Mar del Plata) y a Manuel Antín. No hace mucho descubrí que una de las declaraciones que había hecho Antín para Espacio Cine era citada en una edición en inglés de Adán Buenosayres.

    • Estar atento a la producción audiovisual santafesina me permitió conocer a muchos realizadores locales y seguir su evolución. Ya en febrero de 2009 recabé testimonios de los ganadores del 1º Concurso de Proyectos de Producción y Realización Audiovisual organizado por la Secretaría de Producciones e Industrias Culturales de Santa Fe, dependiente del Ministerio de Innovación y Cultura: Lucrecia Mastrángelo (sobre Sexo, dignidad y muerte, que por su vigencia continúa proyectándose), Federico Actis (que con Los teleféricos no dejó de recibir premios y elogios), Francisco Matiozzi Molinas (quien me conmovería años después con Murales, el principio de las cosas), Sonia Helman (quien contaba que a los 12 años le regalaron una cámara de 8 mm y que posteriormente empezó a “editar con tijerita”), María Langhi (que recordó los programas dobles del cine Roma de Santa Fe al que asistía con su hermano), Pablo Romano (que definía Los nueve puntos de mi padre como un “registro documental sobre un fantasma que hace de las suyas en una familia pequeño burguesa”), Nicolás Font (quien deseaba lograr con su corto que “mucha gente quiera que la Vigil exista”), Andrés Nicolás (que daba como referencias cinéfilas a “Walt Disney y Leonardo Favio”) y, entre otros, los animadores Diego Rolle (que contaba cómo haber visto Los cazafantasmas a los 6 años lo impulsó a dibujar su primera historieta) y Pablo Rodríguez Jáuregui (a quien tuve el gusto de entrevistar largamente unos años después). En dicha encuesta, Fernando Herrera (con quien programamos ciclos en La Nave y el CCPE, y cuyos aportes fueron siempre valiosos para mejorar el blog) anticipaba su noble serie documental Punto Qom, en tanto Juan Mascardi, mientras se disponía a comenzar Sustancias elementales, recordaba cómo lo había impresionado, a los 9 años, ver el público gritando durante una exhibición de Evita (Quien quiera oír que oiga), y cómo, durante su infancia, “compraba la revista TV Guía y me estudiaba las programaciones de todos los canales de TV”. Entre los participantes de la encuesta figuraban, además, Iván Fund (cuyos proyectos, siempre deseables, continuarían frecuentando festivales y me llevarían a seguir entrevistándolo) y la inolvidable Mónica Chirife, quien deseaba que su micro documental Una ciudad para todos “sirva para crear conciencia y transformar una realidad y una actitud”. Con la continuidad de Espacio Cine, iría al encuentro de otros santafesinos a lo largo de los años: Julia Solomonoff (a quien había conocido colaborando en un seminario que dirigió para Facultad Libre en 2006), Raúl Beceyro (que entrevisté en un BAFICI), el prestigioso artista rosarino Adrián Villar Rojas (“Tenemos que acostumbrarnos a la idea de que cada centímetro de la Tierra y del universo simbólico humano es un campo de batalla”), la guionista Alicia Giménez Guspi (“Ni en mis mejores fantasías había imaginado lo que se puede sentir cuando el público ríe o aplaude con lo que uno creó”), Mario Piazza (inolvidable la experiencia de ver sus primeros cortos, exhibidos en super 8 y 16 mm, en el Festival de Mar del Plata), el talentoso Esteban Tolj. Igualmente, daría cuenta de la obra de Gustavo Galuppo (que aportó un par de textos para el blog y cuyas agitadas producciones audiovisuales no dejaron de despertar interés en los festivales, las más recientes junto a Carolina Rímini), Rubén Plataneo (notable realizador y frecuente lector de lujo de Espacio Cine), Florencia Castagnani, Diego Fidalgo, Gustavo Postiglione, Rodrigo Grande, Diego Castro, Milton Secchi, Ariel Luque, Sandra Martínez, Arturo Marinho, Juan Diego Kantor, Francisco y Pablo Zini, Claudio Perrín, Lisa Caligaris, Patricio Carroggio, Cristian Cabruja, Arturo Castro Godoy, Juan Pablo Buscarini, Hugo Grosso, Héctor Molina, Néstor Zapata, Esteban Trivisonno, Walter Becker, Estefanía Clotti, e incluso algunos que conocí como alumnos antes que comenzaran a destacarse como realizadores, como Máximo Huerta y Juan Linch. En varias ocasiones gente del medio local fue convocada para elegir las mejores películas del año, fueron difundidos sus proyectos (los del entusiasta productor Javier Matteucci, del director galvense de Pizza, birra y cortos Adrián Culasso o de los jóvenes Lisandro Giampietro y Alejandro Torriggino, en una nota sobre cineastas que también se dedican a la música y la escritura) o se abrió con ellos algún debate (como el organizado en agosto de 2015 en torno al posible dilema cine y/o series, o el año pasado sobre la programación de nuestras pantallas públicas).

    • Uno de los propósitos iniciales fue abrir el espacio a diversos columnistas, entendidos o interesados en el cine: a artículos de los ya mencionados Makovsky, Aguzzi, Arteaga y Herrera (incluyendo uno sobre un film de Cronenberg que este último elaboró junto a Agostina Guma) fueron agregándose otros firmados por Marcelo Vieguer, Alejandro Hugolini y Diego Barcia. Pero seguramente lo más estimulante fue el aporte de algunos jóvenes, egresados de Letras o Periodismo, que aceptaron o propusieron escribir para Espacio Cine: Ignacio Fosco (en torno al Festival de Cine de Mar del Plata de 2009), Martín Fraire (a partir de octubre del año siguiente, con una crítica de Enterrado), Javier Rossanigo (después de haber dejado un extenso y lúcido comentario lo invité a escribir y comenzó a hacerlo en febrero de 2013, sobre El árbol de la muralla) y Gonzalo Villalba (a partir de agosto de 2014, sobre 7 Cajas), colaboradores con los que terminé entablando una relación de confianza y amistad.

    • Espacio Cine surgió en tiempos de efervescencia de los blogs. Tal vez por eso, en los primeros años casi no hubo posteo que no fuera escoltado por comentarios de los lectores, agitándose polémicas en torno a críticas como las de Avatar, Miss Tacuarembó o Batman – El caballero de la noche asciende (que reunió 45 comments). En la difusión ayudaron mucho el boletín electrónico Cineastas Rosarinos que administraba Mario Piazza, el sitio Todas Las Críticas, ocasionalmente algún colega que se hacía eco de determinado artículo, y finalmente las redes sociales. Mi entrevista a Marcelo Panozzo (realizada cuando visitó Rosario como director artístico del BAFICI), al ser replicada por amigos suyos en facebook y twitter, resultó uno de los posteos con más visitas, y algo similar ocurrió cuando, en abril de 2017, después de ser removido de su cargo el presidente del INCAA, Alejandro Cacetta (vislumbrándose recortes presupuestarios y la retirada del rector de la ENERC, Pablo Rovito), reuní declaraciones de realizadores, productores, actores, docentes e investigadores, que obtuve de diversas fuentes (curiosamente, el periodista responsable de la improvisada denuncia televisiva que provocó esas renuncias, Eduardo Feinmann, retwitteó el link de la nota argumentando “hay que escuchar todas las voces”). Pero lo cierto es que los hábitos fueron cambiando y hoy –cuando rápidos vistazos desde el teléfono celular a las imágenes de instagram o a los mensajes de whatsapp reemplazan los minutos que puede demandar la reflexiva lectura de un texto– se escribe y se publica sin saber muy bien quiénes, cuántos y cómo leen. Procurando algo novedoso, en algún momento comencé a rescatar y compartir material proveniente de antiguos diarios y revistas, desde chistes de Fontanarrosa sobre cine publicados en Clarín hasta la crítica de Horacio Verbitsky de El romance del Aniceto y la Francisca o una de las últimas entrevistas a Hugo del Carril. No sé si esos artículos salvados del olvido despertaron entusiasmo en quienes los descubrieron, pero fue una práctica que disfruté especialmente, como un chico que muestra a sus amigos una figurita difícil. Tal vez esos recursos (investigar, acudir a la Historia, salir de la pereza de restringirse a lo que ofrece la web, considerar lo que otros han escrito) respondan, en definitiva, a la necesidad de intentar algo distinto o de publicar lo que uno desearía frecuentar en la web.

      Quien haya llegado a leer hasta acá habrá podido apreciar que Espacio Cine ha sido el resultado de una continuidad de encuentros, ansiedades y altibajos. Confío que parte de lo acopiado aquí, durante estos diez años, haya sido de utilidad para los lectores.

      Fernando G. Varea

Jóvenes rebeldes y no tanto

SOLEDAD
(2018, dir. Agustina Macri)

El mismo año, tres películas en torno a jóvenes contestatarios realizadas por hijos de conocidos empresarios y/o políticos argentinos: El ángel, dirigida por Luis Ortega (hijo de Ramón Palito Ortega, gobernador de Tucumán durante el menemismo y candidato a vicepresidente de Eduardo Duhalde en 1999), El camino de Santiago, dirigida por Tristán Bauer sobre guión escrito por Omar Quiroga y Florencia Kirchner (hija de los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández, esta última actualmente senadora), y Soledad, dirigida por Agustina Macri (hija del ex Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y actual Presidente de la Nación Mauricio Macri).  Estrenadas con pocas semanas de diferencia, generan algunas preguntas.
En principio, ¿qué los lleva a hacer cine a estos jóvenes, cuyos ingresos familiares y posibilidades de estudiar seguramente les permitiría emprender otros proyectos de distinto tipo con holgura? Luis Ortega se ha referido varias veces al tema, combinando cierta ansiedad existencialista (“Si fuera feliz no estaría haciendo cine”, “Soy cineasta porque ser humano es terrible”) con la idea del cine como un medio de aprendizaje para quien ha vivido en una suerte de campana de cristal (“De chico, cuando vivía en Miami, estaba mucho tiempo solo y ver largometrajes era mi mundo; eso me acompañó hasta que llegué a Tucumán, en donde no había cines pero estaba la realidad que se convirtió en el cine”). Aunque de perfil bajo igual que Florencia Kirchner, de Agustina Macri se sabe que llegó al cine influenciada por su madre y sus hermanos, interesados en el teatro y la publicidad.
Sin dudas, uno puede embarcarse en la realización de una película para desplegar una vocación o para expresar sentimientos o ideas sobre determinada problemática. Pero muchas veces parece haber algo más, difícil de demarcar, que excede esa propensión por la manifestación artística y tiene que ver con el lustre, la repercusión periodística, el diseño de un poster promocional, el posible glamour que pueden ofrecer un estreno con invitados o exhibiciones en festivales internacionales, la oportunidad de sumar al proyecto figuras reconocidas, e incluso el interés por evitar la fugacidad (al margen del poco o mucho éxito en las salas, una película sigue exhibiéndose, viéndose y comentándose en TV, en plataformas digitales o en youtube), todas ventajas que no ofrecen –no de la misma manera, al menos– la publicación de un libro o la realización de un programa de TV.
Otro punto es por qué estos hijos de políticos (o empresarios empujados al terreno de la política) argentinos eligieron estudiar cine en el exterior. No sólo por la calidad de muchas de las producciones cinematográficas y televisivas que se hacen aquí sino también por nuestra tradición cinéfila, la repercusión internacional de festivales como el de Mar del Plata o el BAFICI y la gran cantidad de estudiantes que ingresan anualmente a las diversas instituciones de enseñanza audiovisual que existen en nuestro país, resulta curioso que Agustina Macri haya estudiado cine en Barcelona y Florencia Kirchner en Nueva York; incluso Luis Ortega, aunque fue alumno de la Universidad del Cine (Buenos Aires), se educó en Miami. El hecho, claro, es menos inesperado en los casos de Luis Ortega y Agustina Macri, si se asocia el apellido de ambos a los proyectos económicos de los que sus padres son o fueron parte.
Finalmente, otro rasgo curioso puede encontrarse en las temáticas y personajes elegidos. Está claro que no debería esperarse de ellos obras que parezcan spots promocionales de la gestión de sus padres, así como, por otra parte, parece natural que les atraiga participar de proyectos audiovisuales sobre personas/personajes de su misma edad. Pero aún así es sugestivo el interés de estos cineastas (en buena medida privilegiados) por ponerse en la piel de congéneres de ideas o actitudes libertarias, perseguidos por las fuerzas del orden. En todo caso, en El camino de Santiago (2018) Florencia Kirchner como coguionista se hace eco de broncas legítimamente generadas por la desprolijidad con que se manejó el caso de la desaparición seguida de muerte del militante social Santiago Maldonado, tomado por el kirchnerismo como evidencia de la represión policial ejercida por la gestión del gobierno de Cambiemos, es decir: participa de una producción que revalida lo que la corriente política representada por sus padres y su hermano ha sostenido desde un principio sobre el hecho. En la figura elegida, el formato de documental didáctico y el equipo de trabajo (incluyendo a Bauer como director) se advierte una coherencia con su posición política.
De El ángel ya hemos expresado nuestra opinión aquí. El oficio del joven Ortega para hacer cine y TV de calidad es indiscutible, en tanto ofrece apropiado material para la discusión su predilección por personajes indóciles como el que modeló a su gusto a partir de la figura real de Carlos Robledo Puch, condenado a cadena perpetua por crímenes varios a los veinte años (y que, según publicó algun diario, recientemente se ha defendido diciendo “Yo vaciaba las joyerías, luego iba y ayudaba a los pobres”). Así como, por ejemplo, en Algo quema (2018) el joven realizador boliviano Mauricio Ovando pone en duda –no sin dolor– la imagen pública de su abuelo (militar influyente y presidente de facto de Bolivia en dos ocasiones), o incluso entre nosotros hay casos como el de Javier Olivera, que en La sombra (2015) exterioriza interrogantes en torno a la trayectoria de su padre (el cineasta Héctor Olivera), Luis Ortega retrata a seres turbulentos sin dejar de homenajear a su padre Palito Ortega, cantautor-actor-productor-director-empresario cuestionado por sus canciones conformistas y sus películas oficialistas realizadas durante la última dictadura cívico-militar.
De modo se diría similar, Agustina Macri esboza en Soledad una biopic de María Soledad Rosas (la joven argentina que abrazó ardorosamente la causa anarquista en Italia en los años ’90) sin incomodar demasiado ni tocar zonas que podrían afectar la imagen del gobierno de su padre. Basado en una novela de Martín Caparrós, su film es desapasionado, hilando momentos de la vida de la chica en cuestión sin imprimirle convicción desde las imágenes. Ni la historia de amor de esta Soledad –que es como la antítesis de su tocaya Pastorutti– con su novio italiano Edo, ni el halo trágico que cerró el periplo de furor militante de ambos, son plasmados con pasión por lo que se cuenta. Puede decirse que se trata de un trabajo honesto, en tanto y en cuanto no luce sensacionalista, recurre a una fotografía nada edulcorada y compensa algunas actuaciones flojas con una esforzada caracterización de Vera Spinetta. Pero contar la historia de una joven dispuesta a todo de manera tan tibia (estética e ideológicamente hablando) suena frustrante. Vale recordar que las noticias periodísticas de algunos corresponsales argentinos sobre las detenciones y desplantes de María Soledad Rosas en Italia, antes de su suicidio en 1998, hablaban de su parecido con la Marilina Ross rapada de La Raulito (1974/75); claro que detrás de aquel film (sobre una criatura libertaria a su manera) había un director como Lautaro Murúa.
Soledad debió enfrentar algunas resistencias, durante su rodaje y después de su estreno: en Turín, Macri hija debió soportar que jóvenes italianos escribieran en paredes de la ciudad leyendas como Sole y Edo viven en la lucha, boicot al film, por lo que debió mudar la producción a Génova. Estrenado el film en Argentina, una de las proyecciones fue interrumpida por anarquistas que (según registraron los medios) vociferaban “Soledad, Santiago Maldonado, todos los mártires de la clase media se revuelven en su tumba… La hija de Macri hace una película en la que habla de nuestra compañera como se le canta y encima la pagamos nosotros”.
Aunque en 2008 colaboró con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (registrando el deterioro del Teatro Colón en su centenario durante las obras de remodelación), sería injusto cargarle a Agustina Macri el sambenito de las medidas adoptadas por el gobierno de su padre; sin embargo, no suena descabellado desear que una directora sensible a este tipo de personajes hubiera deslizado alguna crítica (aunque sea irónica o sutil) a la aprensión de la alianza gobernante hacia ciertas manifestaciones de militancia juvenil o de rebelión a la espiral capitalista. El hecho de que los incidentes durante el rodaje de Soledad en Turín la llevaran a buscar la protección de la DIGOS (la División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales, cuyos agentes inculparon al personaje real) profundiza la contradicción que significa tomar ciertos íconos de rebeldía y representarlos restándoles beligerancia, sin ponerse claramente en su lugar.

Por Fernando G. Varea

Torre Nilsson: aquellos años, aquel director

Este 8 de septiembre se cumplen 40 años del fallecimiento de Leopoldo Torre Nilsson. Mucho habría para decir sobre este gran realizador argentino hoy casi olvidado, de quien no hace mucho rescatamos una entrevista que le habían realizado en 1976 en España. Mientras deseamos que toda su obra como director sea restaurada y adecuadamente difundida, compartimos una curiosidad: un texto suyo publicado en la revista Gente del 22 de junio de 1972 donde reflexionaba sobre la década del ’50, en la que –primero acompañando a su padre Leopoldo Torres Ríos y, más tarde, con el apoyo y la influencia de su compañera, la escritora rosarina Beatriz Guido– había desplegado sus inquietudes como cineasta con una madurez y audacias que el cine argentino no conocía.

 

Crear imágenes a través de la escritura

Son cuatro jóvenes que estudian o estudiaron cine y, al mismo tiempo, dedican buena parte de su tiempo a escribir. Pero no son guionistas, redactores de gacetillas o avisos publicitarios ni utilizan la escritura con un sentido práctico, sino que les sirve para expresarse, a través de cuentos, poesías o canciones. ¿Qué los lleva a confiar en el noble ejercicio de la escritura? ¿Cómo complementan su vocación por las artes audiovisuales con la posibilidad de volcar sentimientos e inquietudes en un texto?
Lisandro Giampietro (35 años) estudió Comunicación Social en la UNR y cine en la EPCTV. Después de realizar la serie documental Territorio cero, dictar un taller en Cetear, desempeñarse como ayudante de cátedra en la facultad y escribir un par de guiones que docentes y amigos celebraron, publicó en forma independiente Cuentos de cine. En este libro de 125 páginas despliega siete relatos en los que aparecen constantes guiños al mundo del cine: un film titulado El suburbano para emular El ciudadano, un director que piensa suicidarse por la mala recepción de un trabajo suyo (mientras un crítico radial opina “a Sanguinetti en el papel de rescatista no lo veo para nada”), los contratiempos de una filmación en una oficina de ANSES, una persona a la que le cuesta enfrentar la cámara para enviar un saludo de cumpleaños, etc. Comunicativos, sencillos, ocasionalmente tiernos, estos cuentos parecen ideales para cobrar forma como cortos de ficción. Su lectura se disfruta, sobre todo si se está familiarizado con pormenores de la profesión y se hacen propios interrogantes que desliza el autor, como la duda acerca de si el responsable del fracaso de un film es exclusivamente el director. Posiblemente distraiga un poco la abundancia de personajes en El video de cumpleaños o pueda discutirse el fastidio de un entendido ante la falta de emociones en el final de una película en Morir por el cine (cuento ganador de un concurso en Ordizia, localidad del País Vasco), pero Giampietro trasluce cariño y sensibilidad en sus escritos, en los que asoman referencias a lugares de la ciudad, al cine fantástico y a cierto culto por la amistad entre varones habitual en la obra de Fontanarrosa. El autor reconoce esta influencia (recuerda haber leído más de cincuenta veces Viaje al país de los Naninga, del humorista rosarino) y siente que la publicación de Cuentos de cine responde a una auténtica necesidad, mientras sigue escribiendo en sus ratos libres, tanto ficción en prosa como en formato de guión.
Federico Monti (24 años) reside en Rosario pero es de Pergamino, donde –con la ayuda de la Subsecretaría de Cultura de dicha ciudad– publicó este año su primer libro de poesías, Las flores y la criatura. Al mismo tiempo, comenzó a estudiar cine en la EPCTV, dejando atrás estudios de Contabilidad y de Historia. La muerte de su padre hace cinco años lo impulsó a escribir: “Tenía muchos interrogantes y escasas respuestas –confiesa–. Escribía en formato de canción sobre todo aquello que me dolía. Finalmente, haber asistido a un taller literario dictado por el escritor Daniel Ruiz Rubini me sirvió para perfeccionarme.” Sus textos invitan a la reflexión y suelen sugerir imágenes, como Un barco del sur: Nace de lagos de cristal / un barco del sur / revoluciona el agua y los sentidos /se condensan en la hora del viento / al margen de sierras / erosionadas como los arados de dios. / Muere de incógnitas de hielo / un hombre del mundo / transita la insignificancia y la existencia / se desnuda ante el temperamento del páramo / aunque agonice / en la memoria de un ángel.
Nacido en Río Negro, Alejandro Torriggino (28 años) se instaló hace algunos años en Rosario para estudiar cine en la UAI. Ya egresado, reparte su tiempo entre sus trabajos como realizador audiovisual y distintas presentaciones como músico y cantautor independiente. “Lo primero que compuse fue música para proyectos de la carrera y cortometrajes –recuerda–. Siempre me gustó escribir: cuentos cortos, poemas, letras de canciones, guiones. La canción es una película en sí misma. Con otro formato pero la misma intención: expresar una emoción y decir algo.” Con influencias que van de B.B. King y Pink Floyd a músicos contemporáneos como John Mayer y Gary Clark Jr., Torriggino encontró en el sello independiente River Flow Records la oportunidad de editar el año pasado su primer álbum, Sureste, producido y mezclado por el productor rosarino Gonzalo Esteybar. Este año llegó Blue Light, con raíces en la música afroamericana. “Una cosa que aprendí estudiando cine es a pensar en imágenes y en sonido –sostiene–. Es lo que hay que tener en cuenta a la hora de escribir un guión. Si hay una imagen evocativa que me atrae, la uso en una canción, y a veces a la inversa, uso una melodía para una escena o personaje. También incluí efectos de sonido en algunas de mis canciones.” No hace mucho musicalizó (junto a Esteybar) una proyección del clásico mudo de Fritz Lang Metrópolis (1927) en un conocido bar rosarino.
Matías Julián Pérez (18 años) también escribe canciones. A los diez años dejó de golpear cacerolas y comenzó a hacer música con su propia batería. Hoy se muestra agradecido a sus amigos Joaquín, Fabrizio, Micaela y León, que ayudaron en su afición por la música: los dos últimos le regalaron una guitarra eléctrica y otra criolla, con las cuales fue dándole vida a letras inconclusas que había escrito tiempo atrás. Con la experiencia de haber integrado junto a compañeros de su escuela secundaria, en Arroyo Seco, una banda llamada Multitud Rock, y tras haber compuesto canciones como En ti (dedicada a su madre), actualmente realiza presentaciones junto a Fabrizio Ricchetti, bajo el nombre Luz y Sombra. “Algo que nos caracteriza son las improvisaciones en vivo, tanto en letra como en instrumental –comenta–, lo cual me llevó a experimentar la rima improvisada”. Junto a Maribel Ferreyra, además, ha emprendido un proyecto llamado Acuáridas. Mientras tanto, estudia en la EPCTV. “Desde que empecé la secundaria, filmo y edito mis propios cortometrajes –cuenta–, proponiéndome crear una película por año. Así llegué a hacer ya ocho películas, con mi celular o con lo que podía, narrando mi paso por la secundaria y las experiencias, sentimientos e ideas que me atravesaron.”
Combinar la pasión por el cine con la producción de textos es el sueño de estos jóvenes, aunque no son los únicos (el periodista cinéfilo Martín Fraire tiene una novela escrita que espera salir a la luz, Federico Basteri publicó recientemente su libro Retorno a la oscuridad tras estudiar cine en la UAI, y la lista podría ensancharse). “La clásica recomendación a los que empiezan a escribir es: escribe sobre lo que sabes –sostiene Lisandro Giampietro–. No sé si sé de cine, pero quería escribir y las ideas que se me ocurrían se relacionaban con ese mundillo que conocía y que me proporcionaba material para desarrollarlas.” Alejandro Torriggino sostiene que, en su caso, el cine y la música van muy unidos al hecho de crear algo, y concluye: “Después de todo, la historia es lo que cuenta y cómo está contada, sea en un corto, película o canción.” Por su parte, Federico Monti considera que “lo escrito le da materialidad a cosas volátiles como pensamientos, ansiedades, locuras, alegrías, tristezas, ideas… si no se vuelcan sobre un papel, desaparecen.” Y agrega: “En el cine el guión es una guía, una brújula, del mismo modo que, en su momento, lo fue para mí la poesía para asumir la muerte, tener los pies sobre la tierra y seguir mi vida.”

Por Fernando Varea

Imagen (de izq a der): Lisandro Giampetro, Alejandro Torriggino, Federico Monti y Matías Julián Pérez.

Violencia

martel“La violencia sexual y la corrupción tienen un vínculo muy fuerte y están presentes en Zama. En este país muere una mujer asesinada cada 18 horas. Hay una escena en la novela en la que el protagonista viola a una chica. Yo había puesto esa escena; como el tono de la película es de comedia absurda, pensé que podía manejarla de tal forma que no resultara chocante. Pero finalmente la saqué, porque no podía ni quería filmar esa escena ni aún en tono de comedia”.

(LUCRECIA MARTEL, realizadora, directora de películas como La ciénaga y Zama, a estrenarse en septiembre).