Los claroscuros de crecer

CAMPING
(2010; dir. Luciana Bilotti)

Las imágenes iniciales del primer largometraje de Luciana Bilotti como guionista y directora son fragmentos de un informal registro familiar, sugiriendo distintos momentos del crecimiento de una niña. Cuando a esas piezas le suceden otras, más lustrosas y aparentemente actuales (aunque pronto se descubre que la acción transcurre en los años ’90), en las que la chica se dirige con sus padres de campamento a un club, pareciera que uno de esos espacios de tiempo se estirara reparando en  detalles y sensaciones, coincidentes con el ingreso a la adolescencia y el descubrimiento de la desgastada relación de sus padres. En ese comienzo, la música anticipa que la ternura será el eje de la mirada sobre Estefanía, la protagonista.
Lo primero que sorprende de Camping es la frescura en las actuaciones de los chicos, ya que a Estefanía (Martina Pennacchio) se suman una amiga más chica de pícara sonrisa, otra mayor y algún pibe que causará cierto revuelo. Sus charlas en medio de juegos y caminatas, o al sentir curiosidad por encender un cigarrillo, son de una espontaneidad poco usual en el cine argentino (un antecedente más o menos reciente es, precisamente, otro film mendocino con chicos, Algunos días sin música, de Matías Rojo). Este mérito abarca también, en buena medida, a los actores adultos, como el gran Diego Velázquez (visto en La larga noche de Francisco Sanctis, Familia sumergida, La reina del miedo y otras), Ivana Catanese y Patricia Christen, expresivos sin caer en desbordes melodramáticos o subrayados costumbristas, aunque en algunas situaciones esto se advierta mejor que en otras: el encuentro algo tenso del padre que compone Velázquez con un entrometido socio del club, por ejemplo, resulta más creíble (probablemente por el oficio del actor) que las miradas y sonrisas que, frente a otros hombres, se le escapan a la madre que interpreta Catanese.
Camping es un film sin estridencias, en el que la alegría de los chicos apenas es interferida por pequeños incidentes o por las diferencias de personalidad entre los padres de Estefanía, que sugieren una desangelada convivencia. En un momento se insinúa cierta ambigüedad moral de la clase media, representada por las dos familias que comparten buena parte del tiempo en sus cabañas y carpas, tal vez una señal de quienes, en su mayoría, apoyaron y acompañaron al menemismo durante una década (un poco como, de alguna manera, sugería también Sueño Florianópolis, de Ana Katz). Algo turbio anida allí, para quien quiera advertirlo.
De miradas esquivas, de gestos nunca extemporáneos pero significativos, de la melancolía que resulta aunándose el abatimiento de la pareja adulta central con la energía de los chicos, está hecha esta producción filmada en la localidad mendocina de El Carrizal que, por encima de algún añadido innecesario –como la canción del final–, exhibe delicadeza y sensibilidad.

Por Fernando G. Varea

Identidades en tránsito

EL LABERINTO DE LAS LUNAS
(2019; dir. Lucrecia Mastrángelo)
CANELA, SE VIVE DOS VECES
(2020; dir. Cecilia del Valle)

“¡Créase o no, es un hombre!”, afirmaba escandalosamente la promoción de Testigo para un crimen (1963) para referirse a una tal Michelle, travesti estadounidense que actuaba en una escena de ese thriller erótico dirigido por Emilio Vieyra y protagonizado por Libertad Leblanc. Muchas otras referencias estigmatizantes y sensacionalistas eran habituales en esa época y en los años siguientes, en el cine, la TV y la vida cotidiana de los argentinos. Lenta, trabajosamente, travestis y transexuales fueron conquistando espacios, ganando respeto y conquistando derechos. En documentales recientes, que están dándose a conocer en distintas plataformas, dos realizadoras rosarinas abordaron la problemática, centrándose en conmovedoras historias de vida.
El laberinto de las lunas, producido y realizado por Lucrecia Mastrángelo (quien desde fines de los ’90 viene volcando sus inquietudes en cortos de ficción y documentales, generalmente ligados a problemas de la sociedad que necesitan ser visibilizados, como Sexo, dignidad y muerte: Sandra Cabrera, el crimen impune), expone los testimonios de dos travestis en proceso de adopción y de la madre de una niña transgénero, a los que integra la presencia de la artista y escritora Susy Schok, con sus reflexiones y poemas. Por su parte, Canela, se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la joven Cecilia del Valle (quien, después de estudiar cine y teatro en Buenos Aires, realizó el corto Dilemas de un abandono en cinco fragmentos y se dedicó a la docencia y la dirección teatral), documenta la nueva vida de una mujer trans, arquitecta en actividad, satisfecha por haber decidido dejar de ser Áyax y convertirse en Canela en plena madurez, mientras duda si intervenir quirúrgicamente su cuerpo o no.
El film de Mastrángelo es franco, directo y respira aire de barrio. Se habla de travas sin complejos y se muestra a esas mujeres haciendo los mandados por calles de tierra, atendiendo un humilde kiosco o compartiendo sencillas rutinas con sus hijos o parejas. Tiene también una intención claramente militante, no sólo porque de algunos testimonios se desprende información o frases que ruedan como eslogans, sino porque agrega imágenes de concurridas marchas y manifestaciones rebosantes de pancartas. En este sentido, el añadido de unos dibujos animados y niñas jugando –con una canción de fondo que habla de diversidad y de igualdad– parece innecesario, por redundante, acercando la propuesta a un film institucional. Su fuerte son las confesiones de sus retratadas, que ocasionalmente surgen mientras conversan con algún familiar o incluso entre ellas. En comparación con Gabriela (madre de la primera niña trans en obtener su DNI en nuestro país), a quien se la ve demasiado segura, tal vez acostumbrada a exponer en público sus conceptos, se ganan más fácilmente el afecto del espectador Maira, de vida y actitudes campechanas, y Karla, de clase media y serenos modales. Sus relatos deslizan anécdotas tristes o graciosas, que Mastrángelo sabe dosificar, con el plus de los dos únicos varones que cobran protagonismo en la película: el marido de Karla y el hijo de Maira. Dos grandes historias de amor asoman detrás de las elocuentes miradas y silencios de ambos.
“Nos creamos a nosotras mismas” sostienen las mujeres, deseando salir de las zonas en las que la sociedad las mantuvo durante mucho tiempo: las de las crónicas policiales, las curiosidades científicas o los chistes discriminatorios. A pesar de los recuerdos amargos de algunas de ellas, en El laberinto de las lunas prima un clima festivo, como si celebraran haber ganado una batalla (de alguna manera así lo fue), por eso una de las últimas secuencias es la de Maira organizando su cumpleaños Nº 50 como si cumpliera 15. Tal vez los mejores momentos del film estén en algunos gestos de la vida cotidiana registrados sin énfasis ni exceso de palabras, como la cariñosa charla de Maira con su hijo mientras comen una tarta en su casa.
A diferencia del documental de Mastrángelo, Canela, se vive dos veces se centra en una sola persona y agrega la presencia eventual de profesionales (un médico, una psicóloga), en intervenciones que no resultan forzadas y aportan observaciones relevantes. La protagonista en cuestión es una arquitecta cuya transformación física está en tránsito (“Me voy a jubilar antes de ser mujer” dice en un momento) y, mientras tanto, conversa de igual a igual con pintores, obreros o alumnos de la facultad donde da clases, especie de dicotomía que ya asoma al comienzo, cuando se la ve yendo de una ruidosa obra en construcción a una mercería. Canela no es avasalladora y, aunque las decisiones que ha tomado para sentirse bien implican no pocas dosis de audacia, se la ve relacionándose con quienes la rodean con cierto pudor, cuidando sus ademanes y riendo nerviosamente. La cámara es siempre respetuosa de su intimidad, como lo demuestra el momento en que la acompaña hasta su dormitorio sin ingresar más allá de la puerta.
Cecilia del Valle acierta al ir revelando cuidadosamente aspectos de la vida del pasado y el presente de Canela. Una antigua anécdota al ver El juego de las lágrimas (1993, Neil Jordan) o la aparición de algunos familiares –no conviene aquí adelantar quiénes– permiten conocerla un poco más, lo mismo que fugaces planos de fotografías de su niñez o juventud. Canela habla con propiedad de la arquitectura en Rosario o de los problemas económicos que le traería someterse a la operación que modificaría su cuerpo, a la vez que participa de un encuentro en un precario “centro de adoración a Jesucristo” (regido por una pastora), quizás más por necesidad de afecto que por una cuestión de fe. La delicada melancolía que desprenden escenas como aquélla en la que se la ve bebiendo en soledad una gaseosa con limón en un bar, se alterna con raptos de humor, imponiéndose la ternura en la mirada sobre este personaje entrañable y singular. Canela, se vive dos veces se cierra con una canción algo ingenua y la duda de cómo seguirá su vida: no es un cierre, en realidad, sino una puerta abierta a la posibilidad de sus decisiones, en su empeñosa búsqueda de felicidad.

Por Fernando G. Varea

Gracias por el fuego

Si hubiera que pensar en el director argentino que mejor documentó los problemas políticos, económicos y sociales que atravesó nuestro país durante las décadas del ’80 y ’90, seguramente ese cineasta sería el rosarino Marcelo Céspedes, lamentablemente fallecido ayer en Buenos Aires.
Céspedes se había abocado al cine apenas finalizados sus estudios secundarios, asistiendo interesado a las funciones del Cine Club Rosario y luego estudiando en la Escuela Panamericana de Arte de Buenos Aires. Sus primeros cortos fueron Fin (1975, con guión y cámara a cargo del también rosarino Pascual Massarelli, integrando ambos un grupo llamado XP) y Luján (1980). Tenía 26 años cuando se convirtió en uno de los fundadores de la productora Cine Testimonio, junto a Tristán Bauer, Silvia Chanvillard, Alberto Giudici, Víctor Benítez, Mabel Galante y Laura Búa, a quienes luego se sumaron Daniel Matz y Mario Piazza. Como parte de esa agrupación, Céspedes realizó los mediometrajes en 16 mm Los Totos (1982, sobre la realidad cotidiana de chicos habitantes de villas miseria en los alrededores de la capital argentina) y Por una tierra nuestra (1983, sobre la toma de tierras y asentamiento de una comunidad quilmeña durante la última dictadura, premiado en los festivales de Leipzig, Alemania, y de Cine de Arquitectura de Lausana, Suiza). El primero –en el que trabajó como responsable del sonido directo Juan José Campanella, con quien Céspedes colaboró ese mismo año para un film en super 8 llamado Victoria 392– se dio a conocer en septiembre de 1983, junto a cortos de Giudici, Bauer y Chanvillard, en el porteño cine Arte; el segundo integró (con trabajos de los tres realizadores recién mencionados, más otro escrito y dirigido por Víctor Benítez) De este pueblo, que tuvo su estreno formal el 28 de noviembre de 1985 también en el Arte (hoy Bama) y luego en otras salas del país, como el extinguido microcine rosarino Colonial. El crítico Jorge Abel Martín destacaba del corto de Céspedes en Tiempo Argentino “el tono mesurado de la narración, la cuidada selección de los testimonios, el manejo de la cámara, los encuadres y la funcionalidad de la música”, en tanto Fernando Chao escribió en La Capital de Rosario que “en esta fusión de documento y testimonio trabajada por la agrupación productora, Por una tierra nuestra ofrece, sobre todo en su segunda mitad, una prueba de tal intento”, elogiando la “progresiva intensidad a través de un cada vez más medido ritmo narrativo” al exaltar el espíritu de colaboración de la construcción del barrio en cuestión.
Debe recordarse que en esos tiempos era dificultosa la realización y exhibición de cortos, mediometrajes e incluso largometrajes documentales, más aún si señalaban desigualdades sociales o ponían su mirada en sectores de la sociedad que los medios de comunicación y el cine de ficción ignoraban bastante. De alguna forma, Cine Testimonio parecía tomar la posta de lo que anteriormente habían hecho otros como Fernando Birri, Raymundo Gleyzer, el grupo Cine Liberación o el documentalista y antropólogo Jorge Prelorán, después del forzoso silenciamiento impuesto por la dictadura a producciones audiovisuales de este tipo.
En 1986, tras una investigación de un año, realizó Hospital Borda, un llamado a la razón, con la colaboración de Carmen Guarini –de aquí en adelante su compañera en muchos proyectos– y el apoyo de la Fundación Banco Provincia de Buenos Aires, el INC y el Colegio de Graduados de Antropología. El documental, de 70 minutos, se estrenó en el Instituto Goethe en julio de ese año, después de haber participado en el Foro del Cine Joven del Festival de Berlín y en el Festival du Cinèma du Réel de París, Francia. El fuerte, desolador, aunque nunca morboso registro de las rutinas dentro de la conocida institución psiquiátrica para hombres, fue reconocido por la crítica: Jorge Miguel Couselo, en Clarín, la definía como “un acto de valentía de muchos” y agregaba: “No es un alegato ni una denuncia. O lo es de todos contra todos. Está allí para mostrarnos el grado de culpabilidad que a cada uno nos corresponde”. Víctor Hugo Ghitta en La Nación hacía referencia a la “crudeza conmovodera” de sus imágenes y afirmaba que, para los espectadores, después de ver la película “La ciudad ya no será la misma”.
Devenido Cine Testimonio en la productora Cine Ojo, junto a Guarini, realizaron juntos los documentales A los compañeros la libertad (1987, en torno al recorrido que periódicamente hacen la madre y el hijo de una detenida política hasta la cárcel de Ezeiza hasta que, finalmente, la mujer y otros detenidos por la dictadura son liberados), premiado en Oberhausen (Alemania) y Bahía (Brasil), y Buenos Aires, Crónicas villeras (1988, sobre lo ocurrido con miles de pobladores de zonas marginales de la capital argentina cuando fueron expulsados por la fuerza de sus viviendas durante la intendencia del militar Osvaldo Cacciatore).
La noche eterna (1991, acerca de la dura realidad del trabajo de los mineros de Río Turbio), Jaime de Nevares, último viaje (1995, centrado en los últimos tramos de la vida del obispo neuquino, ejemplar defensor de los derechos humanos) y Tinta roja (1997, incursión en el agitado trabajo de los periodistas de la sección Policiales del diario Crónica) bastarían para conocer o recordar lo que fue la Argentina durante el menemismo, sin desestimar en el afán testimonial cierto lirismo, frescura y sincera admiración por las personas que brindan sus testimonios. La noche eterna se conoció en agosto de 1991, año en que hubo sólo diecisiete estrenos nacionales, ninguno exitoso. Jaime de Nevares, último viaje (que ganó la Paloma de Oro al mejor documental en el Festival de Leipzig, Alemania) tuvo su pre-estreno en Neuquén, y el periodista Diego Lerer, presente en el evento, describía en su posterior crónica para Clarín, el 26 de septiembre de 1995: “Sólo una figura como la de Jaime de Nevares podría ser capaz de reunir en un mismo lugar a señoras de mediana edad, jóvenes militantes, aborígenes, monjas y representantes del poder político y religioso de la provincia”, mencionando la presencia de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, y de Osvaldo Bayer, guionista (“Mi aporte en la película es solo un granito de arena”, decía Bayer). Entre los varios momentos de la vida de monseñor De Nevares que se registran en la película, merece recordarse el que lo muestra renunciando a su cargo como convencional constituyente por el Frepaso, desilusionado por la forma en que estaba planteada la reforma de la Constitución. En Tinta roja podía verse cómo mucha gente se acercaba a contar sus problemas a la redacción de Crónica, que, de esa manera, recogía todo el tiempo dramas individuales y sociales. “Acá vemos cómo se rompe todo” dice la veterana periodista Martha Ferro en un momento del film, del que Luciano Monteagudo señaló en Página/12, cuando fue estrenado (en los cines Cosmos y Tita Merello), que no abordaba el tema “con una tesis que necesita ser confirmada”, y estimando “su disposición a ver y a escuchar, su voluntad de acercarse a una realidad desconocida para tratar de captar algunos de sus momentos más reveladores, un poco a la manera del modelo que estableció en Francia el cine de Raymond Depardon”.
Ya para entonces el panorama del cine documental en Argentina estaba cambiando y Céspedes –al tiempo que siguió realizando trabajos propios, como La voz de los pañuelos, Historias de amores semanales, Ilusiones perdidas o HIJOS, el alma en dos– comenzó a producir films de Sergio Wolf, Lorena Muñoz, Andrés Di Tella, Alejandro Fernández Mouján, Edgardo Cozarinsky, Cristian Pauls y otros. También se abocó al DocBuenosAires, foro de formación y coproducción que pronto se convirtió en una muestra pensada para exhibir películas documentales de distintos estilos y procedencias.
Quienes lo trataron en los últimos años destacan su pasión por la pintura y el arte latinoamericano (gestó incluso un proyecto interdisciplinario denominado La ballena va llena, del que se desprendió la película homónima): prueba de ello es que sus últimos posteos en facebook son pinturas de Chagall, Picasso, Goya y otros, extraídos de una página especializada de la web, incluyendo una de Diego Velázquez –que compartió precisamente el 1º de mayo– que iba acompañada de una declaración de principios del artista español: “Prefiero ser el pintor número uno de las cosas comunes, que el segundo del arte más elevado”.

Por Fernando Varea

Imagen: Marcelo Céspedes (de pie, con su cámara al hombro), en tiempos del grupo Cine Testimonio. 

El cine en nuestra memoria

De pronto, en un hecho inédito e insólito, el mundo quedó sin rodajes, sin estrenos, sin salas de cine abiertas. Está claro que detrás hay una tragedia y problemas más serios, relacionados con la salud y la vida de miles de seres humanos, pero no deja de ser preocupante la situación de los trabajadores del medio, quienes se vieron forzados a buscar estimables paliativos (estrenos en streaming, realización de cortos con los escasos recursos que permite la cuarentena, liberación de películas lanzadas casi como ofrendas en medio del estado de inquietud). Es de desear que, una vez resuelto lo prioritario, el saludable hábito de congregarnos para ver una película en una sala oscura reaparezca: mientras tanto, como una suerte de homenaje –una celebración, más que un acto de nostalgia– edité este modesto video. Procuré que todo director valioso estuviera representado con al menos un fragmento de una de sus películas (aunque inevitablemente faltan algunos) y que asomaran también ciertos momentos recordables de la historia del cine. FGV
Los fragmentos corresponden sucesivamente a las siguientes películas: El ciudadano (1941, Citizen Kane, dir. Orson Welles), Cuéntame tu vida (1945, Spellbound; dir. Alfred Hitchcock), Metrópolis (1927, dir. Fritz Lang), Más corazón que odio (1956, The Searchers; dir. John Ford), El espejo (1975, Zérkalo; dir. Andrei Tarkovski), El discreto encanto de la burguesía (1972, Le charme discret de la bourgeoisie; dir. Luis Buñuel); Frankestein (1931, James Whale), La regla del juego (1939, La Règle du jeu; dir. Jean Renoir), Cero en conducta (1933, Zéro de conduite; dir. Jean Vigo), Los 400 golpes (1959, Les quatre cents coups; dir. François Truffaut), (1963, dir. Federico Fellini), Fitzcarraldo (1982, dir. Werner Herzog), Apocalipsis Now (1979, Apocalypse Now; dir. Francis Ford Coppola), Ran (1985, dir. Akira Kurosawa), Lo que el cielo nos da (1955, All that heaven allows; dir. Douglas Sirk); Vértigo (1958, dir. Alfred Hitchcock), El eclipse (1962, L’eclisse; dir. Michelangelo Antonioni), Un día muy particular (1977, Una giornata particolare; dir. Ettore Scola), Una película de amor (1988, Krótki film o miłości; dir. Krzysztof Kieslowski), Los paraguas de Cherburgo (1964, Les parapluies de Cherbourg; dir. Jacques Demy), París, Texas (1984, dir. Win Wenders), Con ánimo de amar (2000, Fa yeung nin wa; dir. Wong Kar-Wai), Pierrot el loco (1965, Pierrot le fou ; dir. Jean-Luc Godard), Tiempos violentos (1994, Pulp Fiction; dir. Quentin Tarantino), Taxi Driver (1976, Martin Scorsese), El Padrino II (1974,The Godfather Part II; dir. Francis Ford Coppola), The Warriors (1979, dir. Walter Hill), Retorno al pasado (1947, Out of the Past; dir. Jacques Tourneur), La dama de Shangai (1947, The Lady from Shanghai; dir. Orson Welles), La noche del cazador (1955, The night of the hunter; dir. Charles Laughton), El gabinete del Dr. Caligari (1920, Das Cabinet des Dr. Caligari; dir. Robert Wiene), Ed Wood (1994, dir. Tim Burton), Psicosis (1960, dir. Alfred Hitchcock), Carrie (1976, dir. Brian De Palma), El exorcista (1973, The exorcist; dir. William Friedkin), Tiburón (1975, Jaws; dir. Steven Spielberg), El bebé de Rosemary (1968, Rosemary’s baby; dir. Roman Polanski), Criatura de la noche: vampiros (2009, Låt den rätte komma; dir. Tomas Alfredson); Festín desnudo (1992, Naked lunch; dir. David Cronenberg), El enigma de otro mundo (1982, The thing; dir. John Carpenter), Terminator (1984, The Terminator; dir. James Cameron); Blow out (1981, dir. Brian De Palma); Jurassic Park (1993, dir. Steven Spielberg), 2001, odisea del espacio (1968, 2001: A Space Odyssey; dir. Stanley Kubrick); Blade Runner (1982, dir. Ridley Scott), Suspiria (1977, dir. Darío Argento), El camino de los sueños (2001, Mulholland Drive; dir. David Lynch), Los imperdonables (1992, Unforgiven; dir. Clint Eastwood), El bueno, el malo y el feo (1966, Il buono, il brutto, il cattivo/The good, the bad and the ugly; dir. Sergio Leone), Roma, ciudad abierta (1945, Roma, città aperta; dir. Roberto Rossellini), El hombre de la cámara (1929, Chelovek s kino-apparatom; dir. Dziga Vertov), Tire dié (1960, dir. Fernando Birri), Los olvidados (1950, dir. Luis Buñuel), Dios y el diablo en la tierra del sol (1964, Deus e o Diabo na Terra do Sol; dir. Glauber Rocha), La casa del ángel (1958, dir. Leopoldo Torre Nilsson), Pajaritos y pajarracos (1966, Uccellacci e uccellini; dir. Pier Paolo Pasolini), Extraños en el paraíso (1984, Stranger than paradise; dir. Jim Jarmusch), El verdugo (1963, dir. Luis García Berlanga), El dependiente (1968, dir. Leonardo Favio), I pugni in tasca (1965, dir. Marco Bellocchio), If… (1968, ; dir. Lindsay Anderson), Sin aliento (1960, À bout de souffle; dir. Jean-Luc Godard), La pasión de Juana de Arco (1928, La Passion de Jeanne d’Arc; dir. Carl Dreyer), Faces (1968, dir. John Cassavetes), Persona (1966, dir. Ingmar Bergman), Cleo de 5 a 7 (1962, dir. Agnès Varda), El carterista (1959, Pickpocket; dir. Robert Bresson), El samurai (1967, Le Samouraï; dir. Jean-Pierre Melville); Distant voices, still lives (1988, dir. Terence Davies), Adiós a los niños (1987, Au revoir les enfants; dir. Louis Malle), El puerto (2011, Le Havre;  dir. Aki Kaurismäki), Mi mundo privado (1991, My own private Idaho; dir. Gus Van Sant), Picnic en las rocas colgantes (1975, Picnic at Hanging Rock; dir. Peter Weir), Sueño de libertad (1994, The shawshank redemption; dir. Frank Darabont), Hacia rutas salvajes (2007, Into the wild; dir. Sean Penn), La delgada línea roja (1998, The thin red line; dir. Terrence Malick), Barton Fink (1991, dir. Joel y Ethan Coen), The Truman Show (1998, dir. Peter Weir), Good Time (2017, dir. Ben y Joshua Safdie), Rosetta (1999, dir. Jean-Pierre y Luc Dardenne), Ida (2013, dir. Paweł Pawlikowski), El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (2010, Uncle Boonmee; dir. Apichatpong Weerasethakul), El ocaso de una vida (1950, Sunset Boulevard; dir. Billy Wilder), Lo que queda del día (1993, The remains of the day; dir. James Ivory), El gatopardo (1963, Il Gattopardo; dir. Luchino Visconti), El arca rusa (2002, Русский ковчег; dir. Alexandr Sokurov), Kaos (1984, dir. Paolo y Vittorio Taviani), Salmo rojo (1972, Még kér a nép; dir. Miklós Jancsó), El sur (1983, dir. Víctor Erice), Un domingo en el campo (1984, Un dimanche à la campagne; dir. Bertrand Tavernier), Cantando bajo la lluvia (1952, Singin’ in the rain; dir. Gene Kelly y Stanley Donen), Brindis al amor (1953, The band wagon; dir. Vincent Minnelli), El show debe seguir (1979, All that jazz; dir. Bob Fosse), Tacones lejanos (1991, dir. Pedro Almodóvar), Lejos de ella (2015, Shan he gu ren/Mountains May Depart; dir. Jia Zhangke), Embriagado de amor (2012, Punch-drunk love; dir. Paul Thomas Anderson); Tres es multitud (1998, Rushmore; dir. Wes Anderson), El mago de Oz (1939, The wizard of Oz; dir. Victor Fleming), Alicia en el país de las maravillas (1951, Alice in Wonderland; dir. Walt Disney), El viaje de Chihiro (2001, Sen to Chihiro no kamikakushi; dir. Hayao Miyazaki), Despertando a la vida (2001, Waking life; dir. Richard Linklater), Cuenta conmigo (1986, Stand by me; dir. Rob Reiner), El árbol de peras silvestre (2018, Ahlat Agaci; dir. Nuri Bilge Ceylan), En otro país (2012, Da-reun na-ra-e-suh; dir. Hong Sang-soo), Desayuno en Tiffany’s (1961, Breakfast at Tiffany’s; dir. Blake Edwards), La fiesta inolvidable (1968, The party; dir. Blake Edwards), El terror de las chicas (1961, The Ladies’ Man; dir. Jerry Lewis), Una noche en la ópera (1935, A night at the opera; dir. Sam Wood), El maquinista de la General (1927, The General; dir. Buster Keaton), Tiempos modernos (1936, Modern times; dir. Charles Chaplin), Zelig (1983; dir. Woody Allen), Playtime (1967, dir. Jacques Tati), La noche americana (1973, La nuit américaine/Day for night; dir: François Truffaut), La gran comilona (1973, La grande bouffe; dir: Marco Ferreri), Parasite (2019, dir. Bong Joon Ho), El tesoro (2015, Comoara; dir. Corneliu Porumboiu), El castillo de la pureza (1972, dir. Arturo Ripstein), La ciénaga (2001, dir. Lucrecia Martel), Qué bello es vivir (1946, It’s a wonderful life; dir. Frank Capra), Historias de Tokio (1953, Tōkyō monogatari; dir. Yasujiro Ozu), Al azar Balthazar (1966, dir. Robert Bresson), Dónde queda la casa de mi amigo (1987, Khane-ye Doust Kodjast; dir. Abbas Kiarostami), Ladrón de bicicletas (1948, Ladri di biciclette; dir. Vittorio De Sica), La última película (1971, The last picture show; dir. Peter Bogdanovich), El acorazado Potemkin (1925, Bronenosets Potyomkin; dir. Sergei Eisenstein), El sacrificio (1986, Offret; dir. Andrei Tarkovski), El Padrino (1972, The Godfather; dir.  Francis Ford Coppola).

Lecturas y películas, posibles oasis

En la ciencia, el compromiso de los ciudadanos y la solidaridad estará, seguramente, la solución a la pandemia. Mientras tanto, compelidos muchos de nosotros al aislamiento, textos y producciones audiovisuales pueden servir como una suerte de oasis. Teniendo en cuenta esto, reunimos a continuación enlaces a algunos de los artículos periodísticos y entrevistas publicados en Espacio Cine a lo largo de sus once años de existencia, acompañados de links correspondientes a las películas a las que allí se hace referencia (todas pueden verse online o descargarse gratuitamente y aparecen subtituladas en el caso de que estén en otros idiomas). No se trata, de todos modos, de material escogido al azar: procuré que en las imágenes y palabras que los lectores encontrarán detrás de cada click haya –además de calidad y honestidad– historias de vida, ejemplos de lucha, reflexiones iluminadoras, gracia, aventura, belleza o calidez, que amortigüen en parte el miedo y la incertidumbre que atravesamos en estos días. Ojalá estas películas y textos ayuden a pensar, a imaginar, a comprender, a conocernos mejor y sentirnos acompañados. Fernando Varea.

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS (2018, Alejo Moguillansky) + Entrevista a su director
VENDRÁN LLUVIAS SUAVES (2018, Iván Fund) + Entrevista a su director
MÉTODO LIVINGSTON (2019, Sofía Mora) + Crítica de la película
LAS ACACIAS (2011, Pablo Giorgelli) + Entrevista a su director
P3ND3JO5 (2013, Raúl Perrone) + Crítica de la película
EL GRAN SIMULADOR (2013, Néstor Frenkel) + Crítica de la película
LA HELADA NEGRA (2015, Maximiliano Schonfeld) + Crítica de la película
EL ÁRBOL DE LA MURALLA (2013, Tomás Lipgot) + Crítica de la película
LAS DEPENDENCIAS (1999) + MUTA (2013) + LEGUAS (2015) + Entrevista a su directora Lucrecia Martel
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS (2008, Mariano Llinás) + Entrevista a su director
COMO UN AVIÓN ESTRELLADO (2005, Ezequiel Acuña) + Entrevista a su director
MAURO (2014, Hernán Roselli) + Entrevista a su director
VICTORIA (2015) + LAS VEGAS (2018) + Entrevista a su director Juan Villegas
UNA CIUDAD DE PROVINCIA (2017, Rodrigo Moreno) + Crítica de la película
INFIERNO GRANDE (2019, Alberto Romero) + Crítica de la película
FUGA DE LA PATAGONIA (2016, Francisco D’Eufemia/Javier Ceballos) + Crítica de la película
YO NO SÉ QUÉ ME HAN HECHO TUS OJOS (2003, Sergio Wolf) + Entrevista a su director
TIERRA DE LOS PADRES (2011, Nicolás Prividera) + Entrevista a su director
DE CARAVANA (2011) y TODO EL TIEMPO DEL MUNDO (2015) + Entrevista a su director Rosendo Ruiz
ORQUESTA ROJA (2009) + VUELO NOCTURNO (2016) + Entrevista a su director Nicolás Herzog
HIJOS NUESTROS (2015, Juan Fernández Gebauer/Nicolás Suárez) + Crítica de la película
OTRA MADRE (2017, Mariano Luque) + Crítica de la película
LA TIGRA, CHACO (2008, Federico Godfrid/Juan Sasiaín) + Crítica de la película
ARGENTINA LATENTE (2007, Fernando Pino Solanas) + Entrevista a su director
AMADORAS (2015, Arturo Marinho/Javier Matteucci) + Crítica de la serie
MURALES, EL PRINCIPIO DE LAS COSAS (2016, Francisco Matiozzi Molinas) + Crítica de la película
EL ORIGEN DEL PUDOR (2015, Diego Fidalgo) + Crítica de la película
DANTE EN LA CASA GRANDE (2010, Rubén Plataneo) + Crítica de la película
EL CUENTO (2010, Claudio Perrín) + Entrevista a su director
ACHA ACHA CUCARACHA (2017) + LA ESCUELA DE LA SRTA. OLGA (1991) + Entrevista a su director Mario Piazza
GUÍA DE ROSARIO MISTERIOSA (2008) + EL VIAJE DE GAIA (2015) + Entrevista a su director Pablo Rodriguez Jáuregui
ILUSIÓN DE MOVIMIENTO (2001, Héctor Molina) + Crítica de la película
DÍAS DE MAYO (2009, Gustavo Postiglione) + Crítica de la película
CORTOS ANIMADOS de Esteban Tolj + Entrevista a su director
EN OTRO PAÍS (2012, Hong Sang-soo) + Crítica de la película
TANGERINE (2015, Sean Baker) + Crítica de la película
PROFIT MOTIVE AND THE WHISPERING WIND (2007, John Gianvito) + Entrevista a su director
EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (1926, Buster Keaton)+ Texto de Fernando Martín Peña sobre la película
MUÑEQUITA PORTEÑA (1931, José Agustín Ferreyra) + Texto sobre la película
EL ROMANCE DEL ANICETO Y LA FRANCISCA (1967, Leonardo Favio) + Crítica de Horacio Verbitsky
LOS INUNDADOS (1961, Fernando Birri) + Un texto y otro texto sobre la película
MÁS ALLÁ DEL OLVIDO (1956) + ESTA TIERRA ES MÍA (1961) + Entrevista a su director Hugo del Carril
INVASIÓN (1969) +  LOS TAITAS (1968) + Entrevista a su director Hugo Santiago
JUAN MOREIRA (1973, Leonardo Favio) + Crónica de un día de rodaje
LOS MUCHACHOS DE ANTES NO USABAN ARSÉNICO (1975, José Martínez Suárez) + Crónica de un día de rodaje

Imagen: La vendedora de fósforos (A.Moguillansky)

La culpa después de la violencia

LA SOMBRA DEL GALLO
(2019; dir. Nicolás Herzog)

El sinuoso comienzo insinúa –a través de una sucesión de travellings y fundidos– el regreso de Román (Lautaro Delgado Tymruk) a su pueblo, tras años de cárcel. El lento trayecto hacia el cementerio parece también una inmersión en su memoria o su conciencia. La música de Matías Sorokin, en tanto, da a entender al espectador que la historia tendrá algo de western. Efectivamente, en el retorno a un pueblo polvoriento de ese hombre misterioso (que intenta saldar cuentas con su pasado) se respira un aire a western que se funde con cierta intriga policial dosificando la información, guardándose más de un as en la manga.
No siempre el pasado es un animal siniestro, como sostiene el eslogan del film, pero indudablemente sí lo es para Román. Al regresar, aunque encuentre contención en la familia de César (Claudio Rissi) y se disponga a poner algo de orden en la desvencijada casa familiar (como lo hacía Daniel Hendler en El otro hermano), algo parecido a la culpa o el remordimiento lo lleva a ser una suerte de detective de su propio pasado. Entonces, en lugar de encubrir busca, rastrea, remueve, sabiendo que esa acción será incómoda pero liberadora.
Uno de los méritos del guión de La sombra del gallo, escrito por Nicolás Herzog junto a Gabriel Bobillo, es integrar al relato de suspenso una problemática angustiante y actual como la violencia de género, y aunque los personajes principales son varones, el peso del drama lo da la presencia furtiva de la víctima femenina (Rita Pauls).
No hace mucho escribíamos sobre el aniñamiento que se evidencia en las ficciones argentinas más recientes destinadas al público adulto: La sombra del gallo se aparta, saludablemente, de esa anomalía. No sólo porque, sin facilismos ni demagogia, estimula discusiones sobre cuestiones candentes (violencia, machismo, corrupción institucional) sino porque, además, deja determinadas zonas libradas a la interpretación del espectador. Las apariciones de la chica o la actuación en un boliche de uno de los hijos de César (travestido con una sofisticación algo extraña en el contexto pueblerino), por ejemplo, pueden ser producto de la culpa, la imaginación, el recuerdo o el deseo.
Entre posibles citas cinéfilas (Vértigo, Duel, Tesis), importa la forma empleada por el director para moldear el tortuoso recorrido de su protagonista, sustituyendo palabras por miradas desconfiadas, haciendo de ese pueblo un ámbito cargado de amenaza y apelando ocasionalmente a sobreencuadres que denotan encierro. Son aportes valiosos las actuaciones de Delgado Tymruk, con el tono justo en todo momento (incluyendo una solitaria escena de llanto), y de Claudio Rissi como César, cuya cordialidad no es una máscara sino una faceta más de su turbia personalidad. Compartiendo charlas de sobremesa o un partido de fútbol, el paternalismo se confunde con la impunidad de un pacto de silencio: el padre de Román era también policía y mujeriego, el hijo de César (Alian Devetac, joven actor de mirada siempre perturbadora) parece seguir sus pasos. Al mismo tiempo, en Román y en el otro de los hijos de César hay una necesidad de distanciarse de esos oscuros modelos.
Con este debut en la ficción, Nicolás Herzog (nacido en Progreso, provincia de Santa Fe, aunque pasó una parte importante de su vida en la localidad entrerriana de Concordia, cuyas historias y paisajes lo siguen cautivando) se diferencia de sus largometrajes documentales previos, más luminosos gracias al humor o las evocaciones cargadas de ternura. Sin embargo, es posible hallar algunos puntos de contacto con aquéllos. Orquesta roja (2010) era, como el propio Herzog nos dijo cuando lo entrevistamos casi diez años atrás, “una película sobre la representación, sobre las ficciones”, y La sombra del gallo sin dudas también lo es, si bien el tono de enajenación aquí resulta, por razones obvias, más trágico. Por su parte, al abordar el cariño del escritor Antoine de Saint Exupéry por dos niñas entrerrianas en Vuelo nocturno (2016), se deslizaba la posibilidad de un deseo no tan platónico, como si ese film fuera el reverso blanco de este otro en el que otras chicas –en la misma región, muchos años después– son también acosadas, de manera mucho más inhumana y cruel.

Por Fernando G. Varea

El trabajo para llegar al arte

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS
(2019; dir. Juan Villegas)

Documental realizado con motivo del aniversario de la creación del Centro de Experimentación del Teatro Colón y en homenaje a su principal impulsor, el pianista y compositor Gerardo Gandini (1936/2013), Los trabajos y los días plantea el interrogante de si resulta atractivo detenerse a ver gente trabajando. Quien esto escribe considera que depende de cómo es expuesto ese micro mundo de seres humanos en movimiento para cumplir un servicio o lograr un producto, en este caso organizando con la mayor perfección posible un espectáculo de música contemporánea (In Nomine Lucis). Juan Villegas, director, guionista y crítico con una aproximación al mundo de la música ya en su haber, Victoria (2015), despliega con delicadeza (de una manera muy distinta de cómo lo haría un youtuber o un camarógrafo para un móvil de TV) los detalles del trabajo de hombres y mujeres que conviven una buena cantidad de horas en los sótanos del Colón, cumpliendo tareas para el mencionado CETC.
Los trabajos y los días sugiere que la labor de las autoridades y de los mismos músicos tiene tanta relevancia para el resultado final como la de los técnicos, los iluminadores, los empleados que lidian con problemas burocráticos y el personal de limpieza concentrado en el noble ejercicio de barrer. Algunos testimonios u opiniones en off (de Beatriz Sarlo, Federico Monjeau, Omar Duca y Miguel Galperín) y fragmentos de un documental previo sobre Gandini realizado por Rafael Filippelli atraviesan el muestrario de incidentes y preparativos: traslado a veces dificultoso de muebles y equipos, decisiones tomadas ante la computadora, llamadas telefónicas (para resolver, por ejemplo, el alquiler de un cello), ligeras discusiones (en torno a unas reposeras que terminarán siendo reemplazadas por asientos menos confortables), conversaciones en español e italiano.
Si a muchos les seduce ver el backstage de un videoclip, más interesante (tal vez para otros) pueden ser los entretelones de un espectáculo de música contemporánea que, cuando finalmente se desenvuelve –en el tramo final de Los trabajos y los días–, troca el ajetreo en una suerte de rito extraño, generando un clima casi fantasmal. Allí, como en el principio, aparece el público, partícipe también del engranaje. El cierre es con una singular versión de La cumparsita por parte de Gandini (quien, recordemos, hizo sus aportes a la banda sonora de varias películas argentinas, notablemente en Allá lejos y hace tiempo, de Antín, y algunas de Pino Solanas).
Este sobrio documental observacional de Villegas recuerda, en alguna medida, a Escuela Normal (2012, realizado por su esposa y también directora Celina Murga): si allí gestos y livianas eventualidades en el interior de una escuela secundaria paranaense daban cuenta de determinados aspectos del funcionamiento de nuestro sistema educativo y de las formas de comunicarse de los adolescentes argentinos, Los trabajos y los días exhibe con seriedad el esfuerzo que suele haber detrás de muchos espectáculos artísticos, exponiendo el valor del trabajo anónimo y en equipo.

Por Fernando G. Varea