Hugo Santiago y los invasores de Aquilea

Hoy falleció Hugo Santiago Muchnik, director de Invasión (1969), una de las grandes películas de la historia del cine argentino. Antes y después el realizador abordó otros proyectos valiosos en Argentina y Francia (donde vivió buena parte de su vida, llegando a ser asistente de Robert Bresson), pero su mayor obra es, sin dudas, este enigmático film que expone una Buenos Aires Aires cotidiana y a la vez mítica, rico en sus formas y significados, que ha sido revalorizado y minuciosamente estudiado con el paso de los años. Como homenaje, rescatamos una nota publicada en la revista Primera Plana dos meses antes de su estreno.

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Las nueve piezas del juego

Los más entusiasmados por las nueve nominadas al Oscar a Mejor Película deben ser, seguramente, sus directores, productores, guionistas y actores, ya que el reconocimiento implica chances de conseguir mejor distribución y recaudaciones, de despertar mayor interés en el público y la crítica, e incluso de contar con más posibilidades de trabajo en el futuro. Para el resto, sobre todo si hablamos de gente medianamente cinéfila, la competencia entre las elegidas por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood no debería ser mucho más que un pasatiempo de alcance global (sobreviviendo a duras penas la lúdica disputa a la suerte de desfile de modas previo a cargo de las estrellas participantes, al que la TV viene dándole inusitada importancia en los últimos años). Si quisiera saberse qué fue lo mejor que el cine ofreció en 1982 o 1991 o 2008, por ejemplo, no sería buena idea revisar las películas candidatas al Oscar en esos años. Pero más allá del juego y yendo al grano: veamos qué valor le encontramos a las nueve bendecidas este año por la Academia.

  • Dos sobresalen por su madurez conceptual y fluidez narrativa. Aún siendo muy distintas, El hilo fantasma (Phantom Thread, escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson) y ¡Huye! (Get out, escrita y dirigida por Jordan Peele) podrían ser en el futuro referentes del mejor cine de estos tiempos, así como han perdurado Barrio Chino, The Truman Show, Perdidos en Tokio y algunas otras –no muchas– nominadas al Oscar de las últimas décadas. La de Anderson tiene la singularidad de ser una película con personajes adultos atravesando conflictos de adultos, destinada a espectadores adultos. Sin que ocurran hechos demasiado excepcionales a lo largo de poco más de dos horas, mantiene la tensión con gestos y detalles: una pausa dentro de un diálogo, una mirada cariñosa o desconfiada, una expresión de fastidio, son los elementos de los que se vale para retratar a un obsesivo modisto, su hermana y una joven que se convertirá –no sin dificultades– en su esposa, en la Londres de los años ’50. La trama podría haber conducido al despliegue de lujos de vestuario y escenografía, y sin embargo los vestidos sólo importan en tanto son parte del oficio del protagonista y sus ayudantes (a propósito: qué inusual es ver gente que trabaja, y con esfuerzo, en una película de ficción consagrada por Hollywood). La secuencia en la que el hombre se introduce en una fiesta de fin de año en busca de su amada es un ejemplo de cómo aludir a un evento rebosante de oropeles con la opulencia apenas asomando, casi de soslayo. La historia de amor de El hilo fantasma está cruzada de sospechas y hasta de malicia, sin que esto provenga de un enigma policial sino de los pliegues de la complejidad de los seres humanos. Su intensidad reside en lo que sienten y dicen (o callan) los personajes centrales, pero los intérpretes que les dan vida lo hacen de manera contenida, sin ceder nunca al desborde exhibicionista: por eso mismo, cuando por excepción alguno de ellos sube el tono de voz el espectador se sobresalta. Siempre inquieto, PTA realiza esta vez un film maravillosamente clásico, sobrio en sus formas y con sigilosos homenajes a Hitchcock. ¡Huye!, en tanto, es original y divertida, feroz y afilada: ya habíamos celebrado la aparición de esta ópera prima aquí.
  • The Post, los oscuros secretos del Pentágono (dirigida por Steven Spielberg sobre guión de Liz Hannah y Josh Singer), Llámame por tu nombre (Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino, con guión del veterano James Ivory), Lady Bird (escrita y dirigida por Greta Gerwig) y Dunkerque (Dunkirk, escrita y dirigida por Christopher Nolan) son películas estimables, a las que pueden objetársele algunos puntos. En The Post Spielberg dramatiza hechos ligados a la lucha de la prensa estadounidense por la libertad de expresión en los años ’70, con tal astucia que resulta un film de aventuras con héroes y villanos, metas loables, personajes forzados a adoptar difíciles decisiones (entrañable Meryl Streep) y logros de relevancia política obtenidos gracias a la fuerza de un equipo. Es un film vital, más allá de su verborragia y de que (al igual que ocurría con Spotlight, el film de Tom McCarthy ganador del Oscar tres años atrás) lleva a preguntarse si Hollywood abordará alguna vez el poder de los grandes diarios al servicio de algo turbio. Llámame por tu nombre y Lady Bird son películas sobre el crecimiento: sus protagonistas son adolescentes que maduran en medio de dudas, deseos y obstáculos, con la familia como marco ineludible. En Llámame por tu nombre se trata de un pibe que se siente atraído por el joven ayudante de su padre, en un verano de 1983, mientras disfruta de soleadas jornadas en la casa de campo familiar. La película juega sagazmente a despertar sensaciones de frescura y sensualidad, con la ayuda de una cálida fotografía y envolventes paneos. Hay planos en los que los personajes asoman en un costado o yéndose, como si tras la cámara hubiera alguien mirándolos sin invadirlos. La ambigüedad sexual de la pareja en cuestión y los gestos de indiferencia o resistencia que complican la relación conducen al film por carriles bastante imprevisibles: la espera, la inquietud, el descubrimiento, desvelan a los personajes y son los estados de ánimo que importan en Llámame por tu nombre. Entre los problemas de la película de Guadagnino están su música a veces melindrosa, el hecho de decorar el argumento con referencias al arte y el regodeo con ciertos placeres mundanos en esa casa (“heredada”, aclaran) que puede embelesar a los espectadores, imponiendo por sobre la melancólica historia de amor los discretos encantos de la burguesía. El progresismo, la calma y el lustre intelectual de los padres del chico de Llámame por tu nombre no los tiene, desde ya, la familia de Lady Bird, habiendo allí un primer mérito en la única película del conjunto dirigida por una mujer: se trata de gente de clase media, cuya felicidad encuentra barreras en sus necesidades económicas y encontronazos emocionales. Los vínculos de la joven protagonista con una madre poco complaciente, con una compañera de colegio y con otros personajes menores son el fuerte de esta comedia agridulce que no se pasa de lista ni señala a nadie con dedo acusador. Con algunos momentos mejores que otros, Lady Bird tiene ese brío que el cine estadounidense consigue ocasionalmente cuando sabe reunir intérpretes simpáticos y competentes (Saoirse Ronan, Laurie Metcalf), enredos bien pensados, ironías cordiales y escenas discretamente emotivas. Sin dejar de ser un cine de fórmula –incluyendo el consabido repertorio de canciones pegadizas en su banda sonora–, compensa sus convencionalismos con encanto suficiente. Por su parte, ambiciosa y potente, Dunkerque es otra muestra de la brillantez técnica y solemnidad de su director, de la que nos hemos ocupado oportunamente aquí.
  • Firmes candidatas a llevarse algunos de los principales premios, Tres anuncios por un crimen (Three billboards outside ebbing, Missouri, escrita y dirigida por Martin McDonagh) y La forma del agua (The shape of water, dirigida por Guillermo del Toro sobre guión escrito por el propio del Toro junto a Vanessa Taylor) cimentan su atractivo en estructuras demasiado calculadas. El film protagonizado por la gran Frances McDormand (sobre el que ya habíamos escrito aquí) manipula pizcas de drama, humor y violencia sin llegar a otra meta que la de ofrecer un divertimento intenso y eficaz, deslizando temas conflictivos mientras va desentendiéndose de los mismos. Con disposición de vodevil, empalma sorpresas sin que un sentido último las eleve hacia un fin noble. Algo similar ocurre con La forma del agua, cuyo eje parece una suerte de Amélie enamorada de uno de los humanoides de Avatar, en el contexto de la Guerra Fría en los años ’60. La gracia del film de del Toro depende de una serie de operaciones calibradas para gustar: personaje indefenso con pasado de desprotección (Sally Hawkins) enfrentado a seres malévolos (Michael Shannon) y contando con el afecto de amigos bonachones (Richard Jenkins, Octavia Spencer), un amor resistido, guiños al cine de los ’50, moralejas con consenso, persecuciones y toques fantásticos. La creación de un mundo existente sólo en la película es resultado de un trabajo minucioso y visualmente seductor, aunque concebido con un diseño artificioso que recuerda la obra de los franceses Jeunet y Caro (Delicatessen). Asimismo, el hecho de introducir al espectador en un clima de fábula puede agradecerse, pero –a pesar de algunos desnudos y momentos sádicos, característicos del cine de del Toro– La forma del agua no puede desprenderse de un aniñamiento que no tiene que ver específicamente con su carácter mágico, sino con el simplismo con el que han sido elaborados personajes, diálogos y resoluciones. Tres anuncios por un crimen y La forma del agua parecen golosinas más que películas, obras construidas con buenos materiales que brillan por separado, resultantes de un guión ingenioso y de un lustroso andamiaje estético respectivamente.
  • Finalmente, Las horas más oscuras (Darkest Hour, guión de Anthony McCarten, dirección de Joe Wright), es la típica recreación de hechos y figuras de la Historia (en este caso, el rol de Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial) resuelta de manera plana y con rústico criterio didáctico. Fechas sobreimpresas, exaltados discursos, frases perspicaces y predecibles textos en el desenlace (contando cómo continuaron los acontecimientos) enmarcan la rutinaria dramatización, con Churchill como una especie de showman moviéndose entre haces de luz. En cine, hay muchas maneras de hacer que los pormenores de una guerra interesen al espectador poco informado: Las horas más oscuras acude a la cómoda táctica de darle relevancia al personaje de una joven secretaria, a quien el Primer Ministro británico le explica cosas con pedagógico paternalismo. Encarnando a Churchill, Gary Oldman vuelve a demostrar que es un actor dúctil, aunque lo suyo aquí no supera los excelentes trabajos interpretativos de Timothée Chalamet en Llámame por tu nombre, Daniel Kaluuya en ¡Huye! y Daniel Day Lewis en El hilo fantasma. Argumento que poco importará a la hora de los premios, teniendo en cuenta la confusión entre actuación e imitación que suele advertirse entre los votantes de la Academia de Hollywood, así como su deslumbramiento por tics acompañados de disfraces, pelucas y maquillaje.

Por Fernando G. Varea

El cine de Hugo del Carril

Razonablemente considerado por algunos el acontecimiento cinematográfico del año, la exhibición en el MALBA de la totalidad de la obra de Hugo del Carril (1912/1989) como realizador –más una selección de sus trabajos como actor–, en 35 mm y en las mejores condiciones posibles, tiene un valor que quienes hemos estado en algunas de las funciones pudimos dimensionar claramente. El ciclo (organizado por Fernando Martín Peña) es un ejemplo de programación realizada con criterio, recupera la producción cinematográfica de uno de los artistas más importantes que hemos tenido en nuestro país y demuestra la fuerza que pueden tener buenas películas de otros tiempos exhibidas en pantalla grande, tal como fueron pensadas. Celebrando el evento, compartimos una entrevista a del Carril publicada en mayo de 1985 en la revista Humor Nº 150.

http://www.malba.org.ar/evento/hugo-del-carril/

Más guión que película

TRES ANUNCIOS POR UN CRIMEN
(2017, Three billboards outside ebbing, Missouri; dir: Martin McDonagh)

Perturbada ante la inactividad de las autoridades por el crimen de su hija, una mujer paga para que tres olvidados carteles al costado de la ruta lleven impresos los textos Violada mientras moría. ¿Todavía ninguna detención? ¿Cómo es posible, jefe Willoughby?, causando revuelo y sacudiendo la rutina del pueblo. Así comienza este film del dramaturgo y ocasional realizador Martin McDonagh, pero a no confundirse: no se trata estrictamente de un drama sobre la lucha de una madre incomprendida, sino de un cuadro de situaciones tragicómicas con más sorpresas que verosimilitud.
En principio, la dama en cuestión no es interpretada por Meryl Streep sino por esa encantadora mezcla de mujer fuerte con payaso desencantado llamada Frances McDormand: la actriz de Fargo (1996) y Casi famosos (2000) le imprime a su Mildred un tono belicoso pero con esas comunicativas miradas y mohínes tan suyos. Parece resignada hasta que estalla, desmoronada hasta que descerraja una ironía, comprensiva hasta que empieza a arrojar insultos (y alguna otra cosa). Su imagen de madre atravesada por el dolor de la pérdida se alivia con esas graciosas reacciones y trastabilla imprevistamente con un flashback que trae a la memoria una situación incómoda, aunque los cambios de registro no terminan en ella: el jefe de policía se muestra honestamente preocupado por su caso pero está enfermo (Woody Harrelson), un joven oficial que bravuconea ingenuamente termina siendo más peligroso de lo que parece (Sam Rockwell en una de esas composiciones esforzadas y extrovertidas que suelen gustar en Hollywood), un amigo enano resulta inesperadamente susceptible (Peter Juego de tronos Dinklage), y podría seguirse.
Ese afán de McDonagh como guionista por hacer de la historia una sucesión de vueltas de tuerca permite que su film luzca dinámico, animado, divertido. Aún con un trágico punto de partida, entretiene y hasta hace reír gracias a diálogos avispados, enredos y descargas de violencia verbal y física. El problema es que esa estructura sembrada de sobresaltos tiene mucho de antojadizo, como si los personajes fueran marionetas moviéndose en función del efecto sorpresa. También otras películas, por ejemplo Lady Bird (2017, Greta Gerwig), se sostienen por las astucias del guión y una atractiva galería de personajes –ingredientes muy propios de las ficciones televisivas, por otra parte–, pero aquí el impacto pareciera importar más que nada, como si detrás de Tres anuncios por un crimen hubiera un autor intentando pasarse de listo.
Entre sus méritos, no es menor el hecho de sugerir una sociedad estadounidense marcada por el racismo, la incompetencia y la brusquedad, junto a aislados gestos de solidaridad.

Por Fernando G. Varea

http://www.foxsearchlight.com/threebillboardsoutsideebbingmissouri/

Méritos sin fronteras

Tal vez alguien piense que el hecho de que una película francesa tenga como protagonista a un actor argentino (como ocurre con la recientemente estrenada 120 pulsaciones por minuto, cuyo personaje principal es interpretado por Nahuel Pérez Biscayart) puede ser un hecho excepcional. Sin embargo, han sido muchos –y por distintos motivos– los actores y actrices que han hecho cine en Estados Unidos y Europa a lo largo de los años. Sin ánimo exhaustivo, proponemos recorrer ese largo camino de rostros y voces que trascendieron más allá de nuestras fronteras.

    • Ya en los comienzos del cine sonoro, Carlos Gardel filmó en los estudios Joinville de París para la Paramount Las luces de Buenos Aires (1931), a la que siguieron otras siete películas, en algunas de las cuales intervinieron Sofía Bozán, Pedro Quartucci, Tito Lusiardo, Gloria Guzmán, María Esther Gamas y Vicente Padula (quien formó parte, a su vez, de numerosos films españoles, mexicanos y estadounidenses, llegando a trabajar para Jean Negulesco y Anthony Mann, entre otros). En los años ‘30, el también actor y cantante de tangos Agustín Irusta actuó en dos producciones españolas y Azucena Maizani cantó en la producción de RKO hablada en castellano Di que me quieres (1938, Robert Snody).
    • Mucho antes de encarnar a la abuela de Camila (1984, María Luisa Bemberg), Mona Maris fue actriz de numerosos films en Francia, Alemania y EEUU: Michael Curtiz, John Ford, Frank Borzage y George Marshall son algunos de los directores para los que trabajó. Otro argentino que tuvo una trayectoria relevante en Hollywood fue Carlos Thompson, quien, invitado por la actriz Ivonne de Carlo, viajó a EEUU en 1952, iniciando en ese país y en Europa una sucesión de trabajos cinematográficos que van desde Fort Algiers (1953, Lesley Selander) hasta La vie de chateau (1965, Jean Paul Rappeneau). También Paul Ellis hizo carrera en Hollywood, trabajando junto a Clark Gable, Jean Harlow, Rita Hayworth, Greta Garbo y otros, en tanto Amanda Varela (hermana de Mecha Ortiz) intervino en cuatro películas hollywoodenses en aquéllos tiempos.
    • Dejando de lado los casos de los nacidos aquí que, por diferentes circunstancias, lograron desarrollar exitosamente su vocación en el exterior (Imperio Argentina, Linda Cristal, Olivia Hussey, Berenice Bejo, Juan Diego Botto), merecen mencionarse varios que extendieron su campo de trabajo a EEUU y Europa. Fernando Lamas, galán promocionado por la Metro Goldwyn Meyer como “el Clark Gable latinoamericano”, actuó junto a estrellas como Lana Turner y Elizabeth Taylor (sumando experiencias como guionista y realizador). Jorge Rigaud actuó en más de 150 producciones extranjeras, incluyendo algunas dirigidas por René Clair, Max Öphuls, Henry Hathaway, Claude Chabrol y Giuliano Montaldo. Alba Arnova fue la estatua que cobra vida en Milagro en Milán (1951), el célebre film de Vittorio de Sica, director para el que también trabajó en una oportunidad Nedda Francy. Roberto Airaldi y Osvaldo Miranda participaron de Los vengadores (1950, John H. Auer) y Berta Singerman, después de dar una serie de recitales de poesía en Estados Unidos, fue invitada a protagonizar un largometraje para la Fox.
    • Hubo quienes filmaron con frecuencia en México: Libertad Lamarque (quien filmó más de cuarenta películas en ese país incluyendo Gran Casino, dirigida por Luis Buñuel), Laura Hidalgo, Niní Marshall, Tita Merello, Francisco Petrone, Juan Carlos Thorry, Susana Freyre, Nelly Edison, Amanda Ledesma, Alicia Barrié, Ana María Campoy, Pepe Cibrián, Luis Aldás, Gogo Andreu, Bertha Moss, Pepe Iglesias, Raúl Astor, Juan Verdaguer, Rosita Quintana, Jorge Salcedo, Zulma Faiad y Marcela López Rey, entre otros. En algunos casos, la necesidad de tomar distancia del peronismo que gobernó en los ‘40/’50 era el motivo de la búsqueda de oportunidades allí.
    • La fama ganada en el mercado hispanoamericano permitió que algunos fueran contratados para hacer cine en España. Fue el caso de Hugo del Carril, convocado en 1950 para realizar y protagonizar El negro que tenía el alma blanca (antes había actuado en tres películas mexicanas). Al actor Carlos Estrada el éxito obtenido con La tía Tula (1964, Miguel Picazo) determinó que le siguieran otros cuarenta largometrajes en España (también su mujer Erika Wallner se desempeñó como actriz en algunas películas españolas).  Mabel Karr participó de una docena de proyectos cinematográficos incluido El coloso de Rodas, de Sergio Leone. Elisa Christian Galvé compuso el principal personaje femenino de Cómicos, de Juan Antonio Bardem. Delia Garcés fue actriz de dos películas en México incluyendo El, de Luis Buñuel, y una en España. Alfredo Alcón actuó en Jandro y Cartas de amor de una monja. Analía Gadé fue, a partir de los años ’50, una de las actrices más populares en España: entre las cuarenta películas para las que trabajó figuran Mi profesora particular y Las largas vacaciones del 36, ambas dirigidas por Jaime Camino y en la primera junto a Joan Manuel Serrat. Otros fueron Alberto Berco (quien también intervino en algunas producciones inglesas y estadounidenses), Alberto Dalbes (actuó en más de cuarenta películas), Luis Dávila (participó de numerosas producciones en los ’60), Zully Moreno (en España y en México), Mecha Ortiz (con un único largometraje, Sangre en Castilla), Mirtha Legrand (cuyo protagónico en Doña Francisquita en 1952 fue su única actuación en cine en color), Susana Campos (tras acompañar la presentación en Cannes de Rosaura a las diez fue convocada para actuar en varias producciones españolas), Pepita Serrador, Amelia Bence, Pedro Maratea, Malvina Pastorino, Olga Zubarry, Mariano Vidal Molina, Joe Rígoli, Ana Marzoa, Mirta Miller, Nené Morales, Norma Sebré y Hugo Pimentel.
    • La femme fatale de los primeros años del sonoro en Argentina, Tilda Thamar, fue intérprete central de una veintena de películas en Francia, España, Alemania e Inglaterra. Con la ayuda del director y productor Hall Bartlett –su marido desde 1958–, Ana María Lynch logró actuar en dos producciones hollywoodenses, Los invictos y Almas en tinieblas, compartiendo responsabilidades con Alan Ladd, Joan Crawford y otros grandes. Narciso Ibáñez Menta tuvo un primer contacto con Hollywood en épocas del cine mudo y más tarde actuó en varias películas españolas. Alberto de Mendoza fue parte de más de cincuenta películas en México y Europa, incluyendo algunas dirigidas por Claude Sautet, Mario Camus y Lucio Fulci. Susana Mayo participó en siete películas españolas en los ’70 y posteriormente en una italiana (Isola alla deriva). Luis Sandrini actuó en varias películas en México y España, en una de ellas (Maldición gitana) junto a su hermano Eduardo, así como Guillermo Murray fue director, guionista y actor de varias películas en ambos países. Tras viajar a Europa en 1957, Milo Quesada fue actor de reparto en Rey de reyes (1961, Nicholas Rey), El desierto rojo (1964, Michelangelo Antonioni) y otras producciones españolas e italianas, algunas dirigidas por Marcel Ophüls, Claude Chabrol, Mario Bava y Sergio Corbucci. Alejandro Rey actuó en varias producciones europeas, incluyendo  Salomón y la reina de Saba (1959, King Vidor, rodada en España), cumpliendo más tarde roles secundarios en films estadounidenses.
    • Entre los que tuvieron suerte en Italia se encuentran Nino Persello y Juan Carlos Lamas, quien actuó en nueve films, incluyendo Escándalo en Roma (1953, Steno-Mario Monicelli). Durante una estadía en Europa a mediados de los años ’70, el escenógrafo, productor y animador televisivo Eduardo Bergara Leumann logró intervenir –en roles menores o apenas como extra– en seis películas, entre ellas Casanova (1976, Federico Fellini) y Calígula (1979, Tinto Brass).
    • A algunos cómicos, bailarinas y vedettes, las giras con sus espectáculos les permitieron incursionar en el cine extranjero, como Diana Maggi, quien en los ’50 actuó para tres películas en España. Alfredo Alaria participó de un puñado de films españoles e italianos (incluyendo Diferente, en 1961 y sobre guión propio). Violeta Montenegro y Víctor Ferrari fueron responsables de las escenas de baile de Cleopatra (1963, Joseph Mankiewicz). Eber Lobato escribió y dirigió la producción estadounidense El grito de la mariposa (1965), protagonizada por Nélida Lobato. Ethel Rojo fue comediante y bailarina en varias películas mexicanas y españolas como Esa pícara pelirroja (1963), donde compartió una escena de danza con Antonio Gades, en tanto su hermana Gogó intervino también en cinco películas españolas. Libertad Leblanc tiene en su haber una decena de películas españolas y mexicanas.
    • La popularidad alcanzada por sus triunfos como boxeador llevaron a Carlos Monzón a actuar en dos películas en Italia: La cuenta está saldada (1976, Stelvo Massi) y El macho (1977, Mark Andrews), en ambas junto a Susana Giménez, su pareja de entonces. Otro boxeador argentino, Gregorio Goyo Peralta, participó también en una producción europea: Dinero sangriento (1975, Anthony Dawson).
    • En los ’70 tuvo su experiencia en el cine español Germán Kraus, en dos películas poco relevantes, en tanto algunos de sus colegas se vieron forzados a probar suerte en el cine europeo debido a la imposibilidad de trabajar en Argentina (prohibidos por la dictadura iniciada en marzo de 1976 o amenazados un par de años antes por la Triple A). Héctor Alterio, a partir de Cría cuervos (1975, Carlos Saura), se convirtió en un rostro habitual del cine español e italiano: algunas de las más de cincuenta películas en las que participó son Asignatura pendiente (1976, José Luis Garci), A un dios desconocido (1977, Jaime Chavarri) –por la que fue premiado en San Sebastián–, El crimen de Cuenca (1979, Pilar Miró) y Flesh + blood (1985, Paul Verhoeven). Marilina Ross viajó a España en 1976 para actuar en Parranda (Gonzalo Suárez) y en un film de Manuel Gutiérrez Aragón del que finalmente desistió (siendo sustituida por Ángela Molina), protagonizando luego otras cinco películas. Norman Briski fue parte de cinco proyectos cinematográficos en España, incluyendo la nominada al Oscar Mamá cumple cien años (1979, Carlos Saura). Luis Politti también actuó en una docena de films en ese país, donde murió en 1980. Cipe Lincovsky actuó en Luto riguroso (unos años antes había sido parte de la producción alemana La Tomasa) y, del mismo modo, el uruguayo Walter Vidarte, Martín Adjemián, Raúl Fraire, Zelmar Gueñol, Norma Bacaicoa, Sara Bonet y Zulema Katz tuvieron intervenciones en el cine español en esos años.
    • A Norma Aleandro no le resultó fácil ser tenida en cuenta por el cine europeo en ese período, pero tras la repercusión internacional de La historia oficial (1984, Luis Puenzo) comenzó a ser convocada para distintos proyectos en el extranjero: así actuó junto a Liv Ullman en Gaby, una historia verdadera (1987, Luis Mandocki) –labor por la que estuvo nominada al Oscar– y con Anthony Hopkins en el telefilm Un hombre en guerra (1990, Sergio Toledo), y fue dirigida por Joel Shumacher (Un toque de infidelidad) y James Ivory (La ciudad de tu destino final). Siendo muy joven, después de actuar en un par de films argentinos, Cecilia Roth viajó a España con sus padres continuando allí su profesión, trabajando para  Iván Zulueta en el film de culto Arrebato (1979) y para Pedro Almodóvar en varias de sus películas (entre ellas Todo sobre mi madre, ganadora de un Oscar), además de actuar en la serie televisiva Luisa Sanfelice (2004), dirigida por los hermanos Taviani. También Darío Grandinetti fue actor de Almodóvar en Hable con ella (2002) y Julieta (2016), tras haber incursionado en el cine español en 1998 (El día que murió en silencio); una de las más recientes producciones europeas de las que participó es la italiana Sleeping around (2008, Marco Carniti).
    • En 1988 Pepe Soriano encarnó a un doble de Franco en Espérame en el cielo (Antonio Mercero), trabajando ocasionalmente en otras producciones españolas. Pablo Alarcón actuó en Enemistad, largometraje italiano dirigido por Gianfranco Cabiddu. Otras intervenciones de actores argentinos en el cine italiano de esos años fueron las de Tino Pascali en Giovanni Falcone (1992, Giuseppe Ferrara) y Salo Pasik en El ángel con la pistola (1992, Damiano Damiani). A Arturo Bonín pudo vérselo en la película española Amanece que no es poco (1989, José Luis Cuerda) y a la modelo Daniela Cardone en Operación Gónada (2000, Daniel Amselem). Marilú Marini intervino en Molière (1978, Arianne Mnouchkine) y otras seis películas francesas. Héctor Malamud también actuó en dos largometrajes franceses en los ’80, así como Iris Marga fue convocada a los noventa años para actuar en un film de Fabio Carpi (El amor necesario). Por su parte, el cómico Jorge Porcel tuvo la oportunidad de actuar bajo las órdenes de Brian de Palma y junto a Al Pacino en Carlito’s way (1993). El recientemente fallecido Federico Luppi fue otro de los actores argentinos más convocados para hacer cine en el exterior, actuando para el mexicano Guillermo del Toro en Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), y para el estadounidense John Sayles en Hombres armados (1997), interpretación por la que fue nominado al Globo de Oro [sobre la trayectoria de Luppi nos hemos ocupado más detenidamente aquí].
    • Un caso singular fue el de Mía Maestro, quien después de participar en la coproducción Tango (1998, Carlos Saura) continuó trabajando en España. Algo similar le ocurrió a su compañero en dicha película Miguel Ángel Solá, quien comenzó a frecuentar películas españolas como La playa de los galgos (2002, Mario Camus) y Tiovivo c. 1950 (2004, José Luis Garci). En El corredor nocturno (2009, Gerardo Herrero), Solá compartió los roles principales con Leonardo Sbaraglia, quien a partir de Intacto (2001, Juan Carlos Fresnadillo) –donde actuó junto a Max Von Sydow– intervino en más de veinte películas en España. Cecilia Dopazo formó parte de Territorio comanche (1997, Gerardo Herrero) con Gastón Pauls, quien fue parte también de Che: Guerrilla (2008, Steven Soderbergh).
    • Guillermo Francella actuó en la mexicana Rudo y cursi (2008, Carlos Cuarón) y la española ¡Atraco! (2012, Eduard Cortés), donde lo acompañaron Nicolás Cabré y Daniel Fanego. Cabré trabajó, asimismo, en Sólo para dos (2013, Roberto Santiago), así como Fanego en Los condenados (2009, Isaki Lacuesta) junto a los argentinos Leonor Manso, María Fiorentino, Arturo Goetz, Juana Hidalgo y Nazareno Casero. Rodrigo de la Serna fue tentado para actuar en Hollywood después de encarnar a Alberto Granado en Diarios de motocicleta (2004, Walter Salles) –por la  que ganó un Premio Independent Spirit y estuvo nominado al Bafta– y en 2016 protagonizó la miniserie televisiva Llámame Francisco, dirigida por el italiano Daniele Luchetti. Mercedes Morán integró las producciones españolas Remake (2006, Roger Gual) y Neruda (2016, dirigida por el chileno Pablo Larraín), en tanto el popular Ricardo Darín actuó en España en películas como La educación de las hadas (2006, José Luis Cuerda), Truman (2015, Cesc Gay) y Todos lo saben (2018), esta última dirigida por el iraní Asghar Farhadi (ganador de dos premios Oscar).
    • Rodrigo Guirao Díaz fue parte de algunos telefilms en Italia y un par de películas españolas, en una de ellas (La noche después de que mi novia me dejara) junto a Chino Darín, quien también fue dirigido por Fernando Trueba en La Reina de España. Lola Ponce actuó en dos producciones italianas (una de ellas dirigida por Sergio Castellito) y Beatriz Spelzini en una italiana y otra alemana (aunque rodada en Buenos Aires).
    • La reseña culmina con Nahuel Pérez Biscayart, quien debutó en el cine francés después que Benoit Jacquot viera en Cannes La sangre brota (2008, Pablo Fendrik): de esa manera obtuvo un papel en En lo profundo del bosque (2010), alternando posteriormente trabajos en Canadá, Reino Unido, Alemania, España, Italia, Bélgica, México y Brasil. En Grand Central (2013, Rebecca Zlotowski) fue uno de los intérpretes centrales junto a Tahar Rahim, Léa Seydoux y Olivier Gourmet. Su celebrada actuación en 120 pulsaciones por minuto –vital y severo ejercicio de militancia en torno a los derechos de los enfermos de HIV– resulta un ejemplo más de nuestro talento de exportación.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: Carlos Gardel en El tango en Broadway (1934, Louis J. Gasnier), Carlos Thompson en Fort Algiers (1953, Lesley Selander), Libertad Lamarque en Gran Casino (1946, Luis Buñuel), Carlos Estrada en La tía Tula (1964, Miguel Picazo), Analía Gadé y Joan Manuel Serrat en Mi profesora particular (1973, Jaime Camino), Mirtha Legrand en Doña Francisquita (1952, Ladislao Vajda), Alberto de Mendoza en Una lagartija con piel de mujer (1971, Lucio Fulci), Héctor Alterio en Cría cuervos (1975, Carlos Saura), Marilina Ross en Parranda (1976, Gonzalo Suárez), Liv Ullman y Norma Aleandro en Gaby, una historia verdadera (1988, Luis Mandoki), Jorge Porcel y Al Pacino en Carlito’s way (1993, Brian de Palma), Federico Luppi en Cronos (1993, Guillermo del Toro), Cecilia Roth en Todo sobre mi madre (1999, Pedro Almodóvar), Darío Grandinetti en Hable con ella (2002, Almodóvar) y Nahuel Pérez Biscayart en 120 pulsaciones por minuto (2017, Robin Campillo).
– Para esta nota fue consultado el libro de Mario Gallina De Gardel a Norma Aleandro / Diccionario sobre figuras del cine argentino en el exterior (Corregidor) –

Fernando Birri y el caso “Los inundados”


inudConfirmé la vigencia de Los inundados (1961) cuando volví a verla con atención en 2003, para escribir –a pedido del amigo Alejandro Hugolini– sobre la trágica inundación que afectó la ciudad de Santa Fe y alrededores, durante la gobernación de Carlos Reutemann (la nota, que puede leerse aquí, fue publicada en Rosario/12 el 28/5). Al año siguiente tuve oportunidad de asistir a la charla que su director, Fernando Birri, ofreció en el salón de actos de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario, en la que había sido cálidamente recibido por un auditorio numeroso, formado en su mayor parte por estudiantes de cine y de dicha universidad, dispuestos a escuchar con más curiosidad que admiración a quien probablemente conocían muy poco. En esa tarde calurosa, pidió permiso para sacarse su saco y su proverbial sombrero antes de referirse a la apertura de una nueva Escuela de Cine en Santa Fe: “Abramos el zoom con una lente por lo menos nacional –propuso–, mejor si es latinoamericana y, mejor aún, si es una lente cósmica”. En un momento reconoció que sus años vividos (79) no lo convertían en oráculo: “Un niño de cinco años puede expresarse con más sabiduría y más libertad que un viejo”, expresó.
Ayer, este artista santafesino viajero y luchador falleció en Roma, a los 92 años, dejando una obra repartida en distintos países, épocas y disciplinas (cine, poesía, ensayo, pintura), por lo que resulta casi inabarcable y seguramente merecedora de algo mejor que rápidos panegíricos, más allá del indiscutible valor del mediometraje documental Tire dié  y el largo de ficción Los inundados como gérmenes de un cine latinoamericano realista y crítico. En su homenaje rescatamos el análisis que Horacio Verbitsky publicaba en la revista Tiempo de Cine Nº 13 (marzo de 1963) sobre cómo el Instituto Nacional de Cinematografía desestimaba Los inundados mientras era buscada y valorada en el exterior.

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