El dolor en voz baja

MARACAIBO
(2017; dir. Miguel Angel Rocca)

Mejor que esperar de Maracaibo los sobresaltos de un policial como promete, de alguna manera, su eslogan publicitario (“¿Cuándo termina una venganza?”), es apreciarla como un drama contenido sobre un hombre cuyos conceptos de éxito y hombría trastabillan tras una tragedia familiar.
El film, escrito por Miguel Ángel Rocca (1967, Buenos Aires) y Maximiliano González (1972, misionero formado en Rosario y Buenos Aires), y dirigido por el primero,  se centra en el desconcierto que le provoca a un prestigioso médico enterarse de la homosexualidad de su único hijo, hasta que la muerte de éste en circunstancias dramáticas lo confronta con la culpa y afecta la relación con su esposa, que hasta entonces parecía perfecta.
Rocca procura expresar el dolor ahogado del profesional (Jorge Marrale) y su mujer (Mercedes Morán) sin elevar nunca el tono. Las civilizadas discusiones y la casi ausencia de estallidos dramáticos se sustentan con un montaje sin sacudimientos, una luz que atenúa el brillo de la lujosa casa donde transcurre la mayor parte de la acción y ciertos procedimientos más comprensibles que otros: dejar a algunos personajes fuera de foco en el fondo del plano, por ejemplo, parece pertinente para formular aturdimiento; la alternancia de planos durante los diálogos en la cárcel, en cambio (insertando un plano de perfil en medio del clásico plano-contraplano), no parecen justificados.
Esa represión de los sentimientos, palpable en conversaciones y ambiente, lleva a templar secuencias que hubieran podido brindarle al espectador un alivio de calidez, como el momento en que el protagonista detiene su coche a un costado de la ruta y se refugia en un bar a descargar su tristeza con un desconocido (Tito Gómez), o el mismo final, que se resuelve con dos o tres planos encuadrados e iluminados de manera tal que se contemplan como decorativas postales. Por esa representación de los problemas entre grave y sosegada, sin un estilo que le dé un encanto distintivo, Maracaibo termina pareciéndose a un cine argentino que ya no se hace, con los intérpretes tomándose unos segundos y buscando los ojos de su interlocutor antes de pronunciar cada frase.
Si la película progresa despertando interés es porque, al mismo tiempo, aparecen pliegues que permiten otras lecturas. En este sentido, la amistad del médico con un colega y su acercamiento al asesino van adentrándose en una zona ambigua, despertando interrogantes: el grado de confianza con el primero y la rara mezcla de fascinación con instinto paternal que le genera el segundo, parecen sacarlo de su coraza. Algo de tensión sexual sobrevuela esos vínculos.
Son acertadas algunas decisiones del  guión para explicar la personalidad del médico (su empecinamiento en arreglar una herramienta de trabajo de su mujer odontóloga) y para ir sembrando de traspiés su seguridad y su deseo de cerrar heridas (el hecho de que el hombre a quien agrede en la calle reciba rápidamente la atención de su pequeño hijo no resulta fortuito). Lucen más exteriores los personajes de la esposa (que pareciera no tener amigas) y del delincuente encarnado por Luis Machín. El tono amenazante con el que se recubre el barrio en el que éste vive resulta discutible, pero debe reconocerse que tampoco se alza el bienestar económico del matrimonio en cuestión como ideal envidiable, embestido por sensaciones de soledad, culpas y miedo. Finalmente, el recurso de la revelación que depara un corto animado en el último tramo de la historia, termina siendo –empleando la misma palabra que utiliza en un momento la mujer– un poco básico.
Los actores saben sostener en sus miradas el peso de sus personajes, lo que vale tanto para los sólidos Marrale y Morán (que ya habían trabajado juntos en Cordero de Dios, de Lucía Cedrón) como para los jóvenes Matías Mayer y Nicolás Francella, este último con el mérito adicional de entregar la única escena de llanto espontáneo de esta película honesta y distante.

Por Fernando Varea

Clásico, intenso y sin lugar para los débiles

EL OTRO HERMANO
(2017; dir: Israel Adrián Caetano)

Aunque el cine argentino reciente viene prodigando thrillers con insistencia, hay que comenzar diciendo que El otro hermano se distingue del resto por un motivo muy simple: su director es Israel Adrián Caetano (1969, Montevideo, Uruguay), de mano segura para disponer escenas de violencia y generar suspenso.
Basada en una novela de Carlos Busqued, la historia es casi una excusa para construir un engranaje hecho de momentos tensos, barajando personajes (varones marginales de modales instintivos y con rencores a cuestas) y ambientes (casillas humildes, bares de  mala muerte, calles de tierra) con los que Caetano se siente muy cómodo. A lo largo de casi dos horas se siguen los pasos de Cetarti, un joven con poca iniciativa que llega a un pueblo chaqueño donde su madre y su hermano –con los que casi no tenía contacto– han sido asesinados, entablando una relación de confianza/desconfianza con Duarte, perverso ex militar de apariencia afable que lo involucra en más de una artimaña. En el balance, importa más la precisión con la que se plasma ese itinerario que el sedimento que deja.
Hay planos de la figura de Cetarti recortándose en una puerta frente al campo, con la cámara acercándose en lento travelling, y un duelo final extraordinariamente resuelto, que remiten invariablemente al western. El terror ante ruidos exteriores que sugieren el ataque de algo o alguien que no conviene anticipar aquí, así como el decorado mismo que enmarca el relato (chatarra, trastos viejos, muebles antiguos, polvo y herrumbre) recuerdan a cierto cine post-apocalíptico de los ’80 (Mad Max, Razorback). La astuta construcción de algunas secuencias lo acerca a maestros como John Carpenter, con parsimoniosos movimientos de cámara y una fotografía que nunca se desvía del tono buscado. La claridad y calidad de Caetano como director es algo que, como espectador, se agradece.
El guión, en tanto, comprende algunos elementos más satisfactorios que otros. Ciertos detalles que parecen correr la historia un poco en el tiempo resultan curiosos, pareciendo aludir al estado indefinido en el que se mantienen ciertos pueblos: teléfonos celulares pasados de moda, dinero que circula abundantemente sin cheques ni tarjetas a la vista, algún DNI de los de antes. La enredada trama familiar y el descuido con el que los muertos son enterrados y desenterrados se corresponden con ciertas normas que rigen la vida de pobres diablos en ciertas zonas del interior del país. Del mismo modo, la manera con la que se logra que Cetarti parezca indiferente y Duarte simpático hasta que, progresivamente, se los va conociendo más, resulta perspicaz. La caracterización de ambos, de hecho, va más allá de su apariencia física: Cetarti, aún dentro de su apocamiento (tutea y trata de usted indistintamente a sus interlocutores) sabe poner orden en la casa descuidada, regatea dinero, actúa en pos de un objetivo (viajar a Brasil) y el hecho de haber abandonado su empleo en Buenos Aires por estar cobrando sin trabajar revela en él cierto grado de honestidad; Duarte, por su parte, parece una bestia de risa falsa, procurando hacerse de dinero enfermizamente y sin importar cómo.
Es cierto que El otro hermano puede verse como un recorte de la Argentina, con broncas y mezquindades condicionando la vida de seres grises sin proyectos superadores de los cuales aferrarse. Sin embargo, importan más los efectos que el argumento, esquivo a gestos de solidaridad, que otros films del director como Crónica de una fuga (2006), Un oso rojo (2002) y hasta Bolivia (2001) tenían, de una u otra manera.
La dupla formada por un corrupto paternal y persuasivo que se busca como cómplice a un joven inexperto no es nueva (salvando las distancias, es el modelo utilizado por Nueve reinas, El patrón-Radiografía de un crimen, y otras) y la obsesión por el dinero –y por conseguirlo sin trabajar– ya es leit motiv de las ficciones del cine argentino, al menos desde los años ‘90. Por otra parte, como suele suceder en el cine de Caetano, los personajes femeninos aparecen desdibujados: el encarnado por Ángela Molina tiene un pasado interesante y una carga dramática que se diluyen, y el de Alejandra Flechner es una víctima que, al mostrarse agresiva y desairada por su hijo, se vuelve grotesca, al punto de que pareciera merecer lo que le pasa (su agresor se sorprende, incluso, que no se resiste al ser violada). Duarte es claramente misógino, pero los demás tampoco parecen necesitar mucho a las mujeres.
Aunque momentos como el ataque de un animal le dan un toque fantasmagórico, el film procura el realismo, y con ese fin Caetano muestra a sus intérpretes sudorosos, avejentados, afeados. Daniel Hendler y Leonardo Sbaraglia son los protagonistas: si el primero está ideal como Cetarti, es probable que Duarte hubiera resultado más creíble con un actor mayor (en edad y contextura física) que Sbaraglia. En una escena recuerda hechos que parecen remitir a la represión en Tucumán en los ’70, pero no parece tener la edad suficiente para haber vivido esa experiencia como militar. Por momentos, el Duarte de Sbaraglia aparece más gracioso que sádico, sin que esto signifique subestimar el esfuerzo del actor –en buena medida provechoso– por resultar verosímil. El excelente Pablo Cedrón suma, a su tiempo, un soplo de humor que alivia fugazmente el infernal retrato pueblerino.
En realidad, el personaje más misterioso, ambiguo y conmovedor del film es el del adolescente interpretado por Alian Devetac (el joven de inquietante mirada que había protagonizado La tercera orilla, de Celina Murga). Mezcla de turbio encubridor y niño enojado con la vida, su interés por los documentales sobre vida animal, sus dudas en torno a la historia familiar y el fugaz entendimiento con su hermanastro le dan una humanidad que lo hacen querible en ese contexto.
El final recuerda el destino elegido por la protagonista de Leonera (2008, Pablo Trapero) y parece, asimismo, un guiño a Cuesta abajo, el notable corto que integró la primera Historias breves y con el que Caetano se revelaba ya como un gran director, veintidos años atrás.

Por Fernando G. Varea

http://www.rizomafilms.com.ar/

Las musas, material de discusión

LA ACADEMIA DE LAS MUSAS
(2015; dir: José Luis Guerín)

Obra singular la de José Luis Guerín (1960, Barcelona, España): Innisfree (1990), Tren de sombras (1997), la admirable En construcción (2001) y En la ciudad de Sylvia (2007) –todas de esquivo paso por las carteleras argentinas– son experiencias que juegan sutilmente con las fronteras entre el documental y la ficción, el pasado y el presente, lo sensible y lo imaginado. Los resultados son siempre tan discutibles como estimulantes, como lo es también La academia de las musas, con la que el director vuelve a solazarse observando y escuchando.
En este caso, el centro de atención está puesto en un profesor universitario, su mujer, varias de sus alumnas y algún personaje ocasional que sirve como objeto de estudio (por ejemplo, un grupo de jóvenes integrantes de un coro que intentan emular el berrido de las ovejas). Todos ellos discuten, dentro o fuera de las clases, en torno a lo que puede servir de inspiración para la poesía.
La Beatriz del Dante, el amor en tiempos de internet, la idea machista-patriarcal que anida en el concepto de musa, la importancia o no de la sexualidad en el amor y de la naturaleza como fuente inspiradora, entre otras cuestiones, van surgiendo de las sobreabundantes conversaciones (en dos o tres idiomas al mismo tiempo) registradas con criterio documental, aunque por momentos la imagen se enrarece, camuflándose con los reflejos de las ramas de los árboles en las ventanas o las luces de la ciudad interfiriendo en los primeros planos.
Está claro que La academia de las musas no procura ser un divertimento con sentido narrativo (de hecho, aparece fragmentado en pequeños capítulos y muchas secuencias son brevemente interrumpidas por cortes a negro), sino un provocador ensayo sobre la iluminación que lleva a los textos poéticos. En algún momento, las alumnas parecen musas reaccionando ante las reflexiones que se hacen sobre ellas; en otros –como cuando un pastor trae a la memoria un recuerdo de su padre, o una de las chicas relata la importancia que tuvo para ella chatear con un desconocido mientras atravesaba una difícil situación familiar– asoma algo de emoción auténtica en medio de esa suerte de competencia intelectual, en la que todos se esmeran en llegar a conclusiones brillantes.
Sin música y prácticamente sin situaciones que desvíen el debate, uno de los motivos por los que La academia de las musas se salva de convertirse en una mera clase sobre literatura es la presencia de Rosa, la mujer del profesor. Desde el comienzo, cuando afirma que “El amor es un invento de los poetas”, sus intervenciones empiezan a hacerse deseables: transitando el film (y quizás la vida) con cierta pesadumbre pero también sabiduría, Rosa le imprime una carga dramática que parece necesaria y suma, al encanto de las distintas alumnas, la gracia de sus palabras a veces filosas y la humanidad de su mirada.

Por Fernando Varea

Mujeres al borde

mujeres

JACKIE
(2016; dir: Pablo Larraín)
ELLE
(2016; dir: Paul Verhoeven)

Mientras se conmemora el Día Internacional de la Mujer y distintas organizaciones llevan adelante eventos para denunciar los problemas de desigualdad y violencia de los que son víctimas mujeres de todo el mundo, en las salas de cine de nuestro país es posible encontrar sólo unos pocos largometrajes que exponen, directa o indirectamente, ese tipo de conflictos: La chica sin nombre (Jean-Pierre/Luc Dardenne) y Talentos ocultos (Theodore Melfi), cada uno a su manera, a los que se suma Aquarius (Kleber Mendonça Filho), con un seductor personaje en el que confluyen diversos sufrimientos y obstinaciones. Podrían agregarse La idea de un lago, que añade a una protagonista femenina el significativo dato de estar dirigida por una mujer (Milagros Mumenthaler), y un par de documentales, exhibidos en pocas salas.
Dos estrenos de estos días extienden la lista, diferenciándose bastante del tipo de películas sobre mujeres: las protagonistas de Jackie y Elle no son simpáticas heroínas ni excusas para el panfleto o la moraleja simplista. Ambas intentan sobreponerse al recuerdo de un hombre (un marido asesinado en el primer caso, un siniestro padre en el segundo) abriéndose camino a tientas en medio de restos de dolor o rencor, seguras de su fortaleza a pesar de todo, sobreviviendo en un grupo social que las abruma con sus mandatos y convenciones.
Jackie acompaña la angustia de Jacqueline Bouvier (1929/1994) en los días posteriores al asesinato de su marido John F. Kennedy (1917/1963), presidente de Estados Unidos. A diferencia de lo que casi toda biopic provee, no hay flashbacks de la infancia, idealización de una historia de amor, una banda sonora efectista ni un director artístico engolosinado con vajillas y muebles de época. De hecho, es probable que algunos espectadores esperen ver a la actriz principal entregada a una performance melodramática, luciendo al mismo tiempo glamorosos trajes que acostumbraba usar la joven mujer de Kennedy: por el contrario, en el film dirigido por Pablo Larraín (1976, Santiago, Chile) se habla casi todo el tiempo en voz baja, los lujos propios de la vida de la Primera Dama se diluyen en un tono mortuorio (al que contribuye la música de Mica Levi) y el film en su conjunto termina expresando más el estado de ánimo de una mujer ante la pérdida de un ser querido (y la necesidad de preservar su memoria) que una historia de amor y poder en ambientes envidiables. “Debí casarme con un hombre feo, vulgar y perezoso” le dice en un momento Jackie (Natalie Portman) a un sacerdote (¡John Hurt!), pensamiento que se opone a tantas películas (sombras oscuras asoman por ahí) en las que un hombre apuesto y adinerado es presentado como ideal romántico.
Larraín integra planos fijos con otros cercanos, con la cámara en ligero movimiento acercándose a los rostros de los personajes hablando o discutiendo, y pausados travellings hacia adelante o hacia atrás. Si no resultan novedosas las secuencias resueltas con plano-contraplano de las conversaciones con el periodista (Billy Crudup), asoman acertadas las inserciones de fragmentos documentales que se camuflan con la recreación dramática, la cual tiene mucho de invención también. Narrativamente algo vacilante (tal vez una marca de fábrica del director de No y Neruda), la película no se priva en un momento de una cruda descripción de la muerte de Kennedy.
Es cierto que el recorrido de Jackie por el interior de la Casa Blanca podría recordar a las producciones fotográficas de revistas como Caras, pero el film toma distancia de la tentación de parecerse a una telenovela, desgranando reflexiones estimulantes sobre temas difíciles y centrándose en la congoja de su protagonista antes que acumular incidentes. La Jackie de Portman deambula por los ricos ambientes sin perder la elegancia pero casi trastabillante, como cargando con la soledad y la incertidumbre de los dolorosos momentos que debió vivir.
En tanto, en Elle (aquí, en vez de traducir el título como Ella se prefirió mantener el francés y adosarle el confuso subtítulo Abuso y seducción), la protagonista es Michelle, ejecutiva de una empresa de videojuegos que, apenas empezado el film, sufre en su enorme casa el ataque sexual de un desconocido. El hecho lleva al espectador a esperar una denuncia contra la violencia de género o un thriller de intriga, pero la película termina siendo una suerte de comedia turbia, imprevisible, políticamente incorrecta, con una trama plena de curiosas alternativas, que la mujer atraviesa con la seguridad que le dan su independencia y un carácter fuerte.
Elle tiene ese estilo algo frío, pero endiabladamente divertido y sacudidor, del director Paul Verhoeven (1938, Amsterdam, Holanda), cuyos mejores trabajos estén probablemente entre los primeros (Delicias turcas, El cuarto hombre), aunque en otros posteriores, más conocidos (como Robocop, El vengador del futuro, Invasión o El libro negro), latía el espíritu de comic envuelto en colores subidos y afán provocador. En el caso de Elle, su ímpetu depende, en gran medida, de Isabelle Huppert, que da vida a Michelle con esa capacidad que tiene la actriz francesa para expresar mucho con poco. Con la ayuda de su sola presencia –que remite a personajes que asumió para films de Haneke y Chabrol–, sabe hacer atractiva a esta mujer que se muestra a veces autosuficiente y otras ligeramente perversa, pareciendo disfrutar del juego medio demencial del que participa junto a parientes, vecinos y jóvenes empleados de su empresa. Verhoeven, Huppert y el guionista David Birke (partiendo de una novela de Philippe Djian) pueden hacer que la violación inicial derive en una relación víctima-victimario algo absurda, que algunas respuestas cínicas o crueles de Michelle resulten graciosas, que la llegada de un nieto esconda un ingrediente inesperado y rehúse la ternura, que una madre anciana se pavonee grotescamente junto a un candidato joven, o que la gravedad de tremendos recuerdos infantiles se diluya un poco con sentido del humor.
Se recomienda no buscar en todas las situaciones que prodiga Elle efectos de causa-efecto: si algunas reacciones pueden parecer insólitas (que Michelle no llame a la Policía, que imprevistamente le haga bajar los pantalones a un empleado), se va descubriendo que tienen su lógica; sin embargo, mucho de lo que ocurre parece producto de un engranaje malévolo. ¿Ese organismo hecho de pulsiones malsanas será tal vez la familia? ¿O la alta burguesía, cuyos recelos se disparan para cualquier parte? Si la Jackie de Jackie transitaba la opulencia de su entorno con el desgano comprensible en una mujer triste, la Michelle de Elle (con su peinado inalterable y su insípido tapado) se mueve solitaria en su mansión y su lugar de trabajo, viviendo su sexualidad de manera desapegada y esquivando las posibles muestras de cariño de quienes la rodean.
Hay guiños a Hitchcock –incluyendo una escena casi calcada de Llamada fatal (1954)–, un cruce con la estética de los videojuegos en algunos momentos y una mirada sarcástica para aproximarse a temas delicados que trae ecos de Buñuel, Ferreri y otros irreverentes maestros (incluyendo ¿por qué no? nuestro Torre Nilsson).
Hábil conductor de ideas turbulentas antes que artista consumado, Verhoeven logra en Elle ajustar una serie de piezas que asustan, irritan o divierten, con el eje en una mujer que mira a todos con la desconfianza que aprendió de niña, sin llorar nunca, riéndose apenas cuando su malicia se lo permite, enfrentando contratiempos con sus propios medios y fiándose únicamente de sí misma.

Por Fernando G. Varea

http://press.foxsearchlight.com/jackie/
http://www.sbs-distribution.fr/international-sales-elle

Convivir con la tristeza

MANCHESTER JUNTO AL MAR
(Manchester by the sea; dir: Kenneth Lonergan)

En tiempos de un cine hollywoodense pasteurizado, amoldado a un público familiar sea cual fuere el tema que aborde, el primer mérito de Manchester junto al mar es ser una ficción con adultos sufriendo conflictos del mundo adulto. De hecho, comienza mostrando a su protagonista trabajando, y no de una manera particularmente glamorosa: Lee (Casey Affleck) es portero de varios edificios, soluciona como puede los problemas que le presentan distintos vecinos y no oculta la inquietud de no estar ganando suficiente dinero. Tampoco se lo ve muy cordial ni sociable, a diferencia de tantos personajes que suelen ganarse la simpatía inmediata del espectador. Esa hostilidad tiene su razón de ser, sin embargo, y responde a su historia personal, que el film irá desplegando sin ostentaciones.
No conviene adelantar por qué Lee anda por la vida con más de una cruz a cuestas, ya que el interés de este drama dirigido por el dramaturgo y realizador estadounidense Kenneth Lonergan (1962, Nueva York, con dos películas anteriores que no tuvieron estreno comercial en cines argentinos) pasa, en buena medida, por la dosificada manera con la que van asomando las piezas del rompecabezas. Lee sube en ascensor junto a un médico, o mira distraídamente por la ventana mientras le habla su abogado, y los recuerdos surgen, sin guiños musicales o efectos que fraccionen de manera tajante presente y pasado. De a poco vamos conociéndolo, comprendiéndolo, compadeciéndolo.
Aunque se lo ve solitario, hay (o hubo) familiares con quienes generar un circuito cerrado de ocasionales alegrías, sostén emocional, dudas, culpas y convivencia con dificultades. Está la joven esposa, molesta por cierta inmadurez de Lee, hasta que un trágico hecho imprevisto la da vuelta por completo (Michelle Williams, esposa sufrida también en Secreto en la montaña y Blue Valentine). Está el hermano confiable, de quien recibirá ayuda y a quien auxiliará también, según las circunstancias de la vida (Kyle Chandler, el marido de Cate Blanchett en Carol). Y también los pequeños hijos, un impaciente sobrino adolescente, una ex cuñada algo inestable, y varios amigos. Los días de este grupo humano alternan apacibles jornadas de pesca y momentos de intimidad familiar con otros de preocupación en pasillos de hospital y comisarías. El marco: la ciudad nevada, con sus blancos veleros meciéndose al viento.
Algo de esa opacidad, de esa pasividad (del ámbito geográfico y de la personalidad de Lee) se transmiten a la realización. Planos fijos de los melancólicos parajes son casi el único medio, en términos visuales, al que echa mano el director para plasmar su historia, demasiado dependiente de los diálogos –a veces ásperos– y el desempeño de sus actores.
Lo destacable, en todo caso, es su contención dramática: están resueltas de manera muy sobria, por ejemplo, las secuencias en las que a Lee y a su sobrino se les comunica la muerte del mismo familiar, con las personas que los rodean sobrellevando el nerviosismo lo mejor posible. Escasos gestos, algún abrazo, ningún subrayado. Esa discreción hace que no parezca efectista una repentina reacción de Lee, con la intervención de un arma: la película no sería la misma sin ese desesperado estallido, por el cual el protagonista demuestra que su dolor y su culpa son ciertos, que lo suyo no es frialdad sino angustia ahogada, que padece más de lo que podría pensarse.
Puede discutirse si el dramatismo sosegado de Manchester junto al mar y su estilo casi anacrónico (no hay cámara en mano, ni planos detalle con criterio publicitario, ni montaje paralelo que desvíe el drama hacia el suspenso) son méritos suficientes para cosechar tantos reconocimientos, incluyendo varias nominaciones al Oscar. Probablemente, su valor dependa más de sus resonancias psicológicas y su eficacia como reflexión sobre el modo en que los seres humanos estamos obligados a convivir con la tristeza y a relacionarnos con la muerte.
Un aporte indudable a esos fines es el desenvolvimiento general de los intérpretes, exceptuando los altibajos de credibilidad de Lucas Hedges (el sobrino que forzosamente saca al protagonista de su cómodo letargo) y sobresaliendo la delicadeza del trabajo de Casey Affleck. A diferencia del tipo de actuaciones que suelen ser reconocidas por la industria del cine  –en las que valen las transformaciones físicas y los disfraces–, Affleck hace que cobre vida su Lee apelando a mínimos recursos. El deambular cansino, cierto desaliño, sus expresiones de abatimiento o enojo, su mirada perdida, sus vacilaciones al hablar, delinean al personaje y su necesidad permanente de reprimir y, al mismo tiempo, soltar su tristeza.

Por Fernando G. Varea

http://manchesterbytheseathemovie.com/

Milagros Mumenthaler: “El arte puede transportarte y abrir un diálogo”

Después de haber estudiado cine en la FUC y haber dirigido algunos cortos, Milagros Mumenthaler (Córdoba, 1977) sorprendió un lustro atrás con su encantadora ópera prima Abrir puertas y ventanas, que ganó premios en los festivales de Mar del Plata y Locarno. Días atrás tuvo su estreno comercial su nueva película, La idea de un lago, plasmando (a partir de sensaciones provocadas por el libro de fotografías y poemas de Guadalupe Gaona Pozo de aire) la historia de una fotógrafa y su familia, alternando momentos de su niñez en el pasado con su vida adulta, a punto de ser madre. Menos lúdica que Abrir puertas y ventanas, rigurosa en su planteo, La idea de un lago da particular valor al universo de los recuerdos y agrega referencias a la historia argentina reciente. Le acercamos a la directora vía mail algunas inquietudes surgidas de la visión de su trabajo: compartimos a continuación sus respuestas con los lectores de Espacio Cine.
– En Abrir puertas y ventanas y ahora en La idea de un lago hay mujeres lidiando prácticamente solas con sus recuerdos familiares y sentimientos. ¿Por qué te interesan esos personajes femeninos con esos conflictos?
– En Abrir puertas y ventanas las tres hermanas lidian con un duelo que las deja huérfanas por segunda vez  e intentan encontrar una nueva dinámica familiar, y en La idea de un lago Inés, la protagonista, intenta buscar respuestas para su futuro hijo, las respuestas que hasta ahora no encontró. Creo que elijo contar esos conflictos desde el lugar más intimo de los personajes, porque es la única manera de contarlos, no me puedo imaginar otra. Los personajes viven situaciones que me conmueven y creo que yo, como autora, puedo empatizar lo suficiente con ellas para poder darles vida en una película. Es difícil explicar qué es lo que a uno le lleva a hacer una película, cuál es la motivación profunda. No soy una persona que mitifico al otro, no me importan los logros de una persona, no me impresionan, pero sí me encanta conocer a la persona, observarla, descubrir quién hay detrás, ahondar en su intimidad. Por eso para mí encarar un proyecto desde los sentimientos y los pensamientos de los personajes me es totalmente orgánico.
– En La idea de un lago, las fotos y los poemas parecen indicar que ciertas expresiones artísticas pueden ayudar a comprender, a recordar. ¿Pensás que son algunas de las funciones que cumple el arte?
– Me parece que pueden llevarte a otro lugar, transportarte y abrir un diálogo.  Un poema tiene la fuerza de empatizar y hacer que el lector sienta lo expresado como si fuera propio. La fotografía muchas veces responde a algo más testimonial, o así lo hace en la película. Todas las preguntas giran alrededor de la foto de Inés con su papá. Es una foto preciada porque es la única y a partir de ella las preguntas y los relatos son varios. Me parece que varias expresiones artísticas son inspiradoras, reveladoras. Son un medio de comunicación, de reflexión. Yo, en realidad, me siento más cercana a la narrativa, a la pintura y a la música, pero en este caso el libro de poemas y fotografías de Guadalupe me inspiró e interpeló lo suficiente para proyectar una película.
– ¿Cómo resolviste las escenas de los juegos de noche en el bosque con linternas?
– Habíamos viajado un año antes con Gabriel Sandru, el director de fotografía, para hacer pruebas, que quedaron horribles por cierto. Pero nos ayudó a repensar la escena en cuanto a luces. Y a mí también, en cuanto a puesta. Pero es una escena que la seguí buscando mucho en el montaje y en postproducción, porque la idea que uno tiene en la cabeza es difícil expresarla en palabras. Por eso la importancia de hacer pruebas antes, y así mismo hay que repensarla, remontarla, para que se acerque lo más posible a la sensación que tenía que transmitir. En términos técnicos fue sencilla, filmamos con una super 16 y fuimos con linternas buenas, potentes. Después fue, sobre todo, corrección color.
– ¿Cómo hiciste para evitar que la belleza del paisaje de Villa La Angostura no resulte meramente decorativa?
– No podía ser así de ninguna manera. Primero no hago planos de relleno, “por las dudas…”, no es mi estilo, además en estos esquemas de producción no hay tiempo. Cada plano está ahí porque significa algo.  Y me refiero también a la sonoridad, no sólo a la imagen. El entorno de Villa La Angostura era fundamental por cómo Inés se relaciona con él y cómo incidió en su crecimiento. El contacto con la naturaleza lleva a la introspección, a la observación, a la escucha y a los cuestionamientos. Cuando hacemos memoria sucede algo parecido.  Los paisajes tienen que ver con eso.
– Llama un poco la atención la elección para el rol de la madre de Rosario Bléfari, a quien se recuerda por personajes algo irónicos en películas como Silvia Prieto y Los dueños. ¿Por qué te interesó ella para ese rol?
– Me interesó como actriz después de verla en Verano, la película de José Luis Torres Leiva. A partir de allí tuve ganas de conocerla. En realidad, Rosario nos interesó con María Laura Berch, la directora de casting: por ella, por su trayectoria, por su costado multifacético. Y cuando la conocimos era difícil ver a otra persona para interpretar a Tessa. Físicamente era perfecta, sus facciones eran moldeables para avejentarla y para rejuvenecerla, podía ser la madre de Carla Crespo y a su vez la madre de Malena Moirón. Sabía que tenía la sensibilidad de entender y conectar con el personaje, y también con mi manera de trabajar, que implica mucho ensayo, mucha juntada y la necesidad de generar vínculos.
– Puede apreciarse en tus películas cierta atención puesta en la belleza y armonía de las casas. En algún punto parecen lugares imaginados, ideales. 
– Creo que la belleza y armonía que ves en las casas de ambas películas es casualidad. En Abrir puertas… la casa era un cuarto personaje que representaba a la abuela ausente. Esa abuela representaba otra generación, algo que se perdió, que se fue. Esos cuerpos jóvenes dentro de esas paredes contrastaban y decían que algo faltaba, esos cuerpos allí suponían una ausencia. Cuando estábamos haciendo la pre-producción de esa película me encontré con el libro de Guadalupe. Allí hay una casa familiar importante, imponente: en ese momento no suponía que cinco años más tarde iba a estar filmando ahí adentro. Esa casa familiar nunca se modificó, quedó como fijada en el tiempo. No modificamos nada, la tomamos prestada tal cual. Por eso te decía que era casualidad, pero también pienso que es uno de los muchos elementos que me hicieron conectar con el libro.

Por Fernando G. Varea