Cuando en el cine pasan lista

Seguramente no debe haber docente que no conozca La sociedad de los poetas muertos (1989, Peter Weir) y que no haya experimentado alguna forma de emoción o identificación al ver esa u otras películas estadounidenses o europeas de ficción centradas en profesores y grupos de estudiantes. A veces utilizadas como disparadores de charlas o clases, las producciones de este tipo son muchas e integran un conjunto variopinto, en el que caben desde un clásico hollywoodense como Al maestro con cariño (1967, con Sidney Poitier) hasta una fábula almibarada como Los coristas (2004, Christophe Barratier) y el sensible documental Ser y tener (2002, Nicolas Philibert).
Mientras que, a través de los años, decenas de películas extranjeras fueron expresando los chispazos que acompañan la vocación docente y la vida estudiantil ¿qué películas argentinas aportaron una mirada adulta y reflexiva sobre ese universo?
Hubo quienes hicieron del ambiente escolar un mundo de una candidez dudosamente verosímil, como Abel Santa Cruz, autor de algunas historias escritas para Lolita Torres (La mejor del colegio, La maestra enamorada) y de programas televisivos que tuvieron su versión cinematográfica (Quinto Año Nacional, Jacinta Pichimahuida se enamora).
Durante el período del cine clásico la labor de maestros rurales era exaltada con rasgos heroicos y sentimentalismo, acorde a la valoración que, en general, se tenía de la docencia en esos tiempos: ocurre con el Maestro Levita encarnado por Pepe Arias en la película de 1938 dirigida por Luis César Amadori, y asimismo en La campana nueva (1949, Luis Moglia Barth), adaptación de una obra teatral que el mismo actor había hecho en teatro en 1947. Aunque se lo recuerda más como autor y actor de proyectos ligados a la ficción de terror, Narciso Ibáñez Menta fue entrañable maestro en las biopics Cuando en el cielo pasen lista (1945, Carlos Borcosque, guion de Tulio Demichelli, sobre el educador y pastor evangélico William C. Morris) y Almafuerte (1949, Amadori, sobre el poeta y docente Pedro Bonifacio Palacios), y también en la versión de Borcosque de la célebre novela de Edmondo de Amicis Corazón (1947). Del mismo escritor italiano se había llevado al cine unos años antes La maestrita de los obreros (1942, Alberto de Zavalía), vehículo para el lucimiento de la dulce Delia Garcés y una de las pocas veces que el cine argentino ubicó su acción en el ámbito de una escuela nocturna con alumnos adultos (otros ejemplos son La patota, de Daniel Tinayre, que tuvo no hace mucho una discutible remake, y algunas secuencias de Los días de junio, de Alberto Fischerman).
En esa época en la que nuestro cine recurría hasta el exceso a biografías y célebres fuentes literarias, no podía faltar un Sarmiento cinematográfico: Su mejor alumno (1944, Lucas Demare, guion de Homero Manzi y Ulyses Petit de Murat), exitosa producción de Artistas Argentinos Asociados (que conformaban Demare, Enrique Faustín y los actores Enrique Muiño, Francisco Petrone, Ángel Magaña y Elías Alippi) con Muiño como el apasionado impulsor de la educación pública y Magaña como su hijo, partiendo de Vida de Dominguito. Es curioso cómo Sarmiento fue desapareciendo después de las ficciones televisivas y cinematográficas, probablemente porque miradas revisionistas lo fueron convirtiendo en objeto de discusión más que de veneración. En tanto Juvenilia, de Miguel Cané –otro de los libros sobre recuerdos estudiantiles que no faltaban en las bibliotecas de aquellas primeras décadas del siglo–, llegaba al cine en 1943: entre los jóvenes que encarnaban a los estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires en esta película dirigida por Augusto Vatteone estaban Gogó Andreu, Juan Carlos Altavista y Marcos Zúcker, actores que alcanzarían popularidad años después en TV.
En esos años hay también películas con profesores y estudiantes involucrados en enigmas policiales o situaciones de acoso (Atorrante, Poncho blanco, Canario rojo, la notable Si muero antes de despertar) y varias comedias (El complejo de Felipe, Escuela de sirenas… y tiburones, Muchachas que estudian, El profesor Cero), algunas con aliento romántico como Cuando florezca el naranjo (1943, Alberto de Zavalía, con guion de Alejandro Casona y una soñadora María Duval imaginando ser la heroína de las historias que narra su profesor Homero Cárpena) y La serpiente de cascabel (1948, Carlos Schlieper, también con Duval). Niní Marshall aportó, a su vez, diversas tropelías como alumna en Hay que educar a Niní (1940, Luis César Amadori), con las preadolescentes Mirtha y Silvia Legrand entre sus compañeras.
Cuando asomó Olga Zubarry como maestra en Los dioses ajenos (1958, Román Viñoly Barreto, guion de Hugo Moser) el cine estaba cambiando y la solemnidad de este largometraje –que parecía una excusa para mostrar paisajes jujeños en colores– ya se veía improcedente: aunque siguieron existiendo productos inocentones con populares actores cómicos como Luis Sandrini (El profesor patagónico, El profesor hippie, El profesor tirabombas), Carlos Balá (Las locuras del profesor) o Jorge Porcel (El profesor punk), la educación comenzó a ser abordada de manera más seria y menos idealizada.
Lo demuestra sobre todo una película en buena medida ejemplar: Shunko (1960), que traslada al cine la novela homónima publicada una década antes, en la que el maestro y científico argentino Jorge W. Ábalos volcaba experiencias propias en una escuela de Santiago del Estero. “¿Debe un maestro deformar la realidad?” “Veo tan poco a mi padre, quiero tanto a mi maestro”: con esas frases se promocionaba en los diarios esta versión adaptada por Augusto Roa Bastos, con producción de Leo Kanaf, dirección de Lautaro Murúa (actor chileno que ya era popular entre nosotros y que con 34 años de edad debutaba como realizador) y música de Waldo de los Ríos. Con un docente de ficción (encarnado por el propio Murúa con “la exacta medida de sobriedad y varonil ternura”, según señalaba el crítico Ernesto Schoo en La Nación) logrando una convivencia fructífera en una escuela en la que muchas veces las clases se desarrollan al aire libre y el aprendizaje es mutuo, Shunko es menos recordada que otras películas argentinas de la misma época, tal vez porque circulan copias de poca calidad y casi no tiene actores conocidos, o simplemente porque el retrato de afecto y carencias en el monte santiagueño no invita al glamour.
Mientras van apareciendo otras maestras más o menos verosímiles, en personajes secundarios (Las venganzas de Beto Sánchez, Tiro al aire, El rigor del destino, El amor es una mujer gorda), con la recuperación de la democracia en diciembre de 1983 cobran protagonismo estudiantes y docentes que representan situaciones dolorosas o confusas vividas en los años previos. Como Alicia (Norma Aleandro), la profesora de La historia oficial (1984, Luis Puenzo, guion de Aída Bortnik), quien –como muchos argentinos– iba descubriendo la trama sombría de la dictadura, eje de una película que, con sus más y sus menos, maniobrando suspenso y emoción, reveló ante el mundo la adopción ilegal de hijos de desaparecidos. Algo similar puede decirse de La noche de los lápices (1986, Héctor Olivera, sobre el libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez) que, por encima de su opacidad, logró visibilizar el secuestro y asesinato en septiembre de 1976 de un grupo de estudiantes secundarios de la ciudad de La Plata (algunos todavía hoy desaparecidos): su estreno, acompañado de movilizaciones, amenazas y atentados, tuvo repercusión en los cines pero más en TV, ya que su posterior emisión por Canal 9 obtuvo 52 puntos de rating. La primera parte de Los chicos de la guerra (1984, Bebe Kamin, basada en el libro homónimo de Daniel Kon) recordaba algunas formas de autoritarismo que la generación que debió combatir en Malvinas había sufrido en las escuelas, así como en el tramo final de La deuda interna (1988, Miguel Pereyra sobre guion propio escrito junto a Eduardo Leiva Muller) se alude también a la guerra cuando el protagonista, un maestro que ejerce su trabajo en una alejada comunidad jujeña (Juan José Camero), es testigo de cómo uno de sus alumnos es convocado para combatir y muere al ser hundido por los británicos el crucero General Belgrano en mayo de 1982. Si en Shunko la visión crítica de ciertos engranajes del sistema educativo y de la indiferencia ante desigualdades sociales excede el contexto político, el film de Pereyra es atravesado por referencias puntuales a acontecimientos ocurridos en la Argentina de los años ’70, de manera que la descripción del trabajo de un maestro en circunstancias adversas se integra a una suerte de reseña de hechos históricos.
Durante la última dictadura cívico-militar transcurren también La mirada invisible (2010, Diego Lerman sobre novela de Martín Kohan) –que no aporta nada nuevo utilizando el personaje de una oscura preceptora (Julieta Zylberberg) como alegoría parecida a las que prodigaba nuestro cine veinticinco años antes–, El premio (2011, escrita y dirigida por Paula Markovitch) e Infancia clandestina (2012, Benjamín Ávila con guion escrito por el propio Ávila junto a Marcelo Müller), las dos últimas con la singularidad de retratar esa época turbia desde el punto de vista de chicos, cuyas andanzas comprenden sus lazos afectivos con maestros y compañeros de escuela. Esto lo hace también otra película poco conocida que transcurre en la época actual, la mendocina Algunos días sin música (2013, Matías Rojo), valiéndose a menudo de tomas subjetivas para adoptar las miradas de los protagonistas, tres pibes dispuestos a compartir módicas aventuras tras el repentino fallecimiento de la maestra de Música.
Paula Hertzog, la niña actriz de El premio, trabajó después en Ciencias Naturales (2014, Matías Lucchesi), en la que una maestra (Paola Barrientos) la ayuda a buscar a su padre desconocido en las ásperas serranías cordobesas. De la misma edad pero de un colegio privado porteño es el personaje central de Juana a los 12 (2014, Martín Shanly), interpretado por la pequeña hermana del realizador, cuya apatía inquieta a familiares y educadores que no parecen muy preparados para comprenderla.
En las últimas décadas, en las ficciones fueron asomando educadores de distinta laya (Un lugar en el mundo, Valentín, El maestro) y escuelas como nostálgica representación de la infancia (Las puertitas del Sr. López), espacio de juegos y secretos (Kamchatka) o punto de partida de casos policiales resonantes (El caso María Soledad, Implosión), pero puede decirse que es en determinados documentales donde mejor se ha reflejado la riqueza del proceso educativo, empezando por La escuela de la Señorita Olga (1991, realizado en 16 mm por Mario Piazza con fotografía de Tristán Bauer), sobre la fértil experiencia educativa llevada adelante por Olga Cossettini en la Escuela Nº 69 Dr. Gabriel Carrasco del barrio Alberdi, de Rosario, desde 1935 hasta que fue declarada cesante en 1950. Antes que su nombre identificara a institutos educativos en distintas ciudades y a una calle de Puerto Madero (CABA), este film supo levantar la suave voz y el ejemplo de esta innovadora maestra reuniendo testimonios de sus ex alumnos y de su hermana y colaboradora Leticia, junto a coloridas ilustraciones de antiguos cuadernos y registros de aquellos paseos, recreos y cautivadoras clases.
Más adelante surgió un proyecto sin depurar que levantó revuelo en las redes, La educación prohibida (2012, Germán Doin), en tanto Los sentidos (2016, Marcelo Burd) registró la labor de un matrimonio de docentes primarios en un paraje salteño ubicado a más de 4000 metros de altura y Escuela de sordos (2013, Ada Frontini) la actividad de una maestra para chicos sordos e hipoacúsicos vinculada a la vida cotidiana, incluyendo una escena final en la que le enseña a un alumno adulto a enviar mensajes con su celular. La toma (2013, Sandra Gugliotta),  Después de Sarmiento (2015, Francisco Márquez) y La escuela contra el margen (2018, Diego Carabelli y Lisandro González Ursi) ponen el foco en colegios secundarios porteños, exhibiendo agitados debates en centros de estudiantes y rispideces entre barrios o entre docentes y alumnos, mientras el semidocumental Las calles (2016, María Aparicio) recrea las entrevistas a los pobladores de Puerto Pirámides organizadas por docentes de una escuela secundaria de esa localidad chubutense para elegir nombres para las calles con el apoyo de autoridades municipales (“la más democrática de las acciones que uno pueda imaginar”, en palabras de Osvaldo Bayer, que aparece fugazmente en el film). Difícilmente Jacinta Pichimahuida hubiera imaginado a adolescentes defendiendo enérgicamente sus ideas ante sus profesores o comunicándose con pequeños teléfonos, y ni hablar de ver a Sarmiento representado con gorrita y auriculares, como luce en el afiche de Después de Sarmiento.
El controvertido prócer sanjuanino es una de las referencias que aparecen en otro documental valioso y poco difundido: Escuela Normal (2012, Celina Murga), que reúne miradas, risas, momentos alborotados y conversaciones informales en el interior de un establecimiento educativo paranaense (el primero de este tipo fundado por Sarmiento, en 1871), del que fue alumna la realizadora. Un ensayo que indaga tanto en los contenidos y valores que se enseñan en las aulas como en el ejercicio de la convivencia que, diariamente, se pone en práctica allí, con un emotivo desenlace: una reunión de veteranas egresadas recordando y cantando espontáneamente el Himno a Sarmiento. Ese himno que, en una de sus estrofas, se dirige al legendario educador y hombre de Estado agradeciéndole, porque a la niñez “al darle el saber, le diste el alma”.

Fernando G. Varea

Texto publicado, con otro título y un párrafo introductorio diferente, en el diario La Capital de Rosario [ver aquí]
Imagen: Fotograma de La escuela de la señorita Olga.

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