De discusiones y simulacros

EL PRESI
(2021; dir. Gustavo Postiglione)

Dentro de la nutrida producción del rosarino Gustavo Postiglione (que abarca largometrajes de ficción, documentales, trabajos para TV, videoclips, videos institucionales y experiencias en teatro), es posible advertir un marcado interés por registrar conversaciones cruzadas en medio de rituales cotidianos, como queriendo captar la gracia que se desprende de ciertas discusiones inútiles y el rencor larvado que puede aflorar sin sorpresas. Hay también un gusto por crear personajes y jugar con las posibilidades que puede ofrecer el entramado de un guión o las fronteras entre realidad y representación. En algunos casos, se agrega un propósito de desafío u originalidad. Todo esto puede apreciarse en El asadito (2000), El cumple (2002) y la reciente Simulacro (2021) –todas ellas rodadas con limitaciones de espacio y tiempo–, pero también en el episodio de Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo (2017). Esas mismas características se repiten en El Presi, grabada en su totalidad con un teléfono celular en el interior de un automóvil.
Desde ya, en cualquier película las audacias técnicas o narrativas tienen sentido cuando están al servicio de la historia que se procura contar o de la búsqueda propuesta: un plano secuencia, por ejemplo (recurso al que Postiglione ha acudido más de una vez, por ejemplo en el comienzo de Brisas heladas), puede ser provechoso o un virtuosismo que encubre pobreza de ideas, como suele apreciarse en el cine de Iñárritu. En El Presi –que tiene previsto su estreno en salas de cine y plataformas digitales en las próximas semanas–, la decisión de filmar de esta manera, como el propio director lo ha declarado, fue “casi como un juego” así como un intento de encontrar nuevas formas de producción “y un trabajo con el tiempo que es totalmente distinto al que se aplica en un rodaje tradicional”. Por eso no cambiaría demasiado que la acción transcurriera en el interior de un despacho oficial o de un bar: el eje es el torbellino de opiniones, reproches e intereses que se mueven en torno al presidente en cuestión (Jorge Ferrucci).
Su asesora de imagen, su ex esposa, su amante, un periodista y el encargado de custodiarlo son algunos personajes que van apareciendo, uno tras otro, aportando comentarios que resultan inquietantes o sarcásticos. Algunos ponen en duda el efecto de expresiones como pueblo o lavarse las manos, otros emprenden intercambios verbales tarantinescos (como las discusiones en torno al cine iraní o a músicos de rock nacional) u ofrecen al espectador posibles acertijos para adivinar si detrás de este presidente de “una realidad alternativa en Argentina” puede identificarse a uno puntual. Ocasionalmente asoman observaciones más ácidas, como cuando alguien dice que “Hoy en día ni siquiera hacen falta armas para matar a un presidente” o lo que le expresa al primer mandatario desde una videollamada su propia hija: “Desearte lo mejor para vos es desearle lo peor al resto” (refutando lugares comunes que varios comunicadores se empeñaban en repetir durante el gobierno anterior, hablando ya no de ficción).
Si no fuera porque en las charlas despuntan nombres propios (Menem, Rucci) y porque no es opulenta en producción y ambiciones, El Presi recuerda a La cordillera (2017, Santiago Mitre), por deslizarse sobre recovecos del poder político sin afán testimonial. Predomina un aliento satírico, aunque el ataque de un joven al vehículo y los incidentes que van precipitándose en el tramo final la acercan al género policial. Ciertas decisiones resultan curiosas, como la de registrar a personajes mirándose a la cara (no a los costados o hacia adelante) mientras conversan en el interior del auto en movimiento, o la de permitir que se escuchen en off los pensamientos de Marcelo (Juan Nemirosky) en determinado momento.
Recorrida por diálogos que algunos de los intérpretes logran expresar con conveniente naturalidad (especialmente María Celia Ferrero, Claudia Shujman y Juan Pablo Yevoli), El Presi es, en definitiva, una suerte de broma que se pone oscura asimilando la política a un terreno resbaladizo.

Por Fernando G. Varea

Cine argentino, modelo para armar

Recomendaciones y apreciaciones sobre cine argentino a cargo de Gustavo Fontán, Vanessa Ragone, Fernando Martín Peña, Santiago Loza, Juan Villegas, Fernando Kabusacki, Nicolás Prividera y Pablo Rodríguez Jáuregui, destinadas a los alumnos del taller Cine argentino: modelo para armar (desarrollado por el autor-editor de Espacio Cine junto a Fernando Herrera durante marzo y abril de 2021).

Rosario de imágenes en un año difícil

Sobre lo que ocurrió con la realización y difusión de las producciones audiovisuales en el ámbito de nuestra provincia a lo largo de este trágico año, podría decirse mucho o muy poco. Entre acusaciones de la gestión actual a la anterior y viceversa, paliativos cuya eficacia se comprobará en el futuro (como la reciente creación de un fondo específico y un plan Fomento), dudas sobre la continuidad del canal público 5RTV (que durante 2020 no encontró salidas creativas a su discutible programación) y reposiciones en TV (como Balas perdidas, la serie escrita y dirigida por Hugo Grosso, en la TV Pública), las sorpresas se hicieron desear.
Mientras algunos films ya estrenados siguieron su camino en busca de reconocimientos (como el documental de Lucrecia Mastrángelo El laberinto de las lunas, la ficción de Diego Castro 1100, o la serie web Bares, sobre las que habíamos escrito respectivamente aquí, aquí y aquí) y otros esperan su estreno oficial en nuestra ciudad (como el largometraje Milagro de otoño, sobre el que hablamos con su director Néstor Zapata en una entrevista que puede escucharse aquí, o Singapur, cuyo trailer compartió Gustavo Postiglione finalizando el año), proliferaron intercambios audiovisuales compartidos en la web por realizadores resguardados en sus casas (el largo colectivo Las fronteras del cuerpo, del que participó Francisco Matiozzi Molinas y estrenado en canal Encuentro; las cartas audiovisuales que la Asociación de Realizadores Experimentales Audiovisuales Rosario fue compartiendo en su cuenta de Facebook; la serie para Instagram Un minuto de ficción, realizada por Roxana Bordione y Maia Ferro con intervención de distintos actores).
Se siguió hablando de cine, con diferentes enfoques, en los programas radiales Linterna mágica (Radio Universidad, a cargo de un equipo liderado por Leandro Arteaga) y Noches de cine (LT8, conducido por Ricardo y Elsa Randazzo) y el ciclo televisivo Cinético (con Lucas Rivero como entrevistador), mientras las tres temporadas de Siete Latidos [Oficios de cine y TV] (el programa de TV producido en los últimos años por la EPCTV, del que habíamos escrito aquí) fueron subidas a la plataforma Cine.ar. En el balance merece destacarse la publicación de dos libros: Los mecanismos frágiles (Ediciones VerPoder), de Gustavo Galuppo, y ¡Mujer, tú eres la belleza! Investigación y análisis de una película (casi) perdida (Editorial Ciudad Gótica, colección Estación Cine), de Marcelo Vieguer.
La autogestión sigue siendo, la mayoría de las veces, el único camino para que proyectos como los mencionados lleguen a buen puerto, de la misma manera que el micromecenazgo (crowdfunding) y subsidios valiosos pero generalmente insuficientes son los medios con los que pudieron concretarse muchas realizaciones locales presentadas en sociedad durante 2020.
Entre los videoclips, sobresalen Un hombre sin cualidades, de Diego Fidalgo para la banda Tensión, y los realizados por Rubén Plataneo para Charlie Egg (como Krikalev) y Chillan las bestias. El equipo de animadores reunidos bajo el nombre Sr. Manduví hizo lo propio con Mundo incierto, de la orquesta Tengo Pal Envido, y en el mismo sentido Ignacio Blaconá dio a conocer su corto documental sobre la Orquesta Escuela de Tango de Rosario. Próximo al videoclip es también Resistencia, el corto dirigido por Cecilia Sarmiento a partir de un tema del rapero Frango.
Del universo siempre generoso de los dibujos animados provinieron varias novedades. Puede objetarse la tendencia de algunos animadores locales al homenaje, aunque Yo soy ese gran cohete, realizado por Pablo Rodríguez Jáuregui y Diego Rolle para recordar al artista, músico y dibujante BK & Basta (José María Beccaria) fue una evocación no sólo justa sino también muy bien concebida. Rodriguez Jáuregui y Rolle restauraron, asimismo, un recordado trabajo del pionero Luis Bras, devolviéndole brillo a los colores y recurriendo al gran Fernando Kabusacki para jugar con el vals de Strauss en Reimaginando el Danubio azul, nuevo tributo al cineasta rosarino fallecido 25 años atrás. Con un concepto más tradicional e incluso didáctico –alertando sobre derechos de los menores y los adultos mayores–, Mariana Wenger ilustró textos previos de Eduardo Galeano en Infancias perdidas y de Billy Boldt en el más vivaz Password, con dibujos de Alfredo Piermattei en el primer caso y de Ezequiel Saccomano en el segundo. Un criterio similar alentó a Norberto Diez a expresarse sobre el valor de los libros, sin estridencias ni explicaciones innecesarias, en el tierno Alas de papel.
Eludiendo moralejas y referentes respetados, la miniserie web Verdadera verdad, de Sr. Manduví, con dirección de Andrés Almasio y diseño de personajes de Gonzalo Rimoldi, imaginó las aventuras de un desmañado carpincho de manera desinhibida y graciosa. Una búsqueda plástica diferente emprendió Emilio López en su corto animado Unheimlich.
Precisamente en el terreno del cine experimental, Gustavo Galuppo y Carolina Rímini continuaron ofreciendo creaciones estimulantes como el video ensayo Machina Mollis (investigación y realización de Galuppo o Galuppo Alives, como suele firmar sus trabajos desde hace un tiempo) y Refutación de Troya (obra de ambos, sobre la cual, por haber sido parte de la programación del Doc Buenos Aires, escribimos aquí). En la producción de Galuppo-Rímini hay algo solitario y provocador tanto como febrilmente apasionado por las posibilidades y manipulaciones del lenguaje audiovisual.
Hubo también nuevos cortos de ficción, que circularon por festivales y por la web. Retrato imaginario, escrito y dirigido por Felipe Martínez Carbonell (joven formado en la EPCTV que reside y trabaja actualmente en EEUU), despliega tópicos del cine de terror con robustez técnica y refinamiento. En Coloquio, del casildense Blas Zanella, hay buenos encuadres además de un acertado trabajo con el color y los sonidos del campo, por encima de inconvincentes momentos de alucinado dramatismo. Humedal, dirigido por Franco Doyen y escrito por Doyen junto a Celso Florance, resulta curioso: dos de sus tres minutos tienen toda la gracia que le imprimen recursos cinematográficos y el actor Federico Giusti, para luego asumir un tono inesperadamente admonitorio. Por TV y streaming tuvo su estreno, asimismo, El Agenor, del venadense Juan Carlos Frillocchi, ilustración algo anacrónica de un cuento narrado por un actor.
Pejerrey, escrito y dirigido por Agustín Tocalini, es impecable en la construcción de sus planos fijos, su cuidado formal y la elección de Agustín García para dar vida a un pescador perturbado por un crimen o una premonición, aunque el misterio que queda abierto sin tensionar al espectador puede considerarse una debilidad, en tanto El amor que te llevás, de Miler Blasco, expone relaciones familiares poco conflictivas en un espacio confortable, diluyendo las aristas dramáticas en cierta viscosidad publicitaria. Por su parte, Federico Basteri estrenó online su largometraje Intervalo, en torno a un hombre (ajustadamente interpretado por Fabio Oscar Fuentes) que, tras despertar de un golpe en una habitación de hotel, procura desenvolver la trama misteriosa que lo incluye junto a jueces y funcionarios vinculados al narcotráfico. Estéticamente pulido, técnicamente irreprochable, mejor dirigido que escrito, el film (en el que no aparecen mujeres, salvo una reconocible voz que asoma de fondo) amaga con una intensidad dramática e implicancias políticas que no llegan a detonar. Desde ya, vale esperar mucho más de los jóvenes Tocalini, Blasco y Basteri.
Del puñado de nuevos cortometrajes merecen destacarse Libertad 121, de Javier Rossanigo y David Eira Pire, con Claudia Cantero como una mujer que debe afrontar junto a sus hijos una mudanza provisoria por motivos que la historia va revelando cuidadosamente, y 40 tableros, de Alfonso Gastiaburo, con un Juan Nemirovsky notable en un personaje difícil: un ajedrecista que oculta un secreto detrás de su éxito, en el contexto de la 2ª Guerra Mundial. La precisión de los planos, del uso de los tiempos narrativos y de los espacios, en el primer caso, y la capacidad para hacer que una historia de época con despliegue de extras y producción no resulte aparatosa sino creíble, en el segundo, son méritos que se agregan a otro, que ambos comparten: la falta de improvisación, en pos de objetivos claros.
La ficción asomó, además, en tres series web. Rockambole, con Claudia Schujman y Miguel Bosco encarnando a dos atolondrados estafadores (a quienes se ve usando barbijos y recurriendo al zoom para comunicarse), fue un nuevo intento del perseverante Claudio Perrín para mantenerse activo, estrenando cada semana un nuevo capítulo en youtube, Instagram y Facebook. Un histrionismo que suele ser habitual en el humor televisivo aflora en ésta y otra serie web local difundida este año: Tomgon, creada y dirigida por Diego De Bruno. Se diferencia Quién pudiera, realizada con apoyo de Espacio Santafesino, menos informal y con fines más concretos e incluso loables, ligados con los de la productora Hipólita Films (que integran Josefina Baridón, Morena Pardo y Carolina Medina): fomentar la producción de contenido feminista, LGBTI y de identidades disidentes.
De una arquitecta trans que decidió ser fiel a su identidad cerca de los cincuenta años se trata, precisamente, un documental que, si bien no pudo competir en el BAFICI (suspendido por la pandemia), se estrenó en TV, fue exhibido en distintas plataformas y logró buena repercusión: Canela, sólo se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la rosarina Cecilia del Valle, del que escribimos aquí.
Otro documental local, Fotosíntesis, de Diego Fidalgo, tuvo la suerte de comenzar el año exhibiéndose en una sala de cine (se estrenó en enero en el Gaumont, de CABA), antes de ser compartido en la web. Nos ocupamos del mismo aquí, al reseñar las producciones rosarinas centradas en problemas ambientales como los incendios en las islas del Delta del Paraná, que este año sumaron zozobra. Hubo también dos documentales que dieron protagonismo a quienes lidiaron con la represión en la Argentina de los ’70: Abuelas, de Cristian Arriaga, y El coraje de las manos, corto escrito, producido y dirigido por Amadeo Acero, sobre los problemas que atravesaron los trabajadores de Acindar, en Villa Constitución (incluyendo una histórica huelga de dos meses en 1975), alternando testimonios. En este último, la obra de la artista plástica Alicia Laner, de colores y trazos fuertes, contrasta un poco con la música apesadumbrada, como si lo triste y lo vehemente se enredaran en el recuerdo de esas luchas. En tanto, Oficio del mirar atento, de Fernando Tabares, es una entrevista a la fotógrafa Silvina Salinas aderezada con algunos de sus excelentes trabajos, imágenes de la ciudad y comentarios en off poco convincentes a cargo de Graciela Cariello.
Producto de la investigación, el registro periodístico y una propuesta lúdico-pedagógica son los proyectos transmedia De barrio somos y Somos Jaaukanigás, producciones del DCMteam de la UNR dirigidas por un experto en estas lides, Fernando Irigaray. El primero rescata historias de clubes de barrio y el otro documenta la biodiversidad de un humedal santafesino ubicado en la zona de islas y costas del Departamento General Obligado; ambos, con un nivel de calidad que suele ser frecuente en la programación del canal Encuentro (y lamentablemente no en nuestros canales de aire). Otro documental transmedia que pudo conocerse fue Delfo, huellas de un pueblo, de Martin Casse y Lucía Cuffia, de delicada realización y con algunas recreaciones dramáticas, sobre un atleta nacido en Armstrong que en los años ’40 alcanzó popularidad hasta convertirse en ícono del deporte nacional.
Valga para finalizar una mención a lo más reciente de Rubén Plataneo, cuyos documentales (como los de Fidalgo) siempre resultan bienvenidos: Sfumato –de turbador subtítulo: La sombra es más poderosa que la luz– explora los rincones del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino superponiendo reflexiones en torno a la pintura. Desde las miradas de chicos durante una visita guiada o de visitantes adultos que parecen verse reflejados en los retratos que contemplan, hasta idas y venidas de empleados del museo, la intromisión en una reunión de trabajo e incluso registros de las cámaras de seguridad, diversos recursos son empleados para expresar sensaciones, ayudar a apreciar las obras y jugar con lo fantasmal que transita esos pasillos. Hay una música casi siempre inquietante y un par de actrices que aparecen y desaparecen, etéreas, acompañando con comentarios al espectador. “Los museos hay que usarlos, invadirlos” dice alguien, y Plataneo parece convencido de ello, llevando su cámara hasta el techo y las inmediaciones (con ayuda de un dron). Su film, como varios de los citados, merece apreciarse en una sala de cine: ojalá pronto volvamos a disfrutar de esa y otras buenas experiencias que estos últimos meses –forzosa y dolorosamente– fuimos olvidando.

Por Fernando G. Varea
Imagen: fotograma de Libertad 121 (2020; dir. Rossanigo/Pire).

Fernando Chao: la lección del maestro

Tras estudiar filosofía y atravesar la Guerra Civil Española, el madrileño Fernando Chao llegó a la Argentina en 1940. Radicado en Rosario, comenzó a ejercer el periodismo con lucidez, llegando a ser jefe de la sección Espectáculos del diario La Capital durante treinta y seis años (de 1946 a 1982). En 1958 integró el Gran Jurado del 1º Festival Cinematográfico Internacional de Mar del Plata, al que volvió integrando el Jurado de la Crítica en otras ediciones. Crítico respetado (“iba al grano, la información era precisa, la opinión contundente… era un placer leerlo” escribió alguna vez el escritor y periodista Elvio Gandolfo), falleció un 18 de noviembre de 2006. Aquí una breve nota publicada en el suplemento Señales de La Capital seis días después, rescatando algunos recuerdos y opiniones que el viejo maestro había desgranado poco tiempo antes.

Claroscuros del mundo real

En un video que los organizadores del Doc Buenos Aires compartieron en su cuenta de twitter puede verse a la cronista de espectáculos de un canal de noticias hablando de la programación de la muestra de este año, frente a un periodista que la interrumpe para preguntarle “¿Hay policiales, alguna de tiros?”, para después rogarle que no sean de esos documentales que “están una hora y media mostrando a un tipo en un bote mientras un pájaro vuela”. La anécdota sirve para recordar las resistencias que suele despertar –incluso entre personas formadas y progresistas– el cine documental que se aparta de la urgencia televisiva para estimular pensamientos, removiendo ideas preconcebidas e invitando a ver el mundo de otra(s) manera(s).
Aunque el 20º Doc Buenos Aires se llevó a cabo durante una semana en la que las noticias (lo que los medios de comunicación consideran noticias) fueron muchas y resonantes, se alzó con dignidad fuera de ese corset televisivo ofreciendo documentos audiovisuales de distinto tipo –algunos con inevitables puntos de contacto con esos sucesos apremiantes–, que pudieron verse gratuitamente y de manera virtual. Esto último provocó algunas dificultades propias de la modalidad, pero también, a diferencia de años anteriores, facilitó el acceso a la muestra a quienes no vivimos en la capital argentina. Otros méritos fueron un trato amable con la prensa y la oportunidad de seguir por la web charlas en vivo del programador Roger Koza con algunos de los realizadores. Y aunque ya no estuviera físicamente presente, Marcelo Céspedes (de cuya obra habíamos escrito, tras su fallecimiento, aquí) lo estuvo a través del recuerdo de Carmen Guarini y otros organizadores y participantes, así como de varias de sus producciones, programadas a modo de homenaje.
Para la apertura y el cierre se programaron los dos más recientes eslabones en la obra del prolífico realizador independiente Raúl Perrone, habitualmente interesado en poner su atención en adolescentes del conurbano bonaerense.
4TRO V3INT3 (2020) comienza arrojando imágenes distorsionadas y aceleradas, atravesadas por diversos audios, para referirse al caos derivado de una tormenta en Ituzaingó. Los jóvenes skaters que van asomando después –con sus buzos con capucha, sus gorritas, sus piercings y la compañía de algún perro– parecen sobrevivientes cercados por una húmeda y mortecina atmósfera barrial. En sus conversaciones, interrumpidas por risas y bañadas por el humo de todo lo que fuman, asoman referencias aisladas (al dengue, a la homofobia, a los beneficios del consumo de cannabis) que revelan en este grupo de pibes ciertos conocimientos o interés por determinadas problemáticas sociales; fuera de ello –y de una voz algo solemne diciendo un poema en off– todo es divague, chistes, espontáneos comentarios sobre la saga de Spiderman o sobre la actitud a asumir ante la inestable cámara que va registrando sus gestos. Dejarse llevar por la frescura de esas voces y el clima casi fantasmal (al que contribuyen la música, sobreimpresiones y tomas fuera de foco) puede resultar hipnótico: Perrone vuelve a rendirse ante el encanto del argot juvenil y el paisaje suburbano, sin encontrar allí elementos que parezcan preocuparlo demasiado. En su otro film, 4LGUNXS PIBXS (2020), imágenes registradas en Buenos Aires y Brooklyn, diversas fuentes de sonido, cambios de registro y recursos tendientes a plasmar con lirismo un mundo cruzado por cervezas, graffitis, bicicletas y skates, renuevan su afán por captar sensaciones en medio del vértigo urbano. Aunque incluye audios de Los olvidados, Amor sin barreras y Pixote, la influencia mayor pareciera ser Gus Van Sant.
En un parecido tono de intimidad, de elocuencia sensorial sin palabrerío, se expresa Florencia Colman en la coproducción uruguaya-brasileña-cubana Ese furioso deseo sin nombre (2020), en torno a la maternidad.
Pero entre las producciones latinoamericanas, la que despertó (previsiblemente) más expectativas fue El triunfo de Sodoma (2020) de Goyo Anchou, suerte de brebaje rebosante de ingredientes incitantes procurando un discurso encendido a favor de las libertades, no sólo sexuales. Estimulando permanentemente al espectador (un poco como lo hacía, a su manera y en otros tiempos, La hora de los hornos, cuya música asoma por ahí), lanzando citas y eslogans casi sin respiro, su desprejuicio se materializa con una artillería de recursos audiovisuales (pantalla dividida en mitades y fragmentos, cambios de color, letreros que se superponen, efectos psicodélicos) y de principios declamados, algunos erráticos o confusos: se reivindica “la violencia feminista” al tiempo que se habla de “la opresión de las vacas”, de la “explotación anarco capitalista”, de la necesidad de “reescribir por completo la Constitución”, de heteronormas y bombas molotov. Incluyendo momentos cercanos al porno amateur y el registro de una desmañada reunión de jóvenes de clase media (uno de ellos con una imagen de Néstor Kirchner en la remera) en una terraza con pileta de lona incluida, El triunfo de Sodoma alterna provocaciones y chispazos de libertad creativa con cierto abigarramiento, trayendo a la memoria algo del cine de Jorge Polaco. Podría durar 15 minutos o 5 horas, sin poder evitar cierto humor involuntario e imprecisiones ideológicas.
Aunque la búsqueda emprendida por Refutación de Troya (2020) puede considerarse similar a la de Anchou, el trabajo de Gustavo Galuppo y Carolina Rímini es más maduro, evidenciando objetivos más claros. Apelando una vez más al found footage (como en BinariaPequeño diccionario ilustrado de la electricidad y otros trabajos previos), Galuppo-Rímini inquietan a partir de una idea precisa: el cine como medio de dominación o, como señalan en un momento, “como táctica militar”. La riqueza del material al que han recurrido para ilustrar sus consideraciones y el rigor con el que lo moldean (las imágenes aparecen bellamente rugosas, rayadas, enturbiadas) hacen de Refutación de Troya una experiencia estética e intelectualmente intensa. “Se pueden hacer imágenes o no hacerlas, se pueden hacer queriendo matar o queriendo no matar” se escucha o se lee, mientras el plano es ocupado por fugaces imágenes (de westerns, de videojuegos, de señoras de alguna antigua sociedad de beneficencia arrojando limosna a niños como si fueran palomas, de alguna cruel secuencia de un film del sobrevalorado Tarantino, de héroes y monstruos que el cine ha prodigado “para poder matar”). Ciertas expresiones pueden sonar demasiado terminantes (como alguna referida a Hollywood que irritaría a Ángel Faretta), pero cuando Galuppo-Rímini se preguntan “¿Contra quién?” o “¿Cuántas veces caer en la misma trampa?” intranquilizan saludablemente, sabiendo de qué hablan. El agregado casi final de información sobre manifestaciones de insurgencia en países de América Latina a fines de 2019, más las posteriores imágenes de flores, aire, agua y piel, referencias al valor de la palabra “fragilidad” y al descubrimiento de una civilización antigua no basada en la violencia, la explotación ni la guerra, confirman cuáles son sus preocupaciones, e incluso dónde está puesta su esperanza.
Por la misma dirección lleva la Calle de una sola vía (2020) del isrealí Erez Pery, quien, con el fondo sonoro de La guerra de los mundos (y otros audios), observa desde la ventana de su departamento neoyorquino a transeúntes y vecinos, enrareciendo hechos banales. Algo parecido ocurre en Diario de un organismo (2019), de la alemana Maya Connors, que reúne registros de diversos orígenes para jugar con el rol de los seres humanos en el planeta: “Por favor, pruebe que no es una máquina” es una frase que nos suele aparecer en la web y a la que la realizadora recurre, en un momento, como un chiste o no tanto.
Más tradicional –aunque no por eso menos valioso– es Pan amargo (2019), documental del iraquí Abbas Fadhel sobre refugiados sirios en un campamento situado junto a una ruta, en el Líbano. Chicos con sus miradas chispeantes mirando a cámara y testimonios desprendidos de conversaciones entre hombres y mujeres mientras ejercen sus mal retribuidas tareas o buscan cómo cuidarse de los efectos de la lluvia en el interior de sus carpas, son parte de la trama de resignadas penurias cotidianas (“Dios proveerá” suelen repetir) que registra Fadhel. Los alegres colores de túnicas y camperas engañan: quienes las usan son protagonistas de distintas formas de explotación en un lugar que no es el suyo, donde hasta el agua para el té es difícil de conseguir. Una convicción, o al menos un deseo, los alienta: “Volveremos a casa”.
Finalmente, es para agradecer que el 20º Doc Buenos Aires haya agregado a su grilla dos placenteras invitaciones a escuchar serenas charlas sobre cuestiones simples y profundas, ya que de eso se trata, en definitiva, Nicolas Philibert, azar y necesidad (2020), de Jean-Louis Comolli, y Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019), de Rita Azevedo Gomes, Pierre Léon y Jean-Louis Schefer. La primera se plantea como una amable entrevista de Comolli al gran Philibert en un acogedor jardín. El interés se centra en las reflexiones que va desgranando el realizador de Ser y tener (2002) y Regreso a Normandie (2007) sobre el cine y las problemáticas que ha abordado en su obra: “Filmo lo que quieran darme”, sostiene con humildad, agregando: “Tengo que aprender a resistir el deseo de filmar todo”. Sobre el final ambos coinciden que el cine documental, al requerir menos dinero y menos personal, permite más libertad.
En el segundo caso, el eje está en los conocimientos (sobre las “danzas macabras” que aparecen en viejos grabados del siglo XV, sobre el arte, sobre la muerte) que el teórico y filósofo francés Jean-Louis Schefer vuelca mientras él y sus interlocutores fuman o beben vino alrededor de una mesa, en encuentros plasmados con cierto sentido pictórico. Las agudas observaciones se intercalan con fragmentos de películas de Renoir, Mizoguchi o Buñuel, o con detalles del apacible marco natural que los rodea. En determinado momento asisten a un museo, y al detenerse en la contemplación de una pintura, afirman “No podemos filmar esto”. La gracia de una obra de arte o los conflictos de un grupo humano siempre será mejor verlos de cerca, cara a cara; no obstante, documentales como los reunidos para el 20º Doc Buenos Aires bien pueden ayudarnos a apreciar, comprender y completar, de alguna manera, los regocijos y las zozobras del mundo real.

Por Fernando G. Varea