Causas y efectos

TRES COSAS BÁSICAS
(2021; dir. Francisco Matiozzi Molinas)

Tal vez el interrogante no debería ser si entregar la vida por una causa es un gesto de grandeza, sino qué significa exactamente eso. ¿Estar dispuesto a morir si la causa lo reclama? ¿Simplemente no tener miedo a ser asesinado? ¿O destinar tiempo, esfuerzo, iniciativas y compromiso a lo largo de la vida por esas ideas, sin necesidad de inmolarse por ellas?
Preestrenado en la  8ª Semana de ADN Doc, Tres cosas básicas dispara preguntas como esas. Lo hace reconstruyendo testimonios en torno a uno de los tantos episodios perturbadores ocurridos durante la larga noche de la última dictadura cívico-militar en Argentina: el secuestro de dos militantes de Montoneros (Tulio Valenzuela y su compañera Raquel, embarazada), la posterior proposición de viajar a México para delatar a compañeros, una fuga, una denuncia y el hecho de enfrentar una tragedia quizás inevitable.
Al querer desentrañar enigmas que lo acompañan por el recuerdo de sus cinco tíos asesinados durante aquellos años oscuros, el rosarino Francisco Matiozzi Molinas (docente, realizador audiovisual, director de Murales: El principio de las cosas y otros documentales) no evidencia particularmente enojo ni una ciega admiración, sino sincera curiosidad. En este caso, transmite su inquietud con un planteo que evita las simplificaciones con las que ciertos políticos y comunicadores abordan los claroscuros de la época, combinando grabaciones, fotografías, declaraciones ante su cámara o en el transcurso de distintos juicios. Alguien de quien podría suponerse un desapego por la vida dice, desde un lejano audio, “Hay objetivos por los que querer vivir y personas a las que queremos mucho”, y en uno de los testimonios más elocuentes otra persona enfatiza “No eran robots, eran seres humanos”. Al mismo tiempo, un ex represor desliza sin vueltas una broma macabra sobre los vuelos de la muerte y un ex integrante de Montoneros considera que él y sus compañeros son “héroes” que formaban parte de una “guerra”, subrayando “No me arrepiento de nada”.
Yendo de Argentina a México y Cuba, los recuerdos e impresiones de Roberto Perdía, Pablo Fernández Long, Daniel Cabezas, Ignacio González Jansen, René Chávez, Daniel Sverko y varios más se suceden, alrededor de ideales y traiciones, de certezas y dudas. Antiguos registros audiovisuales devuelven la ominosa imagen de Galtieri balbuceando una arenga y la de Mario Firmenich irritando al proponer tranquilamente desde su exilio una “resistencia masiva”.
Breves planos fijos de las distintas ciudades y de algunos sobrevivientes de esta historia mirando silenciosamente a cámara, así como un uso de la música que evita el exceso, favorecen el tono contenido de Tres cosas básicas, su respeto por las opiniones de los entrevistados y de los espectadores. Esa sobriedad no impide que, en determinados momentos, asomen leves estremecimientos, cuando alguien reencuentra el sitio donde se había organizado una improvisada conferencia de prensa más de cuarenta años atrás, cuando Sebastián Álvarez recuerda el encuentro con su hermana desaparecida en 2008, o cuando se escucha la voz susurrante de Raquel Negro –alias María–, militante perseguida y envuelta en una trama de desenlace previsible, afirmando: “Aún dentro de esta situación, soy feliz”.

Por Fernando G. Varea

El cine argentino del nuevo siglo

Detallar los cambios que atravesaron al cine argentino durante las dos primeras décadas del nuevo siglo puede resultar fatigoso: desde el tránsito de lo fílmico a lo digital, del VHS al furor del DVD y de allí al pendrive y al streaming, de las críticas en los diarios y las revistas especializadas al torbellino de internet, las sacudidas tecnológicas y las novedades fueron más que las que podrían enumerarse a lo largo de otros veinte años del siglo anterior.
En nuestro país, el tránsito por la debacle de la Alianza, la crisis de fines de 2001, el kirchnerismo y el macrismo, con cambios de nombres al frente del INCAA y el logro de la autarquía operativa, la organización de una Academia del Cine, el crecimiento del BAFICI y del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (interceptados por progresivos recortes presupuestarios y otros problemas), más una pandemia que llevó a paralizar rodajes y cerrar salas de cine por demasiado tiempo, también marcaron los altibajos que acompañaron el paso de los años.
LOS CHICOS CRECEN. Entre los realizadores de los nueve cortos que integraron la ya mítica primera edición de Historias breves de mediados de los ’90, fue emergiendo con luz propia Lucrecia Martel. Cuatro largometrajes a lo largo de estas dos décadas fueron conduciéndola a una valoración internacional que muy pocos colegas argentinos habían alcanzado antes, aunque no se trata sólo de eso: el interés de la realizadora salteña por bucear en clases sociales sinuosamente enfrentadas, hipocresías, deseos reprimidos, intuiciones y sensaciones, se plasmó provechosamente en un puñado de obras cautivantes, de las cuales (por permitir que cierta soltura escape de la quirúrgica formulación estética) destaco La ciénaga (2001) y La mujer sin cabeza (2008), aunque podría discutirse si lo mejor de su obra no está en sus cortos. Por su parte, el uruguayo Adrián Caetano renovó las energías para elaborar escenas de violencia y generar suspenso que previamente tuvieron otros, con mejores resultados al contar con argumentos más sólidos, como fueron los casos de Un oso rojo (2002) y Crónica de una fuga (2006), si bien en Bolivia (2001) la pintura ambiental y cierto oscuro aliento profético compensan la estrechez de la historia. La trayectoria de otros directores de la primera Historias breves fue algo inestable: Ulises Rossell se mostró más perspicaz en la elección de los personajes a rescatar en sus luminosos documentales que en sus historias de ficción, exceptuando la frescura de El descanso (2002), que codirigió con Andrés Tambornino y Rodrigo Moreno, este último, a su vez, responsable de experiencias audiovisuales de apariencia simple aunque formalmente complejas, tanto como propicias para el debate. Jorge Gaggero no consiguió que la vitalidad de su corto Ojos de fuego (1995) –tal vez el mejor de aquéllas Historias breves– se continuara en su documental Vida en Falcon (2006) y su ficción Cama adentro (2004), films algo híbridos a pesar de la evidente nobleza de intenciones. De Sandra Gugliotta vale mencionar el contenido de los testimonios desplegados en su reciente Retiros (in)voluntarios (2020), así como de Bruno Stagnaro la apabullante calidad de sus producciones para televisión, con las reservas que plantea transformar en un lugar común la exhibición realista de tensiones cotidianas en el conurbano bonaerense. Finalmente, Daniel Burman, después de una excentricidad (Un crisantemo estalla en Cincoesquinas) y un par de desparejas coproducciones, supo trazar en El abrazo partido (2003) un nervioso retrato urbano con destellos de autenticidad y simpatía; sus pasos siguientes fueron intentos de ejercer la comedia sin excesos, hasta caer seducido por las mieles de Netflix.
DOS PELÍCULAS. Una ficción y un documental: El aura (2005, Fabián Bielinsky) y La siesta del tigre (2016, Maximiliano Schonfeld) supieron exceder el interés provocado por los conflictos de sus personajes adentrándose en zonas más profundas e insondables, como si el sentido de la existencia humana palpitara detrás. La primera sigue siendo un brillante ejemplo de cine de género que confía en los recursos propios del cine, sin adosar referencias directas a hechos históricos u otros elementos en busca de prestigio; vale señalarla incluso como homenaje a Bielinsky, autor también de Nueve reinas (2000, más suspicaz y urbana, ligeramente más cínica), quien nos dejó después de articular estas piezas astutas y minuciosas con las que Ricardo Darín despegó como actor. En tanto, el film de Schonfeld –pudoroso en su búsqueda de comunicación con posibles espectadores– encuentra su valor en otras razones: el registro de un mundo reconocible y a la vez misterioso, su mirada sobre vidas sencillas cuyas necesidades materiales se fusionan con otro tipo de ansiedades, perceptibles en el deseo, la amistad, el entendimiento con la naturaleza y el sentido lúdico de la aventura ganándole a la muerte que ronda. Ambas películas revelan, de distinta manera, la instalada idea de encontrar una salida a las carencias (económicas, afectivas) fuera de lo que el Estado puede ofrecer, aunque la sensación de orfandad en el segundo caso no lleva al ensimismamiento sino a un saludable espíritu de grupo. Schonfeld es parte de un disperso grupo de realizadores litoraleños surgidos en estas dos décadas, en cuyos trabajos suelen cruzarse un lirismo sosegado con ocasionales ráfagas de cándido humor (Fund, Crespo, Murga, Nicolás Herzog, Gallo Bermúdez).
RIQUEZAS DEL DOCUMENTAL. Durante el siglo pasado, los documentales argentinos que llegaban a las salas de cine cumplían (salvo excepciones) un fin pedagógico, a favor de reclamos ecológicos o de distintas perspectivas sobre nuestra historia política. Ya a mediados de los años ’90 –de la mano de cineastas como Pablo Reyero, David Blaustein, Marcelo Céspedes y Carmen Guarini– empezaron a perder solemnidad y a convertirse en medios para expresarse sobre cuestiones más íntimas o diversas, hasta florecer en las dos últimas décadas disparándose hacia distintas direcciones. Hubo entonces algunos que recorrieron la vida de figuras valiosas de nuestra cultura, con sensibilidad y un tono acorde a la personalidad y la historia personal de cada uno de ellos (Yo no sé qué me han hecho tus ojos, El gran simulador, Piazzolla, los años del tiburón, Método Livingston). Entre quienes se hicieron eco de la eclosión de las luchas feministas y de los movimientos LGTB, sobresale Agustina Comedi con El silencio es un cuerpo que cae (2017) por la suave combinación de valentía y pudor sin ínfulas de originalidad, sacándole chispas a un material audiovisual en apariencia opaco. Entre las curiosidades, dos centradas en la educación como proceso arduo pero fértil: Escuela Normal (2013, Celina Murga) y Las facultades (2019, Eloísa Solaas). También para celebrar y discutir fueron los sucesivos trabajos de Andrés Di Tella, la intimidad familiar descubierta sin condescendencia ni calidez de Papirosen (2014, Gastón Selnicki), el nocturno lirismo de Cuerpo de letra (2015, Julián D’Angiolillo), la precisión de El ambulante (2009, Eduardo de la Serna / Lucas Marcheggiano / Adriana Yurcovich) y Criada (2009, Matías Herrera Córdoba) y las ansiedades documentales de varios realizadores santafesinos (Piazza, Plataneo, Fidalgo, Romano, Matiozzi Molinas). Pocos pusieron el foco en hechos del pasado cercano y no tanto: en torno a episodios del siglo XIX merece recordarse esa suerte de road movie o debate a cielo abierto que es Cándido López, los campos de batalla (2005, José Luis García); sobre la Guerra de Malvinas, Teatro de guerra (2018, Lola Arias) logró que recuerdos ásperos encajaran, no sin dificultad, en su artificioso diseño; y alrededor de los efectos de la represión durante la última dictadura despuntaron con una fuerza desconocida las miradas de hijos o familiares de desaparecidos, desde la  sensibilidad de Nietos (Identidad y memoria) (2004, Benjamín Ávila) hasta la provocación de Los rubios (2003, Albertina Carri), los ensayos de Nicolás Prividera marcados por la búsqueda, la reflexión e incluso la bronca, así como la atención puesta por Jonathan Perel en sitios e informes procurando que expresen por sí mismos. Tal vez porque catorce de estos veinte años el gobierno nacional estuvo en manos del peronismo, es que hubo mayor cantidad de documentales sobre sus acciones y reivindicaciones; el más sagaz fue Pulqui, un instante en la patria de la felicidad (2007, Alejandro Fernández Mouján), en cierto modo resultado de un clima de época. La coalición político-empresarial neoliberal que en este período se convirtió –al menos a nivel nacional– en la principal oposición al PJ (con la anuencia de una Unión Cívica Radical devenida mero antiperonismo, o en todo caso antikirchnerismo) apoyó un par de documentales que dieron protagonismo a voces que podían llevar agua para su molino (Sebreli, Fernández Meijide), echando a rodar opiniones valiosas para el debate salvo por dos detalles: la evidente intención de descalificar de plano al peronismo-kirchnerismo (es decir, restando en vez de sumar) y su nulo valor cinematográfico. A pesar de ciertas sospechosas omisiones, Esto no es un golpe (2018, Sergio Wolf) al menos indagó en un hecho histórico de manera más laboriosa y reivindicando la política (a partir de algunas actitudes dignas de Raúl Alfonsín), en tanto La crisis causó dos nuevas muertes (2006, Patricio Escobar / Damián Finvarb) –de indudable valor histórico y periodístico– fue un paradójico caso de crítica a la manipulación de los medios masivos de comunicación realizada no desde el kirchnerismo ni con medios del Estado, y cuya repercusión no dependió de su estreno en festivales o del éxito de taquilla.
ALGUNOS GRANDES. Son pocos los casos en la historia del cine argentino de directores que supieron reverdecer laureles en el final de su carrera. Esa tradición puede decirse que se mantiene vigente en lo que va del nuevo siglo, con tres honrosas excepciones: Leonardo Favio (quien, en un rarísimo caso de remake, remozó su Aniceto integrando al cine con soltura formas del teatro y la danza), Edgardo Cozarinsky (cuya producción literaria fue más fecunda que la cinematográfica en este período, aunque en Carta a mi padre supo transformar recuerdos familiares en una reflexión delicadamente profunda sobre su pasado y el de nuestro país) y Fernando Pino Solanas (quien, si bien se mantuvo bastante al margen de los cambios que afectaron a los documentales en estos últimos años, dio cuenta de dificultades y potencialidades de la Argentina de manera consecuente con sus ideas). Otros directores estimados, como Aristarain, Renán o Mignogna, no alcanzaron el brillo de sus primeras películas.
LOS PREMIOS. Si los premios en históricos festivales de cine pueden considerarse indicadores de calidad, debe destacarse que en el nuevo siglo el cine argentino recobró la presencia que venía imponiendo desde los años ’60, compitiendo en muchas oportunidades de igual a igual con ilustres competidores de otras partes del mundo. Sin embargo, las nominaciones y premios Oscar, así como un galardón significativo en Venecia, para El hijo de la novia, El secreto de sus ojos (ambas de José Luis Campanella), Relatos salvajes (Damián Szifrón) y El ciudadano ilustre (Mariano Cohn / Gastón Duprat) –las cuatro muy exitosas también– llevan a pensar cuánto menos adulto se ha vuelto nuestro cine argentino de calidad. Si se piensa en la mirada sobre sectores privilegiados y postergados de la sociedad argentina en algunos de los films iniciales de Torre Nilsson, Ayala, Birri o Murúa, el contraste es rotundo: los guiones parecen ahora meras excusas para emplear (con más o menos eficacia) recursos del suspenso o del humor, mientras lo cinematográfico deviene televisivo y la complejidad formal o las astucias narrativas se anulan hasta el estereotipo y la demagogia. Incluso películas de los ’80 como La historia oficial (Luis Puenzo), Sur (Pino Solanas) y Miss Mary (María Luisa Bemberg), premiadas en Cannes o Venecia en esos años (aún con sus desniveles y cierta condescendencia, y sin la lustrosa solidez de Relatos salvajes, por ejemplo), dejaban entrever que ciertos males de la sociedad argentina iban mucho más allá de la burocracia, el clientelismo político o algunas formas de sencillez pueblerina. Los motivos de este declive pueden encontrarse en los cambios sufridos por el cine en el mundo en estas dos últimas décadas (lo que incluye Hollywood y festivales como Cannes), así como también por las ideas que fueron imponiéndose entre los argentinos debido a deficiencias de la dirigencia política (lo que no excluye al kirchnerismo) y la influencia de poderosos medios periodísticos.
Y UNAS POCAS COSAS MÁS. Lo personal se confunde con la valoración imparcial si se trata de rescatar nombres y revelaciones que asoman en la memoria en medio del pródigo cine argentino de los  últimos veinte años, pero puede decirse… Que en Historias extraordinarias (2008) y La flor (2018), de Mariano Llinás, se encuentran algunas de las secuencias más seductoras del cine argentino del nuevo siglo, lamentando que la pasión del director por los relatos, la aventura y el cine sean interceptadas por ironías sobradoras y ansias de demiurgo. Que las mejores películas de Martín Rejtman y Santiago Loza en estos veinte años tal vez sean dos que realizaron por encargo (Copacabana y Malambo, el hombre bueno), y que los escurridizos sondeos de Gustavo Fontán parecen encontrar buen cauce cuando las ambiciones no resultan un escollo (El árbol). Que el universo adolescente en las ficciones de Ezequiel Acuña luce más auténtico y benigno que en las de Luis Ortega, cuyo profesionalismo no puede ponerse en duda aunque sí la manera con la que deja siempre a salvo ciertos puntos que sería deseable pulsar. Que La vendedora de fósforos (2017, Alejo Moguillansky) fue una de las escasas películas de ficción que no ocultaron su mirada desconfiada sobre la realidad (a)política de la Argentina bajo la presidencia de Macri, sin dejar de estar atravesada por buena música, buen humor y encanto. Que un  provechoso recorte sobre el mundo de la mujer resultaría sumando Rompecabezas (2009, Natalia Smirnoff), La mosca en la ceniza (2010, Gabriela David), Abrir puertas y ventanas (2011, Milagros Mumenthaler), Refugiado (2014, Diego Lerman), Mi amiga del parque (2017, Ana Katz), Alanis (2017, Anahí Berneri) y Las siamesas (2010, Paula Hernández), así como una buena pintura del universo cotidiano de los jóvenes del conurbano bonaerense podría resultar añadiendo Mauro (2014, Hernán Rosselli) al mejor Perrone (P3nd3jo5, 4TRO V3INT3). Que los asomos de ensoñación en las obras de Ernesto Baca, Paulo Pécora, La antena (2007, Esteban Sapir) y El nadador inmóvil (2000, Fernán Rudnik), así como el refinamiento para la composición de Ariel Rotter en El otro (2007) y La luz incidente (2015), suministraron momentos de sensitiva belleza. Que Historias mínimas (2002, Carlos Sorín, y sus ecos El perro y El camino de San Diego), más El cielito (2003, María Victoria Menis) y Las Acacias (2011, Pablo Giorgelli), podrían servir para darse un baño de confianza en el género humano, tomando distancia de cierta tendencia a la crueldad del cine internacional de este período. Que los actores y actrices en ascenso de Felicidades (2000, Lucho Bender) y ¿Sabés nadar? (2002, Diego Kaplan) permitieron que pudieran disfrutarse ambas películas, bastante olvidadas hoy. Que las inquietudes de Lisandro Alonso y Matías Piñeiro son para polemizar largamente, sin dejar de reconocer la inesperada proposición sobre la libertad –incluso en términos narrativos y de producción– que implicó La libertad (2001), ni el concepto de modernidad que merodea la obra de Piñeiro. Que la capacidad de Fernando Spiner y Damián Szifrón parece adaptarse mejor al medio televisivo que al cinematográfico. Que algunos de los mejores desenlaces fueron los de Leonera (2008, Pablo Trapero), El último Elvis (2012), Familia sumergida (2018, María Alché), Planta permanente (2020, Ezequiel Radusky) y La larga noche de Francisco Sanctis (2016, Francisco Márquez / Andrea Testa), esta última una de los más notables debuts en el largometraje de estos veinte años. Que Ana Katz y Daniel Hendler son un caso particular de pareja de actores-directores, partícipes en proyectos propios y ajenos generalmente dignos. Que, como director, Benjamín Naishtat supo transmitir la sensación de zozobra que puede deparar la revisión de ciertas zonas de la historia argentina. Que los enredos e insinuaciones alrededor del deseo en los films de Marco Berger y Liliana Paolinelli se expresan con una sinceridad que los vuelve atendibles. Que los méritos de la obra de ciertos directores (Lucía Puenzo, Edgardo Castro, José Luis Campusano, Alejandro Fadel, Santiago Mitre) serían motivo de discusión, más allá del consenso de sectores de la crítica y la cinefilia. Y que lo mejor del cine de ficción hecho en lo que va de este siglo por realizadores cordobeses, tucumanos, mendocinos, santafesinos y entrerrianos tal vez se encuentre en inspiradas secuencias aisladas, cortometrajes y videoclips.

Por Fernando G. Varea

22º BAFICI: cine argentino, a pesar de todo

La 22ª edición del BAFICI fue extraña y acotada, no sólo por las restricciones que impone la pandemia: entre las ventajas (al menos, para quienes no vivimos en CABA), estuvo la posibilidad de ver el material que formó parte de la programación de manera virtual y gratuita; entre los puntos objetables, cabe señalar la ausencia casi total de publicaciones, charlas, homenajes y retrospectivas, el cambio o eliminación de algunas secciones, y, finalmente, la indiferencia hacia el periodismo especializado (es importante recordar que las acreditaciones, que este año no existieron, no sirven únicamente para ver películas y asistir a funciones de prensa sino también para facilitar entrevistas). Se extraña el BAFICI que alguna vez fue –prodigioso y diverso, en cantidad y calidad de proyecciones y actividades–, aunque hubo películas para disfrutar y discutir, algunas proyectadas incluso al aire libre o en salas porteñas (Gaumont, Lugones). A continuación, nuestra opinión sobre algunas de las producciones argentinas estrenadas en el marco del festival (aquí ya habíamos escrito sobre La casa sin cortinas, de Julián Troksberg, y Concierto para la batalla de El Tala, de Mariano Llinás).

El Gran Premio de la Competencia internacional fue para el corto cordobés Mi última aventura, sobre dos jóvenes aparentemente amigos que se proponen robarle al jefe de uno de ellos (encarnado por el realizador Martín Sappia, quien había estrenado en Mar del Plata el año pasado Un cuerpo estalló en mil pedazos): cuando todo parece haber salido bien, uno de los personajes toma una decisión sorpresiva, que conduce a un final abierto. Dirigido por Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, con un ocasional relato en off, locaciones bien elegidas y música inconfundiblemente cordobesa, el film es conciso, encontrando en la mirada del actor Ignacio Tamagno y en la dirección de fotografía del propio Sonzini (esa Córdoba nocturna que se percibe melancólica y pegajosa, ese túnel azul casi onírico) los elementos necesarios para elevarse por sobre los tópicos frecuentes en la obra de realizadores jóvenes.

El Gran Premio de la Competencia Argentina fue para Implosión, tercer largometraje como director de Javier Van De Couter (de importante experiencia como actor). Situada en la actualidad, la película acompaña a dos jóvenes en viaje de Carmen de Patagones a La Plata, impulsados por el deseo de hallar al autor de la masacre ocurrida en una escuela secundaria de la ciudad del sur bonaerense en 2004. El propósito del realizador (y autor del guión junto a Anahí Berneri) fue generar una ficción a partir de elementos reales, comenzando por los protagonistas, partícipes directos de aquel trágico episodio, pero su juego se dispersa llevado por cierta improvisación. Cobra interés cuando afloran destellos de verdad: imágenes reales del hecho (enrarecidas, enrojecidas), un accidentado debate en una escuela secundaria actual, el dramático estallido de los recuerdos en determinado momento. El resto se acerca demasiado a las fórmulas de cierto cine celebrado en festivales como el BAFICI, asomando –en medio de puteadas, skates, birra y faso– arrebatos de violencia indicadores de turbias conductas internalizadas, incluyendo la caza de animales. Entre los méritos vale señalar la música de Nahuel Berneri.

El Premio a Mejor Dirección de la Competencia Argentina fue para Jonathan Perel por su documental Responsabilidad empresarial, que parte de una brillante idea: exponer la complicidad del empresariado argentino en la represión a trabajadores durante la última dictadura en Argentina simplemente leyendo textos extraídos del libro Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad (editado en 2015 por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación), mientras una sucesión de plazos fijos muestran los establecimientos industriales de distintas partes del país respectivamente mencionados en esos informes. El film hubiera mejorado con la voz en off a cargo de actores y actrices (que no necesariamente debían cargar de emotividad los datos), ya que una inevitable monotonía termina afectándolo. El hecho de que todos los registros se hayan efectuado, visiblemente, desde el interior de un auto, resulta igualmente discutible. El valor de Perel, en todo caso, más allá de la idea original, está en la sensación de congoja que logra transmitir en cada plano, en la belleza gris que se desprende de las fachadas de esas fábricas (activas algunas, otras abandonadas) con el marco de cielos desapacibles, sumándose circunstancialmente referencias significativas en algún cartel o un mural con dibujos. Desde ya, lo que el propio Perel va leyendo perturba irremediablemente: la encarnizada (y organizada) persecución a gremialistas, los nombres conocidos que aparecen representando a determinadas empresas (Martínez de Hoz, Cavallo, Blaquier, Fortabat, Bunge y Born) o la represión sufrida por periodistas de un diario que todavía existe (La Nueva Provincia), son dolorosas piezas de este mosaico sombrío.

También dentro de la Competencia Argentina se conoció Los visionadores (Néstor Frenkel), que en poco menos de una hora revisa el historial de películas argentinas policiales de dudosa calidad de los últimos sesenta años (deteniéndose especialmente en las vinculadas al consumo de droga y al narcotráfico) con un patrón similar al de ciertos informes televisivos: ironizar a través de la edición con la asistencia de graciosos comentarios en off, aquí a cargo de Damián Dreizik. Un pequeño hallazgo del film es el descubrimiento de un diálogo de Así es la vida (en sus versiones de 1939 y 1977, basadas ambas en la obra teatral homónima de Arnaldo Malfatti y Nicolás de las Llanderas) repetido en la desatinada Delito de corrupción (1991, última película dirigida por Enrique Carreras, director precisamente de la más reciente de aquellas versiones). Trivial y divertido, sin distraerse con acotaciones sobre el contexto político en el que fueron realizadas las respectivas películas o las diferencias entre ellas, no puede negarse el laborioso trabajo de selección y edición detrás de este producto realizado bajo el recuerdo de la época en que era furor alquilar VHS y encerrarse a verlos después.

En la misma sección, al mismo tiempo que en Cine.ar, fue estrenada López, de Ulises Rosell, cineasta especialmente lúcido en la elección de personajes para sus documentales y en la mirada que echa sobre ellos. Ocurría en Bonanza (2001) y en El etnógrafo (2012), y vuelve a suceder aquí, en que el centro de atención es el fotógrafo y artista plástico Marcos López (nacido en Gálvez, pcia. de Santa Fe), a quien se acompaña en diversas actividades con curiosidad y afecto, revelando ante el espectador el mundo de colores que ha creado en torno suyo. Pinturas, fotografías, muebles, ropa: todo es vivaz y luminoso, incluyendo la usina creativa que parece anidar en la cabeza del simpático Marcos. Esto no evita que afloren problemas (separaciones, pérdidas familiares, complicaciones por una mudanza) y que el film deje llevarse, por momentos, por cierta melancolía. Es notable cómo Rosell no convierte este material en un excitado caos, deteniendo su cámara ante detalles, gestos u objetos que le merecen atención, o jugando con la sorpresa, por ejemplo al dejar fuera de campo a López mientras le hablan dos chicas para luego revelar (sin énfasis) que hablaba con su cara oculta tras un jocoso disfraz. Fluyen, asimismo, historias paralelas, que se abren deslizando sensaciones y preguntas, como el pasado familiar de la madre o la vocación artística de especialistas a los que el protagonista recurre por distintas dolencias. Al film de Rosell debe agradecérsele, además, un tono jubiloso y benigno, algo inusual en el cine de estos tiempos.

Chispazos similares, aunque en un terreno más cercano al mundo infantil (acorde con la persona de la que se ocupa), desprende El universo de Clarita, documental de Tomás Lipgot que integró el apartado Baficito. En este caso, el deseo de una niña rosarina por ser astrónoma resulta una invitación a contagiarse de su curiosidad, su entusiasmo y su alegría. Sucesivos viajes de esta afectuosa Mafalda por CABA, La Plata, Chaco y San Juan, permiten sumergirse en un remolino de inquietudes y sorpresas en el que caben estrellas y meteoritos, la cultura de pueblos originarios y el deslumbramiento ante la ciencia, Georges Méliès y Harry Potter. Más allá de unos toques spielbergianos (efectos especiales, ampulosa música) que parecen innecesarios, el film de Lipgot puede verse como modelo posible de un cine argentino familiar o para preadolescentes, con un plus en la visita a un penal juvenil, donde los pibes presos dicen sentirse mejor después de mirar el cielo y exteriorizan, ante una estrella fugaz, un previsible pedido: la libertad.

El BAFICI cerró este año con No va más, film dirigido por Rafael Filippelli junto a Marina Califano y Hernán Hevia, sobre guión de Hevia, David Oubiña y Beatriz Sarlo. El propio Filippelli encarna a un hombre que ocupa su tiempo cumpliendo con poca convicción sencillas rutinas: prepararse un vaso de whisky, hojear un álbum de fotografías, leer algo de un diario (La Nación) o de un libro (de Jean-Paul Sartre), revisar la ropa que tiene en su placard, probarse corbatas. Aunque se lo ve acompañado únicamente por un gato, parece hablarle a alguien y responde raras llamadas telefónicas, insinuándose cierto desvarío dentro de ese encierro solitario en el interior de un departamento elegantemente sobrio y penumbroso. Entre observaciones y manías (“Más que leer, releo”), reflexiones duras sobre la vejez y el miedo a perder la memoria, intertítulos irónicos o estimulantes (“Todos los muertos están borrachos”, “Los que se fueron temprano no nos necesitan”) y ciertos trazos de un humor sesgado (incluyendo probables referencias a la personalidad del propio Filippelli, apreciables por quienes más lo conocen), el film sale de su asfixiante aislamiento cuando, por fin, aparecen bellos y breves planos de la ciudad de noche, desde la ventana. Enemigo de las fórmulas del cine clásico (como lo expresó en una entrevista reciente, en la que recordó a Hugo del Carril como alguien “bruto pero simpático”), director de películas polémicas como El ausente (1989) o Secuestro y muerte (2010, cuyo afiche asoma en una escena de No va más), muy apreciado entre realizadores egresados o docentes de la FUC (el film fue producido por tres de ellos: Mariano Llinás, Rodrigo Moreno y Juan Villegas), Filippelli es autor de documentales y ficciones en los que, como aquí, suelen cruzarse lo delicado y lo equívoco, lo moderno y lo elitista.

Por Fernando G. Varea

Es el pasado que vuelve

UNA CASA SIN CORTINAS
(2020; dir. Julián Troksberg)
CONCIERTO PARA LA BATALLA DE EL TALA
(2020; dir. Mariano Llinás)

Resulta estimulante que asomen películas con la mirada puesta en episodios de la historia argentina dentro de una edición del BAFICI que le cambió cínicamente el nombre a su sección Competencia Latinoamericana (ahora Americana, a secas) y eliminó otras significativas, al menos desde lo simbólico (Derechos Humanos, Vanguardia y Género).
Una es Una casa sin cortinas (Julián Troksberg), misterioso título para un documental que avanza sin vueltas, sumando testimonios y documentos en torno a la bastante olvidada ex presidenta María Estela Isabel Martínez de Perón. Los recursos son los tradicionales: recuerdos de distintas personas que la conocieron contados ante la cámara –a veces innecesariamente inestable, con registros algo azarosos y desprolijos–, rescate de fotografías y recortes periodísticos, ocasionales textos sobreimpresos informando lo mínimo indispensable. Hay anécdotas y comentarios sustanciosos y otros no tanto: la artista plástica Marcia Schvartz y el vidente Octavio Aceves proveen lo más imprevisible y menos solemne, aunque hay declaraciones valiosas también de ex funcionarios, políticos, sindicalistas, abogados, periodistas y amigas, desde Juan Manuel Abal Medina, Carlos Ruckauf, Oraldo Britos y Nilda Garré hasta Eva Gatica y Haydeé Padilla. De un momento a otro, se pasa de lo menor (el interés de Isabel por Alberto Cortez o Woody Allen, o las sospechas sobre qué tipo de bailarina o “artista” había sido) a afirmaciones más relevantes, como la del médico que recuerda haberlo escuchado a Perón, después de ver el comportamiento de su mujer en  apariciones públicas, diciendo “Hemos ido muy lejos con este bolazo”. El ocultamiento de su figura en museos y homenajes, más las observaciones sobre sus vínculos con el esoterismo, suman inquietud a este verdadero enigma de nuestra historia reciente, incentivado por el silencio que ella misma se autoimpuso desde hace años. La música de Pablo Trilnik contribuye a graduar la tensión.
Apasionante como investigación casi periodística, Una casa sin cortinas carece, sin embargo, de una mirada propia, progresando sin que llegue nunca a advertirse cuál es la posición desde la que se parte (algunos entrevistados sugieren incluso esto mismo ante la cámara). Claramente, no hubo intención de vincular el material con particularidades de la vida política actual: de hecho, la otra presidenta que tuvimos apenas si aparece mencionada; sin embargo, ciertos fragmentos elegidos para recordar la visita de Isabel a la Argentina al asumir Alfonsín –incluyendo una gresca ocasional entre militantes peronistas y el momento en que algunos de ellos gritan “Militares y radicales son la misma bosta”– parecen abonar cierta opinión alentada actualmente por sectores de la oposición y del periodismo, respecto a los persistentes defectos de este sector político.
Menos convencional, pero no por eso mejor, es Concierto para la batalla de El Tala, de Mariano Llinás, que registra un ensayo de la obra musical homónima de Gabriel Chwojnik interferido por placas con consideraciones personales y datos sobre los hechos que rodearon la batalla en cuestión, que enfrentó al caudillo riojano Juan Facundo Quiroga con el gobernador tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid en 1826. Hay también esporádicas imágenes de rincones de una casa, de páginas de libros de Historia (el Facundo de Sarmiento, las Memorias de Lamadrid) y del equipo de rodaje realizando su trabajo. En un par de momentos este reducido grupo se pone a cantar, desafinando casi deliberadamente, de la misma forma que por ahí aparece una actriz leyendo sin demasiado cuidado un texto histórico.
Los referentes parecen ser determinados films argentinos medio marginales de hace unos cincuenta años, en los que se combinaba, con dispares resultados, lo político, lo lúdico y lo provocativo. Pero los apuntes perspicaces en Concierto para la batalla de El Tala son aislados: si bien cierta reflexión sobre la valentía de aquellos hombres que lucharon por sus intereses hace dos siglos y sobre lo poco que importan hoy esas batallas del pasado dejan su efecto en el espectador, el material (literario, histórico, ideológico) del que parte la película es abordado con inmadurez y una curiosa pobreza de recursos (aunque hayan sido otras las intenciones de The players vs. Ángeles caídos, la película realizada por Alberto Fischerman en 1969, puede servir como ejemplo de un film que, aún sin salir de un único espacio y con pocos personajes, desplegaba una creatividad formal sorprendente).
Uno de los primeros guantes que arroja Llinás aquí es el comentario “En este momento en nuestro país hay gobernantes muy ingenuos”, pero no sólo no queda claro ante qué cuestiones los ve ingenuos, sino además a qué gobernantes se refiere (gobernantes son el presidente, los gobernadores, los intendentes, el jefe de gobierno de CABA), y al agregar “No vamos a dar nombres, no se ilusionen” echa a perder la posible adultez de ese planteo inicial, como dirigiendo un chiste a los críticos y cinéfilos que suelen estar atentos a sus pasos: al mismo tiempo que protesta porque nuestros gobernantes nos tratan como “niños caprichosos”, deja asomar cierto aniñamiento en esos desplantes o boutades. Comparar la indiferencia de los ciudadanos ante los hechos históricos ocurridos en los sitios donde van de vacaciones con la de niños que no agradecen a sus padres el haber comprado la casa en la que viven, suena igualmente pueril (más allá de dar por sentado que todos los argentinos viajan en vacaciones y poseen una casa), tanto como representar la lucha entre ideas contrapuestas con la imagen de dos esgrimistas.
La seducción que le despierta a Llinás “la belleza” (según sus palabras) de la vida de Lamadrid, su arrojo y el misterio que rodeó su final, se conectan con su gusto por la aventura, la proeza y los enigmas, que evidenció en sus dos últimos largometrajes, aunque eludiendo la precisión narrativa y formal –cercana a cierto clasicismo– que ofreció en Historias extraordinarias (2008) y buena parte de La flor (2018). La pandemia, o la falta de tiempo o de dinero, no parecen excusas: desde maquetas hasta dibujos podrían haber ayudado a un resultado menos desangelado. Apenas el trabajo de sonido, insinuando momentos de espera o de tensión y eventuales estallidos, constituye un aporte en términos dramáticos.
Finalmente, aunque Llinás se cuida de atenuar el peso de los valores que (al menos durante el período de su vida que aborda la película) animaban a Lamadrid, asoman entrelíneas que sugieren afinidad con los de cierto grupo social (expresiones como oligarquía, liberalismo o anti-populismo podrían servir para catalogarlo), desde un elogio al pasar a los franceses por expresarse “con más estilo, como siempre”, o el énfasis en la frase del caudillo opositor “Religión o muerte” (menos temeraria en estos tiempos en los que, por ejemplo, un Papa puede defender a la ciencia o las vacunas más que ciertos intelectuales). Así como la obra musical de Chwojnik parece merecer el respeto del director y su equipo, no ocurre lo mismo con las vidalitas que éstos entonan en determinado momento como remedando un acto escolar (similar tono de larvada sorna merecían algunas baladas románticas y tonadas provincianas en las anteriores películas de Llinás). Ese sutil desdén por ciertas expresiones de la cultura popular y la atracción por la solitaria intrepidez de un líder unitario (no de un pueblo o de una comunidad) se cruzan, a lo largo de Concierto para la batalla de El Tala, con advertencias que parecen acertijos: “¿No es fabuloso? Fusilar al que dice que otro está vivo” (lo que puede llevar a pensar en la suerte que corrían quienes denunciaban la existencia de desaparecidos durante la última dictadura, por ejemplo), o “Cuidado. No se confíen. Los muertos vuelven” (lo cual puede ser esotérico y literal o una alegoría sobre las ideas de hombres o mujeres de nuestra historia política ya fallecidos).
Lo nuevo de Llinás termina siendo más confuso que provocador, más un ejercicio literario-musical al que le faltó pulimento que un ensayo provechoso sobre matices de la Historia argentina.

Por Fernando G. Varea

Rosario de imágenes en un año difícil

Sobre lo que ocurrió con la realización y difusión de las producciones audiovisuales en el ámbito de nuestra provincia a lo largo de este trágico año, podría decirse mucho o muy poco. Entre acusaciones de la gestión actual a la anterior y viceversa, paliativos cuya eficacia se comprobará en el futuro (como la reciente creación de un fondo específico y un plan Fomento), dudas sobre la continuidad del canal público 5RTV (que durante 2020 no encontró salidas creativas a su discutible programación) y reposiciones en TV (como Balas perdidas, la serie escrita y dirigida por Hugo Grosso, en la TV Pública), las sorpresas se hicieron desear.
Mientras algunos films ya estrenados siguieron su camino en busca de reconocimientos (como el documental de Lucrecia Mastrángelo El laberinto de las lunas, la ficción de Diego Castro 1100, o la serie web Bares, sobre las que habíamos escrito respectivamente aquí, aquí y aquí) y otros esperan su estreno oficial en nuestra ciudad (como el largometraje Milagro de otoño, sobre el que hablamos con su director Néstor Zapata en una entrevista que puede escucharse aquí, o Singapur, cuyo trailer compartió Gustavo Postiglione finalizando el año), proliferaron intercambios audiovisuales compartidos en la web por realizadores resguardados en sus casas (el largo colectivo Las fronteras del cuerpo, del que participó Francisco Matiozzi Molinas y estrenado en canal Encuentro; las cartas audiovisuales que la Asociación de Realizadores Experimentales Audiovisuales Rosario fue compartiendo en su cuenta de Facebook; la serie para Instagram Un minuto de ficción, realizada por Roxana Bordione y Maia Ferro con intervención de distintos actores).
Se siguió hablando de cine, con diferentes enfoques, en los programas radiales Linterna mágica (Radio Universidad, a cargo de un equipo liderado por Leandro Arteaga) y Noches de cine (LT8, conducido por Ricardo y Elsa Randazzo) y el ciclo televisivo Cinético (con Lucas Rivero como entrevistador), mientras las tres temporadas de Siete Latidos [Oficios de cine y TV] (el programa de TV producido en los últimos años por la EPCTV, del que habíamos escrito aquí) fueron subidas a la plataforma Cine.ar. En el balance merece destacarse la publicación de dos libros: Los mecanismos frágiles (Ediciones VerPoder), de Gustavo Galuppo, y ¡Mujer, tú eres la belleza! Investigación y análisis de una película (casi) perdida (Editorial Ciudad Gótica, colección Estación Cine), de Marcelo Vieguer.
La autogestión sigue siendo, la mayoría de las veces, el único camino para que proyectos como los mencionados lleguen a buen puerto, de la misma manera que el micromecenazgo (crowdfunding) y subsidios valiosos pero generalmente insuficientes son los medios con los que pudieron concretarse muchas realizaciones locales presentadas en sociedad durante 2020.
Entre los videoclips, sobresalen Un hombre sin cualidades, de Diego Fidalgo para la banda Tensión, y los realizados por Rubén Plataneo para Charlie Egg (como Krikalev) y Chillan las bestias. El equipo de animadores reunidos bajo el nombre Sr. Manduví hizo lo propio con Mundo incierto, de la orquesta Tengo Pal Envido, y en el mismo sentido Ignacio Blaconá dio a conocer su corto documental sobre la Orquesta Escuela de Tango de Rosario. Próximo al videoclip es también Resistencia, el corto dirigido por Cecilia Sarmiento a partir de un tema del rapero Frango.
Del universo siempre generoso de los dibujos animados provinieron varias novedades. Puede objetarse la tendencia de algunos animadores locales al homenaje, aunque Yo soy ese gran cohete, realizado por Pablo Rodríguez Jáuregui y Diego Rolle para recordar al artista, músico y dibujante BK & Basta (José María Beccaria) fue una evocación no sólo justa sino también muy bien concebida. Rodriguez Jáuregui y Rolle restauraron, asimismo, un recordado trabajo del pionero Luis Bras, devolviéndole brillo a los colores y recurriendo al gran Fernando Kabusacki para jugar con el vals de Strauss en Reimaginando el Danubio azul, nuevo tributo al cineasta rosarino fallecido 25 años atrás. Con un concepto más tradicional e incluso didáctico –alertando sobre derechos de los menores y los adultos mayores–, Mariana Wenger ilustró textos previos de Eduardo Galeano en Infancias perdidas y de Billy Boldt en el más vivaz Password, con dibujos de Alfredo Piermattei en el primer caso y de Ezequiel Saccomano en el segundo. Un criterio similar alentó a Norberto Diez a expresarse sobre el valor de los libros, sin estridencias ni explicaciones innecesarias, en el tierno Alas de papel.
Eludiendo moralejas y referentes respetados, la miniserie web Verdadera verdad, de Sr. Manduví, con dirección de Andrés Almasio y diseño de personajes de Gonzalo Rimoldi, imaginó las aventuras de un desmañado carpincho de manera desinhibida y graciosa. Una búsqueda plástica diferente emprendió Emilio López en su corto animado Unheimlich.
Precisamente en el terreno del cine experimental, Gustavo Galuppo y Carolina Rímini continuaron ofreciendo creaciones estimulantes como el video ensayo Machina Mollis (investigación y realización de Galuppo o Galuppo Alives, como suele firmar sus trabajos desde hace un tiempo) y Refutación de Troya (obra de ambos, sobre la cual, por haber sido parte de la programación del Doc Buenos Aires, escribimos aquí). En la producción de Galuppo-Rímini hay algo solitario y provocador tanto como febrilmente apasionado por las posibilidades y manipulaciones del lenguaje audiovisual.
Hubo también nuevos cortos de ficción, que circularon por festivales y por la web. Retrato imaginario, escrito y dirigido por Felipe Martínez Carbonell (joven formado en la EPCTV que reside y trabaja actualmente en EEUU), despliega tópicos del cine de terror con robustez técnica y refinamiento. En Coloquio, del casildense Blas Zanella, hay buenos encuadres además de un acertado trabajo con el color y los sonidos del campo, por encima de inconvincentes momentos de alucinado dramatismo. Humedal, dirigido por Franco Doyen y escrito por Doyen junto a Celso Florance, resulta curioso: dos de sus tres minutos tienen toda la gracia que le imprimen recursos cinematográficos y el actor Federico Giusti, para luego asumir un tono inesperadamente admonitorio. Por TV y streaming tuvo su estreno, asimismo, El Agenor, del venadense Juan Carlos Frillocchi, ilustración algo anacrónica de un cuento narrado por un actor.
Pejerrey, escrito y dirigido por Agustín Tocalini, es impecable en la construcción de sus planos fijos, su cuidado formal y la elección de Agustín García para dar vida a un pescador perturbado por un crimen o una premonición, aunque el misterio que queda abierto sin tensionar al espectador puede considerarse una debilidad, en tanto El amor que te llevás, de Miler Blasco, expone relaciones familiares poco conflictivas en un espacio confortable, diluyendo las aristas dramáticas en cierta viscosidad publicitaria. Por su parte, Federico Basteri estrenó online su largometraje Intervalo, en torno a un hombre (ajustadamente interpretado por Fabio Oscar Fuentes) que, tras despertar de un golpe en una habitación de hotel, procura desenvolver la trama misteriosa que lo incluye junto a jueces y funcionarios vinculados al narcotráfico. Estéticamente pulido, técnicamente irreprochable, mejor dirigido que escrito, el film (en el que no aparecen mujeres, salvo una reconocible voz que asoma de fondo) amaga con una intensidad dramática e implicancias políticas que no llegan a detonar. Desde ya, vale esperar mucho más de los jóvenes Tocalini, Blasco y Basteri.
Del puñado de nuevos cortometrajes merecen destacarse Libertad 121, de Javier Rossanigo y David Eira Pire, con Claudia Cantero como una mujer que debe afrontar junto a sus hijos una mudanza provisoria por motivos que la historia va revelando cuidadosamente, y 40 tableros, de Alfonso Gastiaburo, con un Juan Nemirovsky notable en un personaje difícil: un ajedrecista que oculta un secreto detrás de su éxito, en el contexto de la 2ª Guerra Mundial. La precisión de los planos, del uso de los tiempos narrativos y de los espacios, en el primer caso, y la capacidad para hacer que una historia de época con despliegue de extras y producción no resulte aparatosa sino creíble, en el segundo, son méritos que se agregan a otro, que ambos comparten: la falta de improvisación, en pos de objetivos claros.
La ficción asomó, además, en tres series web. Rockambole, con Claudia Schujman y Miguel Bosco encarnando a dos atolondrados estafadores (a quienes se ve usando barbijos y recurriendo al zoom para comunicarse), fue un nuevo intento del perseverante Claudio Perrín para mantenerse activo, estrenando cada semana un nuevo capítulo en youtube, Instagram y Facebook. Un histrionismo que suele ser habitual en el humor televisivo aflora en ésta y otra serie web local difundida este año: Tomgon, creada y dirigida por Diego De Bruno. Se diferencia Quién pudiera, realizada con apoyo de Espacio Santafesino, menos informal y con fines más concretos e incluso loables, ligados con los de la productora Hipólita Films (que integran Josefina Baridón, Morena Pardo y Carolina Medina): fomentar la producción de contenido feminista, LGBTI y de identidades disidentes.
De una arquitecta trans que decidió ser fiel a su identidad cerca de los cincuenta años se trata, precisamente, un documental que, si bien no pudo competir en el BAFICI (suspendido por la pandemia), se estrenó en TV, fue exhibido en distintas plataformas y logró buena repercusión: Canela, sólo se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la rosarina Cecilia del Valle, del que escribimos aquí.
Otro documental local, Fotosíntesis, de Diego Fidalgo, tuvo la suerte de comenzar el año exhibiéndose en una sala de cine (se estrenó en enero en el Gaumont, de CABA), antes de ser compartido en la web. Nos ocupamos del mismo aquí, al reseñar las producciones rosarinas centradas en problemas ambientales como los incendios en las islas del Delta del Paraná, que este año sumaron zozobra. Hubo también dos documentales que dieron protagonismo a quienes lidiaron con la represión en la Argentina de los ’70: Abuelas, de Cristian Arriaga, y El coraje de las manos, corto escrito, producido y dirigido por Amadeo Acero, sobre los problemas que atravesaron los trabajadores de Acindar, en Villa Constitución (incluyendo una histórica huelga de dos meses en 1975), alternando testimonios. En este último, la obra de la artista plástica Alicia Laner, de colores y trazos fuertes, contrasta un poco con la música apesadumbrada, como si lo triste y lo vehemente se enredaran en el recuerdo de esas luchas. En tanto, Oficio del mirar atento, de Fernando Tabares, es una entrevista a la fotógrafa Silvina Salinas aderezada con algunos de sus excelentes trabajos, imágenes de la ciudad y comentarios en off poco convincentes a cargo de Graciela Cariello.
Producto de la investigación, el registro periodístico y una propuesta lúdico-pedagógica son los proyectos transmedia De barrio somos y Somos Jaaukanigás, producciones del DCMteam de la UNR dirigidas por un experto en estas lides, Fernando Irigaray. El primero rescata historias de clubes de barrio y el otro documenta la biodiversidad de un humedal santafesino ubicado en la zona de islas y costas del Departamento General Obligado; ambos, con un nivel de calidad que suele ser frecuente en la programación del canal Encuentro (y lamentablemente no en nuestros canales de aire). Otro documental transmedia que pudo conocerse fue Delfo, huellas de un pueblo, de Martin Casse y Lucía Cuffia, de delicada realización y con algunas recreaciones dramáticas, sobre un atleta nacido en Armstrong que en los años ’40 alcanzó popularidad hasta convertirse en ícono del deporte nacional.
Valga para finalizar una mención a lo más reciente de Rubén Plataneo, cuyos documentales (como los de Fidalgo) siempre resultan bienvenidos: Sfumato –de turbador subtítulo: La sombra es más poderosa que la luz– explora los rincones del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino superponiendo reflexiones en torno a la pintura. Desde las miradas de chicos durante una visita guiada o de visitantes adultos que parecen verse reflejados en los retratos que contemplan, hasta idas y venidas de empleados del museo, la intromisión en una reunión de trabajo e incluso registros de las cámaras de seguridad, diversos recursos son empleados para expresar sensaciones, ayudar a apreciar las obras y jugar con lo fantasmal que transita esos pasillos. Hay una música casi siempre inquietante y un par de chicas que aparecen y desaparecen, etéreas, acompañando con comentarios al espectador. “Los museos hay que usarlos, invadirlos” dice alguien, y Plataneo parece convencido de ello, llevando su cámara hasta el techo y las inmediaciones (con ayuda de un dron). Su film, como varios de los citados, merece apreciarse en una sala de cine: ojalá pronto volvamos a disfrutar de esa y otras buenas experiencias que estos últimos meses –forzosa y dolorosamente– fuimos olvidando.

Por Fernando G. Varea
Imagen: fotograma de Libertad 121 (2020; dir. Rossanigo/Pire).

Festival sin mar y con películas argentinas para destacar

Puede discutirse si un festival de cine lo sigue siendo cuando queda afuera el gozoso trajín que incluye encuentros presenciales y proyecciones en óptima calidad en inmejorables salas, pero el hecho de haber llevado a cabo el 35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de todas maneras, con películas en competencia, estrenos y charlas, resulta plausible. Seguramente los films –a los que se pudo acceder gratuitamente desde la página del festival– ganarían viéndose en funciones con público, con el silencio tenso, las risas o los comentarios en voz baja complementándolos: es de desear que 2021 permita reencontrarnos con esa posibilidad. Pero, al margen de que los encuentros vía youtube con directores como Walter Hill o Albert Serra hicieron extrañar la oportunidad que el festival ofreció en sus últimos años de tener a Jean-Pierre Léaud, Vanessa Redgrave o Vittorio Storaro no detrás de una pantalla sino ahí nomás, en persona, y más allá de la opinión que se tenga sobre los premios entregados (el principal se lo llevó El año del descubrimiento, documental español más valioso por los matices que desprenden sus testimonios que por la forma adoptada por su director Luis López Carrasco para volcarlos durante poco más de tres horas), el festival permitió confirmar que el cine argentino, pese a la pandemia y la crisis económica, goza de buena salud.
Entre las posibles objeciones puede mencionarse la ausencia en la programación de cine argentino previo a los años ‘60 (apenas en un libro presentado en el marco del festival, en el que tuve el gusto de participar, puede encontrarse un rescate de figuras como Manuel Romero o Luis Saslavsky), teniendo en cuenta que en los últimos tiempos Mar del Plata supo combinar espléndidamente la historia del cine con lo más nuevo e innovador (y a propósito: resulta curioso que el nombre de quien fuera su director artístico hasta hace dos años, Fernando Martín Peña, no haya formado parte de alguna de las charlas, libros o jurados).
MENOS ES MÁS. Si ver en algunas de las películas a personas compartiendo el mate o subiendo a un colectivo por la puerta de adelante causaba una sensación extraña, al mismo tiempo se demostró que es posible hacer cine en circunstancias como las que nos atraviesan durante este año trágico: aunque se hayan realizado antes de la pandemia, varios trabajos evidenciaron cómo la manipulación creativa de material de archivo o la elaboración de una historia de ficción con pocos actores y restringidas locaciones pueden ser suficientes para materializar un cine provechoso.
La película argentina que se llevó los premios más importantes fue Isabella, de Matías Piñeiro (de la que ya opinamos aquí): Mejor Dirección y Mejor Interpretación de la Competencia Internacional, en la que también participaron la nueva obra de Nicolás Prividera, Adiós a la memoria (de la que escribimos aquí), premiada por Mejor Guión, y Nosotros nunca moriremos, debut en la ficción de Eduardo Crespo (a quien entrevistamos aquí) que, más allá del premio que recibió de la EDA por el montaje de la casildense Lorena Moriconi, merecía una recompensa mayor.
Hubo un film que –tal vez inesperadamente– fue cosechando comentarios entusiastas en redes sociales y terminó ganando el Premio a Mejor Dirección de la Competencia Argentina: Esquirlas, de la cordobesa Natalia Garayalde. Cierta agitación provoca ver este documental que recuerda el estallido de la Fábrica Militar de Río Tercero (pcia. de Córdoba) en noviembre de 1995, el cual, además de provocar siete muertos y centenares de heridos, desnudó oscuros intereses en juego, políticos y empresariales. Recuperando material audiovisual registrado siendo niña, al que suma breves reflexiones en off, Garayalde logra un modesto pero potente ejercicio sobre la memoria y el dolor colándose entre las mezquindades que campearon en los ’90. Si al comienzo asoman inocentes estampas familiares y marcas reconocibles de la época (Cablín, MTV, la pasión por el VHS, una inefable noticia al pasar sobre Zulemita Menem), tras las estremecedoras imágenes de las explosiones y el posterior desastre Esquirlas va adoptando una visión crítica y lúcida sobre ese “lamentable accidente”, tal como lo define en un momento un sonriente y atildado Carlos Menem. El film va entonces de un juego infantil remedando un noticiero hasta significativas declaraciones de los pobladores a auténticos periodistas. “¿Qué poder tiene la gente para tomar decisiones ante tanta acumulación de poder económico?” es un interrogante que formula el padre de la directora y que resuena, una y otra vez, mientras algunas personas se enferman sospechosamente y los juicios no prosperan. El segmento reservado por Garayalde para el desenlace es, indudablemente, uno de sus grandes aciertos. Como Adiós a la memoria y Retiros (in) voluntarios, de Sandra Gugliotta –que tuvo su estreno fuera de competencia y sobre la que escribimos aquí–, Esquirlas es también un film sobre la figura paterna y la fragilidad de la sociedad civil ante los poderes económicos, no sólo en Argentina.
En la Competencia Argentina pudo verse además 1982, documental de Lucas Gallo que se limita a reunir partes de la cobertura periodística en TV de la guerra en Malvinas, sin agregar datos ni comentarios (salvo algunos para contextualizar el film, al comienzo y al final). Su propuesta se diferencia de lo que suele hacer la televisión actual con material de ese tipo, ya que no ironiza ni subraya lo que los archivos dicen por sí solos. Aún para quienes hemos vivido ese fatídico año y no nos enfrentamos por primera vez con esas imágenes, provoca escalofríos recordar aquélla Argentina ganada por militares que improvisaban una guerra con la anuencia de la ciudadanía. Ver y escuchar a periodistas como José Gómez Fuentes (afirmando que la guerra le permitiría a los jóvenes soldados “hacerse adultos”) o Pinky (hermosa y afectada como siempre, rechazando con arrogancia dichos de la BBC), aplausos a una marcha militar en un estadio deportivo o íconos culturales como Gardel y Maradona enredados con los efluvios bélicos, sorprende y angustia. Lo discutible de 1982 es que podría haber hecho un recorte más provechoso: ¿por qué Susana Rinaldi interpretando el Himno y no el grupo de artistas populares (de Libertad Lamarque a Norma Aleandro) cantándolo en otro momento del mismo programa televisivo? ¿Con qué objetivo se le da espacio a una misa en Malvinas y no se menciona el discurso ligeramente antibélico de Juan Pablo II durante su visita a nuestro país?
DIVERSAS MUJERES. Dentro de la Competencia Argentina obtuvo una Mención Especial Las ranas, con la que Edgardo Castro construye una ficción con espíritu documental, apegado a un realismo descarnado y seco, como en La noche (2016). En este caso, el actor y director sigue los pasos de una joven del conurbano bonaerense que va a visitar a un preso: los preparativos en su casilla atiborrada de cosas, sus viajes en tren y en colectivo, la informal venta de medias en la calle para obtener unos pesos, son registrados por Castro como solazándose con ese ambiente lumpen con olor a asado, porro y cerveza. Fugaces imágenes de un preso alzando a su pequeño hijo en brazos, o de la protagonista fumando y bebiendo una gaseosa en plena noche con ladridos de perro de fondo, son breves pausas en el recorrido por situaciones triviales a las que no se les saca lustre. Bordeando la sordidez (en una secuencia la cámara se detiene a exhibir cómo la mujer guarda un teléfono celular en su propio cuerpo), y sin ahondar en las connotaciones del estado de precariedad que reproduce, con su tercer largometraje Castro vuelve a mostrar cierta marginalidad urbana o suburbana sin un estilo propio.
Más vital es Las mil y una, de la joven directora correntina Clarisa Navas, que ganó cuatro premios de los jurados independientes. Filmada enteramente en un barrio de monoblocks de su ciudad (Las Mil Viviendas), acompaña a una adolescente algo reservada y amante del basquet durante su convivencia con dos amigos varones (hermanos entre sí), familia y vecinos. La fluidez del plano secuencia con la que comienza se mantiene casi todo el tiempo en el transcurso de dos horas, durante las cuales la atmósfera taciturna y húmeda del lugar se contrapesa con la frescura de las conversaciones y el desprejuicio con el que se habla (y se intenta vivir) la sexualidad. El film pendula entre la vida que logran insuflarle sus travellings y sus actores/actrices (destacándose el trabajo contenido y ajustado de la protagonista Sofía Cabrera) y cierta tendencia a los estereotipos (esos adultos desmañados, la audacia inquietante de la vecina), más algunas indecisiones formales.
En medio de la programación (que abarcó homenajes a Manuel Antín, Fernando Pino Solanas, Edgardo Cozarinsky, María Luisa Bemberg y Rosario Bléfari, y films nuevos como Edición Ilimitada, del que ya nos habíamos ocupado aquí), fueron bienvenidas las pinceladas cómicas, o en todo caso tragicómicas, de Las siamesas, el más reciente largometraje de ficción de Paula Hernández (Herencia, Los sonámbulos), estrenado fuera de competencia. Basado en el cuento homónimo de Guillermo Saccomano, se centra en dos mujeres que viajan juntas a Necochea por una herencia. Son madre e hija, y el dato no es menor, ya que los chispazos de la relación entre ambas son el eje de la película, que podría considerarse una road movie si no fuera que casi no salen del micro. Sinuosamente posesiva la primera, pendiente una de la otra, sus recuerdos y discusiones van desviándose peligrosamente hacia un grado de incomprensión o sometimiento no por habitual (pasa en las mejores familias, suele decirse) menos angustiante. Aunque puede resultar extraño que en el micro pasen una película de Campusano para distraer a los pasajeros, y a pesar de que en el tramo final las acciones se precipitan en busca de un cierre concluyente –menos sombrío que el del cuento original–, Las siamesas evidencia la competencia de Hernández para desplegar la historia de esas mujeres recurriendo a planos de objetos y gestos, o desarrollando charlas graciosas y reveladoras, ayudada por la capacidad de Rita Cortese y Valeria Lois –más Sergio Prina (El motoarrebatador) en un papel secundario– para hacer verosímiles a sus personajes.

Por Fernando G. Varea

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Imágenes: fotogramas de Esquirlas, Las mil y una y Las siamesas.