Lecturas y películas, posibles oasis

En la ciencia, el compromiso de los ciudadanos y la solidaridad estará, seguramente, la solución a la pandemia. Mientras tanto, compelidos muchos de nosotros al aislamiento, textos y producciones audiovisuales pueden servir como una suerte de oasis. Teniendo en cuenta esto, reunimos a continuación enlaces a algunos de los artículos periodísticos y entrevistas publicados en Espacio Cine a lo largo de sus once años de existencia, acompañados de links correspondientes a las películas a las que allí se hace referencia (todas pueden verse online o descargarse gratuitamente y aparecen subtituladas en el caso de que estén en otros idiomas). No se trata, de todos modos, de material escogido al azar: procuré que en las imágenes y palabras que los lectores encontrarán detrás de cada click haya –además de calidad y honestidad– historias de vida, ejemplos de lucha, reflexiones iluminadoras, gracia, aventura, belleza o calidez, que amortigüen en parte el miedo y la incertidumbre que atravesamos en estos días. Ojalá estas películas y textos ayuden a pensar, a imaginar, a comprender, a conocernos mejor y sentirnos acompañados. Fernando Varea.

LA VENDEDORA DE FÓSFOROS (2018, Alejo Moguillansky) + Entrevista a su director
VENDRÁN LLUVIAS SUAVES (2018, Iván Fund) + Entrevista a su director
LAS ACACIAS (2011, Pablo Giorgelli) + Entrevista a su director
P3ND3JO5 (2013, Raúl Perrone) + Crítica de la película
EL GRAN SIMULADOR (2013, Néstor Frenkel) + Crítica de la película
LA HELADA NEGRA (2015, Maximiliano Schonfeld) + Crítica de la película
EL ÁRBOL DE LA MURALLA (2013, Tomás Lipgot) + Crítica de la película
HISTORIAS EXTRAORDINARIAS (2008, Mariano Llinás) + Entrevista a su director
COMO UN AVIÓN ESTRELLADO (2005, Ezequiel Acuña) + Entrevista a su director
MAURO (2014, Hernán Roselli) + Entrevista a su director
VICTORIA (2015, Juan Villegas) + Entrevista a su director
UNA CIUDAD DE PROVINCIA (2017, Rodrigo Moreno) + Crítica de la película
FUGA DE LA PATAGONIA (2016, Francisco D’Eufemia/Javier Ceballos) + Crítica de la película
YO NO SÉ QUÉ ME HAN HECHO TUS OJOS (2003, Sergio Wolf) + Entrevista a su director
DE CARAVANA (2011, Rosendo Ruiz) + Crítica de la película
ORQUESTA ROJA (2009) + VUELO NOCTURNO (2016) + Entrevista a su director Nicolás Herzog
ARGENTINA LATENTE (2007, Fernando Pino Solanas) + Entrevista a su director
AMADORAS (2015, Arturo Marinho/Javier Matteucci) + Crítica de la serie
EL ORIGEN DEL PUDOR (2015, Diego Fidalgo) + Crítica de la película
DANTE EN LA CASA GRANDE (2010, Rubén Plataneo) + Crítica de la película
EL CUENTO (2010, Claudio Perrín) + Entrevista a su director
ACHA ACHA CUCARACHA (2017) + LA ESCUELA DE LA SRTA. OLGA (1991) + Entrevista a su director Mario Piazza
GUÍA DE ROSARIO MISTERIOSA (2008) + EL VIAJE DE GAIA (2015) + Entrevista a su director Pablo Rodriguez Jáuregui
CORTOS ANIMADOS de Esteban Tolj + Entrevista a su director
EN OTRO PAÍS (2012, Hong Sang-soo) + Crítica de la película
TANGERINE (2015, Sean Baker) + Crítica de la película
PROFIT MOTIVE AND THE WHISPERING WIND (2007, John Gianvito) + Entrevista a su director
EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (1926, Buster Keaton)+ Texto de Fernando Martín Peña sobre la película
MUÑEQUITA PORTEÑA (1931, José Agustín Ferreyra) + Texto sobre la película
EL ROMANCE DEL ANICETO Y LA FRANCISCA (1967, Leonardo Favio) + Crítica de Horacio Verbitsky
LOS INUNDADOS (1961, Fernando Birri) + Un texto y otro texto sobre la película
MÁS ALLÁ DEL OLVIDO (1956) + ESTA TIERRA ES MÍA (1961) + Entrevista a su director Hugo del Carril
INVASIÓN (1969) +  LOS TAITAS (1968) + Entrevista a su director Hugo Santiago
JUAN MOREIRA (1973, Leonardo Favio) + Crónica de un día de rodaje
LOS MUCHACHOS DE ANTES NO USABAN ARSÉNICO (1975, José Martínez Suárez) + Crónica de un día de rodaje

Imagen: La vendedora de fósforos (A.Moguillansky)

La culpa después de la violencia

LA SOMBRA DEL GALLO
(2019; dir. Nicolás Herzog)

El sinuoso comienzo insinúa –a través de una sucesión de travellings y fundidos– el regreso de Román (Lautaro Delgado Tymruk) a su pueblo, tras años de cárcel. El lento trayecto hacia el cementerio parece también una inmersión en su memoria o su conciencia. La música de Matías Sorokin, en tanto, da a entender al espectador que la historia tendrá algo de western. Efectivamente, en el retorno a un pueblo polvoriento de ese hombre misterioso (que intenta saldar cuentas con su pasado) se respira un aire a western que se funde con cierta intriga policial dosificando la información, guardándose más de un as en la manga.
No siempre el pasado es un animal siniestro, como sostiene el eslogan del film, pero indudablemente sí lo es para Román. Al regresar, aunque encuentre contención en la familia de César (Claudio Rissi) y se disponga a poner algo de orden en la desvencijada casa familiar (como lo hacía Daniel Hendler en El otro hermano), algo parecido a la culpa o el remordimiento lo lleva a ser una suerte de detective de su propio pasado. Entonces, en lugar de encubrir busca, rastrea, remueve, sabiendo que esa acción será incómoda pero liberadora.
Uno de los méritos del guión de La sombra del gallo, escrito por Nicolás Herzog junto a Gabriel Bobillo, es integrar al relato de suspenso una problemática angustiante y actual como la violencia de género, y aunque los personajes principales son varones, el peso del drama lo da la presencia furtiva de la víctima femenina (Rita Pauls).
No hace mucho escribíamos sobre el aniñamiento que se evidencia en las ficciones argentinas más recientes destinadas al público adulto: La sombra del gallo se aparta, saludablemente, de esa anomalía. No sólo porque, sin facilismos ni demagogia, estimula discusiones sobre cuestiones candentes (violencia, machismo, corrupción institucional) sino porque, además, deja determinadas zonas libradas a la interpretación del espectador. Las apariciones de la chica o la actuación en un boliche de uno de los hijos de César (travestido con una sofisticación algo extraña en el contexto pueblerino), por ejemplo, pueden ser producto de la culpa, la imaginación, el recuerdo o el deseo.
Entre posibles citas cinéfilas (Vértigo, Duel, Tesis), importa la forma empleada por el director para moldear el tortuoso recorrido de su protagonista, sustituyendo palabras por miradas desconfiadas, haciendo de ese pueblo un ámbito cargado de amenaza y apelando ocasionalmente a sobreencuadres que denotan encierro. Son aportes valiosos las actuaciones de Delgado Tymruk, con el tono justo en todo momento (incluyendo una solitaria escena de llanto), y de Claudio Rissi como César, cuya cordialidad no es una máscara sino una faceta más de su turbia personalidad. Compartiendo charlas de sobremesa o un partido de fútbol, el paternalismo se confunde con la impunidad de un pacto de silencio: el padre de Román era también policía y mujeriego, el hijo de César (Alian Devetac, joven actor de mirada siempre perturbadora) parece seguir sus pasos. Al mismo tiempo, en Román y en el otro de los hijos de César hay una necesidad de distanciarse de esos oscuros modelos.
Con este debut en la ficción, Nicolás Herzog (nacido en Progreso, provincia de Santa Fe, aunque pasó una parte importante de su vida en la localidad entrerriana de Concordia, cuyas historias y paisajes lo siguen cautivando) se diferencia de sus largometrajes documentales previos, más luminosos gracias al humor o las evocaciones cargadas de ternura. Sin embargo, es posible hallar algunos puntos de contacto con aquéllos. Orquesta roja (2010) era, como el propio Herzog nos dijo cuando lo entrevistamos casi diez años atrás, “una película sobre la representación, sobre las ficciones”, y La sombra del gallo sin dudas también lo es, si bien el tono de enajenación aquí resulta, por razones obvias, más trágico. Por su parte, al abordar el cariño del escritor Antoine de Saint Exupéry por dos niñas entrerrianas en Vuelo nocturno (2016), se deslizaba la posibilidad de un deseo no tan platónico, como si ese film fuera el reverso blanco de este otro en el que otras chicas –en la misma región, muchos años después– son también acosadas, de manera mucho más inhumana y cruel.

Por Fernando G. Varea

El trabajo para llegar al arte

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS
(2019; dir. Juan Villegas)

Documental realizado con motivo del aniversario de la creación del Centro de Experimentación del Teatro Colón y en homenaje a su principal impulsor, el pianista y compositor Gerardo Gandini (1936/2013), Los trabajos y los días plantea el interrogante de si resulta atractivo detenerse a ver gente trabajando. Quien esto escribe considera que depende de cómo es expuesto ese micro mundo de seres humanos en movimiento para cumplir un servicio o lograr un producto, en este caso organizando con la mayor perfección posible un espectáculo de música contemporánea (In Nomine Lucis). Juan Villegas, director, guionista y crítico con una aproximación al mundo de la música ya en su haber, Victoria (2015), despliega con delicadeza (de una manera muy distinta de cómo lo haría un youtuber o un camarógrafo para un móvil de TV) los detalles del trabajo de hombres y mujeres que conviven una buena cantidad de horas en los sótanos del Colón, cumpliendo tareas para el mencionado CETC.
Los trabajos y los días sugiere que la labor de las autoridades y de los mismos músicos tiene tanta relevancia para el resultado final como la de los técnicos, los iluminadores, los empleados que lidian con problemas burocráticos y el personal de limpieza concentrado en el noble ejercicio de barrer. Algunos testimonios u opiniones en off (de Beatriz Sarlo, Federico Monjeau, Omar Duca y Miguel Galperín) y fragmentos de un documental previo sobre Gandini realizado por Rafael Filippelli atraviesan el muestrario de incidentes y preparativos: traslado a veces dificultoso de muebles y equipos, decisiones tomadas ante la computadora, llamadas telefónicas (para resolver, por ejemplo, el alquiler de un cello), ligeras discusiones (en torno a unas reposeras que terminarán siendo reemplazadas por asientos menos confortables), conversaciones en español e italiano.
Si a muchos les seduce ver el backstage de un videoclip, más interesante (tal vez para otros) pueden ser los entretelones de un espectáculo de música contemporánea que, cuando finalmente se desenvuelve –en el tramo final de Los trabajos y los días–, troca el ajetreo en una suerte de rito extraño, generando un clima casi fantasmal. Allí, como en el principio, aparece el público, partícipe también del engranaje. El cierre es con una singular versión de La cumparsita por parte de Gandini (quien, recordemos, hizo sus aportes a la banda sonora de varias películas argentinas, notablemente en Allá lejos y hace tiempo, de Antín, y algunas de Pino Solanas).
Este sobrio documental observacional de Villegas recuerda, en alguna medida, a Escuela Normal (2012, realizado por su esposa y también directora Celina Murga): si allí gestos y livianas eventualidades en el interior de una escuela secundaria paranaense daban cuenta de determinados aspectos del funcionamiento de nuestro sistema educativo y de las formas de comunicarse de los adolescentes argentinos, Los trabajos y los días exhibe con seriedad el esfuerzo que suele haber detrás de muchos espectáculos artísticos, exponiendo el valor del trabajo anónimo y en equipo.

Por Fernando G. Varea

Historias detrás de una mesa de bar

BARES
(2018, varios directores)

La idea es sencilla y permite ensamblar el mundo del trabajo con el de los afectos, revelándose anécdotas e historias de vida tras las conversaciones que se suceden en el interior de un bar, entre clientes o entre mozos y empleadores. Recuerda a Un cortado, historias de café, el ciclo de ficción que se emitió por la TV Pública entre 2001 y 2006, aunque Bares es una serie web de sólo ocho capítulos (de alrededor de diez minutos cada uno), con el plus de haberse grabado en distintos bares de Rosario.
Escrita, producida y realizada por un grupo de egresados/as de la Escuela Provincial de Cine y TV de nuestra ciudad, gestores de un saludable proyecto (la Cooperativa de Producción Audiovisual de Rosario), este puñado de historias llegó a concretarse gracias al apoyo de Espacio Santafesino. Después de una presentación oficial en el cine Arteón, actualmente puede verse gratuitamente en Cine.ar, la plataforma de streaming con contenidos audiovisuales nacionales sostenida por el INCAA.
Bares exhibe solvencia en sus rubros técnicos y buenas intenciones en su tratamiento, con una sorpresa en el desenlace en la mayoría de los casos. Por encima de algunas frases escritas o dichas con cierta dureza, o que se han salteado una buena revisión (en Mala fama una periodista dice dos veces que alguien fue “protagonista de Pedro Almodóvar”), asoman aciertos dignos de señalar: los enredos y el humor inocentón de Al dente, un final abierto con una discusión que no se oye en Azahares, un buen uso de la cámara en el plano secuencia de Mal trago, un misterio que queda suspendido ante los artificiosos encuentros de Reencuentro. Asimismo, entre los actores y actrices sobresalen, por soltura, frescura y presencia, Ignacio Amione, Raúl Calandra, Eva Ricart, Marita Vitta y Micael Genre-Bert. Asunto para un debate más extenso sería la tendencia de las ficciones locales al costumbrismo derivado de las charlas entre amigos, como si la famosa mesa de los galanes de Roberto Fontanarrosa se repitiera una y otra vez, con ligeras variantes (en Gluteus Maximus, por ejemplo, aunque sean mujeres las protagonistas, asoma la remanida idea del grupo incentivando a un levante).
Si bien los integrantes de COPAR cumplieron en cada corto distintas y variadas funciones, vale destacar a Flavia Barrega por su trabajo de producción general (co-guionista además de Azahares, dirigido por Noelia Durigón), junto a Gustavo Gianelli, Claudio Abba, Gino Bellofatto y Agustín Maggi Fernández, buena gente con la que este periodista compartió clases en la mencionada EPCTV, y de quienes vale esperar con expectativa nuevas obras.

Por Fernando G. Varea

https://play.cine.ar/INCAA/produccion/5961

 

Un observador de gestos bellos y absurdos

DE REPENTE, EL PARAÍSO
(2019, It must be heaven; dir. Elia Suleiman)

La humorada inicial expresa cabalmente el admirable estilo del director: el enojo de un sacerdote ante quienes obstaculizan una ceremonia religiosa podría filmarse de muchas maneras, pero el tratamiento del color, la distribución de los personajes en el plano, el uso del fuera de campo y los planos detalle hacen de una simple broma algo más elaborado y disfrutable, en términos visuales y sonoros.
Director y autor del guión, el palestino Elia Suleiman –de quien se había estrenado en salas de Argentina, en 2003, la notable Intervención divina– es también el actor protagonista, si bien puede decirse que se interpreta a sí mismo, viajando de su ciudad Nazaret a París y Nueva York. El motivo de ese itinerario parece ser un proyecto cinematográfico (tal vez el mismo film al que nos estamos refiriendo), pero también su interés por ver cómo se vive en otras ciudades del mundo.
Ver: de eso se trata, precisamente. O mirar, mejor dicho. Como un chico tratando de comprender el mundo que lo rodea, mientras camina, bebe en distintos bares o se asoma por un balcón o una ventana, casi sin hablar, Suleiman contempla una sucesión de gestos y acciones a veces desconcertantes, que lo llevan –a él y, asimismo, al espectador– a reflexionar. Los episodios van produciéndose uno tras otro, volviéndose ocasionalmente a alguno de ellos, casi como en un juego. O como en la memoria.
Suscitando pensamientos pero también sorpresa y sonrisas, esa cadena de pequeños eventos y sensaciones abarca apuntes irónicos sobre el hecho de ser ciudadano palestino, sobre cerradas tradiciones, sobre la violencia y el control en las ciudades (aviones, tanques y móviles policiales atraviesan el plano o la banda de sonido a cada momento), sobre los franceses (el glamour dulzón de sus mujeres, la limitada hospitalidad con los desamparados) y los estadounidenses (el uso de armas en la vida cotidiana, la apariencia displicente y diversa de los estudiantes), y hasta sobre las dificultades para financiar películas como ésta.
Algunas situaciones, como la del vecino apropiándose progresivamente del limonero, apuestan al absurdo, con una gracia que probablemente no aprecien quienes sólo se divierten con películas en la que todo aparece sobreexplicado. Las que incluyen al actor francés Grégoire Colin y a su par mexicano Gael García Bernal no son precisamente las más estimulantes (en este último caso porque el sarcasmo es expresado en voz alta, a través de una comunicación telefónica), en tanto otras exhiben una sutileza y encanto singulares, como la imagen que reúne perspicazmente a una mujer limpiando y a un desfile de modelos, la ocurrencia para no extender con aplausos una larguísima mesa de expositores, o el repetido movimiento del protagonista apartando un pajarito que interfiere en su trabajo (como si fuera el rodillo de una máquina de escribir).
El modo elegido por Suleiman para expresar sus cuestionamientos, sus temores o sus dudas lo llevó a ser comparado, razonablemente, con Chaplin, Keaton, Pierre Étaix o Jacques Tati. Vuelca lo que piensa con ingenio, sin ceder en ningún momento a consignas exaltadas o a la didáctica televisiva: bien puede decirse que en cada uno de los planos fijos de De repente, el paraíso, en la manera de articularlos o de hacerlos cruzar por personas o vehículos, o en el uso mismo de la música, hay cine auténtico.

Por Fernando G. Varea

El joyero apostador en su círculo vicioso

DIAMANTES EN BRUTO
(2019, Uncut Gems; dir. Benny Safdie/Josh Safdie)

En un tuit reciente, Sergio Wolf se lamentaba que, durante su gestión al frente del BAFICI, uno de los primeros films de los hermanos Safdie no hubiera sido programado en la Competencia Internacional sino en la sección Cine del futuro, aunque también veía allí un acierto “porque los Safdie eran –como se vio– los cineastas del futuro”. Ciertamente, en el cine de estos cineastas treintañeros hay algo fresco, nervioso e inquietante, afín a estos tiempos de ciudades atravesadas por la agitación, las transformaciones tecnológicas y distintas formas de violencia.
En principio, resulta loable que, aunque la moda recomiende materializar biopics inocuas, los Safdie sigan interesados en retratos de personajes moralmente ambiguos, animales urbanos que bien pueden verse como síntomas de una sociedad descompuesta.
Si en Go get some Rosemary (2009, también conocida como Daddy Longlegs) era un proyeccionista divorciado introduciendo a sus pequeños hijos en la vorágine de informalidad e inmadurez de su vida, y Good time (2017) se centraba en un joven que franqueaba mil y un obstáculos en pos del dinero necesario para sacar a su hermano de la cárcel, aquí se trata de un joyero neoyorquino, hiperquinético y ludópata, cuyos problemas van agigantándose desde que le presta un ópalo presuntamente valioso a una estrella del basquetbol.
De otra película de los Safdie (Heaven knows what, en torno a una joven adicta a la heroína), decía un crítico estadounidense “No hay un solo momento falso”: lo mismo puede afirmarse viendo Diamantes en bruto. El universo de apostadores y perdedores es registrado por la cámara con urgencia casi de noticiario, aunque el realismo no impide que el film pueda verse como una especie de pesadilla ganada por el artificio de sus colores y texturas. El compulsivo uso de teléfonos celulares, por ejemplo, más los televisores encendidos avistados muchas veces distraídamente por los personajes, son reflejo de la época, ofreciendo una imagen levemente apocalíptica de los seres humanos absorbidos por máquinas y aparatos (un poco como lo hace también la recientemente estrenada Parasite).
Buena parte de las expectativas que despierta el film –que en nuestro país se dio a conocer únicamente en la plataforma Netflix– está en la elección de Adam Sandler para un rol que le exige un esfuerzo de composición desacostumbrado. En realidad, su Howard Ratner no es tan distinto del Barry Egan que había creado para Embriagado de amor (2002, Punch-Drunk love), y puede discutirse si resulta persuasivo en alguna escena de llanto, pero los directores saben aprovechar su energía, su imagen carismática que por momentos se ensombrece, su disposición para interpretar tipos que pueden provocar en los espectadores algo bastante diferente a la empatía (ya en Good time se habían mostrado hábiles para apartar a Robert Pattinson de su perfil habitual).
Diamantes en bruto puede irritar, por la inquietud enfermiza del personaje sobre el que gira todo el tiempo, o por anudar velozmente incidentes sin desarrollar un convencional relato de suspenso. Incluso no todas sus ideas parecen afortunadas (la fusión de destellos de piedras preciosas con el interior del cuerpo humano suena algo antojadiza). Pero es tanta la vitalidad con la que retrata a su galería humana, y lleva tan a fondo la enajenación de su Howard, que no cabe otra cosa que seguir celebrando la obra de Benny y Josh Safdie. Quien esté dispuesto a internarse en este frenesí de palabras y movimiento, se sorprenderá con la verosimilitud de locaciones e interpretaciones: desde actrices como Idina Menzel (con su singular rostro, encarnando a la esposa razonablemente ofuscada cuando no desorientada) o Julia Fox (la bella empleada y amante, algo pueril como Howard), o el propio jugador de la NBA Kevin Garnett (interpretándose a sí mismo), hasta conserjes de un hotel donde se desarrollará un remate o vecinos a los que recurre Howard para que su hijo pueda ir al baño, todos parecen personas reales y no actores haciendo mohínes como para un aviso publicitario.
Por otra parte, cuando Howard (Sandler) irrumpe impulsivamente en la cancha de basquet, cuando trata de hablar con la garganta afectada por un castigo recibido en plena calle, o cuando enfrenta la mirada de su mujer que lo descubre semidesnudo en el baúl de un auto, Diamantes en bruto consigue que la risa alivie, en parte, el excitado escape de su protagonista hacia ninguna parte.

Por Fernando G. Varea

Los unos y los otros

PARASITE
(Gisaengchung/기생충, 2019; dir. Bong Joon-ho)

Aunque cuando el film comienza no se sospechan las derivaciones que tendrá la trama, ya aparecen delineadas varias coordenadas. A través de esa familia que vive en un sucucho bastante revuelto, aceptando módicos trabajos para sobrevivir y recibiendo imprevistamente los efectos de una fumigación callejera (mientras intenta aprovechar el wi-fi del vecino), se revela como eje de la película la humillación a la que conduce la desigualdad social y económica, no únicamente en Corea.
Como en anteriores películas de Joon-ho (Mother, The Host), hay un punto de partida realista que va desviándose hacia algo más lúdico y excesivo, logrando en este caso algo parecido a una fábula negra o una sátira endiabladamente divertida, con la violencia y el suspenso combinándose con un disfrutable sentido del humor. El realizador coreano no es Buñuel, desde ya: en su cine la visión mordaz sobre la sociedad se confunde con los códigos de la cultura popular de estos tiempos (el comic, el cine gore, la estética de la publicidad), lo cual incluye su merodeo por distintos géneros. Parasite es muchas cosas a la vez, sin que eso atente contra su vivacidad y su precisión narrativa.
En principio, es una película sobre las diferencias de clase. La ropa, las comidas, los modales e incluso los olores marcan esa oposición, que no resulta burda porque los privilegiados, aunque viven en su limbo, no dejan de brindarles ciertos beneficios a sus empleados, quienes a su vez aprovechan cualquier oportunidad que se les presenta para sacar tajada (en este sentido, hay dos momentos en los que se dice mucho con pocas palabras: cuando la madre habla de la amabilidad de los ricos y cuando su hijo se admira por cómo lucen siempre, dudando poder integrarse a ese grupo social). Los mecanismos por los que las injusticias generadas o permitidas por el sistema capitalista pueden conducir al enfrentamiento de pobres contra pobres, mientras los miembros de la clase alta hacen la suya, se insinúan en Parasite sin expresiones admonitorias, mientras entretiene con sus sobresaltos.
Es también un film sobre el engaño, casi un juego de máscaras con personajes que mienten, falsifican documentos y representan roles cambiantes sin que eso afecte demasiado sus rutinas. Sobre la arquitectura en las grandes ciudades, con Bong Joon-ho llevando de las narices al espectador por calles, túneles y ámbitos diversos (confrontando, en un momento, la moderada preocupación que provoca una tormenta en la vida de una familia adinerada con los catastróficos efectos que produce en los habitantes de un barrio). Sobre la modernidad, con teléfonos celulares, computadoras y visores asimilados a la vida cotidiana. Sobre la familia, núcleo de contención y alienación, al mismo tiempo. Y, finalmente, sobre la mirada: son muchos los momentos en los que se mira con atención, de cerca o de lejos, un dibujo, una piedra, un lugar o una persona, tratando de controlar, de entender o de aprender, entre la desconfianza y la curiosidad.
Los desplazamientos de cámara, el trabajo de edición, el uso de la música, las locaciones sagazmente elegidas o diseñadas: todo resulta funcional en esta provocadora montaña rusa. Si hubiera que destacar un ejemplo de solidez, bastaría recordar la ajustada coreografía de movimientos tras el inesperado llamado de la dueña de casa anunciando con displicencia su regreso.
Es notable cómo –a diferencia de lo que suele verse en el cine argentino– la desigualdad se expresa sin personajes fascinados con el robo o el dinero, mientras el guión, escrito por el propio Bong Joon-ho junto a Jin Won Han, adopta sin complejos la visión de la familia de clase media-baja, siguiendo especialmente al joven y bienintencionado Ki-woo (Woo-sik Choi, visto anteriormente en Invasión Zombie).
Como es de esperar, la tensión implosiona en determinado momento: a quien cuestione el desenlace de esa secuencia habría que recomendarle ver o rever La ceremonia (1995, Claude Chabrol); en todo caso, puede objetarse que el estallido no se plasme (en términos plásticos y dramáticos) de manera más original. Si en ese último tramo Parasite se trivializa un poco, resulta más que oportuno su cierre, donde no asoma un propósito neciamente conciliador ni una descarga vengativa, sino la ilusión, el deseo o la necesidad de creer que, sólo con buena voluntad, es posible ascender en la pirámide social.

Por Fernando G. Varea

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