Solo quiero que me amen

ERRANTE CORAZÓN
(2020; dir. Leonardo Brzezicki)

¿Inmaduro? ¿Inestable? ¿Posesivo? ¿Autodestructivo? ¿Tóxico? ¿Irreflexivo? ¿Cómo definir a Santiago, el protagonista del segundo film como director de Leonardo Brzezicki (que también se ha desempeñado como actor en algunas películas)?
Santiago tiene una madre, una hija, una ex mujer, amigos. También un buen trabajo y un departamento que parece confortable. Sin embargo, vive de manera resbaladiza, dominado por miedos e impulsos, huyendo de la soledad al tiempo que la provoca, irritando a los demás o buscando compañía errática y sinuosamente.
Todo el tiempo la cámara procura plasmar la intensidad de esa vida serpenteante, deteniéndose casi siempre en los ojos húmedos, la risa nerviosa, los tics y el andar agitado de Santiago (notable entrega física de Leonardo Sbaraglia, sobreponiéndose al aspecto juvenil que todavía lo acompaña y prestándose al desafío de más de una escena riesgosa). Pero también, por momentos, adopta el punto de vista de su hija Laila (Miranda de la Serna, quien ocasionalmente recuerda a su madre Érica Rivas en las escenas de histeria familiar de Los sonámbulos). Alberto Ajaka y Beatriz Rajland –una ex pareja y la madre de Santiago, respectivamente– no sólo aportan solidez interpretativa sino también algo de cordura desde sus personajes episódicos.
El subibaja emocional de Santiago (que curiosamente no parece afectar demasiado su responsabilidad como chef de un restaurante) lo va llevando a vivir distintas circunstancias, incluyendo un viaje con su hija a Brasil donde se reencontrará con su ex mujer Eloísa (tanto o más atolondrada que él) y donde entablará amistad con una pareja gay. En determinado momento, el guión impone un hecho dramático en medio de los festejos de fin de año.
En más de una ocasión, todo lo que luce deseable (casas, playas, reuniones en las que ronda el deseo sexual o la contención familiar) se enrarece por la angustia y la compulsión hiperquinética de Santiago o de Eloísa. Como director, Brzezicki logra hacer vívido el ánimo que bien refleja el título de su película, sin poder evitar desvíos hacia cierta estética publicitaria, sobre todo en algunos exteriores en locaciones brasileñas, o por ejemplo al mostrar a Laila improvisando un baile con un paraguas. Acierta, en tanto, cuando al comienzo expone un desprejuiciado encuentro de hombres desnudos y semidesnudos en el departamento de un viejo amigo (encarnado por Iván González, uno de los hijos del cantante Jairo) comiendo pizza y charlando espontáneamente de bueyes perdidos, o cuando musicaliza el inquieto tránsito de Santiago por comercios porteños finalizando la secuencia en un espectáculo de danza de su hija en un teatro.
Una zona discutible de Errante corazón es la especie de coraza de confort material en la que confina a sus personajes, sin salirse del centro porteño, alguna casa con piscina en las afueras y otros espacios no menos prósperos en Brasil. Apenas una ligera aparición de los sonrientes empleados del restaurant y la manifestación de un pequeño grupo de vecinos –que Santiago y uno de sus amigos atraviesan al pasar– cortando una calle con una irónica pancarta, son señales de que otra gente con otras preocupaciones los circundan.
“De vos lo único que aprendí es que cada uno se salva solo” le reprocha Laila a su madre, en medio de una dolorosa discusión, parte de una de las secuencias más tensas del film. Tal vez pueda hallarse allí (no sin esfuerzo) una visión del egoísmo e individualismo de esos adultos a los que la chica opone una reacción, una bronca legítima, un desesperado gesto de sinceridad.

Por Fernando G. Varea

Mirko Buchín: “Cada corto es un aprendizaje”

Aunque es respetado y querido por su fecunda trayectoria como actor, autor y director de teatro, Mirko Buchín es también un apasionado cinéfilo, frecuentemente convocado por realizadores jóvenes para actuar en cine: “Está un poco encasillado, lo llaman siempre para hacer de viejo”, bromea su hijo Marcos. Y aunque el Concejo Deliberante de Rosario lo declaró Ciudadano Ilustre en 2008 y, con 89 años, reúne antecedentes más que suficientes como para recostarse en su prestigio, continúa dispuesto a ampliar la lista de cortometrajes en los que participa, trabajos que –con conmovedor entusiasmo– va anotando pacientemente en un cuaderno. Méritos que nos llevaron a querer conversar con él, abriendo una serie de notas de Espacio Cine a personalidades valiosas vinculadas a la producción audiovisual local.
Nacido en Juan Bernabé Molina, pequeña localidad del sur santafesino, Buchín siempre recuerda cuando en CABA se estrenó una obra suya premiada por Argentores (La casa de Ula) y fue invitado a almorzar con Mirtha Legrand en el canal 9 de TV: al mencionar su lugar de origen, conmocionó a todo el pueblo. En ese bagaje de anécdotas quisimos ingresar, sin poder resistirnos a indagar también en sus impresiones como espectador durante años en funciones del Cine Club Rosario y el Madre Cabrini, o ahora como consumidor de Netflix y QubitTV: así, a lo largo de la charla, fueron surgiendo su devoción por Luchino Visconti, William Wyller y Akira Kurosawa; la permanente revisión de películas, algunas de las cuales considera que envejecieron (Rebelde sin causa, Jules y Jim, La noche americana) mientras que otras mantienen su lozanía (La pasión de Juana de Arco, de Dreyer); las discusiones que ha tenido por preferir a Jerry Lewis antes que a Woody Allen; ciertos veredictos que desliza provocadoramente, con vehemencia y una sonrisa (“Detesto la Nouvelle Vague”, “Isabelle Huppert se ha transformado en una actriz insoportable”, “Marlon Brando y la música de Gato Barbieri en Último tango en París me resultan intolerables”, “Parasite me pareció falsa y efectista”). Tampoco se priva de recuerdos u opiniones categóricas cuando se le pregunta sobre cine argentino: “A mis alumnos de teatro les decía que la actuación de Enrique Muiño en Donde mueren las palabras es todo lo que no debían hacer, sin dejar de admitir que era un actor con estilo propio que todavía emociona, aunque la forma sea perimida”; que lo mejor de Mario Soffici como director no es Prisioneros de la tierra sino Viento Norte; que la mejor película del cine argentino tal vez sea Puerta cerrada, de Luis  Saslavsky; que Hugo del Carril fue uno de nuestros mejores directores y el comienzo de Más allá del olvido es magistral; que adoraba a María Duval y a Delia Garcés; que El secreto de sus ojos “no es cine sino TV, salvo la escena en el estadio de fútbol”; que le gustó mucho El camino de San Diego (Carlos Sorín); que debería volver a ver El aura (Fabián Bielinsky), “bien filmada pero demasiado hermética”; que lo mejor que hizo Lucrecia Martel (que le parece “pedante”) es su corto Rey muerto.
– ¿Cómo fuiste integrándote al ambiente cultural rosarino?
– Un día fui con mis hermanos, primos, padres y tíos a una función de circo en Godoy, un pueblo vecino. En la segunda parte del espectáculo se representaba una obra de teatro y, en un momento, el acomodador me llamó: Dice tu tía que vengas conmigo porque te necesitamos en el escenario. Yo tendría 5 o 6 años. Mi tía sabía que yo era histriónico: debo tener todavía una página central del Billiken del año treinta y pico con las banderas del mundo, que yo se las decía de memoria. En el circo estaban buscando un chico para que hiciera un pequeño papelito y mi tía me llevó. Uno de los actores, detrás del telón, me dijo Vas a entrar y cuando yo te pregunte qué querés ser cuando seas grande, decime Quiero fumar como mi papá. Entre los actores había una mujer totalmente vestida de negro, de luto riguroso. Antes de salir a escena, en voz baja se divertían muchísimo, hasta que esta mujer salió a escena y se largó a llorar como una loca. Me impresionó eso: de la risa al llanto como si nada. Después actué en las veladas de la Sociedad Italiana del pueblo. Como no había secundario en Molina mis padres me mandaron a Rosario, donde estuve en casa de una señora que ayudaba a mi familia y que fue como una segunda madre para mí. Hice los dos primeros años en el Lasalle y el resto en el Nacional Nº2. Cuando mi tío y un hermano mayor comenzaron a gestionar un bar llamado Don Ángel, en San Nicolás y Tucumán, empecé a trabajar allí y en las historias de los clientes mamé la esencia del melodrama, uno de mis géneros favoritos. Mientras tanto estudiaba Filosofía y Letras en la facultad. Algunos libros de la biblioteca, de los que había un solo ejemplar, permitían sacarlos a la noche y devolverlos a la mañana, entonces yo los sacaba, estudiaba toda la noche y al día siguiente, antes de abrir el bar, iba en bicicleta a devolverlos. También había empezado a estudiar francés, con un libro de mi tío. Luego trabajé como secretario en el Consulado de España. Así fui conociendo a gente relacionada con el teatro, como Florencia Castagnino y Pedro Asquini, quien con su esposa Alejandra Boero dirigía Nuevo Teatro. De él conservo uno de los mejores elogios: cuando se estrenó El soldado de chocolate, de Bernard Shaw, en teatro circular, en el ya desaparecido Club Universitario, me encargaron la utilería y preparé billetes sumergiendo papel en té, haciéndoles dibujos con tinta china y acuarela; cuando los vio Asquini se sorprendió y dijo Con gente así va adelante un teatro. Ya en la segunda obra, La gaviota, hice un pequeño papel, aunque Chejov no tiene pequeños papeles sino papeles cortos.
– ¿Cuál fue tu primera incursión como actor en cine o TV?
– Dejando de lado Mamá es un tanque (1982), corto de Carlos Mandrini en cuya realización intervino también mi hijo Marcos, y que nunca se estrenó, lo primero que hice ante cámaras fue La noche del crimen (1987), un espectacular de una hora para TV dirigido por José María Cocho Paolantonio sobre cuento de Mateo Booz, con Pepe Soriano. Fue en Rincón, estuvimos varios días allí y salió muy bien. Fui aprendiendo la diferencia entre actuar en cine y en teatro. Vi muchísimo cine pero como actor sigo aprendiendo. En el primer episodio de Momento (2014), un corto que hice con Felipe Martínez Carbonell, debía sonreír y tenía un miedo espantoso, porque si en un teatro sonreís tímidamente no lo ve nadie, pero si en cine lo hacés exageradamente parecés Piñón Fijo… Ahora lo veo y me gusta porque supe hacerlo bien.
– De la década del ‘80 es tu trabajo como coguionista de Chechechela, una chica de barrio (1986, Bebe Kamín), sobre tu novela publicada quince años antes.
– La película no tiene nada que ver con el libro. Recuerdo que la mejor crítica que recibí de la novela fue de Angélica Gorodischer, que me mandó una carta que todavía conservo, contando que había ido al centro a comprarle algo a sus hijos y mientras leía el libro en el colectivo se reía a carcajadas. Cuando llegó a su casa, cocinando seguía leyendo y con el pie apartaba a sus hijos que querían ver de qué se reía. Al terminar de leer el libro se los dio, diciéndoles Léanla pero ojo, que es una novela triste. Es decir que la había entendido. Lo mismo me había dicho Carlos Barral cuando vino de España. No quiero hablar mal de nadie, pero en el guión de la película metieron cosas y faltó imaginación, por ejemplo en ese casamiento en el campo que parece un banquete de difuntos. En un principio el personaje principal no lo iba a interpretar Ana María Picchio –que en algunos momentos está estupenda– sino Susú Pecoraro, pero estaba haciendo Tacos altos y se consideró que sería algo parecido. En la novela ella sale de la iglesia vestida de novia del brazo de su marido y al verlo al Alberto, su ex novio, lo besa en la boca y piensa Me di cuenta que todo me había salido para la mierda. Pero eso no lo permitieron. Alguien me dijo que además querían agregar en la escena de la fiesta a Fito Páez cantando y les dije ¡No! ¡Es un perro cantando! Y así otro montón de cosas, hasta que en un momento, cuando querían cambiar el final, les dije Mirá, hacé lo que quieras, pero no me invites al estreno y si querés sacá mi nombre de la película.
– De todas formas, tengo entendido que algunas cosas de la película te gustaron.
– Sí (piensa, duda)… El tema es que el director no entendió el problema que plantea la novela. Por ejemplo: cuando algunos dicen que Esperando la carroza es la mejor película del cine argentino y un grotesco maravilloso, yo digo No saben una mierda: no es un grotesco, es una farsa. Grotesco era la obra de teatro. China Zorrilla le había pedido al director (Alejandro Doria) que no hiciera aparecer a la abuela desde el comienzo. Yo recuerdo haberla visto en la TV en blanco y negro, con Nora Cullen haciendo de la abuela, y era extraordinaria: uno no sabía que estaba viva hasta que no entraba. Acá llaman grotesco a lo que es exagerado pero en realidad es la conjunción de la risa y el drama. Esperando la carroza no tiene ningún momento que te emocione, que te saque una lágrima.
– ¿Cómo fue tu experiencia como actor con Los teleféricos (2010, Federico Actis), que integró Historias breves 6?
– No lo conocía a Actis, me llamó un día, nos conocimos e hicimos unas pruebas. Después me olvidé hasta que, dos meses después, me volvió a llamar. ¿Qué pasó?, le dije ¿No entrevistaron a nadie más? Resulta que habían entrevistado a 25 y terminaron eligiéndome a mí. Me llevé muy bien con todos pero no interactué mucho con Claudia Cantero o Juan Nemirovsky porque mi personaje no entraba en contacto con los demás, era muy pasivo. Era cuestión de miradas. Quedé muy conforme con ese corto que hizo una gran carrera, se exhibió en muchos países.
– Después siguieron otros.
– Aparecí en Cuatromil (2012, Elena Guillén). Era un papelito corto pero fue una buena experiencia. Salió muy lindo. Había una parte que yo llegaba a un lugar y preguntaban si allí vivía Fulano: según el guión tenía que decir Sí, vive acá, yo lo guío, pero como mi personaje era un viejo de barrio, propuse decir Sí, vive acá, venga que yo lo ubico. Enseguida me dijeron que lo diga así. También intervine como entrevistado en El teatro en la dictadura (2011, Viviana Trasierra/Cristian Cabruja) y como actor en La música (2011, Fernando Gondard), donde trabajé con una actriz que empezó conmigo, Mónica Alfonso. También en Sola en la pared (2018), un videoclip que gustó mucho.
– ¿Cómo fue el trabajo con Martínez Carbonell?
– Excelente. Yo le decía que me corrigiera lo que quisiera y al verme en los ensayos, en general, me decía Sí, es lo que quiero. O sino Corregí tal cosa. Para Retrato imaginario (2020) me dijo que ya me tenía elegido. Ahora me va a enviar el guión de lo que va a filmar en Argentina. Le dije que esperaba que tuviera un personaje para mí.
– En los últimos dos años actuaste en la miniserie Pájaros negros (2020, Jesica Aran) y el corto Severino (2019, Gastón Calivari).
– Respecto a Severino, un día me llamó Gastón Calivari, alumno de Josecito (Martínez Suárez), que era amigo mío también, después me envió el guión y finalmente nos encontramos en un bar. Por el estilo me recordaba a Nebraska (Alexander Payne) y cuando se lo comenté me mostró que en la presentación de su proyecto figuraba esa película entre las referencias. Había pensado en mí después de verme en Los teleféricos, que en la ENERC lo consideran el mejor corto hecho en Rosario. Después de otros encuentros y algún ensayo filmamos en Nogoyá, con Gustavo Garzón. Yo había sido el primer profesor de teatro de Garzón y nos encontramos cuarenta años después. Nos llevamos muy bien y se acordaba de mí. Era mi mejor alumno de aquélla promoción y le conté que debo tener todavía un breve informe que me pedían sobre el desempeño de cada alumno, y en el suyo había escrito Un chico joven con muchas condiciones, si no se echa a perder puede llegar a ser un excelente actor. Además, a Nogoyá fue todo el equipo técnico de la escuela de cine, como quince chicos todos estupendos. Si alguien escribía el guión, otro se encargaba del arte, otro del maquillaje, otro del sonido, etc. y en la próxima rotaban. Todos más o menos de la misma edad. Extraordinario. Empezamos por el final, yo parado en medio de un campo repleto de hormigueros. Cuando las hormigas empezaron a subir por el pantalón, como se me veía sólo la parte de arriba una de las chicas del equipo, arrodillada, me las iba sacando.
Último paquete (2019, Juan Marciano Ferrero) es sobre la adicción por los teléfonos celulares. ¿Cuál es tu relación con las nuevas tecnologías?
– No tengo celular. La computadora la uso lo mínimo indispensable. Tampoco tengo microondas. Porque me doy cuenta que la gente se envicia. En cuanto a Ferrero, me dirigió en cinco cortometrajes. En uno hice de mafioso italiano y se filmó en Don Leo, el bar de Avenida Pellegrini que ya cerró. Cuando le pedí al director, que era muy jovencito en ese momento y es de Leo como yo, que me enviara el guión para ver si lo podía hacer, me dijo ¿Cómo no lo vas a poder hacer? Nos conocimos, conectamos y se hizo. Después me volvió a llamar porque quería filmar un corto de un minuto, Navidad 60, para enviar a un concurso en España. Se hizo todo un día en otro restaurant. Al poco tiempo, me llamó para decirme que habían ganado el primer premio. Es muy lindo, con un muy buen trabajo de producción. Con él hice también Dos huevos, La perra, el chueco y el jefe, que se filmó en la EPCTV, y No pierdas el Norte, donde volví a trabajar con Nemirovsky.
– ¿Qué es lo más reciente que hiciste?
– Tres episodios de Detective de recetas, hecho en Rosario por Juan Pérez Cantón y Lautaro González. Y este año Calivari junto a otro chico, Juan Follonier, me llamaron para hacer La gauchada. Se filmó en abril y actué junto a Raúl Calandra. También me divertí mucho haciendo El maestro ruso, donde Piripincho (Héctor Ansaldi) y la Porota (Liliana Gioia) ensayan un cuento de Chejov, se critican y se destrozan hasta que llaman a un maestro ruso para que los dirija, que lo hago yo (recuerda al personaje y se ríe)… Es para el canal de Santa Fe, creo que va a verse en noviembre.
– ¿Qué valorás o disfrutás más de estos trabajos?
– Una de las cosas que les decía a mis alumnos de teatro es que deberían aprender el respeto que se le tiene al director de cine, la puntualidad y el silencio cuando se pide. En el teatro, el que no ensaya no ve el ensayo del otro. A veces me dicen Con la experiencia que tenés, ¿cómo trabajás con gente que recién empieza? Y yo les digo que tengo experiencia en teatro como actor, autor, director, iluminador, escenógrafo, profesor, director de ópera… pero como director de cine no tengo. Para mí cada corto es un aprendizaje. Y me dan alegrías, como cuando organizaron en el CCK un festival de cortometrajes argentinos y después alguien me dijo Pasaron tres cortos tuyos seguidos… Parecía el festival Mirko Buchín.

Por Fernando G. Varea

Causas y efectos

TRES COSAS BÁSICAS
(2021; dir. Francisco Matiozzi Molinas)

Tal vez el interrogante no debería ser si entregar la vida por una causa es un gesto de grandeza, sino qué significa exactamente eso. ¿Estar dispuesto a morir si la causa lo reclama? ¿Simplemente no tener miedo a ser asesinado? ¿O destinar tiempo, esfuerzo, iniciativas y compromiso a lo largo de la vida por esas ideas, sin necesidad de inmolarse por ellas?
Preestrenado en la  8ª Semana de ADN Doc, Tres cosas básicas dispara preguntas como esas. Lo hace reconstruyendo testimonios en torno a uno de los tantos episodios perturbadores ocurridos durante la larga noche de la última dictadura cívico-militar en Argentina: el secuestro de dos militantes de Montoneros (Tulio Valenzuela y su compañera Raquel, embarazada), la posterior proposición de viajar a México para delatar a compañeros, una fuga, una denuncia y el hecho de enfrentar una tragedia quizás inevitable.
Al querer desentrañar enigmas que lo acompañan por el recuerdo de sus cinco tíos asesinados durante aquellos años oscuros, el rosarino Francisco Matiozzi Molinas (docente, realizador audiovisual, director de Murales: El principio de las cosas y otros documentales) no evidencia particularmente enojo ni una ciega admiración, sino sincera curiosidad. En este caso, transmite su inquietud con un planteo que evita las simplificaciones con las que ciertos políticos y comunicadores abordan los claroscuros de la época, combinando grabaciones, fotografías, declaraciones ante su cámara o en el transcurso de distintos juicios. Alguien de quien podría suponerse un desapego por la vida dice, desde un lejano audio, “Hay objetivos por los que querer vivir y personas a las que queremos mucho”, y en uno de los testimonios más elocuentes otra persona enfatiza “No eran robots, eran seres humanos”. Al mismo tiempo, un ex represor desliza sin vueltas una broma macabra sobre los vuelos de la muerte y un ex integrante de Montoneros considera que él y sus compañeros son “héroes” que formaban parte de una “guerra”, subrayando “No me arrepiento de nada”.
Yendo de Argentina a México y Cuba, los recuerdos e impresiones de Roberto Perdía, Pablo Fernández Long, Daniel Cabezas, Ignacio González Jansen, René Chávez, Daniel Sverko y varios más se suceden, alrededor de ideales y traiciones, de certezas y dudas. Antiguos registros audiovisuales devuelven la ominosa imagen de Galtieri balbuceando una arenga y la de Mario Firmenich irritando al proponer tranquilamente desde su exilio una “resistencia masiva”.
Breves planos fijos de las distintas ciudades y de algunos sobrevivientes de esta historia mirando silenciosamente a cámara, así como un uso de la música que evita el exceso, favorecen el tono contenido de Tres cosas básicas, su respeto por las opiniones de los entrevistados y de los espectadores. Esa sobriedad no impide que, en determinados momentos, asomen leves estremecimientos, cuando alguien reencuentra el sitio donde se había organizado una improvisada conferencia de prensa más de cuarenta años atrás, cuando Sebastián Álvarez recuerda el encuentro con su hermana desaparecida en 2008, o cuando se escucha la voz susurrante de Raquel Negro –alias María–, militante perseguida y envuelta en una trama de desenlace previsible, afirmando: “Aún dentro de esta situación, soy feliz”.

Por Fernando G. Varea

“Epirenov”, un stop motion rosarino en Cannes

El rosarino Alejandro Ariel Martín estudió cine en la EPCTV y Comunicación Social en la UNR. Codirigió con Yair Hernández, Gisela Sogne y Carolina Tacconi A veces las paredes son mías (2012), con el mismo grupo más María Victoria Noya El cruce del Ecuador (2012), y con Paula Bertolino, Débora Froucine, Yair Hernández y Julia López Historias al sur del sur (2013), documentales que compitieron en el Festival Latinoamericano de Video y Artes Audiovisuales de Rosario (ganando con el último una mención especial). Perfeccionó sus estudios en Barcelona y, después de tres años de realización, logró terminar su ambicioso corto en stop motion Epirenov, que desde hace un tiempo viene participando en numerosos festivales (obteniendo reconocimientos en varios de ellos), entre los más importantes el de La Habana (Cuba, 2019) y el Festival de Cine y TV Reino de León (España, 2021). Este año Alejandro tuvo la oportunidad, junto a Florencia Pilotti, una de las productoras de Epirenov (la otra es Roxana Bordione), de participar del Short Film Corner, el mercado de cortometrajes del Festival de Cannes. “Fue una experiencia muy estimulante, que nos brindó la posibilidad de tener contacto con los referentes de la industria para dar a conocer nuestro trabajo y los futuros proyectos en camino” nos cuenta vía mail, señalando que esta sección estaba destinada únicamente a gente de la industria, por lo que sólo público acreditado podía acceder a las proyecciones. “El festival de la Habana, en cambio –recuerda–, está volcado al público de la ciudad y la gente hace colas de varias cuadras para entrar a los cines, que son gigantes y con una calidad técnica que no tiene nada que envidiarles a festivales clase A. Los cubanos están pendientes de las películas, gritan durante las proyecciones, aplauden a los protagonistas, abuchean a los villanos, discuten en las calles, algo hermoso que yo nunca vi. Por suerte fue justo antes del inicio de la pandemia por lo cual no se vio afectado.
– ¿Por qué elegiste el nombre Epirenov para tu corto?
– Busqué un nombre que no remitiera a ningún espacio o momento histórico particular. Un nombre atemporal que, de alguna forma, captara la atención del espectador y lo llevara a preguntarse: ¿quién es este personaje? ¿por qué se encuentra en este lugar? ¿cuánto tiempo hace que está ahí?
– ¿Qué dificultades presentó el trabajo? ¿Pudiste disfrutarlo?
– Las producciones audiovisuales de stop motion son un delirio, no importa cuánto calcules que te va a llevar un rodaje: siempre te va a llevar mucho más. El cortometraje llevó un año de construcción de los personajes y la escenografía, un año y medio de rodaje y seis meses de postproducción. Todo lo que se ve es real, todo fue construido a mano, no se utilizó croma ni ningún efecto por computadora. Los cielos son telas pintadas, las nubes son de algodón y las montañas de telgopor. Teníamos que conseguir un espacio lo suficientemente grande para montar los escenarios del desierto y, por suerte, contamos con un galpón, en la zona sur de Rosario, ideal para el proyecto. Pero había un pequeño detalle: quedaba pegado a las vías del tren, lo que hacia que todos los días a las 17 hs. aproximadamente la vibración del tren que pasaba moviera toda la escenografia y al personaje. En el stop motion la precisión es muy importante, por lo que cualquier pequeño movimiento obliga a empezar de nuevo, o sea que sí o sí había que terminar el plano antes de esa hora. El desgaste de los muñecos también fue un problema, teníamos que estar constantemente reparándolos. En las grandes producciones de stop motion se cuenta con decenas de muñecos del mismo personaje, pero nosotros contábamos con un único muñeco. Por suerte nos aguantó todo el rodaje, aunque fue perdiendo dedos, ojos, ropa… El espectador atento puede encontrar alguno de estos detalles.
– ¿Hubo referentes cinematográficos? Pienso en Frankenstein, en películas como Mad Max o El Joven Manos de Tijera.
– Hubo muchas. Sin duda, ciertos paisajes y climas de las primeras Star Wars inspiraron el mundo del personaje. También la composición utilizada en el cine de Wes Anderson, a pesar de no utilizar sus paletas de colores o su estética. Al ser un film stop motion las películas de Tim Burton también son una referencia ineludible.
Epirenov fue realizado antes de la pandemia. ¿En algún momento pensaste que, de alguna manera, se anticipó a situaciones que estamos viviendo ahora?
– El cortometraje busca reflexionar sobre qué pasaría si fuéramos eternos. ¿Cómo nos afectaría la soledad? ¿Qué haríamos para dejar de estar solos? ¿Qué sacrificaríamos para lograrlo? La búsqueda de uno mismo en la creación de otro es algo terriblemente generoso y egoísta a la vez. También aborda ciertos elementos relacionados al daño que le estamos generando al medio ambiente. Sin duda, debemos cambiar las formas de producción actuales si no queremos vivir en un mundo como el de Epirenov.

Por Fernando G. Varea

40 años de “Tiempo de revancha”: gestos que hablan

¿De dónde sale tu voz?
¿De tu boca o tu bozal?
(Si me falto de mi, Gabo Ferro)

(Por ALEJANDRO SPINER)
Había que tener valor para escribir este guión en 1981: para decidir que el protagonista fuese dinamitero, es decir, se dedique a colocar explosivos en la piedra para lograr que vuele, y formar así un agujero en la tierra donde antes había una estructura sólida; para hacerle decir a Bengoa  que lleva “cinco años” sin trabajar en una cantera, y que sea ese mismo lustro el tiempo que Federico Luppi había estado prohibido. Para atreverse a mostrar al Golo –excelente Alberto Banegas– poniéndose en contra de sus patrones en el juicio, a sabiendas de que eso podía significar su muerte. Había que tener coraje para mostrar a Golo, finalmente, en plena calle y siendo arrojado desde un Ford Falcon, en medio de una ciudad en ruinas. Podría seguir citando muchas escenas de Tiempo de revancha (1981, Adolfo Aristarain). Lo llamativo del film, sin embargo, es que no logro recordar casi ninguna frase célebre.
Intento recordar alguna (debe haber… el cine argentino está lleno de frases memorables), pero no hay caso, y creo que Aristarain lo hace adrede: es un film que dice lo justo para entender entre líneas, durante 40 minutos; luego, calla y muestra. Igual que Bengoa. Mi cita inicial a Gabo Ferro, entonces, no es casualidad: ¿Cuándo está diciendo más? ¿en los diálogos o en ese silencio en principio optativo y, luego, obligatorio? ¿quién gana la batalla: los empresarios de Tulsaco o ese vasco cabezadura que llega hasta las últimas consecuencias para cambiar la historia? La respuesta es simple: Pedro Bengoa, callado, expresó lo que, tal vez, hubieran querido decir los miles de espectadores que fueron al cine. Ese corte de mangas –gesto y ruido que son formas de hablar sin hablar– es el de todos a la dictadura en franca decadencia. Porque tal vez no sea posible cambiar toda la historia, pero sí una parte de ella; y todo, solamente con gestos: un pedido de silencio con el dedo sobre los labios. Una mirada pícara de Bengoa, mientras le dice a Torrens que “la política es para los políticos”, y que trabaja donde le pagan mejor. El rostro de Pedro (ese rostro que dice sobre el dolor sin decir una palabra) mientras su abogado (Larsen, papel ideal para Julio de Grazia) le tuerce el brazo. Ese gesto es el de la persona que decide no hablar, que conoce el precio del silencio y está dispuesto a pagarlo. Porque vale la pena. Porque hay un amigo de por medio, y es necesario jugársela por él, no cabe otra opción. A fin de cuentas, Tiempo de revancha también es una película sobre la amistad, y seguramente más de un espectador habrá sido capaz de hacer por un amigo lo mismo que Bengoa (Luppi) hizo por Di Toro (Ulises Dumont).
Y hablando de Di Toro, ahora recuerdo una frase de él, que es una lección para Pedro: “Nadie me puede hacer hablar si yo no quiero”, le dice. Y así es, Bengoa: luchar en soledad contra una multinacional es posible; aunque seas uno contra todos, y la posibilidad de triunfar sea casi nula. Aunque te tuerzan el brazo.
Pedro Bengoa, enmudecido, logró ser la voz de muchos que salieron del cine convencidos de que el país estaba repleto de monstruos Tulsaco, lo cual era cierto. Aristarain simboliza, en ese nombre, todo aquello a lo que hay que enfrentar: las empresas, las grandes instituciones, la muerte. Hace cuarenta años un vasco cabezadura le hizo frente a ese Goliat en silencio y logró vencerlo. Con él, ganamos todos nosotros.