Rosario de imágenes en un año difícil

Sobre lo que ocurrió con la realización y difusión de las producciones audiovisuales en el ámbito de nuestra provincia a lo largo de este trágico año, podría decirse mucho o muy poco. Entre acusaciones de la gestión actual a la anterior y viceversa, paliativos cuya eficacia se comprobará en el futuro (como la reciente creación de un fondo específico y un plan Fomento), dudas sobre la continuidad del canal público 5RTV (que durante 2020 no encontró salidas creativas a su discutible programación) y reposiciones en TV (como Balas perdidas, la serie escrita y dirigida por Hugo Grosso, en la TV Pública), las sorpresas se hicieron desear.
Mientras algunos films ya estrenados siguieron su camino en busca de reconocimientos (como el documental de Lucrecia Mastrángelo El laberinto de las lunas, la ficción de Diego Castro 1100, o la serie web Bares, sobre las que habíamos escrito respectivamente aquí, aquí y aquí) y otros esperan su estreno oficial en nuestra ciudad (como el largometraje Milagro de otoño, sobre el que hablamos con su director Néstor Zapata en una entrevista que puede escucharse aquí, o Singapur, cuyo trailer compartió Gustavo Postiglione finalizando el año), proliferaron intercambios audiovisuales compartidos en la web por realizadores resguardados en sus casas (el largo colectivo Las fronteras del cuerpo, del que participó Francisco Matiozzi Molinas y estrenado en canal Encuentro; las cartas audiovisuales que la Asociación de Realizadores Experimentales Audiovisuales Rosario fue compartiendo en su cuenta de Facebook; la serie para Instagram Un minuto de ficción, realizada por Roxana Bordione y Maia Ferro con intervención de distintos actores).
Se siguió hablando de cine, con diferentes enfoques, en los programas radiales Linterna mágica (Radio Universidad, a cargo de un equipo liderado por Leandro Arteaga) y Noches de cine (LT8, conducido por Ricardo y Elsa Randazzo) y el ciclo televisivo Cinético (con Lucas Rivero como entrevistador), mientras las tres temporadas de Siete Latidos [Oficios de cine y TV] (el programa de TV producido en los últimos años por la EPCTV, del que habíamos escrito aquí) fueron subidas a la plataforma Cine.ar. En el balance merece destacarse la publicación de dos libros: Los mecanismos frágiles (Ediciones VerPoder), de Gustavo Galuppo, y ¡Mujer, tú eres la belleza! Investigación y análisis de una película (casi) perdida (Editorial Ciudad Gótica, colección Estación Cine), de Marcelo Vieguer.
La autogestión sigue siendo, la mayoría de las veces, el único camino para que proyectos como los mencionados lleguen a buen puerto, de la misma manera que el micromecenazgo (crowdfunding) y subsidios valiosos pero generalmente insuficientes son los medios con los que pudieron concretarse muchas realizaciones locales presentadas en sociedad durante 2020.
Entre los videoclips, sobresalen Un hombre sin cualidades, de Diego Fidalgo para la banda Tensión, y los realizados por Rubén Plataneo para Charlie Egg (como Krikalev) y Chillan las bestias. El equipo de animadores reunidos bajo el nombre Sr. Manduví hizo lo propio con Mundo incierto, de la orquesta Tengo Pal Envido, y en el mismo sentido Ignacio Blaconá dio a conocer su corto documental sobre la Orquesta Escuela de Tango de Rosario. Próximo al videoclip es también Resistencia, el corto dirigido por Cecilia Sarmiento a partir de un tema del rapero Frango.
Del universo siempre generoso de los dibujos animados provinieron varias novedades. Puede objetarse la tendencia de algunos animadores locales al homenaje, aunque Yo soy ese gran cohete, realizado por Pablo Rodríguez Jáuregui y Diego Rolle para recordar al artista, músico y dibujante BK & Basta (José María Beccaria) fue una evocación no sólo justa sino también muy bien concebida. Rodriguez Jáuregui y Rolle restauraron, asimismo, un recordado trabajo del pionero Luis Bras, devolviéndole brillo a los colores y recurriendo al gran Fernando Kabusacki para jugar con el vals de Strauss en Reimaginando el Danubio azul, nuevo tributo al cineasta rosarino fallecido 25 años atrás. Con un concepto más tradicional e incluso didáctico –alertando sobre derechos de los menores y los adultos mayores–, Mariana Wenger ilustró textos previos de Eduardo Galeano en Infancias perdidas y de Billy Boldt en el más vivaz Password, con dibujos de Alfredo Piermattei en el primer caso y de Ezequiel Saccomano en el segundo. Un criterio similar alentó a Norberto Diez a expresarse sobre el valor de los libros, sin estridencias ni explicaciones innecesarias, en el tierno Alas de papel.
Eludiendo moralejas y referentes respetados, la miniserie web Verdadera verdad, de Sr. Manduví, con dirección de Andrés Almasio y diseño de personajes de Gonzalo Rimoldi, imaginó las aventuras de un desmañado carpincho de manera desinhibida y graciosa. Una búsqueda plástica diferente emprendió Emilio López en su corto animado Unheimlich.
Precisamente en el terreno del cine experimental, Gustavo Galuppo y Carolina Rímini continuaron ofreciendo creaciones estimulantes como el video ensayo Machina Mollis (investigación y realización de Galuppo o Galuppo Alives, como suele firmar sus trabajos desde hace un tiempo) y Refutación de Troya (obra de ambos, sobre la cual, por haber sido parte de la programación del Doc Buenos Aires, escribimos aquí). En la producción de Galuppo-Rímini hay algo solitario y provocador tanto como febrilmente apasionado por las posibilidades y manipulaciones del lenguaje audiovisual.
Hubo también nuevos cortos de ficción, que circularon por festivales y por la web. Retrato imaginario, escrito y dirigido por Felipe Martínez Carbonell (joven formado en la EPCTV que reside y trabaja actualmente en EEUU), despliega tópicos del cine de terror con robustez técnica y refinamiento. En Coloquio, del casildense Blas Zanella, hay buenos encuadres además de un acertado trabajo con el color y los sonidos del campo, por encima de inconvincentes momentos de alucinado dramatismo. Humedal, dirigido por Franco Doyen y escrito por Doyen junto a Celso Florance, resulta curioso: dos de sus tres minutos tienen toda la gracia que le imprimen recursos cinematográficos y el actor Federico Giusti, para luego asumir un tono inesperadamente admonitorio. Por TV y streaming tuvo su estreno, asimismo, El Agenor, del venadense Juan Carlos Frillocchi, ilustración algo anacrónica de un cuento narrado por un actor.
Pejerrey, escrito y dirigido por Agustín Tocalini, es impecable en la construcción de sus planos fijos, su cuidado formal y la elección de Agustín García para dar vida a un pescador perturbado por un crimen o una premonición, aunque el misterio que queda abierto sin tensionar al espectador puede considerarse una debilidad, en tanto El amor que te llevás, de Miler Blasco, expone relaciones familiares poco conflictivas en un espacio confortable, diluyendo las aristas dramáticas en cierta viscosidad publicitaria. Por su parte, Federico Basteri estrenó online su largometraje Intervalo, en torno a un hombre (ajustadamente interpretado por Fabio Oscar Fuentes) que, tras despertar de un golpe en una habitación de hotel, procura desenvolver la trama misteriosa que lo incluye junto a jueces y funcionarios vinculados al narcotráfico. Estéticamente pulido, técnicamente irreprochable, mejor dirigido que escrito, el film (en el que no aparecen mujeres, salvo una reconocible voz que asoma de fondo) amaga con una intensidad dramática e implicancias políticas que no llegan a detonar. Desde ya, vale esperar mucho más de los jóvenes Tocalini, Blasco y Basteri.
Del puñado de nuevos cortometrajes merecen destacarse Libertad 121, de Javier Rossanigo y David Eira Pire, con Claudia Cantero como una mujer que debe afrontar junto a sus hijos una mudanza provisoria por motivos que la historia va revelando cuidadosamente, y 40 tableros, de Alfonso Gastiaburo, con un Juan Nemirovsky notable en un personaje difícil: un ajedrecista que oculta un secreto detrás de su éxito, en el contexto de la 2ª Guerra Mundial. La precisión de los planos, del uso de los tiempos narrativos y de los espacios, en el primer caso, y la capacidad para hacer que una historia de época con despliegue de extras y producción no resulte aparatosa sino creíble, en el segundo, son méritos que se agregan a otro, que ambos comparten: la falta de improvisación, en pos de objetivos claros.
La ficción asomó, además, en tres series web. Rockambole, con Claudia Schujman y Miguel Bosco encarnando a dos atolondrados estafadores (a quienes se ve usando barbijos y recurriendo al zoom para comunicarse), fue un nuevo intento del perseverante Claudio Perrín para mantenerse activo, estrenando cada semana un nuevo capítulo en youtube, Instagram y Facebook. Un histrionismo que suele ser habitual en el humor televisivo aflora en ésta y otra serie web local difundida este año: Tomgon, creada y dirigida por Diego De Bruno. Se diferencia Quién pudiera, realizada con apoyo de Espacio Santafesino, menos informal y con fines más concretos e incluso loables, ligados con los de la productora Hipólita Films (que integran Josefina Baridón, Morena Pardo y Carolina Medina): fomentar la producción de contenido feminista, LGBTI y de identidades disidentes.
De una arquitecta trans que decidió ser fiel a su identidad cerca de los cincuenta años se trata, precisamente, un documental que, si bien no pudo competir en el BAFICI (suspendido por la pandemia), se estrenó en TV, fue exhibido en distintas plataformas y logró buena repercusión: Canela, sólo se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la rosarina Cecilia del Valle, del que escribimos aquí.
Otro documental local, Fotosíntesis, de Diego Fidalgo, tuvo la suerte de comenzar el año exhibiéndose en una sala de cine (se estrenó en enero en el Gaumont, de CABA), antes de ser compartido en la web. Nos ocupamos del mismo aquí, al reseñar las producciones rosarinas centradas en problemas ambientales como los incendios en las islas del Delta del Paraná, que este año sumaron zozobra. Hubo también dos documentales que dieron protagonismo a quienes lidiaron con la represión en la Argentina de los ’70: Abuelas, de Cristian Arriaga, y El coraje de las manos, corto escrito, producido y dirigido por Amadeo Acero, sobre los problemas que atravesaron los trabajadores de Acindar, en Villa Constitución (incluyendo una histórica huelga de dos meses en 1975), alternando testimonios. En este último, la obra de la artista plástica Alicia Laner, de colores y trazos fuertes, contrasta un poco con la música apesadumbrada, como si lo triste y lo vehemente se enredaran en el recuerdo de esas luchas. En tanto, Oficio del mirar atento, de Fernando Tabares, es una entrevista a la fotógrafa Silvina Salinas aderezada con algunos de sus excelentes trabajos, imágenes de la ciudad y comentarios en off poco convincentes a cargo de Graciela Cariello.
Producto de la investigación, el registro periodístico y una propuesta lúdico-pedagógica son los proyectos transmedia De barrio somos y Somos Jaaukanigás, producciones del DCMteam de la UNR dirigidas por un experto en estas lides, Fernando Irigaray. El primero rescata historias de clubes de barrio y el otro documenta la biodiversidad de un humedal santafesino ubicado en la zona de islas y costas del Departamento General Obligado; ambos, con un nivel de calidad que suele ser frecuente en la programación del canal Encuentro (y lamentablemente no en nuestros canales de aire). Otro documental transmedia que pudo conocerse fue Delfo, huellas de un pueblo, de Martin Casse y Lucía Cuffia, de delicada realización y con algunas recreaciones dramáticas, sobre un atleta nacido en Armstrong que en los años ’40 alcanzó popularidad hasta convertirse en ícono del deporte nacional.
Valga para finalizar una mención a lo más reciente de Rubén Plataneo, cuyos documentales (como los de Fidalgo) siempre resultan bienvenidos: Sfumato –de turbador subtítulo: La sombra es más poderosa que la luz– explora los rincones del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino superponiendo reflexiones en torno a la pintura. Desde las miradas de chicos durante una visita guiada o de visitantes adultos que parecen verse reflejados en los retratos que contemplan, hasta idas y venidas de empleados del museo, la intromisión en una reunión de trabajo e incluso registros de las cámaras de seguridad, diversos recursos son empleados para expresar sensaciones, ayudar a apreciar las obras y jugar con lo fantasmal que transita esos pasillos. Hay una música casi siempre inquietante y un par de actrices que aparecen y desaparecen, etéreas, acompañando con comentarios al espectador. “Los museos hay que usarlos, invadirlos” dice alguien, y Plataneo parece convencido de ello, llevando su cámara hasta el techo y las inmediaciones (con ayuda de un dron). Su film, como varios de los citados, merece apreciarse en una sala de cine: ojalá pronto volvamos a disfrutar de esa y otras buenas experiencias que estos últimos meses –forzosa y dolorosamente– fuimos olvidando.

Por Fernando G. Varea
Imagen: fotograma de Libertad 121 (2020; dir. Rossanigo/Pire).

Festival sin mar y con películas argentinas para destacar

Puede discutirse si un festival de cine lo sigue siendo cuando queda afuera el gozoso trajín que incluye encuentros presenciales y proyecciones en óptima calidad en inmejorables salas, pero el hecho de haber llevado a cabo el 35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de todas maneras, con películas en competencia, estrenos y charlas, resulta plausible. Seguramente los films –a los que se pudo acceder gratuitamente desde la página del festival– ganarían viéndose en funciones con público, con el silencio tenso, las risas o los comentarios en voz baja complementándolos: es de desear que 2021 permita reencontrarnos con esa posibilidad. Pero, al margen de que los encuentros vía youtube con directores como Walter Hill o Albert Serra hicieron extrañar la oportunidad que el festival ofreció en sus últimos años de tener a Jean-Pierre Léaud, Vanessa Redgrave o Vittorio Storaro no detrás de una pantalla sino ahí nomás, en persona, y más allá de la opinión que se tenga sobre los premios entregados (el principal se lo llevó El año del descubrimiento, documental español más valioso por los matices que desprenden sus testimonios que por la forma adoptada por su director Luis López Carrasco para volcarlos durante poco más de tres horas), el festival permitió confirmar que el cine argentino, pese a la pandemia y la crisis económica, goza de buena salud.
Entre las posibles objeciones puede mencionarse la ausencia en la programación de cine argentino previo a los años ‘60 (apenas en un libro presentado en el marco del festival, en el que tuve el gusto de participar, puede encontrarse un rescate de figuras como Manuel Romero o Luis Saslavsky), teniendo en cuenta que en los últimos tiempos Mar del Plata supo combinar espléndidamente la historia del cine con lo más nuevo e innovador (y a propósito: resulta curioso que el nombre de quien fuera su director artístico hasta hace dos años, Fernando Martín Peña, no haya formado parte de alguna de las charlas, libros o jurados).
MENOS ES MÁS. Si ver en algunas de las películas a personas compartiendo el mate o subiendo a un colectivo por la puerta de adelante causaba una sensación extraña, al mismo tiempo se demostró que es posible hacer cine en circunstancias como las que nos atraviesan durante este año trágico: aunque se hayan realizado antes de la pandemia, varios trabajos evidenciaron cómo la manipulación creativa de material de archivo o la elaboración de una historia de ficción con pocos actores y restringidas locaciones pueden ser suficientes para materializar un cine provechoso.
La película argentina que se llevó los premios más importantes fue Isabella, de Matías Piñeiro (de la que ya opinamos aquí): Mejor Dirección y Mejor Interpretación de la Competencia Internacional, en la que también participaron la nueva obra de Nicolás Prividera, Adiós a la memoria (de la que escribimos aquí), premiada por Mejor Guión, y Nosotros nunca moriremos, debut en la ficción de Eduardo Crespo (a quien entrevistamos aquí) que, más allá del premio que recibió de la EDA por el montaje de la casildense Lorena Moriconi, merecía una recompensa mayor.
Hubo un film que –tal vez inesperadamente– fue cosechando comentarios entusiastas en redes sociales y terminó ganando el Premio a Mejor Dirección de la Competencia Argentina: Esquirlas, de la cordobesa Natalia Garayalde. Cierta agitación provoca ver este documental que recuerda el estallido de la Fábrica Militar de Río Tercero (pcia. de Córdoba) en noviembre de 1995, el cual, además de provocar siete muertos y centenares de heridos, desnudó oscuros intereses en juego, políticos y empresariales. Recuperando material audiovisual registrado siendo niña, al que suma breves reflexiones en off, Garayalde logra un modesto pero potente ejercicio sobre la memoria y el dolor colándose entre las mezquindades que campearon en los ’90. Si al comienzo asoman inocentes estampas familiares y marcas reconocibles de la época (Cablín, MTV, la pasión por el VHS, una inefable noticia al pasar sobre Zulemita Menem), tras las estremecedoras imágenes de las explosiones y el posterior desastre Esquirlas va adoptando una visión crítica y lúcida sobre ese “lamentable accidente”, tal como lo define en un momento un sonriente y atildado Carlos Menem. El film va entonces de un juego infantil remedando un noticiero hasta significativas declaraciones de los pobladores a auténticos periodistas. “¿Qué poder tiene la gente para tomar decisiones ante tanta acumulación de poder económico?” es un interrogante que formula el padre de la directora y que resuena, una y otra vez, mientras algunas personas se enferman sospechosamente y los juicios no prosperan. El segmento reservado por Garayalde para el desenlace es, indudablemente, uno de sus grandes aciertos. Como Adiós a la memoria y Retiros (in) voluntarios, de Sandra Gugliotta –que tuvo su estreno fuera de competencia y sobre la que escribimos aquí–, Esquirlas es también un film sobre la figura paterna y la fragilidad de la sociedad civil ante los poderes económicos, no sólo en Argentina.
En la Competencia Argentina pudo verse además 1982, documental de Lucas Gallo que se limita a reunir partes de la cobertura periodística en TV de la guerra en Malvinas, sin agregar datos ni comentarios (salvo algunos para contextualizar el film, al comienzo y al final). Su propuesta se diferencia de lo que suele hacer la televisión actual con material de ese tipo, ya que no ironiza ni subraya lo que los archivos dicen por sí solos. Aún para quienes hemos vivido ese fatídico año y no nos enfrentamos por primera vez con esas imágenes, provoca escalofríos recordar aquélla Argentina ganada por militares que improvisaban una guerra con la anuencia de la ciudadanía. Ver y escuchar a periodistas como José Gómez Fuentes (afirmando que la guerra le permitiría a los jóvenes soldados “hacerse adultos”) o Pinky (hermosa y afectada como siempre, rechazando con arrogancia dichos de la BBC), aplausos a una marcha militar en un estadio deportivo o íconos culturales como Gardel y Maradona enredados con los efluvios bélicos, sorprende y angustia. Lo discutible de 1982 es que podría haber hecho un recorte más provechoso: ¿por qué Susana Rinaldi interpretando el Himno y no el grupo de artistas populares (de Libertad Lamarque a Norma Aleandro) cantándolo en otro momento del mismo programa televisivo? ¿Con qué objetivo se le da espacio a una misa en Malvinas y no se menciona el discurso ligeramente antibélico de Juan Pablo II durante su visita a nuestro país?
DIVERSAS MUJERES. Dentro de la Competencia Argentina obtuvo una Mención Especial Las ranas, con la que Edgardo Castro construye una ficción con espíritu documental, apegado a un realismo descarnado y seco, como en La noche (2016). En este caso, el actor y director sigue los pasos de una joven del conurbano bonaerense que va a visitar a un preso: los preparativos en su casilla atiborrada de cosas, sus viajes en tren y en colectivo, la informal venta de medias en la calle para obtener unos pesos, son registrados por Castro como solazándose con ese ambiente lumpen con olor a asado, porro y cerveza. Fugaces imágenes de un preso alzando a su pequeño hijo en brazos, o de la protagonista fumando y bebiendo una gaseosa en plena noche con ladridos de perro de fondo, son breves pausas en el recorrido por situaciones triviales a las que no se les saca lustre. Bordeando la sordidez (en una secuencia la cámara se detiene a exhibir cómo la mujer guarda un teléfono celular en su propio cuerpo), y sin ahondar en las connotaciones del estado de precariedad que reproduce, con su tercer largometraje Castro vuelve a mostrar cierta marginalidad urbana o suburbana sin un estilo propio.
Más vital es Las mil y una, de la joven directora correntina Clarisa Navas, que ganó cuatro premios de los jurados independientes. Filmada enteramente en un barrio de monoblocks de su ciudad (Las Mil Viviendas), acompaña a una adolescente algo reservada y amante del basquet durante su convivencia con dos amigos varones (hermanos entre sí), familia y vecinos. La fluidez del plano secuencia con la que comienza se mantiene casi todo el tiempo en el transcurso de dos horas, durante las cuales la atmósfera taciturna y húmeda del lugar se contrapesa con la frescura de las conversaciones y el desprejuicio con el que se habla (y se intenta vivir) la sexualidad. El film pendula entre la vida que logran insuflarle sus travellings y sus actores/actrices (destacándose el trabajo contenido y ajustado de la protagonista Sofía Cabrera) y cierta tendencia a los estereotipos (esos adultos desmañados, la audacia inquietante de la vecina), más algunas indecisiones formales.
En medio de la programación (que abarcó homenajes a Manuel Antín, Fernando Pino Solanas, Edgardo Cozarinsky, María Luisa Bemberg y Rosario Bléfari, y films nuevos como Edición Ilimitada, del que ya nos habíamos ocupado aquí), fueron bienvenidas las pinceladas cómicas, o en todo caso tragicómicas, de Las siamesas, el más reciente largometraje de ficción de Paula Hernández (Herencia, Los sonámbulos), estrenado fuera de competencia. Basado en el cuento homónimo de Guillermo Saccomano, se centra en dos mujeres que viajan juntas a Necochea por una herencia. Son madre e hija, y el dato no es menor, ya que los chispazos de la relación entre ambas son el eje de la película, que podría considerarse una road movie si no fuera que casi no salen del micro. Sinuosamente posesiva la primera, pendiente una de la otra, sus recuerdos y discusiones van desviándose peligrosamente hacia un grado de incomprensión o sometimiento no por habitual (pasa en las mejores familias, suele decirse) menos angustiante. Aunque puede resultar extraño que en el micro pasen una película de Campusano para distraer a los pasajeros, y a pesar de que en el tramo final las acciones se precipitan en busca de un cierre concluyente –menos sombrío que el del cuento original–, Las siamesas evidencia la competencia de Hernández para desplegar la historia de esas mujeres recurriendo a planos de objetos y gestos, o desarrollando charlas graciosas y reveladoras, ayudada por la capacidad de Rita Cortese y Valeria Lois –más Sergio Prina (El motoarrebatador) en un papel secundario– para hacer verosímiles a sus personajes.

Por Fernando G. Varea

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Imágenes: fotogramas de Esquirlas, Las mil y una y Las siamesas.

En el nombre del padre

RETIROS (IN) VOLUNTARIOS
(2020; dir. Sandra Gugliotta)
ADIÓS A LA MEMORIA
(2020; dir. Nicolás Prividera)

Los une el espanto pero también el amor: Retiros (in)voluntarios, de Sandra Gugliotta, y Adiós a la memoria, de Nicolás Prividera (ambos parte de la programación del 35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata), son dos documentales argentinos que bucean en algunas zonas incómodas de nuestra historia reciente desde las experiencias de los padres de sus realizadores.
Gugliotta (realizadora de uno de los cortos que conformaron la primera y ya mítica edición de Historias breves, así como de algunos largometrajes de ficción) aborda en Retiros (in)voluntarios los dramas derivados de la perversa política empresarial de France Telecom y sus alcances en nuestro país. Se trata de un documental de tono periodístico, en torno a la cadena de suicidios y trágicos episodios provocados por los “retiros voluntarios” que sucedieron a la privatización de la empresa, con testimonios de ex trabajadores, familiares y personas afectadas o vinculadas al tema. La voz en off de Gugliotta –por momentos un poco cerrada– va guiando una suerte de investigación mientras se recorren sitios de Francia y Argentina (incluyendo Rosario) donde fueron quedando huellas de las inhumanas tácticas de la poderosa compañía.
Se agradece que la directora no haya buscado recrear dramáticamente esas dolorosas historias ni subrayar detalles: le bastó con detener ocasionalmente la cámara ante los rostros pensativos y en silencio, sabiendo que sólo escuchar las terribles maneras con las que algunos trabajadores decidieron quitarse la vida, o las referencias a las crueles estrategias empresariales (el uso habitual de un “vocabulario de guerra”, por ejemplo, como advierte alguien), son suficientes para concientizar a los espectadores. Acercándose a su segunda mitad, Retiros (in) voluntarios crece en interés porque irrumpen la historia del padre de Gugliotta y los oscuros trazos de la Argentina menemista.
En Adiós a la memoria, en tanto, el documentalista y ensayista Nicolás Prividera piensa en voz alta sobre el pasado y el presente de su padre y de la Argentina, valiéndose de filmaciones caseras, notas garabateadas en viejos cuadernos, diversos archivos audiovisuales (incluyendo fragmentos de películas como Casablanca), citas varias (desfilan Gramsci, Bacon, Benjamin, Ranciere y otros) y un torrente de reflexiones disparadas por su historia familiar (su madre fue secuestrada y desaparecida en 1976) y por la enfermedad actual de su progenitor, vinculada –angustiosa y precisamente– a la pérdida de la memoria.
A diferencia del clima de apasionante pesquisa de M (2007) y de la calculada estructura de Tierra de los padres (2011), Adiós a la memoria (si bien plantea dudas y preguntas con recursos parecidos a los utilizados en su debut documental) se propone como un ensayo confesional nutrido de cavilaciones y material audiovisual variopinto, con más sinceridad que nostalgia, atravesado por ráfagas de enojo aunque también de afecto.
“Siempre es otro el que nos mira desde el pasado” dice el realizador al examinar antiguas fotos y filmaciones, en las que se mezclan cariñosos juegos del pequeño Nicolás con su padre, e incluso una graciosa película de terror amateur, hasta imágenes imprecisas de ciudades conocidas o recorridas (Buenos Aires, Mar del Plata, París), como si Prividera encontrara en la belleza algo turbia de esas texturas inestables la mejor manera de expresar el torbellino de sus pensamientos. El conjunto aparece dividido en siete capítulos y un epílogo, la primera persona se alterna con la tercera y el desahogo combina lo íntimo con lo general, que se ligan muchas veces favorablemente (la anécdota de cuando el padre compró y luego rompió cierta revista, por ejemplo, o la fotografía escolar con el significativo dato del año en que fue tomada). En un momento, el realizador menciona salas de cine porteñas que ya no existen exponiendo lo que hay actualmente en esos sitios (idea similar a la de Wolf-Muñoz con los teatros y emisoras de radio de antaño en Yo no sé qué me han hecho tus ojos); en otro, acompaña un sensato señalamiento sobre el discurso neoliberal (“allí siempre desaparecen las luchas y lo colectivo”) mostrando gente durmiendo en las calles bajo la lluvia. Cuando dice que “casi no hay registros de la dictadura” parece olvidar algunos documentos valiosos rescatados en películas como Nietos (2004, Benjamín Ávila), y al comentar cómo surgió el concepto de “clase media” en la Italia de los años ’40, se pone fugazmente didáctico.
Su trabajo gana cuando provoca con declaraciones polémicas (algo que, sin dudas, a Prividera le atrae), cuando pone sobre la mesa cuestiones incómodas (la militancia por la “anti política”, el rol de los medios), cuando nos hace pensar sobre la potencia de las imágenes para soslayar el olvido, o cuando su verborragia –franca, preocupada, nunca pedante– cede ante sensibles registros de su padre en la actualidad, sentado ante un piano o intentando recordar a quien tanto amó.

Por Fernando G. Varea

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Vidas atravesadas por el teatro

ISABELLA
(2020; dir. Matías Piñeiro)
UN CUERPO ESTALLÓ EN MIL PEDAZOS
(2020; dir. Martín Sappia)

El teatro –con su bagaje de juego y simulaciones–, la dificultad de definir una vocación, los chispazos de los vínculos familiares, el acogedor paisaje cordobés: si estos elementos relacionan el último largometraje de Matías Piñeiro (Todos mienten, Viola, Hermia y Helena) y el debut como director del montajista y productor Martín Sappia, ambos son, a su vez, bien diferentes.
Con Isabella (parte de la Competencia Internacional del 35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata), Piñeiro vuelve a armar un delicado tablero de cruces y enredos entre personajes interesados en repetir o representar textos de grandes autores. Aquí se trata de Medida por medida, de Shakespeare, la pieza teatral que dos amigas y el hermano de una de ellas intentan desentrañar, entre ensayos, idas y vueltas. Esto último es casi literal, ya que las jóvenes suelen conversar andando por soleados parajes cordobeses (incluso acarreando un cochecito con un bebé, de cuyo padre nada llega a saberse), y porque narrativamente Isabella toma forma a partir de un astuto engranaje, con la ficción teatral confundiéndose ocasionalmente con los sentimientos de los personajes.
La belleza parece ser el eje: en las palabras, en la bifurcación de los tiempos, en imágenes que siempre se ofrecen serenas, radiantes, encantadoras. Sin dudas, el trabajo de fotografía de Fernando Lockett ayuda a que la manipulación de piedras y papeles de colores, planos como los de pies descalzos bajo el agua cristalina de un arroyo cordobés, los fragmentos de un film portugués (que pudo haber sido cierto o soñado) y los preparativos de los fulgurantes decorados para una función teatral, conformen un conjunto visualmente cautivante. Y aunque algunos diálogos sean expresados con esa mecanicidad habitual en el cine de Piñeiro, María Villar, Agostina Muñoz y Pablo Sigal saben restarle solemnidad, imponiendo su fresca presencia. Un flanco débil de este juego de espejos es que el artificio termina excluyendo posibles acercamientos a la realidad: Mariel (Villar) dice dedicarse a cuidar chicos y escribir para una página “sobre temas generales” y necesita pedirle dinero a su hermano aduciendo “Tengo que organizarme, no tengo suerte”. Atribuir problemas económicos a la falta de organización o de suerte resulta insatisfactorio en un film argentino actual, objeción que no podría hacérsele, por ejemplo, a La vendedora de fósforos (2017), de Alejo Moguillansky.
Mucho más melancólico es Un cuerpo estalló en mil pedazos (que integra la Competencia Argentina en el mismo festival), documental que sale tras las huellas del artista y arquitecto cordobés Jorge Bonino de manera singular: no hay fotos ni imágenes documentales del mismo hasta que asoman algunas en el desenlace, quienes lo conocieron dan su testimonio sin aparecer ante la cámara (sólo se escuchan sus voces en off), se acompaña el periplo de Bonino sin limitarse a ilustrar lo que se cuenta.
Ya desde su movilizador comienzo –con un largo travelling mientras se arroja el duro dato de cómo Bonino terminó sus días–, se advierte el cuidado de Martín Sappia para abordar los matices de una vida compleja. La acariciante voz en off de Eugenia Almeida va contándonos hechos, dudas, anécdotas: “Dicen” repite una y otra vez, provocando la sensación de estar contándonos una historia, leyendo en ciertas ocasiones textos escritos por el propio Bonino (en notas que se escuchan mientras se ve un plano dentro de otro, o también en cartas enviadas a amigos). Sin abandonar nunca el blanco y negro, Un cuerpo estalló en mil pedazos recorre fulgores y angustias de este “Jacques Tati argentino”, como alguien lo define. Cuando no hay certezas sobre un incidente reúne las distintas versiones sin darle un cierre al enigma, como su repentina zambullida en el río Sena.
Tal vez haya cierto exceso de palabras o de duración, y se desestime alguna referencia valiosa (su fugaz actuación en Piedra libre, de Torre Nilsson, brindó uno de los sacerdotes más desvariados que se han visto en el cine argentino, más allá de lo que debió decir en esas breves escenas), pero el honesto trabajo de Sappia tiene méritos de sobra, uno de los cuales es su perspicacia para vincular la información con diversas imágenes y sonidos. Como cuando se nos cuenta de sus dubitativos pasos al volver a Córdoba mostrando a chicos entrando y saliendo de las aulas de una escuela, o cuando se oyen vidrios rotos mientras comienzan a asaltarlo problemas psiquiátricos.

Por Fernando G. Varea

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Eduardo Crespo: “Quise confiar en la potencia de los rostros y las imágenes”

Desde hace una década, el entrerriano Eduardo Crespo viene despertando interés en el ámbito cinéfilo y recibiendo premios por sus documentales (Tan cerca como pueda, el emotivo Crespo [La continuidad de la memoria]), por sus trabajos como productor (junto al santafesino Iván Fund y al cordobés Santiago Loza) y como director de fotografía (de películas como la excelente Malambo: el hombre bueno, de Loza, y la melancólica Otra madre, de Mariano Luque). Su primer largometraje de ficción, Nosotros nunca moriremos (2020), acompaña la llegada de una mujer (Romina Escobar, recordada por Breve historia del planeta verde) y su hijo (Rodrigo Santana) a un pueblo apacible en busca de información sobre el fallecimiento del hijo mayor, aunque no se trata de un policial sino de una sensible aproximación al misterio de la muerte y el sostén de los afectos. A continuación, nuestro intercambio vía mail con el joven realizador en torno a su película, que participó este año en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y compite ahora en el Festival de Mar del Plata.
– Detrás de la historia de Nosotros nunca moriremos está la incertidumbre que provoca la muerte de un joven, o la muerte en general. Sin embargo, su melancolía nunca desborda. ¿Cómo lograste imprimirle ese tono tan contenido?
– Me interesaba no subrayar nada. Ni en los registros actorales ni en el guión. Fue un trabajo de desmenuzar hasta quedarnos con lo indispensable. Confiar en la potencia de los rostros y las imágenes. La historia se va construyendo como por bloques, que empiezan a conectarse y al final nos damos cuenta de que todos terminaron siendo parte de una construcción.
– Algunos elementos (el bosque, los caminos y puentes rodeados de árboles, la ternura de los personajes, incluso el invento casi fantástico del personaje de Luciano) llevan a verla como un cuento, con misterio y candidez. ¿Fue deliberado?
– Quería hacer una película sobre la sencillez de la vida en los pueblos chicos y de cómo eso viene cargado de cierta poética. Al principio tenía unas líneas más del género policial, que fuimos desdibujando hasta encontrar una forma mucho más propia, más relacionada con una poética del litoral, con otros tiempos, con la atención en otras cosas. Algunas fueron apareciendo casi por arte de magia durante el proceso de investigación y escritura, como esa máquina que estaba inventando Giovanni (Luciano) o las sagas sobre caballeros y dragones que escribía Brian (Alexis). La película, de alguna forma, fue absorbiendo todo eso.
– Se alternan muchos planos generales con planos detalle de elementos aparentemente insignificantes, pero valiosos por lo que significan en determinadas escenas (una Biblia, un helado, una medallita). 
– Tanto con Inés Duacastella, desde la fotografía, como con Julia Baglietto desde la dirección de arte, y también desde el vestuario a cargo de Victoria Luchino, queríamos trabajar desde el despojo. Hay pocos elementos que se pueden reconocer y enumerar. Uno podría hacer un listado de esos elementos y trazar con ellos una figura, aunque borrosa, de ese joven muerto. Me pasaba también que, por los condicionamientos de producción, nunca me tomé el tiempo de filmar el paisaje entrerriano, que me ha marcado mucho. Una imagen de referencia muy fuerte para alguien que se tuvo que ir de un pueblo hacia Buenos Aires es la imagen del paisaje desde la altura de la ventanilla de un colectivo de doble piso. Y eso cargado con la melancolía de una despedida.
– A lo largo del film no se ven muchos teléfonos celulares, televisores encendidos o tarjetas de crédito. ¿Fue para acentuar la sencillez de los personajes o buscaste que la historia tuviera cierta atemporalidad?
– Están en un segundo plano, no se hace foco en eso. Eso es lo que le da una sensación de atemporalidad: que la tecnología no sea el centro de atención por donde pasa todo, como nos sucede a veces. Y ahora que lo pienso, es algo que siempre me reprocha mi madre, cuando necesito que responda mis mensajes y ella está de repente horas sin ver el celular porque elige hacer otras cosas, como ponerse a regar las plantas o salir a vender rifas para ayudar a alguna institución de Crespo. Le parece que todo lo demás puede esperar.
– Puede decirse que los personajes no responden a estereotipos. Las dos madres que aparecen, por ejemplo: una bombera y la otra representada por una actriz trans. 
– Me interesaba correrme de todo preconcepto. Y trabajar con Romina Escobar fue un hermoso desafío. Al principio teníamos ciertos temores de cómo iba a ser la recepción del resto del elenco, o en los lugares donde filmamos, que son pueblos muy conservadores. Pero, al contrario de nuestros prejuicios, fue todo ultra cálido y amoroso. La gente venía a saludarla como si fuera una conocida de años, por haberla visto en la tele. Ahí me quedó más claro la trascendencia que tienen los medios, tanto la TV como el cine, en estos lugares. Y la responsabilidad que eso implica para nosotrxs lxs realizadorxs. Con Jésica Frickel, la bombera, pasaba algo parecido: también había cierto juicio por esa chica que elige hacer una vida al margen de los mandatos sociales, por eso quise trabajar con ella, porque podíamos hablar ese mismo lenguaje. Siempre estaré agradecido a la entrega de parte de las dos hacia esta película.
– ¿Y cómo elegiste a  Rodrigo Santana (para mí una revelación), a Giovanni Pellizari (que ya había actuado en Tan cerca como pueda) y al resto de los actores?
– A Rodrigo lo conocí filmando un documental en una escuela rural. Entre todos los chicos vi que él se destacaba, y no por ser el más extrovertido sino porque entendió al toque cómo funcionaba el juego con la cámara. Había como un imán hacia él, cierta chispa. Nunca pensé que se iba a animar a actuar en una ficción, porque lo veía bastante tímido. Ahora, después de esas experiencias, quiere ser actor, algo que jamás había pensado, y a mí me llena de alegría haber despertado ese deseo de vocación en un chico como él. El resto del elenco fue apareciendo durante el proceso de investigación, no suelo hacer castings. Giovanni es un amigo y me pasa que cada vez que voy a visitarlo está “en una”. Esa vez, en particular, estaba armando una máquina de energía escalar, con los planos que dejó Tesla, para hacer crecer más fuertes y grandes las verduras de su huerta. Me pareció maravilloso. Y a Jésica la conocí mientras esperaba que mi sobrino saliera de la escuela, porque filmar en Crespo también implica hacer el rol de tío. Faltaban dos semanas para empezar a filmar y estaba tranquilo de que iba a aparecer alguien, hasta que escuché de rebote la conversación que tenía con otra madre, diciendo que estaba con poco trabajo, le dije si quería participar de la película y sin mucha vuelta me dijo que sí.
– Algunos tópicos de tus películas parecen repetirse en las de colegas tuyos de la misma provincia (Fund, Schonfeld, Herzog, Murga, Schmunk, etc.) ¿Considerás que hay algo de la cultura o la vida cotidiana en Entre Ríos que termina impregnando a las películas realizadas allí?
– Entre Ríos es una provincia de poetas y escritorxs de una larga tradición, así como de músicos increíbles como Linares Cardozo. Yo crecí escuchando esa música porque era bailarín de folklore. De más grande descubrí a Juan L. Ortiz y otros. Eso me impregnó de cierta melancolía pero con un aire de celebración a la belleza del paisaje y la gente de estos pueblos. Ahora, los tiempos cambiaron y nos sumamos también lxs cineastas, para tratar de revelar algo de eso por lo que estamos atravesadxs y que quizás no tiene una explicación racional. Es algo más bien misterioso, como la muerte del joven de Nosotros nunca moriremos.

Por Fernando G. Varea

http://www.vimeo.com/educrespo

Lenguaje

“A través de los años uno va buscando su lenguaje. Y el lenguaje del cine es visual. Yo filmo con grandes angulares buscando la profundidad de campo, la fuga, la acción en el plano posterior, la cámara en movimiento que sigue y habla con los personajes en movimiento, los grandes escenarios”.

(FERNANDO “PINO” SOLANAS [1936/2020], en la entrevista que le hice en 2007 y que puede leerse aquí) FGV