Esteban Tolj: La ciudad dibujada

Nota a Esteban Tolj publicada en el suplemento Cultura & Libros del diario La Capital, de Rosario, el 15/4/2018. -Puede leerse también aquí

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Frágiles vidas cruzadas

SIEMPRE ES TARDE
(2018; dir: Patricio Carroggio)

“Un fresco de la vida de dos amigos”: así definía Patricio Carroggio (realizador barcelonés que desde hace diez años vive y trabaja en Rosario) Siempre es tarde, consultado hace un año y medio por Espacio Cine tras haber sido seleccionado en la 9ª edición de la Convocatoria Espacio Santafesino. Decía también (en aquélla nota que puede leerse aquí) que su propuesta podía resumirse como “Un fragmento de lo que podría ser una historia más grande”.
Hoy, con la película terminada, puede afirmarse que Carroggio cumplió su objetivo. Porque los rodeos de sus personajes (Eugenia y su amigo) no son más que el armazón por donde se agita la respiración de sus vidas, sus temores e ilusiones. Ella está por viajar por razones de trabajo, dubitativa ante esa decisión que implicará tomar distancia de su pareja; él, en tanto, mientras se distrae con sus ensayos de teatro, parece dejarse llevar por un estado de abatimiento y preocupación. Las decisiones para acompañar esa sensación de melancolía resultan atinadas: las características de las casas donde viven y que visitan, el clima de barrio, la luz otoñal, la música severa apenas incidental, estimulan esa cotidianidad agrisada. El director acierta también poniendo toda la atención en la comunicatividad de los rostros, dejando fuera de campo la comida o detalles de la casa que su “fresco” no necesita. El encuentro con la madre de Eugenia, y la charla entre los tres, transmite ese mismo efecto tristón, apenas interceptado por los chispazos de alguna discusión. En esos diálogos desplegados con admirable espontaneidad puede advertirse cierta confrontación entre sexos y la estabilidad de los afectos en riesgo con la descarga de ciertas palabras. “Sólo hay que saber lo que no hay que hacer”, dice en un momento la madre de Eugenia, recordando una reflexión relacionada a su afición (la pintura) que pareciera poder aplicarse a otras cuestiones.
Al mismo tiempo hay en Siempre es tarde una historia paralela, a la luz de la cual los mencionados personajes y sus actitudes pueden resignificarse. Un obrero que trabaja para el novio arquitecto de Eugenia sufre un accidente en su trabajo y sobrelleva la situación con una mezcla de dignidad y resignación: con sus intervenciones y las de amigos suyos –pescando, susurrando la Marcha Peronista, charlando en torno a penurias parecidas– la película procura balancearse dando lugar, ocasionalmente, a otra mirada, a otro mundo que es el mismo de Eugenia y su gente pero distinto. Ese contrapunto no es lo suficientemente inquietante o convincente, si bien evidencia cómo cada uno sigue su camino casi predeterminado por su condición social, iguales todos en el presentimiento de estar cumpliendo con el sino pesimista que expresa el título del film.
Aunque uno de los trabajos más conocidos de Carroggio es un documental (El perro de Ituzaingó, 2016, sobre el cineasta independiente Raúl Perrone), a este cineasta treintañero le gusta indagar en las posibilidades de la ficción, como lo demuestran la ligeramente extravagante Sábado hawaiano (2010) y el astuto corto French y Beruti (2011). Aquí prueba algo distinto, interesado más en la tensión que generan conversaciones y silencios, con un marco formal sereno en el que asoman momentos inspirados (toques bressonianos en el accidente del obrero y la posterior “compensación”, bella composición de los planos a orillas del río). Finalmente, entre los valores de Siempre es tarde merece señalarse la expresividad de sus intérpretes principales María Eugenia Solana, Gustavo Maffei y Francisco Fissolo, que nunca ceden a énfasis costumbristas y con su sinceridad seducen noblemente al espectador.

Por Fernando G. Varea

Los juegos como refugio

thefloridaPROYECTO FLORIDA
(The Florida Project, 2017; Dir: Sean Baker)

Premiada por asociaciones de críticos de distintas ciudades del mundo e injustamente ignorada para los premios Oscar (apenas obtuvo una nominación por Mejor Actor), llega a las salas argentinas la nueva película de Sean Baker, el joven director neoyorkino que sabe mover con habilidad y frescura ciertas piezas habituales del llamado cine independiente, como lo ha demostrado en las anteriormente estrenadas Starlet (2012) y Tangerine (2015).
En este caso, sobre un guión escrito junto a Chris Bergoch, sigue los pasos de una traviesa nena que habita un hotel barato cerca de Disneyworld, junto a su joven madre. El objetivo de los guionistas es claro: en esa modesta residencia –algo así como la comunidad de El Chavo, más prolija y colorida pero con vecinos  conviviendo de manera igualmente ruidosa y hostil–, junto a una madre que parece no haber abandonado aún los desplantes propios de una adolescente sin responsabilidades, la niña encuentra en los juegos con sus amigos y su fantasía un escudo a los problemas que la rodean. En un momento asoma un arco iris, en otro un improvisado festejo de cumpleaños es interrumpido por providenciales fuegos artificiales: de esa manera, sin recurrir a efecto alguno, el film roza lo maravilloso.
A Baker le gusta inquietar con lo políticamente incorrecto, de hecho los chicos hablan y se mueven por la vida de manera tal que dejarían con la boca abierta a las abuelas de otros tiempos, y ni hablar de la madre, una tal Jancey (Bria Vinaite), desprolija y fumadora compulsiva, capaz de proponerle a su pequeña hija una competencia de eructos en un bar o de salir a buscar dinero sólo cuando le hace falta (y sin demasiados límites morales para conseguirlo). Desde ya, Jancey podría entenderse con los protagonistas de Starlet y Tangerine, repitiéndose aquí el retrato nervioso de personajes a veces irritantes pero más o menos queribles. En comparación con esa incómoda figura materna, resultan tranquilizadores los otros adultos, sobre todo el bienintencionado administrador del edificio (Willen Dafoe, de modales, tonos de voz y vestuario ajustados a su rol), que trabaja ayudado ocasionalmente por su hijo (Caleb Landry Jones, visto en ¡Huye! y Tres anuncios para un crimen).
Por momentos, Proyecto Florida parece El mago de Oz pasado por ácido. También una fábula concebida para discutir problemas y derechos de la niñez. En este sentido, pueden objetarse algunos facilismos: es raro que la nena (por lo que come y cómo lo hace) nunca tenga un malestar, que (por las reacciones inmaduras de su madre) tampoco tenga berrinches ni que (con lo lista que es) le haga reproches.
Lo bueno, en definitiva, es lo que el director hace con este material, sorteando el peligro de que se convierta en una mera sucesión de pequeñas anécdotas: le imprime toda la gracia de la pequeña Moonee (Brooklynn Kimberly Prince, tan encantadora como hiperquinética) y sus amigos, que ríen, dialogan, lamen helados y rompen cosas como si el rodaje mismo hubiera sido, para ellos, realmente un juego. Sin dejar de actuar, claro: hay que ver sus caras cuando se empieza a saber que el fuego que encendieron en la chimenea de una casa abandonada trajo consecuencias. Sus ocurrencias divierten mejor que los enredos de cualquier comedia demasiado elaborada.
Baker aprovecha, por otra parte, la singular arquitectura de la zona, encuadrando los enormes comercios con forma de fruta o cuidando la paleta de colores, como si los chicos transitaran una gigantesca maqueta, insinuando su universo de fantasía. Hay planos generales cuando se busca generar esa sensación de estar dentro de un gran espacio lúdico, así como planos en movimiento para acompañar las idas y venidas por los pasillos del complejo o los caminos aledaños. Las decisiones del director parecen siempre acertadas, salvo en un final ligeramente efectista por su combinación de música, lágrimas, personajes ajenos al complejo habitacional actuando de manera algo imprudente (no conviene aclarar de quiénes se trata) y una moraleja algo forzada. En Tangerine también había una secuencia emotiva (la de la protagonista cantando en un bar), pero era menos demagógica.
Finalmente, cabe destacar que Proyecto Florida atesora un valor que suele escasear en el cine de ficción contemporáneo: crea un mundo propio, logrando que los espectadores formemos parte de él por casi dos horas.

Por Fernando G. Varea

https://a24films.com/films/the-florida-project

Producciones santafesinas en el BAFICI

Una nueva edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) se acerca y como siempre, procurando dar difusión a las producciones audiovisuales realizadas en el ámbito de nuestra provincia, en Espacio Cine queremos destacar el puñado de rosarinos y santafesinos que estarán allí, siendo parte del seductor banquete cinéfilo que viene repitiéndose –con variantes y a pesar de algunos altibajos– desde hace veinte años. Entre homenajes a John Waters y Phillip Garrel (con la presencia de ambos), la exhibición de los nuevos films de Hong Sang-soo, Michael Haneke, Abel Ferrara, Wes Anderson, Christian Petzold, Fernando Pino Solanas, Juan Villegas, Albertina Carri y otros, el rescate en copias restauradas de clásicos como El monstruo de la laguna negra, El bueno, el malo y el feo y El desprecio, dentro de una programación amplia y diversa, en el evento que se desarrollará entre el 11 y el 22 de abril asomarán dos largometrajes y dos cortos realizados por jóvenes cineastas de nuestra provincia.
En la Competencia Latinoamericana estará Tito (2018), largometraje escrito y dirigido por Esteban Trivisonno. Comparado por Álvaro Arroba en el catálogo del festival con el Bela Lugosi del Ed Wood de Tim Burton, el Tito del título es el actor rosarino Tito Gómez  (visto en Ilusión de movimiento, El asadito y otras), a quien cinco estudiantes eligen para retratar en un documental, tarea que se les complica ante el narcisismo y desvaríos de la estrella. Realizada con actores y técnicos rosarinos, Tito tiene fotografía de Lucas Ponce Tesido y música de Pablo Crespo. Trivisonno estudió en la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario, es docente y actor, fue guionista y director del ciclo televisivo documental Locura de clown (2014, ganador de Espacio Santafesino), coguionista de la serie web Postres (2015) y asistente de dirección de varias producciones locales dirigidas por Elena Guillén, Pablo Romano, Santiago King, Héctor Molina y otros.
En la sección Derechos Humanos –en la que el año pasado participó Triple crimen, de Rubén Plataneo–, compite Mekong-Paraná: los últimos laosianos (2018), con guión y dirección del santafesino Ignacio Javier Luccisano, música también de Pablo Crespo y fotografía de Martín Turnes (ganador de un Cóndor de Plata como director del documental Pichuco). La película acompaña a una familia desde el Laos atravesado por la guerra en 1978 hasta Tailandia y de allí –por circunstancias fortuitas– a un humilde pueblo del interior de Santa Fe. Según escribió Marcela Gamberini en el catálogo, está “contada desde los gestos, las risas contagiosas, las lágrimas, los bailes, las confusiones del lenguaje”. Es el primer documental de Luccisano, que estudió en la FUC y codirigió (con Aníbal Martínez y Nadia Benedicto) el mediometraje El embolsadito (2007).
Otra producción local en competencia es el corto Yo, pasto de los leones (2018), escrito y dirigido por el santafesino Milton Secchi, con fotografía de Iván Fund (director de Toublanc y, entre otras, Los labios, junto a Santiago Loza) y la actuación de Sofía Brito, Cecilia Sosa y Gerónimo Bayúgar. A lo largo de veintitres minutos, Yo, pasto… expone las dificultades de una actriz quien, al dirigir un casting para un film sobre una inundación en Santa Fe, se enfrenta a los interrogantes que le plantean los distintos testimonios y su propia experiencia. Secchi estudió en la ENERC, ha sido montajista y asistente de dirección en varias producciones, y realizó los cortos Verano (2010), Lo-Fi (2011) y Donde no hay nada (2016), que compitieron en anteriores ediciones del BAFICI y en otros festivales.
También figura en la programación del BAFICI el corto El cumpleaños de Mora, realizado por el rosarino Juan Linch, que formará parte de la Muestra Argentina de Cortos. En apenas doce minutos, El cumpleaños de Mora imagina el alunado cumpleaños de una treintañera, con una visita inesperada que llega desde el más allá. Tiene fotografía de Patricio Carroggio (director de El perro de Ituzaingó), escenografía de Marlen Breuning, sonido de Santiago Zecca y música de Leo Serial. “Es un cortometraje fantástico”, nos dijo su realizador, guionista y productor tras haber ganado la convocatoria de Espacio Santafesino hace poco más de un año (en una nota que puede leerse aquí). Linch se formó como cineasta de manera autodidacta y filmó antes La vida en Marte (2014) y Campamento en el Centro de la Tierra (2015), cortos de humor asordinado y estilo rejtmaniano.
Finalmente, cabe agregar que en el marco del festival se verá Malambo: El hombre bueno (2017), que pasó por el Festival de Berlín de este año, dirigido por el cordobés Santiago Loza con participación de gente del medio de nuestra región, como el sancristobalense Iván Fund y el crespense Eduardo Crespo en la fotografía, y la casildense Lorena Moriconi en el sonido. Del mismo modo, vale señalar que el realizador de La vida que te agenciaste (2018, documental en torno a un grupo de poetas porteños en los años ’90) es el rosarino Mario Varela, quien estudió cine en Avellaneda.
Un dato significativo: Tito y El cumpleaños de Mora ya están programadas para una función especial el 11 de mayo en el Cine El Cairo, de Rosario.

Por Fernando Varea

Imágenes: Tito (Esteban Trivisonno), Yo, pasto de los leones (Milton Secchi) y El cumpleaños de Mora (Juan Linch).

http://festivales.buenosaires.gob.ar/2018/bafici/es/home

Toia Bonino: “Quise darle tiempo y espacio a esas historias que los noticieros cuentan en dos minutos”

Premiado en la última edición del BAFICI, Orione es un breve y singular documental sobre dos hermanos habitantes del barrio del conurbano bonaerense al que alude el título, que caen en la delincuencia. Como los espejos de un calidosopio, diferentes capas de esa historia van alternándose mientras Ana, la madre de los jóvenes, relata los hechos. La directora de Orione es Toia Bonino (Buenos Aires, 1975), licenciada en Artes Visuales y Psicología, discípula y alumna de Hernán Khourian, Claudio Caldini y Graciela Taquini. Unos días antes de su estreno oficial en la porteña sala Gaumont, hablamos con la realizadora aprovechando su paso por nuestra ciudad para participar de la 3ª Muestra de Documental de Creación de Rosario, que se llevó a cabo exitosamente en el CCPE.
– En Orione unís hechos, ideas, sensaciones, a través de diferentes planos generalmente fijos. ¿Por qué te interesó expresarte de esa manera, por qué elegiste ese camino?
– Mi única premisa es que quería contar los hechos desde distintos puntos de vista. Si bien está muy presente el relato de la madre y es la que lleva adelante la historia, el hecho de que aparezcan otros materiales pone eso un poco en contradicción. Y esos materiales son varios: imágenes de un noticiero, de un VHS familiar, el nene que está en la Cámara Gesell del Poder Judicial, el allanamiento policial. Más las cosas que grabo yo, que como decís son con cámara fija en su mayoría. Creo que la película es como un rompecabezas con piezas que no terminan de encajar del todo.  Hay un solo steady que sigue a un chico que está en la leonera del Poder Judicial, el resto son planos fijos que tienen que ver con una estética que puedo hacer sola y que me gusta.
– Algunos de esos planos parecen querer rescatar la belleza melancólica de ciertos lugares.
– Lo que pasa es que, si bien me interesaba contar una historia, como estudié Bellas Artes hay una cosa muy plástica, una búsqueda, no desde lo técnico sino en el encuadre. Me acuerdo cuando estuve grabando en la morgue: al principio me dio mucha impresión, iba en el auto un domingo a la mañana y pensaba ¿Por qué estoy haciendo esto? Después no voy a poder dormir… Hasta que me acostumbré y grabando ahí, en un momento, pasó uno de los médicos y le dije Quedate parado ahí, que el verde del ambo queda muy bien
– ¿Cómo llegaste a reunir esas grabaciones familiares?
– Los videos hogareños los tenía Ana, la mamá de los chicos, a quien conocí hace diez años cuando hice un documental llamado Manteles, donde a diferentes mujeres les preguntaba sobre los manteles. Cuando le pregunté a Ana me dijo que conservaba la servilleta que su hijo, que estaba muerto, había usado en la última Navidad. Y recordó que cuando había ido a visitar a la cárcel a su otro hijo, sin querer le había quemado el mantel con el cigarrillo y éste se enojó mucho. En la cárcel los manteles tienen un lugar muy importante, porque con ellos reciben a las visitas y los planchan debajo de los colchones. Cuando me contó la historia de sus dos hijos en aquél momento ya pensé en hacer esta película. Después me enteré que ella tenía este material en VHS. Antes de tener el subsidio del INCAA quería ver eso y Ana pagó la digitalización del material. Si pude acceder a su intimidad fue porque durante diez años mantuve un vínculo con ella. Me acuerdo que una vez fui a su casa con mis hijos, que tienen la misma edad de su nieto… Pero hay también muchas partes de otros materiales, que van al relato de Ana.
– ¿Por qué optaste por los primeros planos del hombre que habla en la cárcel?
– Hay dos primeros planos: el de este personaje, el Polaco, y el de Ana en un momento. Los dos tienen el mismo encuadre, muy cerrado. Respecto a incluir al Polaco, lo pensé un montón. Dudaba pero me encanta como personaje y, además, todo el tiempo plantea qué es lo legal y lo ilegal. Es lo que pasa en ese barrio: hay una construcción muy particular de la realidad allí. Decidí que se lo viera porque no quería que hubiera otra voz en off que la de Ana.
– Me llamaron la atención también los dos o tres planos de chicos muy vivaces hablando, incluyendo el que mencionaste antes.
– La idea de mostrar un nene que podría haber sido víctima de ellos viene a compensar el lugar de la madre. No quería que uno pensara solamente Pobre chico, lo mató la Policía. Las otras cosas iban pasando. Además quería incluir algo del cotidiano del barrio.
– Hay un par de frases en la película que desarman un poco porque están fuera de lo que uno espera escuchar.
– Creo que Ana es una mujer muy inteligente, que nunca ocultó lo que pasó con sus hijos. Entiende lo complejo de la situación. Hay partes que en la película no están, como cuando ella pidió ayuda porque su hijo se drogaba y nadie la ayudó: las falencias del Estado las nombra todo el tiempo, pero también dice Mi hijo tendría que haber estado preso. De hecho, ella misma cuenta que cuando entró la Policía a su casa sintió lo mismo que cuando le habían entrado ladrones.
– Es interesante que el film dispara interrogantes que van mucho más allá de si es más o menos culpable uno u otro. 
– Para mí es clave preguntarse qué podríamos haber hecho nosotros como sociedad, donde claramente el consumo marca qué sos y qué no sos. Y qué debe hacer el que tiene poco o que no puede acceder a las zapatillas que tienen los demás. ¿No es lógico que se enoje y que quiera incluso quitártelas? Esos chicos no construyeron otros deseos que no pasen por la plata. ¿Vos tenés poquito? Bueno, conformate mientras los demás tienen un montón. Es raro eso.
– ¿Por qué no das información sobre cuándo y por qué el joven le escribe a su madre esa carta tan emotiva cuyo texto aparece en un momento?
– La verdad que lo que quería hacer con la carta era conservar lo que tiene de documento. Por el mismo motivo, a las grabaciones en VHS no les puse música. La carta estaba escrita en papel y no quería manipularla. Podría haberla filmado a Ana leyéndola, pero no quería que apareciera en ninguna otra circunstancia que no sea haciendo la torta. De todos modos, él se refiere allí a su hijo que está por nacer, entonces da la pauta de cuándo y por qué fue escrita.
– ¿Por qué te interesó acompañar el relato con la preparación de la torta? 
– En algunos de los videos hogareños se los veía con tortas y Ana cocina muy bien. Me parecía que había algo ahí íntimo, doméstico y maternal. Por otro lado, estaba lo progresivo de hacer una torta, nunca sabés cuándo termina pero va avanzando. No quería la cara de Ana hablando ni tampoco una cosa más costumbrista.
– En algún punto, la película es como el registro de una confesión. No en el sentido policial sino el de descargar una experiencia personal.
– Cuando la conocí a Ana hace diez años ella ya empezó a hablar de esto. Su hijo había muerto cuatro años atrás y mi hermano también, dos años antes. La situación era muy distinta, ya que mi hermano había fallecido por una enfermedad, pero mi mamá al revés: no quería contar nada de su angustia. En Ana yo había encontrado una madre más dispuesta a hablar de la muerte de su hijo… Ahí hubo una especie de empatía. Además, me encanta el tono con el que habla Ana, construye una narración impecable. Y estaba muy permeable. Yo le dije Mirá que no va a ser la película que vos quieras ver sobre tus hijos y me dijo Bueno, vos hacé lo que quieras.
– ¿Qué pasó cuando Ana y su familia vieron la película terminada?
– Con Ana la vimos en una situación muy íntima. Fui a su casa, un día de mucho frío, y en su habitación nos pusimos a ver la película en la cama. Éramos Ana, yo y la hija de Ana, las tres tapadas con una frazada. La reacción inicial de ellas fue un poco neutra, a lo mejor porque no están acostumbradas a ver este tipo de documentales, pero después supe que la volvieron a ver solas y se conmovieron mucho más. La vieron también muchos chicos del barrio y les gustó. En el BAFICI fue una sorpresa, porque es el primer largo que hago, no estudié cine y no soy habitué del festival. Me gustó lo que me dijo un chico del público del BAFICI: Es alentador ver tu película porque pareciera que hacer cine es algo posible. La película fue al IDFA (Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam) y ahora me invitan a Londres en abril. El premio, indudablemente, abre posibilidades. De hecho, ahora estoy haciendo una continuación, llamada La sangre en el ojo, con la historia del hermano.
– Periodísticamente se menciona y se explota mucho el tema de la delincuencia en las grandes ciudades. ¿Qué mirada buscaste en tu película sobre eso?
– Creo que justamente lo que plantea es darle tiempo y espacio a esas historias que en los noticieros cuentan en dos minutos. En ese sentido, hay una posición en relación a la problemática. No juzgar ni estigmatizar a esos jóvenes, sino mostrar que detrás de esas noticias hay personas y vidas. Y llevar a preguntarnos qué hacemos antes de que esas vidas terminen en esa situación.

Por Fernando G. Varea

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Hugo Santiago y los invasores de Aquilea

Hoy falleció Hugo Santiago Muchnik, director de Invasión (1969), una de las grandes películas de la historia del cine argentino. Antes y después el realizador abordó otros proyectos valiosos en Argentina y Francia (donde vivió buena parte de su vida, llegando a ser asistente de Robert Bresson), pero su mayor obra es, sin dudas, este enigmático film que expone una Buenos Aires Aires cotidiana y a la vez mítica, rico en sus formas y significados, que ha sido revalorizado y minuciosamente estudiado con el paso de los años. Como homenaje, rescatamos una nota publicada en la revista Primera Plana dos meses antes de su estreno.