Mirko Buchín: “Cada corto es un aprendizaje”

Aunque es respetado y querido por su fecunda trayectoria como actor, autor y director de teatro, Mirko Buchín es también un apasionado cinéfilo, frecuentemente convocado por realizadores jóvenes para actuar en cine: “Está un poco encasillado, lo llaman siempre para hacer de viejo”, bromea su hijo Marcos. Y aunque el Concejo Deliberante de Rosario lo declaró Ciudadano Ilustre en 2008 y, con 89 años, reúne antecedentes más que suficientes como para recostarse en su prestigio, continúa dispuesto a ampliar la lista de cortometrajes en los que participa, trabajos que –con conmovedor entusiasmo– va anotando pacientemente en un cuaderno. Méritos que nos llevaron a querer conversar con él, abriendo una serie de notas de Espacio Cine a personalidades valiosas vinculadas a la producción audiovisual local.
Nacido en Juan Bernabé Molina, pequeña localidad del sur santafesino, Buchín siempre recuerda cuando en CABA se estrenó una obra suya premiada por Argentores (La casa de Ula) y fue invitado a almorzar con Mirtha Legrand en el canal 9 de TV: al mencionar su lugar de origen, conmocionó a todo el pueblo. En ese bagaje de anécdotas quisimos ingresar, sin poder resistirnos a indagar también en sus impresiones como espectador durante años en funciones del Cine Club Rosario y el Madre Cabrini, o ahora como consumidor de Netflix y QubitTV: así, a lo largo de la charla, fueron surgiendo su devoción por Luchino Visconti, William Wyller y Akira Kurosawa; la permanente revisión de películas, algunas de las cuales considera que envejecieron (Rebelde sin causa, Jules y Jim, La noche americana) mientras que otras mantienen su lozanía (La pasión de Juana de Arco, de Dreyer); las discusiones que ha tenido por preferir a Jerry Lewis antes que a Woody Allen; ciertos veredictos que desliza provocadoramente, con vehemencia y una sonrisa (“Detesto la Nouvelle Vague”, “Isabelle Huppert se ha transformado en una actriz insoportable”, “Marlon Brando y la música de Gato Barbieri en Último tango en París me resultan intolerables”, “Parasite me pareció falsa y efectista”). Tampoco se priva de recuerdos u opiniones categóricas cuando se le pregunta sobre cine argentino: “A mis alumnos de teatro les decía que la actuación de Enrique Muiño en Donde mueren las palabras es todo lo que no debían hacer, sin dejar de admitir que era un actor con estilo propio que todavía emociona, aunque la forma sea perimida”; que lo mejor de Mario Soffici como director no es Prisioneros de la tierra sino Viento Norte; que la mejor película del cine argentino tal vez sea Puerta cerrada, de Luis  Saslavsky; que Hugo del Carril fue uno de nuestros mejores directores y el comienzo de Más allá del olvido es magistral; que adoraba a María Duval y a Delia Garcés; que El secreto de sus ojos “no es cine sino TV, salvo la escena en el estadio de fútbol”; que le gustó mucho El camino de San Diego (Carlos Sorín); que debería volver a ver El aura (Fabián Bielinsky), “bien filmada pero demasiado hermética”; que lo mejor que hizo Lucrecia Martel (que le parece “pedante”) es su corto Rey muerto.
– ¿Cómo fuiste integrándote al ambiente cultural rosarino?
– Un día fui con mis hermanos, primos, padres y tíos a una función de circo en Godoy, un pueblo vecino. En la segunda parte del espectáculo se representaba una obra de teatro y, en un momento, el acomodador me llamó: Dice tu tía que vengas conmigo porque te necesitamos en el escenario. Yo tendría 5 o 6 años. Mi tía sabía que yo era histriónico: debo tener todavía una página central del Billiken del año treinta y pico con las banderas del mundo, que yo se las decía de memoria. En el circo estaban buscando un chico para que hiciera un pequeño papelito y mi tía me llevó. Uno de los actores, detrás del telón, me dijo Vas a entrar y cuando yo te pregunte qué querés ser cuando seas grande, decime Quiero fumar como mi papá. Entre los actores había una mujer totalmente vestida de negro, de luto riguroso. Antes de salir a escena, en voz baja se divertían muchísimo, hasta que esta mujer salió a escena y se largó a llorar como una loca. Me impresionó eso: de la risa al llanto como si nada. Después actué en las veladas de la Sociedad Italiana del pueblo. Como no había secundario en Molina mis padres me mandaron a Rosario, donde estuve en casa de una señora que ayudaba a mi familia y que fue como una segunda madre para mí. Hice los dos primeros años en el Lasalle y el resto en el Nacional Nº2. Cuando mi tío y un hermano mayor comenzaron a gestionar un bar llamado Don Ángel, en San Nicolás y Tucumán, empecé a trabajar allí y en las historias de los clientes mamé la esencia del melodrama, uno de mis géneros favoritos. Mientras tanto estudiaba Filosofía y Letras en la facultad. Algunos libros de la biblioteca, de los que había un solo ejemplar, permitían sacarlos a la noche y devolverlos a la mañana, entonces yo los sacaba, estudiaba toda la noche y al día siguiente, antes de abrir el bar, iba en bicicleta a devolverlos. También había empezado a estudiar francés, con un libro de mi tío. Luego trabajé como secretario en el Consulado de España. Así fui conociendo a gente relacionada con el teatro, como Florencia Castagnino y Pedro Asquini, quien con su esposa Alejandra Boero dirigía Nuevo Teatro. De él conservo uno de los mejores elogios: cuando se estrenó El soldado de chocolate, de Bernard Shaw, en teatro circular, en el ya desaparecido Club Universitario, me encargaron la utilería y preparé billetes sumergiendo papel en té, haciéndoles dibujos con tinta china y acuarela; cuando los vio Asquini se sorprendió y dijo Con gente así va adelante un teatro. Ya en la segunda obra, La gaviota, hice un pequeño papel, aunque Chejov no tiene pequeños papeles sino papeles cortos.
– ¿Cuál fue tu primera incursión como actor en cine o TV?
– Dejando de lado Mamá es un tanque (1982), corto de Carlos Mandrini en cuya realización intervino también mi hijo Marcos, y que nunca se estrenó, lo primero que hice ante cámaras fue La noche del crimen (1987), un espectacular de una hora para TV dirigido por José María Cocho Paolantonio sobre cuento de Mateo Booz, con Pepe Soriano. Fue en Rincón, estuvimos varios días allí y salió muy bien. Fui aprendiendo la diferencia entre actuar en cine y en teatro. Vi muchísimo cine pero como actor sigo aprendiendo. En el primer episodio de Momento (2014), un corto que hice con Felipe Martínez Carbonell, debía sonreír y tenía un miedo espantoso, porque si en un teatro sonreís tímidamente no lo ve nadie, pero si en cine lo hacés exageradamente parecés Piñón Fijo… Ahora lo veo y me gusta porque supe hacerlo bien.
– De la década del ‘80 es tu trabajo como coguionista de Chechechela, una chica de barrio (1986, Bebe Kamín), sobre tu novela publicada quince años antes.
– La película no tiene nada que ver con el libro. Recuerdo que la mejor crítica que recibí de la novela fue de Angélica Gorodischer, que me mandó una carta que todavía conservo, contando que había ido al centro a comprarle algo a sus hijos y mientras leía el libro en el colectivo se reía a carcajadas. Cuando llegó a su casa, cocinando seguía leyendo y con el pie apartaba a sus hijos que querían ver de qué se reía. Al terminar de leer el libro se los dio, diciéndoles Léanla pero ojo, que es una novela triste. Es decir que la había entendido. Lo mismo me había dicho Carlos Barral cuando vino de España. No quiero hablar mal de nadie, pero en el guión de la película metieron cosas y faltó imaginación, por ejemplo en ese casamiento en el campo que parece un banquete de difuntos. En un principio el personaje principal no lo iba a interpretar Ana María Picchio –que en algunos momentos está estupenda– sino Susú Pecoraro, pero estaba haciendo Tacos altos y se consideró que sería algo parecido. En la novela ella sale de la iglesia vestida de novia del brazo de su marido y al verlo al Alberto, su ex novio, lo besa en la boca y piensa Me di cuenta que todo me había salido para la mierda. Pero eso no lo permitieron. Alguien me dijo que además querían agregar en la escena de la fiesta a Fito Páez cantando y les dije ¡No! ¡Es un perro cantando! Y así otro montón de cosas, hasta que en un momento, cuando querían cambiar el final, les dije Mirá, hacé lo que quieras, pero no me invites al estreno y si querés sacá mi nombre de la película.
– De todas formas, tengo entendido que algunas cosas de la película te gustaron.
– Sí (piensa, duda)… El tema es que el director no entendió el problema que plantea la novela. Por ejemplo: cuando algunos dicen que Esperando la carroza es la mejor película del cine argentino y un grotesco maravilloso, yo digo No saben una mierda: no es un grotesco, es una farsa. Grotesco era la obra de teatro. China Zorrilla le había pedido al director (Alejandro Doria) que no hiciera aparecer a la abuela desde el comienzo. Yo recuerdo haberla visto en la TV en blanco y negro, con Nora Cullen haciendo de la abuela, y era extraordinaria: uno no sabía que estaba viva hasta que no entraba. Acá llaman grotesco a lo que es exagerado pero en realidad es la conjunción de la risa y el drama. Esperando la carroza no tiene ningún momento que te emocione, que te saque una lágrima.
– ¿Cómo fue tu experiencia como actor con Los teleféricos (2010, Federico Actis), que integró Historias breves 6?
– No lo conocía a Actis, me llamó un día, nos conocimos e hicimos unas pruebas. Después me olvidé hasta que, dos meses después, me volvió a llamar. ¿Qué pasó?, le dije ¿No entrevistaron a nadie más? Resulta que habían entrevistado a 25 y terminaron eligiéndome a mí. Me llevé muy bien con todos pero no interactué mucho con Claudia Cantero o Juan Nemirovsky porque mi personaje no entraba en contacto con los demás, era muy pasivo. Era cuestión de miradas. Quedé muy conforme con ese corto que hizo una gran carrera, se exhibió en muchos países.
– Después siguieron otros.
– Aparecí en Cuatromil (2012, Elena Guillén). Era un papelito corto pero fue una buena experiencia. Salió muy lindo. Había una parte que yo llegaba a un lugar y preguntaban si allí vivía Fulano: según el guión tenía que decir Sí, vive acá, yo lo guío, pero como mi personaje era un viejo de barrio, propuse decir Sí, vive acá, venga que yo lo ubico. Enseguida me dijeron que lo diga así. También intervine como entrevistado en El teatro en la dictadura (2011, Viviana Trasierra/Cristian Cabruja) y como actor en La música (2011, Fernando Gondard), donde trabajé con una actriz que empezó conmigo, Mónica Alfonso. También en Sola en la pared (2018), un videoclip que gustó mucho.
– ¿Cómo fue el trabajo con Martínez Carbonell?
– Excelente. Yo le decía que me corrigiera lo que quisiera y al verme en los ensayos, en general, me decía Sí, es lo que quiero. O sino Corregí tal cosa. Para Retrato imaginario (2020) me dijo que ya me tenía elegido. Ahora me va a enviar el guión de lo que va a filmar en Argentina. Le dije que esperaba que tuviera un personaje para mí.
– En los últimos dos años actuaste en la miniserie Pájaros negros (2020, Jesica Aran) y el corto Severino (2019, Gastón Calivari).
– Respecto a Severino, un día me llamó Gastón Calivari, alumno de Josecito (Martínez Suárez), que era amigo mío también, después me envió el guión y finalmente nos encontramos en un bar. Por el estilo me recordaba a Nebraska (Alexander Payne) y cuando se lo comenté me mostró que en la presentación de su proyecto figuraba esa película entre las referencias. Había pensado en mí después de verme en Los teleféricos, que en la ENERC lo consideran el mejor corto hecho en Rosario. Después de otros encuentros y algún ensayo filmamos en Nogoyá, con Gustavo Garzón. Yo había sido el primer profesor de teatro de Garzón y nos encontramos cuarenta años después. Nos llevamos muy bien y se acordaba de mí. Era mi mejor alumno de aquélla promoción y le conté que debo tener todavía un breve informe que me pedían sobre el desempeño de cada alumno, y en el suyo había escrito Un chico joven con muchas condiciones, si no se echa a perder puede llegar a ser un excelente actor. Además, a Nogoyá fue todo el equipo técnico de la escuela de cine, como quince chicos todos estupendos. Si alguien escribía el guión, otro se encargaba del arte, otro del maquillaje, otro del sonido, etc. y en la próxima rotaban. Todos más o menos de la misma edad. Extraordinario. Empezamos por el final, yo parado en medio de un campo repleto de hormigueros. Cuando las hormigas empezaron a subir por el pantalón, como se me veía sólo la parte de arriba una de las chicas del equipo, arrodillada, me las iba sacando.
Último paquete (2019, Juan Marciano Ferrero) es sobre la adicción por los teléfonos celulares. ¿Cuál es tu relación con las nuevas tecnologías?
– No tengo celular. La computadora la uso lo mínimo indispensable. Tampoco tengo microondas. Porque me doy cuenta que la gente se envicia. En cuanto a Ferrero, me dirigió en cinco cortometrajes. En uno hice de mafioso italiano y se filmó en Don Leo, el bar de Avenida Pellegrini que ya cerró. Cuando le pedí al director, que era muy jovencito en ese momento y es de Leo como yo, que me enviara el guión para ver si lo podía hacer, me dijo ¿Cómo no lo vas a poder hacer? Nos conocimos, conectamos y se hizo. Después me volvió a llamar porque quería filmar un corto de un minuto, Navidad 60, para enviar a un concurso en España. Se hizo todo un día en otro restaurant. Al poco tiempo, me llamó para decirme que habían ganado el primer premio. Es muy lindo, con un muy buen trabajo de producción. Con él hice también Dos huevos, La perra, el chueco y el jefe, que se filmó en la EPCTV, y No pierdas el Norte, donde volví a trabajar con Nemirovsky.
– ¿Qué es lo más reciente que hiciste?
– Tres episodios de Detective de recetas, hecho en Rosario por Juan Pérez Cantón y Lautaro González. Y este año Calivari junto a otro chico, Juan Follonier, me llamaron para hacer La gauchada. Se filmó en abril y actué junto a Raúl Calandra. También me divertí mucho haciendo El maestro ruso, donde Piripincho (Héctor Ansaldi) y la Porota (Liliana Gioia) ensayan un cuento de Chejov, se critican y se destrozan hasta que llaman a un maestro ruso para que los dirija, que lo hago yo (recuerda al personaje y se ríe)… Es para el canal de Santa Fe, creo que va a verse en noviembre.
– ¿Qué valorás o disfrutás más de estos trabajos?
– Una de las cosas que les decía a mis alumnos de teatro es que deberían aprender el respeto que se le tiene al director de cine, la puntualidad y el silencio cuando se pide. En el teatro, el que no ensaya no ve el ensayo del otro. A veces me dicen Con la experiencia que tenés, ¿cómo trabajás con gente que recién empieza? Y yo les digo que tengo experiencia en teatro como actor, autor, director, iluminador, escenógrafo, profesor, director de ópera… pero como director de cine no tengo. Para mí cada corto es un aprendizaje. Y me dan alegrías, como cuando organizaron en el CCK un festival de cortometrajes argentinos y después alguien me dijo Pasaron tres cortos tuyos seguidos… Parecía el festival Mirko Buchín.

Por Fernando G. Varea

Causas y efectos

TRES COSAS BÁSICAS
(2021; dir. Francisco Matiozzi Molinas)

Tal vez el interrogante no debería ser si entregar la vida por una causa es un gesto de grandeza, sino qué significa exactamente eso. ¿Estar dispuesto a morir si la causa lo reclama? ¿Simplemente no tener miedo a ser asesinado? ¿O destinar tiempo, esfuerzo, iniciativas y compromiso a lo largo de la vida por esas ideas, sin necesidad de inmolarse por ellas?
Preestrenado en la  8ª Semana de ADN Doc, Tres cosas básicas dispara preguntas como esas. Lo hace reconstruyendo testimonios en torno a uno de los tantos episodios perturbadores ocurridos durante la larga noche de la última dictadura cívico-militar en Argentina: el secuestro de dos militantes de Montoneros (Tulio Valenzuela y su compañera Raquel, embarazada), la posterior proposición de viajar a México para delatar a compañeros, una fuga, una denuncia y el hecho de enfrentar una tragedia quizás inevitable.
Al querer desentrañar enigmas que lo acompañan por el recuerdo de sus cinco tíos asesinados durante aquellos años oscuros, el rosarino Francisco Matiozzi Molinas (docente, realizador audiovisual, director de Murales: El principio de las cosas y otros documentales) no evidencia particularmente enojo ni una ciega admiración, sino sincera curiosidad. En este caso, transmite su inquietud con un planteo que evita las simplificaciones con las que ciertos políticos y comunicadores abordan los claroscuros de la época, combinando grabaciones, fotografías, declaraciones ante su cámara o en el transcurso de distintos juicios. Alguien de quien podría suponerse un desapego por la vida dice, desde un lejano audio, “Hay objetivos por los que querer vivir y personas a las que queremos mucho”, y en uno de los testimonios más elocuentes otra persona enfatiza “No eran robots, eran seres humanos”. Al mismo tiempo, un ex represor desliza sin vueltas una broma macabra sobre los vuelos de la muerte y un ex integrante de Montoneros considera que él y sus compañeros son “héroes” que formaban parte de una “guerra”, subrayando “No me arrepiento de nada”.
Yendo de Argentina a México y Cuba, los recuerdos e impresiones de Roberto Perdía, Pablo Fernández Long, Daniel Cabezas, Ignacio González Jansen, René Chávez, Daniel Sverko y varios más se suceden, alrededor de ideales y traiciones, de certezas y dudas. Antiguos registros audiovisuales devuelven la ominosa imagen de Galtieri balbuceando una arenga y la de Mario Firmenich irritando al proponer tranquilamente desde su exilio una “resistencia masiva”.
Breves planos fijos de las distintas ciudades y de algunos sobrevivientes de esta historia mirando silenciosamente a cámara, así como un uso de la música que evita el exceso, favorecen el tono contenido de Tres cosas básicas, su respeto por las opiniones de los entrevistados y de los espectadores. Esa sobriedad no impide que, en determinados momentos, asomen leves estremecimientos, cuando alguien reencuentra el sitio donde se había organizado una improvisada conferencia de prensa más de cuarenta años atrás, cuando Sebastián Álvarez recuerda el encuentro con su hermana desaparecida en 2008, o cuando se escucha la voz susurrante de Raquel Negro –alias María–, militante perseguida y envuelta en una trama de desenlace previsible, afirmando: “Aún dentro de esta situación, soy feliz”.

Por Fernando G. Varea

“Epirenov”, un stop motion rosarino en Cannes

El rosarino Alejandro Ariel Martín estudió cine en la EPCTV y Comunicación Social en la UNR. Codirigió con Yair Hernández, Gisela Sogne y Carolina Tacconi A veces las paredes son mías (2012), con el mismo grupo más María Victoria Noya El cruce del Ecuador (2012), y con Paula Bertolino, Débora Froucine, Yair Hernández y Julia López Historias al sur del sur (2013), documentales que compitieron en el Festival Latinoamericano de Video y Artes Audiovisuales de Rosario (ganando con el último una mención especial). Perfeccionó sus estudios en Barcelona y, después de tres años de realización, logró terminar su ambicioso corto en stop motion Epirenov, que desde hace un tiempo viene participando en numerosos festivales (obteniendo reconocimientos en varios de ellos), entre los más importantes el de La Habana (Cuba, 2019) y el Festival de Cine y TV Reino de León (España, 2021). Este año Alejandro tuvo la oportunidad, junto a Florencia Pilotti, una de las productoras de Epirenov (la otra es Roxana Bordione), de participar del Short Film Corner, el mercado de cortometrajes del Festival de Cannes. “Fue una experiencia muy estimulante, que nos brindó la posibilidad de tener contacto con los referentes de la industria para dar a conocer nuestro trabajo y los futuros proyectos en camino” nos cuenta vía mail, señalando que esta sección estaba destinada únicamente a gente de la industria, por lo que sólo público acreditado podía acceder a las proyecciones. “El festival de la Habana, en cambio –recuerda–, está volcado al público de la ciudad y la gente hace colas de varias cuadras para entrar a los cines, que son gigantes y con una calidad técnica que no tiene nada que envidiarles a festivales clase A. Los cubanos están pendientes de las películas, gritan durante las proyecciones, aplauden a los protagonistas, abuchean a los villanos, discuten en las calles, algo hermoso que yo nunca vi. Por suerte fue justo antes del inicio de la pandemia por lo cual no se vio afectado.
– ¿Por qué elegiste el nombre Epirenov para tu corto?
– Busqué un nombre que no remitiera a ningún espacio o momento histórico particular. Un nombre atemporal que, de alguna forma, captara la atención del espectador y lo llevara a preguntarse: ¿quién es este personaje? ¿por qué se encuentra en este lugar? ¿cuánto tiempo hace que está ahí?
– ¿Qué dificultades presentó el trabajo? ¿Pudiste disfrutarlo?
– Las producciones audiovisuales de stop motion son un delirio, no importa cuánto calcules que te va a llevar un rodaje: siempre te va a llevar mucho más. El cortometraje llevó un año de construcción de los personajes y la escenografía, un año y medio de rodaje y seis meses de postproducción. Todo lo que se ve es real, todo fue construido a mano, no se utilizó croma ni ningún efecto por computadora. Los cielos son telas pintadas, las nubes son de algodón y las montañas de telgopor. Teníamos que conseguir un espacio lo suficientemente grande para montar los escenarios del desierto y, por suerte, contamos con un galpón, en la zona sur de Rosario, ideal para el proyecto. Pero había un pequeño detalle: quedaba pegado a las vías del tren, lo que hacia que todos los días a las 17 hs. aproximadamente la vibración del tren que pasaba moviera toda la escenografia y al personaje. En el stop motion la precisión es muy importante, por lo que cualquier pequeño movimiento obliga a empezar de nuevo, o sea que sí o sí había que terminar el plano antes de esa hora. El desgaste de los muñecos también fue un problema, teníamos que estar constantemente reparándolos. En las grandes producciones de stop motion se cuenta con decenas de muñecos del mismo personaje, pero nosotros contábamos con un único muñeco. Por suerte nos aguantó todo el rodaje, aunque fue perdiendo dedos, ojos, ropa… El espectador atento puede encontrar alguno de estos detalles.
– ¿Hubo referentes cinematográficos? Pienso en Frankenstein, en películas como Mad Max o El Joven Manos de Tijera.
– Hubo muchas. Sin duda, ciertos paisajes y climas de las primeras Star Wars inspiraron el mundo del personaje. También la composición utilizada en el cine de Wes Anderson, a pesar de no utilizar sus paletas de colores o su estética. Al ser un film stop motion las películas de Tim Burton también son una referencia ineludible.
Epirenov fue realizado antes de la pandemia. ¿En algún momento pensaste que, de alguna manera, se anticipó a situaciones que estamos viviendo ahora?
– El cortometraje busca reflexionar sobre qué pasaría si fuéramos eternos. ¿Cómo nos afectaría la soledad? ¿Qué haríamos para dejar de estar solos? ¿Qué sacrificaríamos para lograrlo? La búsqueda de uno mismo en la creación de otro es algo terriblemente generoso y egoísta a la vez. También aborda ciertos elementos relacionados al daño que le estamos generando al medio ambiente. Sin duda, debemos cambiar las formas de producción actuales si no queremos vivir en un mundo como el de Epirenov.

Por Fernando G. Varea

De discusiones y simulacros

EL PRESI
(2021; dir. Gustavo Postiglione)

Dentro de la nutrida producción del rosarino Gustavo Postiglione (que abarca largometrajes de ficción, documentales, trabajos para TV, videoclips, videos institucionales y experiencias en teatro), es posible advertir un marcado interés por registrar conversaciones cruzadas en medio de rituales cotidianos, como queriendo captar la gracia que se desprende de ciertas discusiones inútiles y el rencor larvado que puede aflorar sin sorpresas. Hay también un gusto por crear personajes y jugar con las posibilidades que puede ofrecer el entramado de un guión o las fronteras entre realidad y representación. En algunos casos, se agrega un propósito de desafío u originalidad. Todo esto puede apreciarse en El asadito (2000), El cumple (2002) y la reciente Simulacro (2021) –todas ellas rodadas con limitaciones de espacio y tiempo–, pero también en el episodio de Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo (2017). Esas mismas características se repiten en El Presi, grabada en su totalidad con un teléfono celular en el interior de un automóvil.
Desde ya, en cualquier película las audacias técnicas o narrativas tienen sentido cuando están al servicio de la historia que se procura contar o de la búsqueda propuesta: un plano secuencia, por ejemplo (recurso al que Postiglione ha acudido más de una vez, por ejemplo en el comienzo de Brisas heladas), puede ser provechoso o un virtuosismo que encubre pobreza de ideas, como suele apreciarse en el cine de Iñárritu. En El Presi –que tiene previsto su estreno en salas de cine y plataformas digitales en las próximas semanas–, la decisión de filmar de esta manera, como el propio director lo ha declarado, fue “casi como un juego” así como un intento de encontrar nuevas formas de producción “y un trabajo con el tiempo que es totalmente distinto al que se aplica en un rodaje tradicional”. Por eso no cambiaría demasiado que la acción transcurriera en el interior de un despacho oficial o de un bar: el eje es el torbellino de opiniones, reproches e intereses que se mueven en torno al presidente en cuestión (Jorge Ferrucci).
Su asesora de imagen, su ex esposa, su amante, un periodista y el encargado de custodiarlo son algunos personajes que van apareciendo, uno tras otro, aportando comentarios que resultan inquietantes o sarcásticos. Algunos ponen en duda el efecto de expresiones como pueblo o lavarse las manos, otros emprenden intercambios verbales tarantinescos (como las discusiones en torno al cine iraní o a músicos de rock nacional) u ofrecen al espectador posibles acertijos para adivinar si detrás de este presidente de “una realidad alternativa en Argentina” puede identificarse a uno puntual. Ocasionalmente asoman observaciones más ácidas, como cuando alguien dice que “Hoy en día ni siquiera hacen falta armas para matar a un presidente” o lo que le expresa al primer mandatario desde una videollamada su propia hija: “Desearte lo mejor para vos es desearle lo peor al resto” (refutando lugares comunes que varios comunicadores se empeñaban en repetir durante el gobierno anterior, hablando ya no de ficción).
Si no fuera porque en las charlas despuntan nombres propios (Menem, Rucci) y porque no es opulenta en producción y ambiciones, El Presi recuerda a La cordillera (2017, Santiago Mitre), por deslizarse sobre recovecos del poder político sin afán testimonial. Predomina un aliento satírico, aunque el ataque de un joven al vehículo y los incidentes que van precipitándose en el tramo final la acercan al género policial. Ciertas decisiones resultan curiosas, como la de registrar a personajes mirándose a la cara (no a los costados o hacia adelante) mientras conversan en el interior del auto en movimiento, o la de permitir que se escuchen en off los pensamientos de Marcelo (Juan Nemirosky) en determinado momento.
Recorrida por diálogos que algunos de los intérpretes logran expresar con conveniente naturalidad (especialmente María Celia Ferrero, Claudia Shujman y Juan Pablo Yevoli), El Presi es, en definitiva, una suerte de broma que se pone oscura asimilando la política a un terreno resbaladizo.

Por Fernando G. Varea

Cine argentino, modelo para armar

Recomendaciones y apreciaciones sobre cine argentino a cargo de Gustavo Fontán, Vanessa Ragone, Fernando Martín Peña, Santiago Loza, Juan Villegas, Fernando Kabusacki, Nicolás Prividera y Pablo Rodríguez Jáuregui, destinadas a los alumnos del taller Cine argentino: modelo para armar (desarrollado por el autor-editor de Espacio Cine junto a Fernando Herrera durante marzo y abril de 2021).

Rosario de imágenes en un año difícil

Sobre lo que ocurrió con la realización y difusión de las producciones audiovisuales en el ámbito de nuestra provincia a lo largo de este trágico año, podría decirse mucho o muy poco. Entre acusaciones de la gestión actual a la anterior y viceversa, paliativos cuya eficacia se comprobará en el futuro (como la reciente creación de un fondo específico y un plan Fomento), dudas sobre la continuidad del canal público 5RTV (que durante 2020 no encontró salidas creativas a su discutible programación) y reposiciones en TV (como Balas perdidas, la serie escrita y dirigida por Hugo Grosso, en la TV Pública), las sorpresas se hicieron desear.
Mientras algunos films ya estrenados siguieron su camino en busca de reconocimientos (como el documental de Lucrecia Mastrángelo El laberinto de las lunas, la ficción de Diego Castro 1100, o la serie web Bares, sobre las que habíamos escrito respectivamente aquí, aquí y aquí) y otros esperan su estreno oficial en nuestra ciudad (como el largometraje Milagro de otoño, sobre el que hablamos con su director Néstor Zapata en una entrevista que puede escucharse aquí, o Singapur, cuyo trailer compartió Gustavo Postiglione finalizando el año), proliferaron intercambios audiovisuales compartidos en la web por realizadores resguardados en sus casas (el largo colectivo Las fronteras del cuerpo, del que participó Francisco Matiozzi Molinas y estrenado en canal Encuentro; las cartas audiovisuales que la Asociación de Realizadores Experimentales Audiovisuales Rosario fue compartiendo en su cuenta de Facebook; la serie para Instagram Un minuto de ficción, realizada por Roxana Bordione y Maia Ferro con intervención de distintos actores).
Se siguió hablando de cine, con diferentes enfoques, en los programas radiales Linterna mágica (Radio Universidad, a cargo de un equipo liderado por Leandro Arteaga) y Noches de cine (LT8, conducido por Ricardo y Elsa Randazzo) y el ciclo televisivo Cinético (con Lucas Rivero como entrevistador), mientras las tres temporadas de Siete Latidos [Oficios de cine y TV] (el programa de TV producido en los últimos años por la EPCTV, del que habíamos escrito aquí) fueron subidas a la plataforma Cine.ar. En el balance merece destacarse la publicación de dos libros: Los mecanismos frágiles (Ediciones VerPoder), de Gustavo Galuppo, y ¡Mujer, tú eres la belleza! Investigación y análisis de una película (casi) perdida (Editorial Ciudad Gótica, colección Estación Cine), de Marcelo Vieguer.
La autogestión sigue siendo, la mayoría de las veces, el único camino para que proyectos como los mencionados lleguen a buen puerto, de la misma manera que el micromecenazgo (crowdfunding) y subsidios valiosos pero generalmente insuficientes son los medios con los que pudieron concretarse muchas realizaciones locales presentadas en sociedad durante 2020.
Entre los videoclips, sobresalen Un hombre sin cualidades, de Diego Fidalgo para la banda Tensión, y los realizados por Rubén Plataneo para Charlie Egg (como Krikalev) y Chillan las bestias. El equipo de animadores reunidos bajo el nombre Sr. Manduví hizo lo propio con Mundo incierto, de la orquesta Tengo Pal Envido, y en el mismo sentido Ignacio Blaconá dio a conocer su corto documental sobre la Orquesta Escuela de Tango de Rosario. Próximo al videoclip es también Resistencia, el corto dirigido por Cecilia Sarmiento a partir de un tema del rapero Frango.
Del universo siempre generoso de los dibujos animados provinieron varias novedades. Puede objetarse la tendencia de algunos animadores locales al homenaje, aunque Yo soy ese gran cohete, realizado por Pablo Rodríguez Jáuregui y Diego Rolle para recordar al artista, músico y dibujante BK & Basta (José María Beccaria) fue una evocación no sólo justa sino también muy bien concebida. Rodriguez Jáuregui y Rolle restauraron, asimismo, un recordado trabajo del pionero Luis Bras, devolviéndole brillo a los colores y recurriendo al gran Fernando Kabusacki para jugar con el vals de Strauss en Reimaginando el Danubio azul, nuevo tributo al cineasta rosarino fallecido 25 años atrás. Con un concepto más tradicional e incluso didáctico –alertando sobre derechos de los menores y los adultos mayores–, Mariana Wenger ilustró textos previos de Eduardo Galeano en Infancias perdidas y de Billy Boldt en el más vivaz Password, con dibujos de Alfredo Piermattei en el primer caso y de Ezequiel Saccomano en el segundo. Un criterio similar alentó a Norberto Diez a expresarse sobre el valor de los libros, sin estridencias ni explicaciones innecesarias, en el tierno Alas de papel.
Eludiendo moralejas y referentes respetados, la miniserie web Verdadera verdad, de Sr. Manduví, con dirección de Andrés Almasio y diseño de personajes de Gonzalo Rimoldi, imaginó las aventuras de un desmañado carpincho de manera desinhibida y graciosa. Una búsqueda plástica diferente emprendió Emilio López en su corto animado Unheimlich.
Precisamente en el terreno del cine experimental, Gustavo Galuppo y Carolina Rímini continuaron ofreciendo creaciones estimulantes como el video ensayo Machina Mollis (investigación y realización de Galuppo o Galuppo Alives, como suele firmar sus trabajos desde hace un tiempo) y Refutación de Troya (obra de ambos, sobre la cual, por haber sido parte de la programación del Doc Buenos Aires, escribimos aquí). En la producción de Galuppo-Rímini hay algo solitario y provocador tanto como febrilmente apasionado por las posibilidades y manipulaciones del lenguaje audiovisual.
Hubo también nuevos cortos de ficción, que circularon por festivales y por la web. Retrato imaginario, escrito y dirigido por Felipe Martínez Carbonell (joven formado en la EPCTV que reside y trabaja actualmente en EEUU), despliega tópicos del cine de terror con robustez técnica y refinamiento. En Coloquio, del casildense Blas Zanella, hay buenos encuadres además de un acertado trabajo con el color y los sonidos del campo, por encima de inconvincentes momentos de alucinado dramatismo. Humedal, dirigido por Franco Doyen y escrito por Doyen junto a Celso Florance, resulta curioso: dos de sus tres minutos tienen toda la gracia que le imprimen recursos cinematográficos y el actor Federico Giusti, para luego asumir un tono inesperadamente admonitorio. Por TV y streaming tuvo su estreno, asimismo, El Agenor, del venadense Juan Carlos Frillocchi, ilustración algo anacrónica de un cuento narrado por un actor.
Pejerrey, escrito y dirigido por Agustín Tocalini, es impecable en la construcción de sus planos fijos, su cuidado formal y la elección de Agustín García para dar vida a un pescador perturbado por un crimen o una premonición, aunque el misterio que queda abierto sin tensionar al espectador puede considerarse una debilidad, en tanto El amor que te llevás, de Miler Blasco, expone relaciones familiares poco conflictivas en un espacio confortable, diluyendo las aristas dramáticas en cierta viscosidad publicitaria. Por su parte, Federico Basteri estrenó online su largometraje Intervalo, en torno a un hombre (ajustadamente interpretado por Fabio Oscar Fuentes) que, tras despertar de un golpe en una habitación de hotel, procura desenvolver la trama misteriosa que lo incluye junto a jueces y funcionarios vinculados al narcotráfico. Estéticamente pulido, técnicamente irreprochable, mejor dirigido que escrito, el film (en el que no aparecen mujeres, salvo una reconocible voz que asoma de fondo) amaga con una intensidad dramática e implicancias políticas que no llegan a detonar. Desde ya, vale esperar mucho más de los jóvenes Tocalini, Blasco y Basteri.
Del puñado de nuevos cortometrajes merecen destacarse Libertad 121, de Javier Rossanigo y David Eira Pire, con Claudia Cantero como una mujer que debe afrontar junto a sus hijos una mudanza provisoria por motivos que la historia va revelando cuidadosamente, y 40 tableros, de Alfonso Gastiaburo, con un Juan Nemirovsky notable en un personaje difícil: un ajedrecista que oculta un secreto detrás de su éxito, en el contexto de la 2ª Guerra Mundial. La precisión de los planos, del uso de los tiempos narrativos y de los espacios, en el primer caso, y la capacidad para hacer que una historia de época con despliegue de extras y producción no resulte aparatosa sino creíble, en el segundo, son méritos que se agregan a otro, que ambos comparten: la falta de improvisación, en pos de objetivos claros.
La ficción asomó, además, en tres series web. Rockambole, con Claudia Schujman y Miguel Bosco encarnando a dos atolondrados estafadores (a quienes se ve usando barbijos y recurriendo al zoom para comunicarse), fue un nuevo intento del perseverante Claudio Perrín para mantenerse activo, estrenando cada semana un nuevo capítulo en youtube, Instagram y Facebook. Un histrionismo que suele ser habitual en el humor televisivo aflora en ésta y otra serie web local difundida este año: Tomgon, creada y dirigida por Diego De Bruno. Se diferencia Quién pudiera, realizada con apoyo de Espacio Santafesino, menos informal y con fines más concretos e incluso loables, ligados con los de la productora Hipólita Films (que integran Josefina Baridón, Morena Pardo y Carolina Medina): fomentar la producción de contenido feminista, LGBTI y de identidades disidentes.
De una arquitecta trans que decidió ser fiel a su identidad cerca de los cincuenta años se trata, precisamente, un documental que, si bien no pudo competir en el BAFICI (suspendido por la pandemia), se estrenó en TV, fue exhibido en distintas plataformas y logró buena repercusión: Canela, sólo se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la rosarina Cecilia del Valle, del que escribimos aquí.
Otro documental local, Fotosíntesis, de Diego Fidalgo, tuvo la suerte de comenzar el año exhibiéndose en una sala de cine (se estrenó en enero en el Gaumont, de CABA), antes de ser compartido en la web. Nos ocupamos del mismo aquí, al reseñar las producciones rosarinas centradas en problemas ambientales como los incendios en las islas del Delta del Paraná, que este año sumaron zozobra. Hubo también dos documentales que dieron protagonismo a quienes lidiaron con la represión en la Argentina de los ’70: Abuelas, de Cristian Arriaga, y El coraje de las manos, corto escrito, producido y dirigido por Amadeo Acero, sobre los problemas que atravesaron los trabajadores de Acindar, en Villa Constitución (incluyendo una histórica huelga de dos meses en 1975), alternando testimonios. En este último, la obra de la artista plástica Alicia Laner, de colores y trazos fuertes, contrasta un poco con la música apesadumbrada, como si lo triste y lo vehemente se enredaran en el recuerdo de esas luchas. En tanto, Oficio del mirar atento, de Fernando Tabares, es una entrevista a la fotógrafa Silvina Salinas aderezada con algunos de sus excelentes trabajos, imágenes de la ciudad y comentarios en off poco convincentes a cargo de Graciela Cariello.
Producto de la investigación, el registro periodístico y una propuesta lúdico-pedagógica son los proyectos transmedia De barrio somos y Somos Jaaukanigás, producciones del DCMteam de la UNR dirigidas por un experto en estas lides, Fernando Irigaray. El primero rescata historias de clubes de barrio y el otro documenta la biodiversidad de un humedal santafesino ubicado en la zona de islas y costas del Departamento General Obligado; ambos, con un nivel de calidad que suele ser frecuente en la programación del canal Encuentro (y lamentablemente no en nuestros canales de aire). Otro documental transmedia que pudo conocerse fue Delfo, huellas de un pueblo, de Martin Casse y Lucía Cuffia, de delicada realización y con algunas recreaciones dramáticas, sobre un atleta nacido en Armstrong que en los años ’40 alcanzó popularidad hasta convertirse en ícono del deporte nacional.
Valga para finalizar una mención a lo más reciente de Rubén Plataneo, cuyos documentales (como los de Fidalgo) siempre resultan bienvenidos: Sfumato –de turbador subtítulo: La sombra es más poderosa que la luz– explora los rincones del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino superponiendo reflexiones en torno a la pintura. Desde las miradas de chicos durante una visita guiada o de visitantes adultos que parecen verse reflejados en los retratos que contemplan, hasta idas y venidas de empleados del museo, la intromisión en una reunión de trabajo e incluso registros de las cámaras de seguridad, diversos recursos son empleados para expresar sensaciones, ayudar a apreciar las obras y jugar con lo fantasmal que transita esos pasillos. Hay una música casi siempre inquietante y un par de chicas que aparecen y desaparecen, etéreas, acompañando con comentarios al espectador. “Los museos hay que usarlos, invadirlos” dice alguien, y Plataneo parece convencido de ello, llevando su cámara hasta el techo y las inmediaciones (con ayuda de un dron). Su film, como varios de los citados, merece apreciarse en una sala de cine: ojalá pronto volvamos a disfrutar de esa y otras buenas experiencias que estos últimos meses –forzosa y dolorosamente– fuimos olvidando.

Por Fernando G. Varea
Imagen: fotograma de Libertad 121 (2020; dir. Rossanigo/Pire).