El corazón de las fábricas

LA VIDA DE LAS FÁBRICAS
(2018; dir. Florencia Castagnani)

¿Cuántas veces han aparecido trabajadores de una fábrica en nuestro cine y nuestra TV, en los últimos años? Muy pocas: la ficción suele poner su atención en otro tipo de personajes y conflictos, y en los noticiarios televisivos suelen asomar sólo para dar cuenta de alguna crisis laboral. Cuando en la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata compitió el film portugués A fábrica de nada (Pedro Pinho) –más allá de algunos reparos al film que mencionamos aquí– fue para muchos una conmoción encontrar como protagonistas de una historia a un conjunto de obreros.
La serie documental La vida de las fábricas pone su mirada, precisamente, sobre la actividad cotidiana en el interior de diferentes fábricas santafesinas. Dos de los capítulos de la primera temporada se exhibirán en Cine El Cairo el próximo viernes 19/10 a las 20.30 hs: el realizado en Fabricaciones Rosario Cooperativa Ltda. y el de Cristalería San Carlos. Son parte de un trabajo dirigido por Florencia Castagnani, sobre guión de Castagnani y Sebastián Bier, con producción ejecutiva de Luciana Lacorazza y Francisco Matiozzi Molinas, que pudo concretarse gracias a un premio del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe a través del Programa Espacio Santafesino 2014, a lo que se sumó tres años después un nuevo estímulo del Concurso para Serie Federal Documental del INCAA, a partir del cual el equipo produjo cuatro episodios más que completan el ciclo de ocho.
Ambos capítulos comienzan sin vueltas, ya dentro del vasto espacio de las fábricas. En uno, resplandece la iniciativa del trabajo en cooperativa; en el otro, la aceptación de contar con un trabajo que, a la larga, se termina apreciando. Los testimonios en torno a dificultades y experiencias personales, las discusiones, las miradas y gestos de camaradería, van delineando el cuadro humano que conforman esos grupos de trabajadores (varones y mujeres, jóvenes y experimentados, padres e hijos) que comparten horas de su vida en un mismo sitio.
A diferencia de lo que acostumbra hacer el medio televisivo, no hay un periodista mediador sino que los propios obreros hablan de su trabajo, mientras se los ve haciéndolo. En algunos momentos del episodio de Fabricaciones Rosario se los muestra entrando o saliendo de la fábrica, pero no como lo registraban los Lumière: aquí la cámara está siempre adentro, de su lado. El capítulo de la Cristalería San Carlos, en tanto, además de exponer cómo los operarios van dando forma a vasos y jarrones –de manera artesanal, modelando formas y colores–, asoman comentarios acerca del uso que le dan al dinero ganado e incluso la confesión de un joven a quien no le fue fácil integrarse a ese ámbito en el que, “como trabajan muchos hombres”, debió soportar algún gesto de prepotencia.
Quienes hemos visto anteriores trabajos de Castagnani sabemos de su sensibilidad; acá, además, tuvo el sostén de valiosos colegas como los ya mencionados, Mauricio Riccio en la fotografía y Fernando Romero de Toma en el sonido. El resultado es óptimo no sólo por su calidad sino por plasmar elocuentemente aquello que, con sencillez, expresó alguna vez una canción de Serrat: detrás (de las máquinas, del debe y el haber de las empresas, de los resortes del comercio) está la gente.

Por Fernando G. Varea

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Jóvenes rebeldes y no tanto

SOLEDAD
(2018, dir. Agustina Macri)

El mismo año, tres películas en torno a jóvenes contestatarios realizadas por hijos de conocidos empresarios y/o políticos argentinos: El ángel, dirigida por Luis Ortega (hijo de Ramón Palito Ortega, gobernador de Tucumán durante el menemismo y candidato a vicepresidente de Eduardo Duhalde en 1999), El camino de Santiago, dirigida por Tristán Bauer sobre guión escrito por Omar Quiroga y Florencia Kirchner (hija de los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández, esta última actualmente senadora), y Soledad, dirigida por Agustina Macri (hija del ex Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y actual Presidente de la Nación Mauricio Macri).  Estrenadas con pocas semanas de diferencia, generan algunas preguntas.
En principio, ¿qué los lleva a hacer cine a estos jóvenes, cuyos ingresos familiares y posibilidades de estudiar seguramente les permitiría emprender otros proyectos de distinto tipo con holgura? Luis Ortega se ha referido varias veces al tema, combinando cierta ansiedad existencialista (“Si fuera feliz no estaría haciendo cine”, “Soy cineasta porque ser humano es terrible”) con la idea del cine como un medio de aprendizaje para quien ha vivido en una suerte de campana de cristal (“De chico, cuando vivía en Miami, estaba mucho tiempo solo y ver largometrajes era mi mundo; eso me acompañó hasta que llegué a Tucumán, en donde no había cines pero estaba la realidad que se convirtió en el cine”). Aunque de perfil bajo igual que Florencia Kirchner, de Agustina Macri se sabe que llegó al cine influenciada por su madre y sus hermanos, interesados en el teatro y la publicidad.
Sin dudas, uno puede embarcarse en la realización de una película para desplegar una vocación o para expresar sentimientos o ideas sobre determinada problemática. Pero muchas veces parece haber algo más, difícil de demarcar, que excede esa propensión por la manifestación artística y tiene que ver con el lustre, la repercusión periodística, el diseño de un poster promocional, el posible glamour que pueden ofrecer un estreno con invitados o exhibiciones en festivales internacionales, la oportunidad de sumar al proyecto figuras reconocidas, e incluso el interés por evitar la fugacidad (al margen del poco o mucho éxito en las salas, una película sigue exhibiéndose, viéndose y comentándose en TV, en plataformas digitales o en youtube), todas ventajas que no ofrecen –no de la misma manera, al menos– la publicación de un libro o la realización de un programa de TV.
Otro punto es por qué estos hijos de políticos (o empresarios empujados al terreno de la política) argentinos eligieron estudiar cine en el exterior. No sólo por la calidad de muchas de las producciones cinematográficas y televisivas que se hacen aquí sino también por nuestra tradición cinéfila, la repercusión internacional de festivales como el de Mar del Plata o el BAFICI y la gran cantidad de estudiantes que ingresan anualmente a las diversas instituciones de enseñanza audiovisual que existen en nuestro país, resulta curioso que Agustina Macri haya estudiado cine en Barcelona y Florencia Kirchner en Nueva York; incluso Luis Ortega, aunque fue alumno de la Universidad del Cine (Buenos Aires), se educó en Miami. El hecho, claro, es menos inesperado en los casos de Luis Ortega y Agustina Macri, si se asocia el apellido de ambos a los proyectos económicos de los que sus padres son o fueron parte.
Finalmente, otro rasgo curioso puede encontrarse en las temáticas y personajes elegidos. Está claro que no debería esperarse de ellos obras que parezcan spots promocionales de la gestión de sus padres, así como, por otra parte, parece natural que les atraiga participar de proyectos audiovisuales sobre personas/personajes de su misma edad. Pero aún así es sugestivo el interés de estos cineastas (en buena medida privilegiados) por ponerse en la piel de congéneres de ideas o actitudes libertarias, perseguidos por las fuerzas del orden. En todo caso, en El camino de Santiago (2018) Florencia Kirchner como coguionista se hace eco de broncas legítimamente generadas por la desprolijidad con que se manejó el caso de la desaparición seguida de muerte del militante social Santiago Maldonado, tomado por el kirchnerismo como evidencia de la represión policial ejercida por la gestión del gobierno de Cambiemos, es decir: participa de una producción que revalida lo que la corriente política representada por sus padres y su hermano ha sostenido desde un principio sobre el hecho. En la figura elegida, el formato de documental didáctico y el equipo de trabajo (incluyendo a Bauer como director) se advierte una coherencia con su posición política.
De El ángel ya hemos expresado nuestra opinión aquí. El oficio del joven Ortega para hacer cine y TV de calidad es indiscutible, en tanto ofrece apropiado material para la discusión su predilección por personajes indóciles como el que modeló a su gusto a partir de la figura real de Carlos Robledo Puch, condenado a cadena perpetua por crímenes varios a los veinte años (y que, según publicó algun diario, recientemente se ha defendido diciendo “Yo vaciaba las joyerías, luego iba y ayudaba a los pobres”). Así como, por ejemplo, en Algo quema (2018) el joven realizador boliviano Mauricio Ovando pone en duda –no sin dolor– la imagen pública de su abuelo (militar influyente y presidente de facto de Bolivia en dos ocasiones), o incluso entre nosotros hay casos como el de Javier Olivera, que en La sombra (2015) exterioriza interrogantes en torno a la trayectoria de su padre (el cineasta Héctor Olivera), Luis Ortega retrata a seres turbulentos sin dejar de homenajear a su padre Palito Ortega, cantautor-actor-productor-director-empresario cuestionado por sus canciones conformistas y sus películas oficialistas realizadas durante la última dictadura cívico-militar.
De modo se diría similar, Agustina Macri esboza en Soledad una biopic de María Soledad Rosas (la joven argentina que abrazó ardorosamente la causa anarquista en Italia en los años ’90) sin incomodar demasiado ni tocar zonas que podrían afectar la imagen del gobierno de su padre. Basado en una novela de Martín Caparrós, su film es desapasionado, hilando momentos de la vida de la chica en cuestión sin imprimirle convicción desde las imágenes. Ni la historia de amor de esta Soledad –que es como la antítesis de su tocaya Pastorutti– con su novio italiano Edo, ni el halo trágico que cerró el periplo de furor militante de ambos, son plasmados con pasión por lo que se cuenta. Puede decirse que se trata de un trabajo honesto, en tanto y en cuanto no luce sensacionalista, recurre a una fotografía nada edulcorada y compensa algunas actuaciones flojas con una esforzada caracterización de Vera Spinetta. Pero contar la historia de una joven dispuesta a todo de manera tan tibia (estética e ideológicamente hablando) suena frustrante. Vale recordar que las noticias periodísticas de algunos corresponsales argentinos sobre las detenciones y desplantes de María Soledad Rosas en Italia, antes de su suicidio en 1998, hablaban de su parecido con la Marilina Ross rapada de La Raulito (1974/75); claro que detrás de aquel film (sobre una criatura libertaria a su manera) había un director como Lautaro Murúa.
Soledad debió enfrentar algunas resistencias, durante su rodaje y después de su estreno: en Turín, Macri hija debió soportar que jóvenes italianos escribieran en paredes de la ciudad leyendas como Sole y Edo viven en la lucha, boicot al film, por lo que debió mudar la producción a Génova. Estrenado el film en Argentina, una de las proyecciones fue interrumpida por anarquistas que (según registraron los medios) vociferaban “Soledad, Santiago Maldonado, todos los mártires de la clase media se revuelven en su tumba… La hija de Macri hace una película en la que habla de nuestra compañera como se le canta y encima la pagamos nosotros”.
Aunque en 2008 colaboró con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (registrando el deterioro del Teatro Colón en su centenario durante las obras de remodelación), sería injusto cargarle a Agustina Macri el sambenito de las medidas adoptadas por el gobierno de su padre; sin embargo, no suena descabellado desear que una directora sensible a este tipo de personajes hubiera deslizado alguna crítica (aunque sea irónica o sutil) a la aprensión de la alianza gobernante hacia ciertas manifestaciones de militancia juvenil o de rebelión a la espiral capitalista. El hecho de que los incidentes durante el rodaje de Soledad en Turín la llevaran a buscar la protección de la DIGOS (la División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales, cuyos agentes inculparon al personaje real) profundiza la contradicción que significa tomar ciertos íconos de rebeldía y representarlos restándoles beligerancia, sin ponerse claramente en su lugar.

Por Fernando G. Varea

El artificio para llegar a la verdad

TEATRO DE GUERRA
(2018; dir. Lola Arias)

El propósito de Lola Arias (escritora, autora de diversas experiencias en las artes visuales y el teatro) ha sido reunir a seis veteranos de la Guerra de Malvinas (dos británicos, un nepalés que combatió para ellos y tres argentinos) para que expongan y confronten sus recuerdos. Y lo hizo de manera anómala, sorprendente y novedosa.
En Teatro de guerra hay testimonios del enfrentamiento bélico, pero los ex combatientes hablan mientras representan lo vivido, desplazándose por un lugar vacío, nadando o revisando tapas de revistas de la época. Hay imágenes de las islas, pero Arias no es del tipo de cineastas que vuelven al lugar de los hechos para encontrar allí huellas de lo acontecido: éstas asoman a partir de las palabras, los silencios y las miradas, así como desde lo que significan los elementos dispuestos frente a la cámara. En algunos momentos expone ensayos y asoman microfonistas haciendo su trabajo, pero el film –aún sin seguir un itinerario narrativo– no se dispersa ni luce improvisado; por el contrario, cada plano, cada encuadre, cada decisión, parecen el resultado de un trabajo riguroso. Es un documental que se enreda con la ficción, una experiencia lúdica y dramática al mismo tiempo. Y si bien se evidencia la afición de la directora por las coreografías y las instalaciones artísticas, la tensión y la emoción brotan igualmente, por ejemplo cuando uno de los ex combatientes se enfrenta a un tape de tiempo atrás.
La letra de un rock, la aparición de animales varios (pájaros en una luminosa jaula, un perro que ladra graciosamente mientras dos hombres simulan una pelea), máscaras, juguetes: los recursos son muchos y de todos sabe valerse Arias para explorar las evocaciones de una guerra. Los hechos auténticos no dejan de aflorar, de una forma u otra, en tanto pocas son las personas que se muestran fuera del sexteto de ex combatientes convocados: algún psicólogo, alumnos de una escuela primaria o actores encargados de representar a aquéllos soldados, que (en una elocuente secuencia final) permitirán que éstos puedan vislumbrarse a sí mismos, frágiles y jóvenes.
Teatro de guerra (Premios CICAE y del Jurado Ecuménico en el Festival de Berlín, Mejor Dirección en el último BAFICI) es una obra para ser discutida, cuyos flancos débiles dependerán de la visión de cada espectador (a quien esto escribe le incomodó que queden un poco en el aire las razones por las que Argentina reclama la soberanía de las islas, así como el hecho de eludir la relación de la forzada “recuperación” con otras irracionales decisiones de la dictadura argentina 1976/1982). Lo indudable es que el film revela, con singularidad, la locura de la guerra, la angustia posterior, la lucha por sobrevivir pese a todo y la posible convivencia entre seres humanos empujados a tratarse como enemigos, todo ello atravesado por la belleza del artificio.

Por Fernando G. Varea

http://lolaarias.com/

Hernán Rosselli: “Los eventos de la vida en una narración nos hacen personas”

Un viejo actor, una olvidada película argentina, el esfuerzo por sobreponerse a las consecuencias de un infarto, los recuerdos y la búsqueda de un hijo perdido en algún lugar del mundo: con esos elementos, Hernán Rosselli (revelación en el BAFICI cuatro años atrás con su film Mauro) ofrece un documental que va poniendo sus cartas sobre la mesa sin urgencia, desprendiendo una melancolía que nunca desborda y cariño por su retratado (Oscar Brizuela, actor secundario en varias películas y residente en la actualidad en la Casa del Teatro que da título al film). “Cuando leí las primeras críticas celebrando Mauro y mi nombre como el de una nueva voz o un descubrimiento, me tomé 20 miligramos de paroxetina con un vaso de fernet y me metí en la cama –nos decía cuando dialogamos con él por primera vez, en una entrevista que puede leerse aquí–, pero fue interesante el ejercicio de leer sobre la película”. Días atrás, después de la proyección de Casa del Teatro en el cine El Cairo dentro de la 16ª muestra del BAFICI Rosario, charlamos nuevamente con Hernán Rosselli en torno a este nuevo trabajo suyo, que tiene previsto su estreno en un par de meses.
– Tu película parece reflexionar sobre la importancia de la memoria, especialmente en una persona mayor y en un actor, que debe recordar un texto teatral o letras de canciones.
– Cuando lo conocí a Oscar él estaba muy bien de salud y no había tenido todavía el infarto que termina de ordenar la información en la película. Yo sentía que su rehabilitación era muy importante porque la historia que uno puede contar sobre su propia vida es como un relato. Los eventos de una vida en una narración son lo que, finalmente, nos hace personas. Cuando eso está amenazado está amenazado todo: el cuerpo, la vida. Ése es un poco el problema que atraviesa la película.
– Se suma el enigma del paradero del hijo.
– Sí. Me interesaba cómo esa distancia se convierte en una suerte de abismo insondable. No se sabe si fue un malentendido, si está enojado, si pasó algo. Se entiende que la relación con su hijo fue problemática pero no se llega a saber si fue una casualidad o una causalidad. En Mauro (2014) había padres ausentes; acá al revés, los que no están son los hijos.
– La película que descubriste [Poker de amantes para tres, de 1969, protagonizada por Brizuela] se acomoda un poco a esa historia.
– Es muy loco, porque el protagonista de la película es una especie de bohemio, un tópico de la época en el cine erótico. Pero hablando con Oscar, con su ex mujer y con amigos suyos, fui viendo que él tenía algo que me gustaba y con lo que me sentía quizás identificado: era una especie de pelagatos, rodeado de artistas y de bohemia, con una vida llena de viajes y mujeres… Y cuando lo entrevisté junto a otras personas de la Casa del Teatro, no tenía su ego amarrado a la carrera. Además, era muy buen narrador. Me gustaba cómo contaba su vida, que fue muy desordenada. Él mismo asume que se mandó mil cagadas. Finalmente trata de arreglar un poco eso y de ordenar algunas cosas, aunque probablemente sea tarde. Me gustaba que fuera un personaje problemático.
– ¿En qué momento se te ocurrió relacionar momentos de esa película con la historia de Oscar?
– En armados anteriores utilizaba escenas de otras películas en las que Oscar aparecía brevemente, como Argentino hasta la muerte (1971), de Fernando Ayala, o La gran aventura (1974), donde tiene una escena muy divertida, muy kitsch, en la que lo matan. Pero al recurrir a la misma película se iba dando esto que decía Rubén (Plataneo) en la presentación [en la muestra del BAFICI Rosario]: dos tiempos que empiezan a convivir.
– ¿Por qué elegís detenerte, en varios planos, en la persona que escucha y no en la que está hablando?
– Es una manera de evitar el plano y contraplano, figura retórica muy criticada en el cine que a mí me gusta, pero acá, como en Mauro, no podía ir y venir como en un ping pong. Además, me interesa que cobre importancia el sonido. El punto de escucha de la persona.
– ¿Cómo lograste evitar el patetismo o el sensacionalismo al mostrar este sitio habitado por actores ancianos?
– Tiene que ver con la forma. No filmo desde las ideas sino que voy haciéndolo con la cámara ahí, en el lugar, lo cual permite tener una conciencia muy fuerte de los materiales: hasta dónde, qué mostrar y qué no. Creo que tenía claro lo que me interesaba. Yo iba a filmar la Casa del Teatro como si hubiera sido una obra en construcción o cualquier otro espacio. No era que me interesaban los actores o el mundo del espectáculo de por sí. Si aparece el personaje de Ángeles es porque con ella hubo una conexión, como con Oscar. Cuando empieza a hablar de su carrera cuenta que cantaba arriba de un camión, en un escenario, en cualquier lado. Siento que hay una suerte de paralelo generacional con el cine independiente. Iban a hacer teatro al sur del país, para los trabajadores de los pozos petroleros, llevando en micros o en avión la escenografía… Algo carente de toda aura de obra de arte. Pienso que se puede llegar a una poética viviéndolo como un trabajo cualquiera.
– Hay también planos repetidos de los pasillos.
– Es para ir de lo particular a lo general, interactuando un poco con el espacio. Como la película está muy centrada en la intimidad dentro de las habitaciones, por momentos salía. Fue muy difícil dosificarlo en el montaje. Filmamos mucho material en los pasillos para que quedaran registros de cosas que pudieran relacionarse con lo que pasaba dentro de las habitaciones o con la estructura general.
– Supongo que lo mismo habrá pasado con la secuencia en el interior del auto, mientras se desarrollan las votaciones, en la que de pronto se ponen a cantar juntos un tango.
– Sí, ahí esperamos mucho tiempo… Es un poco el trabajo que hace el detective: esperar que una persona aparezca cuando va a votar, por ejemplo. Y ese día pasó de golpe eso un poco reflexivo, que empezaron a cantar. Como si se hubieran visto en una película ellos mismos. Una especie de simetría con lo que va ocurriendo, esa necesidad de recordar una canción.
– La necesidad de Oscar de ubicar a su hijo me hacía pensar que Casa del Teatro también puede ser vista como una película sobre la soledad.
– No es algo que busqué, aunque estaba eso de la familia y los amigos como medio dinamitado. Yo vengo de una familia disfuncional y había algo ahí que me interesaba. Una especie de micropolítica, de ver qué es lo que queda de la relación entre padres e hijos. En Mauro estaban falsificando billetes pero también, básicamente, intentando formar una familia, con un hijo por venir. Para mí hay una especie de síntesis política en eso: qué es lo que queda de bueno del diálogo entre dos generaciones.
– Es una película sobre alguien que vive en la Casa del Teatro pero no sobre la Casa del Teatro. ¿Por qué elegiste llamarla así?
– En principio, para que la gente piense que se trata de otra cosa. Me gusta que la película como objeto esté un poco descentrada culturalmente, no dar demasiados indicios. En una oportunidad, Fernando Martín Peña se quejaba de las críticas que dan demasiada información sobre las películas, diciendo que lo más lindo es llegar al cine y meterte como desnudo, sin saber mucho. Por eso el afiche es la fachada de la Casa del Teatro y lo mismo pasa con el nombre. Aunque, por supuesto, hay un fondo significativo. La historia de Oscar es un poco melodramática. Como el teatro.

Por Fernando G. Varea

20º BAFICI: Dos películas problemáticas

DEL ROMPECABEZAS DE LA HISTORIA. Pareciera que para el cine argentino –tanto el de ficción como el documental– no hubo episodios demasiado interesantes entre la guerra en Malvinas de 1982 y la crisis de 2001: casi no hay películas que exploren o recreen hechos históricos ocurridos durante el alfonsinismo y el menemismo. Sólo por eso, Esto no es un golpe, del crítico, ensayista, guionista, documentalista y ex director artístico del BAFICI Sergio Wolf (codirector con Lorena Muñoz de Yo no sé qué me han hecho tus ojos, realizador de El color que cayó del cielo), resulta un proyecto saludable. Lo es, además, por devolver a la consideración pública la temeraria rebelión de un grupo de militares tres años y medio después de recuperada la democracia y unos meses después del Juicio a las Juntas.
El documental de Wolf tiene un valor histórico indudable, al reunir testimonios de ministros y representantes del gobierno apremiados para resolver aquél incidente institucional de abril de 1987 y rescatar datos algo diluidos en el tiempo, como las distintas leyes que fueron condicionando los juicios a los militares que habían atentado contra los derechos humanos durante la última dictadura. Permitir que podamos ver o rever imágenes como la del entonces joven juez de San Isidro, Alberto Piotti, enfrentando cara a cara a esos militares de actitud desafiante, o que Aldo Rico exprese –con su particular manera de hablar, entre prepotente, pícaro y nervioso– su opinión sobre lo sucedido, son méritos que se agradecen: en tiempos en que en la TV y en la web cualquier episodio de la Historia argentina es analizado liviana y burlonamente, Wolf se preocupa por desentrañar la madeja con paciencia, dejando que las diferentes declaraciones fluyan sin muchas interrupciones y recorriendo con la cámara los lugares de los hechos como buscando allí huellas, señales, sensaciones. Desde un punto de vista político, recordar el gesto del presidente Ricardo Alfonsín de pedirle a la gente reunida en Plaza de Mayo que lo esperen mientras se dirigía a Campo de Mayo a solucionar el conflicto (partiendo en helicóptero desde el techo de la Casa Rosada), para finalmente volver y hablarles nuevamente con tono enérgico y expresiones tranquilizadoras, es un punto alto. Cuesta imaginar a De la Rúa o a Macri, por ejemplo, asumiendo una actitud similar.
Como en sus anteriores documentales, Wolf aparece conversando con sus interlocutores y ocasionalmente opinando sobre el material de archivo que va desplegando. No son intervenciones egocéntricas; sin embargo, a medida que va disponiendo las piezas sobre la mesa, Esto no es un golpe comienza a evidenciar algunos problemas. Por algún motivo el director desestimó registros de noticiarios televisivos y portadas de diarios de esos días (tal vez para que el sondeo de los acontecimientos no aparezca filtrado por el enfoque de los medios de comunicación o para no desviarse hacia el análisis de los mismos): sumado a eso la templanza con la que aquéllos funcionarios de la Unión Cívica Radical de los años ’80 dan su testimonio, el resultado aparece demasiado aplacado, transmitiendo sólo por momentos la agitación propia de esa convulsionada Semana Santa. Tampoco le interesó demasiado a Wolf detenerse en la vida cotidiana de los ciudadanos, por lo que el dramatismo depende casi únicamente de lo que cuentan o revelan los dirigentes políticos y militares. Así como la decisión de revivir la necesidad de Alfonsín de rezar antes de visitar Campo de Mayo transmite adecuadamente la angustia del entonces presidente en ese difícil momento, no hay elementos que permitan notar el estado de zozobra de argentinos anónimos, más allá de las imágenes del pueblo en la Plaza de Mayo.
Por otra parte, si bien es absolutamente respetable la intención de Wolf de reivindicar la figura de Alfonsín y de compartir las dudas que en su momento le generaron algunas de sus declaraciones (como el haberse referido a los soldados insubordinados como “héroes de la guerra de las Malvinas”), incomodan determinadas interpretaciones y omisiones. En dos ocasiones se lo ve a Alfonsín en el balcón de la Casa Rosada, frente a los numerosos manifestantes, acompañado de figuras del peronismo entonces opositor (otra situación que resultaría bastante improbable en estos tiempos), pero así como Wolf destaca que el PJ había propuesto una Ley de Amnistía en 1983 (y no está mal que lo recuerde), no parece darle suficiente relevancia al apoyo que dicho partido le brindaba al presidente en esas circunstancias. Cuando la gente le grita a Alfonsín que la rebelión carapintada “Es por el Punto Final” (en referencia a la ley que puso plazos para declarar), el director afirma en off que eran militantes de izquierda quienes lo decían, descartando la posibilidad de que también participaran de ese reclamo peronistas e incluso radicales. Y en los textos finales, al aludir a las leyes de indulto menciona a Carlos Menem, pero al informar que en 2003 se reabrieron los juicios a los represores elude el nombre de Néstor Kirchner.
Siendo irónicos, se diría que Esto no es un golpe podría haberse llamado La República (casi) perdida 3, ya que, más allá de algunas diferencias de estilo, parece continuar la línea ideológica de los documentales de Miguel Pérez que acompañaron el triunfo del alfonsinismo en los años ’80. Siendo justos, debe reconocerse que Wolf hizo un documental sobrio, provechosamente discutible, estimable para la revisión de nuestra Historia reciente.
FUEGO EN LA INTIMIDAD. En algún momento de la proyección de Las hijas del fuego en el BAFICI recordé el comentario de una conocida escritora cuando le preguntaron su opinión sobre las denuncias de populares actrices sobre abuso sexual: al tiempo que aprobaba esos reclamos, señalaba que probablemente a mujeres de otros oficios (por ejemplo, mucamas) no les resultara tan sencillo hacer públicas experiencias parecidas. Por su fuerza, por comodidad o por lo que fuese, algunas reivindicaciones se saltean matices.
El film de Albertina Carri imagina a dos mujeres jóvenes aventurándose en un viaje por el sur argentino en el que van consumando una serie de encuentros sexuales entre sí y con otras amigas que van conociendo, mientras una de ellas (que no es mucama sino directora de cine) reflexiona en off sobre erotismo y pornografía. En un par de momentos aparecen varones machistas, debidamente repelidos por las chicas, y no hay mucho más que eso en el transcurso de dos horas.
La búsqueda de placer es lo que mueve a estas mujeres, indagación que en la película se hace real, tangible, ya que los actos sexuales son expuestos de manera gráfica por actrices-militantes evidentemente muy dispuestas a participar de este juego-trabajo-desafío. Dichas escenas excitarán a algunos/as y aburrirán a otros/as, pero lo que no generan es escándalo (habiendo visto la película en una de las funciones programadas por el festival en el Village Recoleta, nadie del numeroso público se retiró antes ni masculló queja alguna). El propósito de Carri tal vez haya sido naturalizar ciertas prácticas amatorias, descorriendo el velo que las mantiene en la intimidad. Pero fuera de ese acercamiento al porno lésbico ¿qué queda? Poco y nada. En un momento una de las parejas mantiene relaciones sexuales en el interior de una iglesia, pero el cine ha recurrido ya varias veces a escenas similares (hay una incluso en Jess & James, de Santiago Giralt, director que integró el jurado de la Competencia Argentina que premió a Las hijas del fuego). Entre las varias líneas de pensamiento o expresiones de deseo que las mujeres deslizan, una sostiene la necesidad de que ciertos valores se transmitan “no por herencia sino por contagio”, como si fuera posible que una sociedad deseche lo heredado de generaciones anteriores de un momento para el otro, sólo por convicción. Por ahí resulta interesante cómo la pandilla sale a defender al personaje de Érica Rivas sin que ésta comparta el mismo espíritu abiertamente libertario de sus congéneres, pero el episodio es fugaz. Referencias a films como Rey muerto (el corto de Lucrecia Martel) suenan un poco obvias, los diálogos (el que mantienen con un policía, por ejemplo) son bastante banales y escenas en las que los únicos varones que aparecen en la trama son rechazados por las mujeres a patada limpia parecen salidas de films como Thelma & Louise.
Hay tres momentos en los que Las hijas del fuego recurre a imágenes de un viejo film en blanco y negro y de criaturas submarinas cruzándose bajo el agua, insuflándole a la historia un aliento lírico (que se intenta también desde el sonido, por ejemplo en la última secuencia); fuera de ello, se muestra narrativa y formalmente vacilante. Si quince años atrás la forma elegida por Carri para abordar el recuerdo de sus padres desaparecidos durante la última dictadura (en Los rubios) era riesgosa y creativa, algunos de sus trabajos posteriores (GéminisLa rabia) asomaron como provocaciones más inmaduras, lo que también se advierte en Las hijas del fuego.
Como ya ocurría, de alguna manera, en la más sombría La noche, de Edgardo Castro (premiada dos años atrás en el BAFICI), la apuesta oscila entre la audacia de desafiar al pudor y el hecho de despertar la curiosidad de los espectadores por ver a actores/actrices poniéndole el cuerpo a escenas sexuales. El cine acumula varias experiencias en ese sentido (incluyendo la alborozada Shortbus, de John Cameron Mitchell, que tuvo su estreno comercial hace unos años), pero esa falta de originalidad no sería un problema si el discurso excediera los alcances de lo que termina pareciéndose a una fábula en un campo nudista: lamentablemente, en nuestro cine de ficción –tal vez en correspondencia con algunas coordenadas que atraviesan en estos tiempos la sociedad argentina– esta liberación de tabúes no viene acompañada de inquietudes ante opresiones de otro orden, como las que legitiman desigualdades económicas y exclusión social.

Por Fernando G. Varea

http://festivales.buenosaires.gob.ar/2018/bafici/es/home

Producciones santafesinas en el BAFICI

Una nueva edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) se acerca y como siempre, procurando dar difusión a las producciones audiovisuales realizadas en el ámbito de nuestra provincia, en Espacio Cine queremos destacar el puñado de rosarinos y santafesinos que estarán allí, siendo parte del seductor banquete cinéfilo que viene repitiéndose –con variantes y a pesar de algunos altibajos– desde hace veinte años. Entre homenajes a John Waters y Phillip Garrel (con la presencia de ambos), la exhibición de los nuevos films de Hong Sang-soo, Michael Haneke, Abel Ferrara, Wes Anderson, Christian Petzold, Fernando Pino Solanas, Juan Villegas, Albertina Carri y otros, el rescate en copias restauradas de clásicos como El monstruo de la laguna negra, El bueno, el malo y el feo y El desprecio, dentro de una programación amplia y diversa, en el evento que se desarrollará entre el 11 y el 22 de abril asomarán dos largometrajes y dos cortos realizados por jóvenes cineastas de nuestra provincia.
En la Competencia Latinoamericana estará Tito (2018), largometraje escrito y dirigido por Esteban Trivisonno. Comparado por Álvaro Arroba en el catálogo del festival con el Bela Lugosi del Ed Wood de Tim Burton, el Tito del título es el actor rosarino Tito Gómez  (visto en Ilusión de movimiento, El asadito y otras), a quien cinco estudiantes eligen para retratar en un documental, tarea que se les complica ante el narcisismo y desvaríos de la estrella. Realizada con actores y técnicos rosarinos, Tito tiene fotografía de Lucas Ponce Tesido y música de Pablo Crespo. Trivisonno estudió en la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario, es docente y actor, fue guionista y director del ciclo televisivo documental Locura de clown (2014, ganador de Espacio Santafesino), coguionista de la serie web Postres (2015) y asistente de dirección de varias producciones locales dirigidas por Elena Guillén, Pablo Romano, Santiago King, Héctor Molina y otros.
En la sección Derechos Humanos –en la que el año pasado participó Triple crimen, de Rubén Plataneo–, compite Mekong-Paraná: los últimos laosianos (2018), con guión y dirección del santafesino Ignacio Javier Luccisano, música también de Pablo Crespo y fotografía de Martín Turnes (ganador de un Cóndor de Plata como director del documental Pichuco). La película acompaña a una familia desde el Laos atravesado por la guerra en 1978 hasta Tailandia y de allí –por circunstancias fortuitas– a un humilde pueblo del interior de Santa Fe. Según escribió Marcela Gamberini en el catálogo, está “contada desde los gestos, las risas contagiosas, las lágrimas, los bailes, las confusiones del lenguaje”. Es el primer documental de Luccisano, que estudió en la FUC y codirigió (con Aníbal Martínez y Nadia Benedicto) el mediometraje El embolsadito (2007).
Otra producción local en competencia es el corto Yo, pasto de los leones (2018), escrito y dirigido por el santafesino Milton Secchi, con fotografía de Iván Fund (director de Toublanc y, entre otras, Los labios, junto a Santiago Loza) y la actuación de Sofía Brito, Cecilia Sosa y Gerónimo Bayúgar. A lo largo de veintitres minutos, Yo, pasto… expone las dificultades de una actriz quien, al dirigir un casting para un film sobre una inundación en Santa Fe, se enfrenta a los interrogantes que le plantean los distintos testimonios y su propia experiencia. Secchi estudió en la ENERC, ha sido montajista y asistente de dirección en varias producciones, y realizó los cortos Verano (2010), Lo-Fi (2011) y Donde no hay nada (2016), que compitieron en anteriores ediciones del BAFICI y en otros festivales.
También figura en la programación del BAFICI el corto El cumpleaños de Mora, realizado por el rosarino Juan Linch, que formará parte de la Muestra Argentina de Cortos. En apenas doce minutos, El cumpleaños de Mora imagina el alunado cumpleaños de una treintañera, con una visita inesperada que llega desde el más allá. Tiene fotografía de Patricio Carroggio (director de El perro de Ituzaingó), escenografía de Marlen Breuning, sonido de Santiago Zecca y música de Leo Serial. “Es un cortometraje fantástico”, nos dijo su realizador, guionista y productor tras haber ganado la convocatoria de Espacio Santafesino hace poco más de un año (en una nota que puede leerse aquí). Linch se formó como cineasta de manera autodidacta y filmó antes La vida en Marte (2014) y Campamento en el Centro de la Tierra (2015), cortos de humor asordinado y estilo rejtmaniano.
Finalmente, cabe agregar que en el marco del festival se verá Malambo: El hombre bueno (2017), que pasó por el Festival de Berlín de este año, dirigido por el cordobés Santiago Loza con participación de gente del medio de nuestra región, como el sancristobalense Iván Fund y el crespense Eduardo Crespo en la fotografía, y la casildense Lorena Moriconi en el sonido. Del mismo modo, vale señalar que el realizador de La vida que te agenciaste (2018, documental en torno a un grupo de poetas porteños en los años ’90) es el rosarino Mario Varela, quien estudió cine en Avellaneda.
Un dato significativo: Tito y El cumpleaños de Mora ya están programadas para una función especial el 11 de mayo en el Cine El Cairo, de Rosario.

Por Fernando Varea

Imágenes: Tito (Esteban Trivisonno), Yo, pasto de los leones (Milton Secchi) y El cumpleaños de Mora (Juan Linch).

http://festivales.buenosaires.gob.ar/2018/bafici/es/home

Toia Bonino: “Quise darle tiempo y espacio a esas historias que los noticieros cuentan en dos minutos”

Premiado en la última edición del BAFICI, Orione es un breve y singular documental sobre dos hermanos habitantes del barrio del conurbano bonaerense al que alude el título, que caen en la delincuencia. Como los espejos de un calidosopio, diferentes capas de esa historia van alternándose mientras Ana, la madre de los jóvenes, relata los hechos. La directora de Orione es Toia Bonino (Buenos Aires, 1975), licenciada en Artes Visuales y Psicología, discípula y alumna de Hernán Khourian, Claudio Caldini y Graciela Taquini. Unos días antes de su estreno oficial en la porteña sala Gaumont, hablamos con la realizadora aprovechando su paso por nuestra ciudad para participar de la 3ª Muestra de Documental de Creación de Rosario, que se llevó a cabo exitosamente en el CCPE.
– En Orione unís hechos, ideas, sensaciones, a través de diferentes planos generalmente fijos. ¿Por qué te interesó expresarte de esa manera, por qué elegiste ese camino?
– Mi única premisa es que quería contar los hechos desde distintos puntos de vista. Si bien está muy presente el relato de la madre y es la que lleva adelante la historia, el hecho de que aparezcan otros materiales pone eso un poco en contradicción. Y esos materiales son varios: imágenes de un noticiero, de un VHS familiar, el nene que está en la Cámara Gesell del Poder Judicial, el allanamiento policial. Más las cosas que grabo yo, que como decís son con cámara fija en su mayoría. Creo que la película es como un rompecabezas con piezas que no terminan de encajar del todo.  Hay un solo steady que sigue a un chico que está en la leonera del Poder Judicial, el resto son planos fijos que tienen que ver con una estética que puedo hacer sola y que me gusta.
– Algunos de esos planos parecen querer rescatar la belleza melancólica de ciertos lugares.
– Lo que pasa es que, si bien me interesaba contar una historia, como estudié Bellas Artes hay una cosa muy plástica, una búsqueda, no desde lo técnico sino en el encuadre. Me acuerdo cuando estuve grabando en la morgue: al principio me dio mucha impresión, iba en el auto un domingo a la mañana y pensaba ¿Por qué estoy haciendo esto? Después no voy a poder dormir… Hasta que me acostumbré y grabando ahí, en un momento, pasó uno de los médicos y le dije Quedate parado ahí, que el verde del ambo queda muy bien
– ¿Cómo llegaste a reunir esas grabaciones familiares?
– Los videos hogareños los tenía Ana, la mamá de los chicos, a quien conocí hace diez años cuando hice un documental llamado Manteles, donde a diferentes mujeres les preguntaba sobre los manteles. Cuando le pregunté a Ana me dijo que conservaba la servilleta que su hijo, que estaba muerto, había usado en la última Navidad. Y recordó que cuando había ido a visitar a la cárcel a su otro hijo, sin querer le había quemado el mantel con el cigarrillo y éste se enojó mucho. En la cárcel los manteles tienen un lugar muy importante, porque con ellos reciben a las visitas y los planchan debajo de los colchones. Cuando me contó la historia de sus dos hijos en aquél momento ya pensé en hacer esta película. Después me enteré que ella tenía este material en VHS. Antes de tener el subsidio del INCAA quería ver eso y Ana pagó la digitalización del material. Si pude acceder a su intimidad fue porque durante diez años mantuve un vínculo con ella. Me acuerdo que una vez fui a su casa con mis hijos, que tienen la misma edad de su nieto… Pero hay también muchas partes de otros materiales, que van al relato de Ana.
– ¿Por qué optaste por los primeros planos del hombre que habla en la cárcel?
– Hay dos primeros planos: el de este personaje, el Polaco, y el de Ana en un momento. Los dos tienen el mismo encuadre, muy cerrado. Respecto a incluir al Polaco, lo pensé un montón. Dudaba pero me encanta como personaje y, además, todo el tiempo plantea qué es lo legal y lo ilegal. Es lo que pasa en ese barrio: hay una construcción muy particular de la realidad allí. Decidí que se lo viera porque no quería que hubiera otra voz en off que la de Ana.
– Me llamaron la atención también los dos o tres planos de chicos muy vivaces hablando, incluyendo el que mencionaste antes.
– La idea de mostrar un nene que podría haber sido víctima de ellos viene a compensar el lugar de la madre. No quería que uno pensara solamente Pobre chico, lo mató la Policía. Las otras cosas iban pasando. Además quería incluir algo del cotidiano del barrio.
– Hay un par de frases en la película que desarman un poco porque están fuera de lo que uno espera escuchar.
– Creo que Ana es una mujer muy inteligente, que nunca ocultó lo que pasó con sus hijos. Entiende lo complejo de la situación. Hay partes que en la película no están, como cuando ella pidió ayuda porque su hijo se drogaba y nadie la ayudó: las falencias del Estado las nombra todo el tiempo, pero también dice Mi hijo tendría que haber estado preso. De hecho, ella misma cuenta que cuando entró la Policía a su casa sintió lo mismo que cuando le habían entrado ladrones.
– Es interesante que el film dispara interrogantes que van mucho más allá de si es más o menos culpable uno u otro. 
– Para mí es clave preguntarse qué podríamos haber hecho nosotros como sociedad, donde claramente el consumo marca qué sos y qué no sos. Y qué debe hacer el que tiene poco o que no puede acceder a las zapatillas que tienen los demás. ¿No es lógico que se enoje y que quiera incluso quitártelas? Esos chicos no construyeron otros deseos que no pasen por la plata. ¿Vos tenés poquito? Bueno, conformate mientras los demás tienen un montón. Es raro eso.
– ¿Por qué no das información sobre cuándo y por qué el joven le escribe a su madre esa carta tan emotiva cuyo texto aparece en un momento?
– La verdad que lo que quería hacer con la carta era conservar lo que tiene de documento. Por el mismo motivo, a las grabaciones en VHS no les puse música. La carta estaba escrita en papel y no quería manipularla. Podría haberla filmado a Ana leyéndola, pero no quería que apareciera en ninguna otra circunstancia que no sea haciendo la torta. De todos modos, él se refiere allí a su hijo que está por nacer, entonces da la pauta de cuándo y por qué fue escrita.
– ¿Por qué te interesó acompañar el relato con la preparación de la torta? 
– En algunos de los videos hogareños se los veía con tortas y Ana cocina muy bien. Me parecía que había algo ahí íntimo, doméstico y maternal. Por otro lado, estaba lo progresivo de hacer una torta, nunca sabés cuándo termina pero va avanzando. No quería la cara de Ana hablando ni tampoco una cosa más costumbrista.
– En algún punto, la película es como el registro de una confesión. No en el sentido policial sino el de descargar una experiencia personal.
– Cuando la conocí a Ana hace diez años ella ya empezó a hablar de esto. Su hijo había muerto cuatro años atrás y mi hermano también, dos años antes. La situación era muy distinta, ya que mi hermano había fallecido por una enfermedad, pero mi mamá al revés: no quería contar nada de su angustia. En Ana yo había encontrado una madre más dispuesta a hablar de la muerte de su hijo… Ahí hubo una especie de empatía. Además, me encanta el tono con el que habla Ana, construye una narración impecable. Y estaba muy permeable. Yo le dije Mirá que no va a ser la película que vos quieras ver sobre tus hijos y me dijo Bueno, vos hacé lo que quieras.
– ¿Qué pasó cuando Ana y su familia vieron la película terminada?
– Con Ana la vimos en una situación muy íntima. Fui a su casa, un día de mucho frío, y en su habitación nos pusimos a ver la película en la cama. Éramos Ana, yo y la hija de Ana, las tres tapadas con una frazada. La reacción inicial de ellas fue un poco neutra, a lo mejor porque no están acostumbradas a ver este tipo de documentales, pero después supe que la volvieron a ver solas y se conmovieron mucho más. La vieron también muchos chicos del barrio y les gustó. En el BAFICI fue una sorpresa, porque es el primer largo que hago, no estudié cine y no soy habitué del festival. Me gustó lo que me dijo un chico del público del BAFICI: Es alentador ver tu película porque pareciera que hacer cine es algo posible. La película fue al IDFA (Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam) y ahora me invitan a Londres en abril. El premio, indudablemente, abre posibilidades. De hecho, ahora estoy haciendo una continuación, llamada La sangre en el ojo, con la historia del hermano.
– Periodísticamente se menciona y se explota mucho el tema de la delincuencia en las grandes ciudades. ¿Qué mirada buscaste en tu película sobre eso?
– Creo que justamente lo que plantea es darle tiempo y espacio a esas historias que en los noticieros cuentan en dos minutos. En ese sentido, hay una posición en relación a la problemática. No juzgar ni estigmatizar a esos jóvenes, sino mostrar que detrás de esas noticias hay personas y vidas. Y llevar a preguntarnos qué hacemos antes de que esas vidas terminen en esa situación.

Por Fernando G. Varea

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