Lazos humanos para sobrevivir

FIRST COW 
(2019; dir. Kelly Reichardt)

Un hallazgo en un espeso bosque dispara la historia, que se remonta a dos siglos atrás: espacios naturales como ése permiten que la acción pueda pasar de una época a otra casi sin que el tránsito provoque sobresaltos. La directora no subraya la elipsis con música ni efecto alguno, apenas algunas señales van demostrando que –después de esos primeros minutos, y como se irá confirmando con unos pocos datos desprendidos de los diálogos– la historia transcurre en Oregon, Estados Unidos, hacia 1820. No conviene anticipar demasiado aquí, ya que de la delicadeza con la que van progresando los hechos depende la seducción que ejerce la película, pero puede decirse que un encuentro fortuito entre dos hombres jóvenes los marcará a ambos. Uno es huérfano, de modales resignados, se hace llamar Cookie y transmite una entrañable sensación de desamparo gracias a la presencia y la mirada de John Magaro (actor con varios trabajos televisivos y cinematográficos en su haber, incluyendo el novio fotógrafo de Rooney Mara en Carol). El otro, King-Lu (Orion Lee) está también a la deriva aunque parece menos temeroso y más emprendedor. “No soy indio, soy chino” le aclara a quien se convertirá en su compañero de penurias, y el dato no es menor ya que First cow gira, en buena medida, sobre el entendimiento y la cooperación entre seres humanos que buscan sobrevivir pese a todo.
En algún punto, el film de Reichardt (realizadora estadounidense que estuvo presente en una edición del Bafici doce años atrás) puede verse como un recorte de la sociedad, representando a través de ambos personajes algo más general o universal, más allá del contexto histórico y geográfico: la necesidad de comer, de escapar del peligro, de encontrar amigos, de tener proyectos o ilusiones (hablan de establecer un hotel o una panadería) y de dejarse llevar por los recuerdos a los que puede conducir el saboreo de un simple pastel (alguien dice que le hace acordar a su madre, otro a Londres). Asimismo, la imposibilidad de Cookie y King-Lu de contar con los medios adecuados para llevar adelante satisfactoriamente un informal emprendimiento (la preparación y venta de buñuelos), así como la aparición de un terrateniente muy cordial mientras nadie quiera sacarle lo que es de su propiedad, exponen coordenadas que ordenan las leyes del mercado y desigualdades que vienen de lejos.
Como en otras películas de Reichardt (incluyendo Wendy y Lucy, la única que tuvo estreno comercial en Argentina), un clima de  mansedumbre y melancolía baña el relato, diluyéndose apenas cuando los personajes sonríen o Cookie le habla con cariño a la vaca que le provee la leche. Al tiempo que la verde exuberancia y los sonidos del paisaje se integran naturalmente a sus sensaciones, asoman sutilezas: una niña cargando un pesado balde con leche expresa el deseo de Cookie que se hará real y tangible más adelante, el bebé en la canasta que le dejan a su cuidado por unos instantes parece enfrentarlo con su infancia.
Cuando First Cow ingresa en su última media hora empieza a jugar con el suspenso. En su azaroso escape los amigos encuentran algunos gestos de solidaridad y se va acercando el triste pero hermoso final, ligado al comienzo (y en el que tal vez tenga algo que ver el pibe que había aparecido un rato antes, frustrado al no poder comprar los deseados buñuelos). Reichardt siempre se pone del lado del espectador: de hecho, situaciones dramáticas vividas por los protagonistas son cautamente eludidas. Y si en su película –que se estrenó en Estados Unidos unos días antes que las salas cerraran por la pandemia, y que afortunadamente ahora puede apreciarse en la plataforma Mubi– son poco relevantes los roles femeninos, Cookie (hábil cocinero) y King-Lu son más sagaces que fuertes, diferentes a muchos agresivos varones que los rodean. Dos hombres algo fuera de norma en ese entorno propio de un western pero, por encima de todo, dos amigos, dos personas, dos vidas.

Por Frnando G. Varea

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