Misterio rockero en el Litoral

ENCANDILAN LUCES – VIAJE PSICOTRÓPICO CON LOS SÍQUICOS LITORALEÑOS
(2018; dir: Alejandro Gallo Bermúdez)

Hacen una música que fusiona el chamamé con el rock y el free jazz, sus presentaciones se caracterizan por la informalidad y una suerte de camuflaje (se calzan túnicas, pelucas y sombreros) y generan cierta extrañeza y misterio, despertando curiosidad en el ámbito pueblerino de Curuzú Cuatiá tanto como entre periodistas especializados y amantes de la música de Buenos Aires e incluso del exterior.  Se hacen llamar Síquicos Litoraleños y de la enigmática estela que dejan a su paso se ocupa la ópera prima de Alejandro Gallo Bermúdez, realizador formado en la UBA y con varios cortometrajes en su haber.
Es acertado el modo elegido por el director para contar la historia de esta banda que mezcla la interpretación musical con algo más circense o teatral, y el talento con el disparate. El tono es el de una película artesanal hecha con retazos reunidos mientras se siguen los pasos de este singular grupo de músicos, a veces con distorsiones visuales procurando una estética psicodélica o exponiendo registros espontáneos captados en sitios poco iluminados, sin descuidar el profesionalismo y la calidad de los encuadres al exponer diversas situaciones en el interior de sencillas viviendas, pensiones y calles de tierra en la mencionada localidad correntina: numerosos son los planos a lo largo de sus 80 minutos, pero todos parecen significativos.
Dividiendo –tal vez innecesariamente– en capítulos el recorrido por la historia de los Síquicos Litoraleños, Encandilan luces sumerge al espectador en una sucesión de testimonios, actuaciones del grupo y ocasionales reconocimientos, como alguna aparición en el ciclo televisivo Peter Capusotto y sus videos. “A veces ni ellos saben lo que tocan” dice un vecino, mientras otro señala que se escudan tras máscaras y pelucas porque si dan la cara corren el riesgo de que los maten. Si la propuesta artística de Síquicos Litoraleños no desdeña el humor ni el origen provinciano (“El chamamé es la identidad del correntino” señala alguien), el film integra esas características a su itinerario, en el que van apareciendo, como sorpresas en el camino, la pérdida de instrumentos musicales en determinado momento de una manera algo insólita, los chispazos entre los músicos de la misma banda y con los de otras similares, las sospechas de un influjo extraterrestre y de hongos alucinógenos hallados providencialmente.
En ese devenir medio sinuoso (rondando siempre el delirio, e incluso el temor de que haya detrás atisbos de locura), el paisaje natural, humano, e incluso musical, de Curuzú Cuatiá, aflora sin subrayados pintoresquistas ni ironías: allí están el peso de las voces que se oyen desde la radio, las modestas granjas, las fiestas populares, las imágenes de la Virgen de Luján y el Gauchito Gil en amable convivencia y, por supuesto, termos y mates dominando la escena.

Por Fernando G. Varea

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Flora y Iair, la nostalgia y el humor

FLORA NO ES UN CANTO A LA VIDA
(2018; dir: Iair Said)

(Por DENISE LORENZON)
Al terminar de ver Flora no es un canto a la vida, presentada por su director en el Cine El Cairo, la última pregunta que oí y movió mis sentimientos fue la que le planteó una señora bastante mayor a mí: No es una pregunta sino una duda personal ¿es Flora realmente un canto a la vida?
El documental conlleva una reflexión nostálgica. Es un film donde las emociones se confunden, moviéndose entre lo cómico y lo dramático, y en el que Flora está más presente que nunca. Lo reconoció su director cuando le preguntaron si la extrañaba: No, cada vez menos, este proyecto la mantiene viva en mi memoria. Esta película que fue filmada a lo largo de siete años (cinco desde que comenzó a producirse en forma casera y dos más de edición) me hace pensar en su realizador, en su forma de crear esto que revuelve.
Casualmente (o mejor dicho causalmente), por momentos uno sabe de su interés por obtener el departamento donado, pero por otro lado se nota que no deja de ser quién es, mostrándose como una persona que comienza a tomarle algo de cariño al personaje de Flora, quien, a su vez, no es un personaje sino alguien de verdad (valga la redundancia, tratándose de un documental).
Flora es muy graciosa, sufre dolores musculares que en realidad reflejan el paso del tiempo, esos que a a veces nos quiebran. Ese paso de los años, junto al agobio de crecer y el deseo de morir, le hacen decir que no existe felicidad alguna en este mundo. La esencia del alma, a veces el deterioro de nuestros sueños, las frustraciones con las que cargamos, la tendencia a exagerar nuestros sentimientos cuando lo que nos rodea nos satura. La remarcación de esos pequeños momentos, fugaces, durante los cuales somos un poquito más felices, como cuando éramos niños y creíamos que lo que la vida prometía era hermoso, el frenar y envolverse de dolores que nos unen y nos deprimen: hay un hilo muy fino entre ahogarse en un vaso de agua o salir al próximo round porque, a veces, no nos queda otra.
Cuando hay una historia que se sabe contar todo puede emerger. Iair Said filma a su tía abuela con cualquier objeto fotográfico que tiene en el momento, sin que importe la calidad. Flora no es un canto a la vida es un film para aplaudir, recomendable para quien quiera disfrutar de algo cómico pero a la vez reflexivo y melancólico. ¡Bravo, Iair!

Trailer de Flora es un canto a la vida aquí

Abanico de voces para hablar del boom sojero

SANTA SOJA
(2018; dir: Christian Fuma)

¿Por qué si el cultivo de soja en el sur santafesino proporciona (además de suculentos negocios a determinados sectores de la producción y empresas transnacionales) graves problemas medioambientales y pérdida de soberanía alimentaria, el tema es tan poco discutido en los medios de comunicación? Ésta es una de las tantas preguntas a las que puede conducir Santa soja, el documental de Christian Fuma (director) y Cristian Andrade (productor) que sí se ocupa del tema, sin estridencias y con responsabilidad.
Un texto inicial ubica al espectador: fue –no casualmente– a mediados de los ’90 que se libera al mercado en Argentina la semilla de soja transgénica, lo que terminó convirtiendo a nuestro país en uno de los principales productores de soja en el mundo. Las primeras imágenes, que registran las aplaudidas exhibiciones durante la celebración de un aniversario del Combate de San Lorenzo en dicha ciudad, permiten reflexionar sobre ideas de patria y soberanía que parecen congeladas en el tiempo, aunque el film de Fuma –a contracorriente de lo que suele verse en cine, TV y redes sociales– no plasma sus inquietudes en forma de burla o ironía. Se dedica, en todo caso, durante poco más de una hora, a recorrer la zona reuniendo opiniones de alrededor de cuarenta hombres y mujeres: desde una bióloga hasta un agente de la bolsa, un pescador o una joven coronada Reina de la Soja. Todos brindan sus impresiones o experiencias y las mismas, al cruzarse, van estableciendo un completo cuadro de situación. En algún momento asoma la figura de algún funcionario o de alguien que supo ser candidato a gobernador, pero Santa soja prefiere no dar protagonismo a figuras de la política (o del mundo empresarial enredadas en la política).
Una de las trabajadoras que dejan su testimonio se maravilla ante “la capacidad que tiene la tierra de dar” de manera casi mágica, aún sobre la obstinación por castigarla del hombre, “el rey de la naturaleza”, como recuerda a su vez un fraile. A ese punto se vuelve, una y otra vez, mientras se sacan a la luz retazos de historias de vida atravesadas por las consecuencias del proceso industrial sojero. Acertadamente, los nombres de quienes hablan aparecen recién al final, y ni allí ni en otros segmentos de este sobrio documental hay música subrayando lo que esas personas dicen o sienten.
Con fotografía de Pablo Grassi y posproducción de sonido de Santiago Zecca, Santa soja (producción independiente realizada con aportes del INCAA) invita a conocer, a comprender, a preocuparse, a pensar, a ver de otra manera el paisaje geográfico y humano de nuestra región.

Por Fernando Varea

Trailer de Santa soja aquí

21º BAFICI: En busca de la experiencia del cine

Por encima de los rumores y comentarios que rodearon la última edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, dos cosas parecen indiscutibles.
Por un lado, está claro que el BAFICI ya no es lo que era. Con menos películas, exiguas actividades especiales, sin publicaciones ni invitados internacionales convocantes, el de este año fue un festival visiblemente acotado, no sólo si se lo relaciona con sus primeras ediciones (cuando por su variedad de propuestas y huéspedes ilustres se alzaba como una suerte de inabarcable festín para el cinéfilo) sino incluso con las de los últimos años. “El mercado decidirá” había respondido tiempo atrás un ministro cuando le preguntaron qué pasaría al liberar el precio de los combustibles: está claro que un gobierno que le da esa potestad al mercado difícilmente confíe en un festival creado para promover producciones audiovisuales arriesgadas o menos convencionales que las que aseguran en los shoppings una buena venta de pochoclo. Si es “el encuentro cinematográfico más importante de América Latina”, como lo promocionan sus organizadores, no merecía el evidente recorte que sufrió este año.
Al mismo tiempo, no habría por qué desaprovechar lo que un evento como éste –aún con sus problemas– tiene para ofrecer. La experiencia del espectáculo cinematográfico compartido en una sala sigue siendo única y las oportunidades de ver determinadas películas en condiciones ideales, rodeado de gente interesada, son cada vez más limitadas. Mi paso este año por el BAFICI durante apenas tres días tuvo, precisamente, el incentivo de salir en busca de esas experiencias intensas. Y algunas hubo.
El ciclo destinado a las películas que el director portugués Paulo Rocha (1935/2012) realizó junto a la actriz Isabel Ruth deparó momentos de raro placer. De los varios de sus trabajos exhibidos en 35 mm en la Sala Lugones, pude ver un corto (Pousada das chagas) y el largometraje Vanitas (2004), en torno a los conflictos y personajes que envuelven a una veterana diseñadora de modas, en el marco de la ciudad de Oporto. Abatida y luminosa a la vez, apelando al melodrama pero con la madurez y la calma que suelen caracterizar a cierto cine portugués, Vanitas se nutre de reflexiones dichas sin énfasis, elocuentes canciones y exteriores de una belleza seductoramente antigua. Presente en la sala, Ruth recordó un ya lejano viaje a Brasil junto al director y destacó sus ganas de poder conocer mejor Buenos Aires. Lástima que, al finalizar la función, el presentador que la acompañaba no supo sacar demasiado provecho de su participación (las presentaciones de las películas y debates posteriores dejaron bastante que desear en las funciones del BAFICI de este año).
También en Sala Lugones fue la exhibición de Trailers de medianoche, una selección de trailers de películas italianas y argentinas, policiales y eróticas, sensacionalistas en la mayoría de los casos, de las décadas del ’60, ’70 y ’80, rescatados por el Museo del Cine y exhibidos en 35 mm. Los sonidos del proyector y los colores desteñidos de algunas copias permitían reencontrarse con esas sensaciones casi olvidadas que deparaba la proyección de material fílmico en las salas. La función duró alrededor de una hora, fue divertida y muy celebrada por un público mayoritariamente joven, por lo cual hubiera sido oportuno que en la presentación (a cargo de los periodistas radiales Santiago Calori y Fiorella Sargenti) se brindara información más precisa sobre los films en cuestión: al menos dos de ellos (Las locas y Adiós, Roberto…) merecían comentarios previos. Al reemplazarse las referencias histórico-cinéfilas sólo por chistes, el valor del material exhibido quedó relegado al terreno de lo curioso o lo desatinado.
El regocijo de una sala colmada de público entusiasta –y más aún si no se trata de la fría multisala de un shopping– se repitió en la función en el Gaumont de Método Livingston,de Sofía Mora, quien se mostró algo abrumada por la calurosa recepción de los numerosos espectadores. Las risas y aplausos durante la proyección tenían su explicación: el documental es tan ameno y polifacético como su retratado, el arquitecto Rodolfo Livingston. Apasionantes anécdotas, fragmentos de apariciones televisivas (su filoso diálogo con Bernardo Neustadt en los ’90 fue festejado efusivamente por el público) y perspicaces razonamientos sobre su especialidad pero también sobre otros temas y sobre la vida en general, aparecen enlazados casi sin dar respiro, un poco a la manera de Piazzolla, los años del tiburón (2017, Daniel Rosnefeld), que también le sacaba el jugo a una figura de nuestra cultura muy vital y con una historia personal y profesional llena de pliegues. La sorpresa que despierta en Livingston enterarse del parentesco del camarógrafo Matías Iaccarino con cierta persona que él conoció, y la forma con la que la directora capitaliza la situación, constituye uno de los hallazgos de esta película que ganó el Premio del Público.
Otro tipo de sensaciones provoca el documental The Unicorn (Isabelle Dupuis/Tim Geraghty), premiado como Mejor Película de la Competencia Internacional. El catálogo del festival hace referencia al primer músico de country abiertamente gay, pero ni la música country ni las preferencias sexuales de Peter Grudzien son lo más significativo del film: lo que importa es el movilizador testimonio de una familia de desclasados en pleno corazón de Estados Unidos. Junto al músico, medio ermitaño y de esquivo éxito, asoman una hermana que parece un tragicómico personaje de ficción y un padre anciano, cuyos recuerdos de hace casi un siglo (cuando siendo niño debía trabajar sin que nadie se preocupara demasiado por sus derechos) resultan conmovedores. Vecinos y agentes de Policía son vistos como una amenaza para los tres, que han vivido y resistido como pudieron. El film lleva a conocerlos, a comprenderlos, a encontrar en ellos puntos de identificación, a preguntarse por las condiciones familiares y sociales que los condujeron a vivir de esa manera, incorporando por momentos imágenes registradas por el propio Grudzien con una cámara propia. De vez en cuando éste habla del único disco que llegó a grabar (el que da título al film), como un logro personal al cual aferrarse, en tanto ocasionales textos sobreimpresos proporcionan la información necesaria, sin subrayados sentimentales. Alguien del público les preguntó a los realizadores (ella francesa, él estadounidense) si la música había sido un medio de supervivencia para Grudzien, pero éstos aclararon que logró mantenerse sólo con la ayuda de planes sociales.
Otras películas de la Competencia Internacional depararon efectos más débiles o previsibles. El drama isrealí God of the piano (Itay Tal), sobre una pianista obsesionada en tener un hijo talentoso, luce un poco distante, como contagiado de la gélida tensión con la que su protagonista (Naama Pries) se mueve sigilosa entre ambientes impecables, muebles lustrosos y música clásica. El mejor momento es cuando su instinto la impulsa a espiar de lejos a un grupo de chicos que entran a un aula (no conviene aclarar aquí por qué ni de qué tipo de institución educativa se trata), sutil desvío en su temperamento que más tarde se repite, previo a un expresivo plano final.
La canadiense Ms Slavic 7 (Sofía Bodhanowicz/Deragh Campbell) comienza despertando expectativas que luego se cumplen a medias. La joven protagonista se ocupa de buscar datos sobre la correspondencia que su bisabuela supo mantener con un poeta polaco, en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, inquietud que provoca alguna discusión familiar y activa interrogantes sobre el pasado. Pero la lectura de cartas en voz alta nunca se ha llevado muy bien con el cine: aquí hay demasiadas palabras dichas o leídas con displicencia y fatigosos planos de la chica en cuestión en la mesa de un bar, hablándose a sí misma o a un interlocutor que no vemos. Las imágenes de la celebración familiar en un salón de fiestas aportan un poco de melancolía, dentro de un film que rastrea cuestiones apasionantes desapasionadamente.
También el sueco Johannes Nyholm desaprovecha, como guionista y director, el material tomado para Koko-di Koko-da. Un cuento infantil es la excusa para que, después de un hecho trágico, se vuelva una y otra vez a un mismo punto (una mujer escuchando el zumbido de un mosquito mientras su marido duerme, en la carpa que comparten en medio de un bosque solitario), generándose diferentes variantes que sugieren crueles pesadillas. Los fragmentos con ingenuas animaciones diluyen el clima inquietante de lo que podría haber sido un buen film de terror.
Por su parte, Ray y Liz, con la que el fotógrafo inglés Richard Billingham recrea hechos de su infancia y la de su hermano junto a padres bastante torpes y negligentes, no llega a transmitir cabalmente la sensación de desprotección de los chicos. En el primer tramo aparecen un par de personajes algo irritantes que se agregan a estos padres desmañados, imponiéndose cierta crueldad bastante habitual en el cine inglés. Sobre el desenlace, cuando se resuelven determinadas situaciones, remonta el interés del film, cuya actriz principal (Ella Smith, la obesa madre que pasa sus horas bordando y fumando) fue premiada en el festival.
Dentro de la Competencia Argentina, dos películas destacables fueron Breve historia del planeta verde (Santiago Loza), que ganó una Mención Especial, y La vida en común (Ezequiel Yanco), premiada por Mejor Montaje. Pronto se publicará en Espacio Cine mi entrevista a Loza en torno a su curioso largometraje, suerte de fábula sobre la fraternidad entre seres diferentes. En cuanto a Yanco, su largometraje echa una mirada serena a costumbres y ritos cotidianos de un pueblo sanluiseño. Casi sin adultos (apenas una que otra maestra y alguna abuela), con voces en off de pibes de distintas edades mientras se trepan por las barandas de la escuela, juegan con sus teléfonos celulares o conversan con frescura asoman referencias a la luz mala, a un puma que ronda por la zona e incluso a la leyenda de Nazareno Cruz y el lobo, representada por algunos de los chicos en una encantadora secuencia (seguramente la primera vez que el cine argentino retoma la leyenda más de cuarenta años después que la abordara Leonardo Favio).
También pude ver The Scoundrels, con la que el muy joven director chino Tzu-hsuan Hung, presente en el festival, expone su destreza para plasmar vertiginosas escenas de acción. El protagonista es un deportista irascible que, por distintas circunstancias, se enfrenta a un matón que puede ser su rival pero también representar su lado oscuro, como se insinúa antes del frenesí de los créditos finales. Exhibida en la sección Late Night, es un pasatiempo aceitado, con escenas de encontronazos y persecuciones bajo la lluvia muy bien resueltas.
Estas últimas –y la mayor parte de las películas programadas– se exhibieron en el Multiplex Belgrano, ya que este año las principales actividades se concentraron en ese barrio. El espacio destinado a la prensa, así como las reuniones del BAL, se situaron en el Museo Enrique Larreta, un sitio ciertamente distinguido y con hermosos jardines pero muy poco práctico (valga un ejemplo: solía haber a mano medialunas para los periodistas, pero se nos avisaba que no teníamos permitido comerlas fuera del reducido ámbito dedicado a la prensa). Se mascullaban quejas por las dificultades que traía el cambio de sede, por el pueril spot promocional del festival o por la organización, durante el primer fin de semana, de una serie de propuestas al aire libre (sobre calle Juramento) bastante ajenas al espíritu de lo que puede entenderse por cine independiente (fotos frente a decorados de Forrest Gump o Titanic, stands para maquillar a los chicos como estrellas de cine, proyecciones de películas como Flashdance y Mamma mía!), y lo cierto es que éstas y otras decisiones hicieron tambalear este año la relevancia del BAFICI.
Una vez más, hay que recordarlo: los festivales de cine tienen valor porque suelen ser lugares de encuentro, de debate, de aprendizaje, permiten la difusión y circulación de muchas producciones audiovisuales e implican una apuesta a la diversidad, la calidad y la novedad. Cuidarlos, fomentarlos y mejorarlos es responsabilidad de sus organizadores y de los dirigentes políticos que nos representan.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: fotogramas de Vanitas (izq) y The Unicorn.

La música de una vida

PIAZZOLLA, LOS AÑOS DEL TIBURÓN
(2017; dir: Daniel Rosenfeld)

Las imágenes del mar, al comienzo, no sólo resultan apropiadas porque Astor Piazzolla era marplatense y le gustaba pescar: el movimiento de las aguas y la belleza arrebatada del oleaje bien sirven para representar la agitada vida y el temperamento de este gran músico.
Pronto aparece Daniel, su hijo, cuyo dejo de tristeza irá comprendiéndose en el transcurso del film. Los preparativos de una exposición serán la llave que abrirá el torrente de recuerdos que vuelca este riquísimo documental de Daniel Rosenfeld (director de Saluzzi, ensayo para bandoneón y tres hermanos, La quimera de los héroes y Cornelia frente al espejo).
El material del que se vale Rosenfeld para Piazzolla, los años del tiburón es diverso, apasionante y casi se diría que no da respiro, nutrido de fotografías, grabaciones registradas en distintos formatos, películas familiares en Super 8 y fragmentos de antiguos programas de TV, con los intersticios ocupados por archivos documentales de los lugares que se mencionan. En la misión de recuperar zonas olvidadas o desconocidas de la memoria de la vida del autor de Adiós Nonino ayuda el rescate de unas cintas desde las cuales se oye una conversación con su hija Diana. Las pinceladas en el lienzo abarcan el humor y la ternura, la pasión y las contradicciones, los períodos de privaciones y los de reconocimiento internacional, el joven Astor perseverante y estudioso junto al artista consumado e inconformista, la inestabilidad de su salud y de su carácter, algunas actitudes cuestionables (en lo personal y en lo público) y el esplendor de su música. No hay un narrador convencional ni textos aclaratorios en el film, que a veces va y vuelve en el tiempo; sin embargo, no se disgrega ni resulta oscuro para el espectador: aunque en el recorrido se salte de Mar del Plata a Nueva York y de ahí a Buenos Aires o París, y aunque ante una obra tan fecunda es inevitable que algunas piezas queden afuera (sus notables trabajos para la banda sonora de tantas películas, por ejemplo), Rosenfeld logra equilibrar de manera ajustada los elementos.
Por otra parte, transitar la historia de Astor Piazzolla resulta un buceo por buena parte de la cultura argentina del siglo pasado, cruzándose nombres como los de Gardel, Troilo, Borges o Ginastera. En ese trayecto no pueden faltar las discusiones en torno al tango y al arte en general: Piazzolla, los años del tiburón expone, por ejemplo, sin estridencias, el audio de un áspero altercado telefónico con un periodista radial y las resistencias a Balada para un loco. Del mismo modo, asoman alusiones a hechos históricos que acompañaron o condicionaron el devenir del músico y sus hijos.
Uno de los aciertos de la película es referirse a enfermedades, muertes, casamientos o despedidas sin subrayar los hechos, sugiriéndolos apenas a partir de viejas fotografías o de palabras dichas sin solemnidad desde archivos de audio. Es que Rosenfeld manipula el material con precisión y delicadeza, logrando un trabajo luminoso, nunca efectista, en el que brotan ocasionalmente apuntes íntimos que disparan la emoción, al mencionarse el paso del poeta Jacobo Fijman por un pabellón de enfermos mentales, al escucharse una grabación de la primera esposa de Astor Piazzolla cantando, o cuando la mirada y los silencios de Daniel (músico también) expresan una desazón que le da a Piazzolla, los años del tiburón otro matiz, haciendo que el homenaje al genial músico deje espacio, por momentos, a los claroscuros de la historia de una familia.

Por Fernando G. Varea