Crear imágenes a través de la escritura

Son cuatro jóvenes que estudian o estudiaron cine y, al mismo tiempo, dedican buena parte de su tiempo a escribir. Pero no son guionistas, redactores de gacetillas o avisos publicitarios ni utilizan la escritura con un sentido práctico, sino que les sirve para expresarse, a través de cuentos, poesías o canciones. ¿Qué los lleva a confiar en el noble ejercicio de la escritura? ¿Cómo complementan su vocación por las artes audiovisuales con la posibilidad de volcar sentimientos e inquietudes en un texto?
Lisandro Giampietro (35 años) estudió Comunicación Social en la UNR y cine en la EPCTV. Después de realizar la serie documental Territorio cero, dictar un taller en Cetear, desempeñarse como ayudante de cátedra en la facultad y escribir un par de guiones que docentes y amigos celebraron, publicó en forma independiente Cuentos de cine. En este libro de 125 páginas despliega siete relatos en los que aparecen constantes guiños al mundo del cine: un film titulado El suburbano para emular El ciudadano, un director que piensa suicidarse por la mala recepción de un trabajo suyo (mientras un crítico radial opina “a Sanguinetti en el papel de rescatista no lo veo para nada”), los contratiempos de una filmación en una oficina de ANSES, una persona a la que le cuesta enfrentar la cámara para enviar un saludo de cumpleaños, etc. Comunicativos, sencillos, ocasionalmente tiernos, estos cuentos parecen ideales para cobrar forma como cortos de ficción. Su lectura se disfruta, sobre todo si se está familiarizado con pormenores de la profesión y se hacen propios interrogantes que desliza el autor, como la duda acerca de si el responsable del fracaso de un film es exclusivamente el director. Posiblemente distraiga un poco la abundancia de personajes en El video de cumpleaños o pueda discutirse el fastidio de un entendido ante la falta de emociones en el final de una película en Morir por el cine (cuento ganador de un concurso en Ordizia, localidad del País Vasco), pero Giampietro trasluce cariño y sensibilidad en sus escritos, en los que asoman referencias a lugares de la ciudad, al cine fantástico y a cierto culto por la amistad entre varones habitual en la obra de Fontanarrosa. El autor reconoce esta influencia (recuerda haber leído más de cincuenta veces Viaje al país de los Naninga, del humorista rosarino) y siente que la publicación de Cuentos de cine responde a una auténtica necesidad, mientras sigue escribiendo en sus ratos libres, tanto ficción en prosa como en formato de guión.
Federico Monti (24 años) reside en Rosario pero es de Pergamino, donde –con la ayuda de la Subsecretaría de Cultura de dicha ciudad– publicó este año su primer libro de poesías, Las flores y la criatura. Al mismo tiempo, comenzó a estudiar cine en la EPCTV, dejando atrás estudios de Contabilidad y de Historia. La muerte de su padre hace cinco años lo impulsó a escribir: “Tenía muchos interrogantes y escasas respuestas –confiesa–. Escribía en formato de canción sobre todo aquello que me dolía. Finalmente, haber asistido a un taller literario dictado por el escritor Daniel Ruiz Rubini me sirvió para perfeccionarme.” Sus textos invitan a la reflexión y suelen sugerir imágenes, como Un barco del sur: Nace de lagos de cristal / un barco del sur / revoluciona el agua y los sentidos /se condensan en la hora del viento / al margen de sierras / erosionadas como los arados de dios. / Muere de incógnitas de hielo / un hombre del mundo / transita la insignificancia y la existencia / se desnuda ante el temperamento del páramo / aunque agonice / en la memoria de un ángel.
Nacido en Río Negro, Alejandro Torriggino (28 años) se instaló hace algunos años en Rosario para estudiar cine en la UAI. Ya egresado, reparte su tiempo entre sus trabajos como realizador audiovisual y distintas presentaciones como músico y cantautor independiente. “Lo primero que compuse fue música para proyectos de la carrera y cortometrajes –recuerda–. Siempre me gustó escribir: cuentos cortos, poemas, letras de canciones, guiones. La canción es una película en sí misma. Con otro formato pero la misma intención: expresar una emoción y decir algo.” Con influencias que van de B.B. King y Pink Floyd a músicos contemporáneos como John Mayer y Gary Clark Jr., Torriggino encontró en el sello independiente River Flow Records la oportunidad de editar el año pasado su primer álbum, Sureste, producido y mezclado por el productor rosarino Gonzalo Esteybar. Este año llegó Blue Light, con raíces en la música afroamericana. “Una cosa que aprendí estudiando cine es a pensar en imágenes y en sonido –sostiene–. Es lo que hay que tener en cuenta a la hora de escribir un guión. Si hay una imagen evocativa que me atrae, la uso en una canción, y a veces a la inversa, uso una melodía para una escena o personaje. También incluí efectos de sonido en algunas de mis canciones.” No hace mucho musicalizó (junto a Esteybar) una proyección del clásico mudo de Fritz Lang Metrópolis (1927) en un conocido bar rosarino.
Matías Julián Pérez (18 años) también escribe canciones. A los diez años dejó de golpear cacerolas y comenzó a hacer música con su propia batería. Hoy se muestra agradecido a sus amigos Joaquín, Fabrizio, Micaela y León, que ayudaron en su afición por la música: los dos últimos le regalaron una guitarra eléctrica y otra criolla, con las cuales fue dándole vida a letras inconclusas que había escrito tiempo atrás. Con la experiencia de haber integrado junto a compañeros de su escuela secundaria, en Arroyo Seco, una banda llamada Multitud Rock, y tras haber compuesto canciones como En ti (dedicada a su madre), actualmente realiza presentaciones junto a Fabrizio Ricchetti, bajo el nombre Luz y Sombra. “Algo que nos caracteriza son las improvisaciones en vivo, tanto en letra como en instrumental –comenta–, lo cual me llevó a experimentar la rima improvisada”. Junto a Maribel Ferreyra, además, ha emprendido un proyecto llamado Acuáridas. Mientras tanto, estudia en la EPCTV. “Desde que empecé la secundaria, filmo y edito mis propios cortometrajes –cuenta–, proponiéndome crear una película por año. Así llegué a hacer ya ocho películas, con mi celular o con lo que podía, narrando mi paso por la secundaria y las experiencias, sentimientos e ideas que me atravesaron.”
Combinar la pasión por el cine con la producción de textos es el sueño de estos jóvenes, aunque no son los únicos (el periodista cinéfilo Martín Fraire tiene una novela escrita que espera salir a la luz, Federico Basteri publicó recientemente su libro Retorno a la oscuridad tras estudiar cine en la UAI, y la lista podría ensancharse). “La clásica recomendación a los que empiezan a escribir es: escribe sobre lo que sabes –sostiene Lisandro Giampietro–. No sé si sé de cine, pero quería escribir y las ideas que se me ocurrían se relacionaban con ese mundillo que conocía y que me proporcionaba material para desarrollarlas.” Alejandro Torriggino sostiene que, en su caso, el cine y la música van muy unidos al hecho de crear algo, y concluye: “Después de todo, la historia es lo que cuenta y cómo está contada, sea en un corto, película o canción.” Por su parte, Federico Monti considera que “lo escrito le da materialidad a cosas volátiles como pensamientos, ansiedades, locuras, alegrías, tristezas, ideas… si no se vuelcan sobre un papel, desaparecen.” Y agrega: “En el cine el guión es una guía, una brújula, del mismo modo que, en su momento, lo fue para mí la poesía para asumir la muerte, tener los pies sobre la tierra y seguir mi vida.”

Por Fernando Varea

Imagen (de izq a der): Lisandro Giampetro, Alejandro Torriggino, Federico Monti y Matías Julián Pérez.

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Latidos del dinámico corazón audiovisual

SIETE LATIDOS
(2016/2017; dir: Francisco Matiozzi Molinas)

Hablar de cine con cine: esa saludable premisa convierte a Siete latidos en una perla digna de ser rastreada por cinéfilos, estudiantes y docentes de la especialidad. Es que la iniciativa de este programa televisivo de reunir anécdotas y opiniones de quienes generan material audiovisual en el ámbito de nuestra provincia, escapa a la fórmula de la entrevista tradicional y a la tentación de hacer un programa sobre cine que pueda escucharse por radio.
En principio, las figuras y las voces de los convocados en cada emisión para volcar sus experiencias aparecen atravesadas por imágenes (de sus propios trabajos y de películas que han resonado en sus vidas), sin que Siete latidos ceda a la nostalgia haciendo de cada testimonio la reconstrucción de un Cinema Paradiso personal: los recuerdos se alternan con los proyectos recientes y la información se despliega jugando con los modos de comunicación de estos tiempos, como los mensajes por whatsapp, o enfrentando al invitado con sus propias creaciones, como si se viera en las mismas ante un gran espejo.
Los cineastas pueden citar un film conocido de Fernando Birri o de David Lynch pero también obras más secretas y marginales: en todos los casos, asoman tramos de esas piezas para ilustrar el testimonio. Sin dudas, ese encomiable trabajo de búsqueda, investigación y edición es otro mérito de Siete latidos, en un medio como el televisivo que genera diariamente contenidos con holgazanería.
Cada emisión se centra en tres personas de una misma especialidad y la lucidez de las reflexiones depende de lo que cada uno pueda aportar. Es valorable que, transitando ya su segunda temporada, hayan pasado hombres y mujeres de distintas generaciones, formaciones y estilos: los directores Mariana Wenger, Diego Castro, Pablo Romano, Gustavo Postiglione, Jesica Aran, Mario Piazza, Hugo Grosso, Lucrecia Mastrángelo, Rubén Plataneo, Florencia Castagnani, Juan Diego Kantor, Patricio Carroggio, Pablo Testoni, Francisco Zini y Diego Fidalgo; los productores María Langhi, Rocío Luna, Fernanda Taleb, Javier Matteucci, Luciana Lacorazza, Roxana Bordione, Leandro Rovere, Lorena Di Natale y Fernando Gondard; los guionistas Francisco Sanguinetti, Francisco Pavanetto y Romina Tamburello; los directores de fotografía Héctor Molina, Mauro Barreca, Marcos Garfagnoli, Sergio García, Alejandro Pereyra y Fernando Zago; los montajistas Ignacio Rosselló, Verónica Rossi y Martín Pérez; los sonidistas Ernesto Figge, Carlos Rossano y Alexis Kanter; los músicos Alexis Perepelycia, Martín Delgado e Iván Tarabelli; y los directores de arte Oscar Vega, Lucas Comparetto y Guillermo Haddad. Es de desear que la lista se ensanche aún más –modestamente, sugerimos a la gente de Siete latidos bucear en nuestra sección Cine en Santa Fe para tener presentes otros nombres, incluso no estaría mal ir más allá de lo que se hizo y se hace en el ámbito de nuestra provincia– y que los capítulos ya realizados tengan mayor circulación, no sólo en TV sino en aulas, muestras de cine y encuentros de debate de esos que en Rosario escasean bastante.
Con guión, producción ejecutiva y dirección de Francisco Matiozzi Molinas (Murales – El principio de las cosas), acompañado de un nutrido grupo de estudiantes y egresados de la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario (quien esto escribe puede dar fe del entusiasmo y voluntad de trabajo de algunos de ellos, como Matías Atuel Rodríguez, Manuel Pérez Mora, Matías Miele, Pablo Funes, Martín Ybarra, Ramiro Álvarez Antognini, Daniel Do Couto, Miler Blasco, Victoria Cabral y Bianca Motto), esta serie documental que se está emitiendo por el canal estatal santafesino 5RTV (canal 8 en la grilla de Cablehogar), exhibe una calidad desacostumbrada en nuestra televisión y en cada capítulo permite, entre otras cosas, recordar algunas de las tantas posibilidades que ofrece el cine como oficio, entretenimiento, medio de expresión y herramienta de aprendizaje.

Por Fernando Varea

http://5rtv.com.ar/

Ídolo con pies de barrio

FONTANARROSA, LO QUE SE DICE UN ÍDOLO
(2017; dir: Juan Pablo Buscarini / Hugo Grosso / Héctor Molina / Gustavo Postiglione / Pablo Rodríguez Jáuregui / Néstor Zapata)

Con Roberto Fontanarrosa (1944/2007) cada uno elige su propia aventura: reírse con los chistes gráficos que publicó en distintos diarios y revistas, divertirse indefinidamente con la vitalidad del uso que hacía del idioma gauchesco su personaje Inodoro Pereyra, valorar la mirada paródica que subyacía bajo la dureza de su creación Boogie el Aceitoso, adentrarse en la lectura de sus cuentos cargados de picardía y anécdotas, reconocerse en la pasión del humorista rosarino por el fútbol y su devoción por la amistad, admirar la humildad que mantuvo aún siendo una figura pública reconocida en distintas partes del mundo… O todo eso junto.
Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo se interesó por sus relatos, encargando a seis realizadores rosarinos la tarea de representarlos. Lamentablemente, la decisión de que participaran sólo directores de largometrajes de ficción con estreno comercial (Julia Solomonoff, Rodrigo Grande y Fito Páez no pudieron sumarse) dejó afuera a jóvenes que han dado muestras de capacidad con sus cortos y mediometrajes: Federico Actis y Juan Francisco Zini, por ejemplo (que formaron parte de distintas ediciones de Historias breves con Los teleféricos y Los invasores, respectivamente), u otros, podrían haber aportado frescura.
Con los cineastas finalmente reunidos, abordando cada uno un cuento diferente (salvo el segmento de animación, que se divide en tres), se obtuvo como resultado un producto simpático y desparejo, en buena medida ganado por un aire nostálgico. El espacio que transita el film tiene algo de geografía perdida en el recuerdo de los mayores, con antiguos clubes y casas de barrio, partidos de fútbol no mercantilizados y bares nocturnos sin sobresaltos. El rescate que el conjunto hace –deliberadamente o no– de esos elementos lo lleva a dar protagonismo a hombres de vidas grises y modestas, poniéndose de su lado con cierta compasión, sin subrayar su posible patetismo. Algo plausible, en principio, en estos tiempos de reconocimientos varios para una película como El ciudadano ilustre (2015, Duprat/Cohn), en la que personajes similares son claramente ridiculizados.
Mirar afectuosamente a esos individuos parece razonable: era lo que Fontanarrosa hacía. El humor del Negro no llegaba a ser verde pero tampoco era blanco, nutrido de chanzas que agregaban viveza a relatos que podrían desprenderse de conversaciones con amigos en la sobremesa de un asado. Esa mezcla de desparpajo y sensibilidad se advierte a lo largo de las dos horas de película, residiendo allí su principal fortaleza.
Al mismo tiempo, el excesivo respeto a los textos la conduce, por momentos, hacia un resbaladizo terreno cercano al conservadurismo. Sospechar de las intenciones de una mujer atractiva, inquietarse ante la probabilidad de enfrentarse con una travesti, hacer bromas con un hombre vestido de mujer o con la gordura de un pibe, parecen resabios de una época en la que no se hablaba de bullying ni se alzaban pancartas con la expresión Ni una menos. El propio Fontanarrosa, con sus chistes, sabía reflejar los cambios que atravesaban nuestra sociedad, y para muestra basta señalar aquél en que alguien se lamentaba por la permanencia de prejuicios al ver el cartel de una Academia de Danza que pedía bailarines prometiendo “Absoluta reserva”. La película no se permite aggiornar la socarronería e idealización de determinados tipos humanos que sobrevuelan algunos de los cuentos tomados, por eso provocan cierta incomodidad las alusiones a las provocaciones de la chica víctima de una supuesta violación (más allá de que se indique que la acción transcurre en 1980) o las penurias de un inocente muchacho con un pene desproporcionado (cuyo final trae a la memoria a La última mujer, aunque en la película de Marco Ferreri el hecho no tenía nada de gracioso). “Ustedes bien saben cómo son los barrios, ese culto que existe por el machismo, por la cosa viril”, sostiene en un juzgado el amigo de este último, sin que nadie ponga en duda esos valores y como si la situación se desarrollara en un tiempo pretérito, sensación que acentúa al comentar que leyó una información en la revista Maribel.
Respecto precisamente al trabajo de adaptación, así como hay modificaciones en Vidas privadas, de Gustavo Postiglione (ensanchando la revelación que el cuento se reserva para el final), y El asombrado, de Héctor Molina (ubicando como protagonista a un actor que supera en veinte años al de su personaje), en otros casos es tal la sujeción al texto que el mismo es directamente leído o narrado, por un actor o un locutor, por lo que la gracia termina dependiendo exclusivamente del original, sin elaboración posterior. Esto no implica dejar de reconocer el entusiasmo que Dady Brieva pone en su monólogo y el tono más que apropiado que Miguel Franchi le da a las Semblanzas deportivas, en este caso con los reconocibles monigotes dibujados por Fontanarrosa cobrando algo de movimiento por obra y gracia de Pablo Rodríguez Jáuregui.
El productor y realizador Juan Pablo Buscarini (1962, Rosario) fue el impulsor del proyecto, y es precisamente su episodio No sé si he sido claro el que ostenta mayor precisión y acabado formal, en comparación con los de algunos de sus colegas, que contienen raptos de ensoñación no expresados claramente o ambientes algo indefinidos. La aspiración de Buscarini ha sido loable y la película exhibe valores: a los ya mencionados, pueden añadirse la inalterable eficacia del joven Juan Nemirovsky más el aprovechamiento de la simpatía de Pablo Granados y Chiqui Abecasis en Sueño de barrio (Néstor Zapata), la serenidad con la que Luis Machín se hace cómplice del espectador sin pasarse de listo en Elige tu propia aventura (Hugo Grosso), el cruce de realidad y representación de Vidas privadas (las discusiones entre personajes y el teatro han interesado siempre a Postiglione), y el cariño con el que Molina plasma en El asombrado las preocupaciones de su medroso freak sin burlarse de él; estos dos últimos con beneficiosos plus: la sobriedad de Jean Pierre Noher y los disfrutables encuentros de Darío Grandinetti con Claudio Rissi.

Por Fernando G. Varea

Chistes de Fontanarrosa sobre cine recopilados por Espacio Cine aquí

BAFICI 2017: películas para celebrar y discutir

A continuación, la opinión de Espacio Cine sobre algunas de las películas exhibidas en las distintas secciones de la 19ª edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Por Fernando Varea, Javier Rossanigo y Gonzalo Villalba).

95 AND 6 TO GO
(Kimi Takesue) –Competencia Internacional–
Una joven comparte algunos días con su abuelo viudo de 95 años en su casa de Hawaii, pidiéndole consejos para un guión que intenta filmar. Las conversaciones –en medio del trajín cotidiano del anciano, que no deja de resolver problemas domésticos y prepararse su comida diariamente– van llevando a que ese proyecto se transforme en lo que se ve: contar la historia de un hombre que ha vivido casi un siglo atravesando dichas y sufrimientos. Registrando con delicadeza momentos de la vida cotidiana, alternados con imágenes del imponente paisaje que enmarca la casa, el film va convirtiéndose en una afectuosa mirada sobre el paso del tiempo, con alguna cita a Vivir (1952, Akira Kurosawa), sin énfasis ni golpes bajos. De las charlas se desprenden comentarios suspicaces sobre el cine pero también recuerdos sobre guerra y destierro: lo valioso es que, a través de esas confesiones de entrecasa, más las fotografías y objetos que atesora la morada, va asomando la historia de Japón. Convenientemente, la directora decide no mostrarse (salvo en una sola escena, en la que aparece ensombrecida), por lo que nunca deja de ser el centro el entrañable viejo. A pesar de no ser demasiado original su idea, y de un tramo final poco sutil, fue una de las películas más disfrutables de la competencia principal por su encanto y emotividad contenida.
Fernando G. Varea

LIBERAMI
(Federica Di Giacomo) –Competencia Internacional–
La rutina de trabajo de un viejo sacerdote que practica exorcismos de manera expeditiva y con modales algo bruscos, es el sostén de este documental seco, sin música ni calidez, sobre un tema siempre discutido. Las personas que buscan curación son de distintas edades y sexos: la cámara las toma muchas veces de espalda, pero algunas (como un jovencito de personalidad turbulenta que parece vivir al filo de la marginalidad) son acompañadas y expuestas, revelándose cómo su vida diaria se ve afectada por estos ataques. El film se acerca a un buen informe televisivo, aunque sin periodistas ni especialistas dando explicaciones cerradas sobre el espinoso asunto. Cuando el cura reparte agua bendita torpemente o exorciza por teléfono, Liberami divierte, pero no busca ser sarcástica; por el contrario –más allá de la opinión que uno pueda tener sobre estos fenómenos y los improvisados consejos que brinda el sacerdote–, hay momentos en que estremece y preocupa. Sin rasgos que le den singularidad, el film interesa más que nada por lo que expone.
Fernando G. Varea

EL CANDIDATO
(Daniel Hendler) –Competencia Internacional–
Esta curiosa comedia que va tomando forma de liviano thriller transcurre totalmenteafiche el candidato en el interior de una estancia, en la que vive el hijo de un empresario (exitoso aunque de pocas luces) que busca abrirse camino en la política. La reunión con un grupo de diseñadores y publicistas para idear la campaña será el punto de partida para disparar ironías y desembocar, finalmente, en un clima de amenaza y persecución. Como guionista y director, Hendler –tras el antecedente de la discreta Norberto apenas tarde (2010)– se muestra hábil, proponiendo un film con varios momentos eficaces, aunque hubiera resultado deseable más velocidad en los tramos humorísticos y un ritmo que generara mayor tensión en su última parte. Hay profesionalismo, astucia y buenos desempeños actorales (ajustadísimo Diego De Paula como el candidato en cuestión, excelentes Ana Katz y Verónica Llinás); de todas formas, algunos elementos no parecen encontrar el tono justo: la fotografía de Lucio Bonelli, por ejemplo, que priva de presagios al lugar, o la caracterización de Matías Singer como un  adolescente ingenuo y sin posición tomada ante los hechos (sólo reacciona, en un único momento, para defender a su novia). Sus mayores méritos están en el logro de divertir moderadamente sin apelar a recursos gruesos y de llegar a ese fin burlándose de ciertos tópicos del momento político actual.
Fernando G. Varea

ESTIU 1993
(Carla Simon) –Competencia Internacional–
Otro de los premios de la Competencia Internacional fue para Carla Simon como mejor directora por su hermosa ópera prima. El título, en catalán, hace referencia al verano de 1993 en que tiene lugar la historia de Frida, una niña de unos ocho años que tras la muerte de sus padres infectados con el entonces muy potente virus del HIV se muda a casa de sus tíos en un pequeño pueblo cerca de Barcelona. Simon narra la complicada adaptación de Frida a su nuevo hogar como un relato de aprendizaje en sordina. Es decir, interesan menos los momentos bisagras, esos de matices excepcionales en torno de los cuales se suele organizar luego el recuerdo, que los pequeños episodios cotidianos, narrados aquí con una frescura infrecuente y en la que quizá debiera rastrearse la marca autoral de la directora. Así, por poner un ejemplo, el episodio en que  Frida llame por primera vez a sus tíos con el vocativo papá o mamá está completamente elidido en función de homologar cada una de las experiencias de la niña en un mismo nivel de importancia; lo que se logra con este recurso es replicar el desconcierto que suscita en Frida ese trayecto en el que debe recomponer su subjetividad y en el que cada momento es vivido como por primera vez. Los recursos de Simon pueden no resultar novedosos para quienes tengan bien vistas las películas de Lucrecia Martel: creación de un presente continuo, fragmentación del espacio, percepción del mundo a través de la mirada infantil. Lo cierto es que lejos del epigonismo (ya que tales recursos no son privativos del universo marteliano sino, en todo caso, de una poética contemporánea bastante difundida), Simon logra componer un vital mundo ficcional cuya perfección a nivel narrativo puede llegar por momentos a  suscitar la sospecha de que detrás de cámara haya quizá alguien demasiado cómodo en el dominio de sus estrategias. Sin embargo, el resultado final compensa cualquier duda y la certeza que permanece una vez terminada la película es que la cineasta española consiguió retratar con agudeza el difícil tránsito del desamparo al calor del nuevo hogar por el que tuvo que pasar la pequeña Frida.
Javier Rossanigo

WIND
(Tamara Drakulić) –Competencia Internacional–
Viento, playa, sol, el rumor constante del mar: el ámbito en el que se desarrolla esta película serbia es paradisíaco. Allí pasa sus días de verano una chica de dieciséis años con su padre hippón que no para de fumar y con quien no parece llevarse muy bien. El contacto con un surfista veinteañero que anda por ahí a los besos con su novia logra sacar a la protagonista de su inconformismo adolescente. Con planos fijos del apacible paisaje (salvo durante un viaje en moto) y la amable interferencia de algunas canciones, el film seduce por la sobriedad con la que despliega sus conflictos. Un tono distendido y, a la vez, impregnado de sensaciones propias del universo adolescente (caprichos, desorientación, despertar sexual, necesidad de ser el centro de atención), hace de Wind un fresco anímico y sensitivo sin grandes sorpresas ni estridencias.
Fernando G. Varea

REINOS
(Pelayo Lira) –Competencia Internacional–
Este primer largometraje del chileno Lira organiza una puesta en escena que exhibe un esquema convencional de relato de iniciación. De tal modo, la concesión de la narración desde la perspectiva de Alejandro, quien cursa el primer año de la carrera de periodismo, desarrolla un argumento de progresivo descubrimiento sobre la vida adulta centrado en el aprendizaje amoroso que  experimenta en la relación con la estudiante mayor Josefina, alumna próxima a egresar de la universidad. En tal sentido, la trama plantea cierta semejanza con el relato de iniciación relativo al aprendizaje e inicio de carrera política que narrara el film de Santiago Mitre, El estudiante (2011), aunque aquí la realización  elide (afortunadamente) la voz en off del narrador demiurgo que fijara un único sentido de interpretación. De ahí que posibilite sostener una intriga tanto en el paulatino conocimiento, en el desembozo de intenciones que resultan de los sucesivos diálogos mantenidos por la pareja protagónica, y que también registre una exploración corpórea en una suerte de educación erótica –no exenta de tensión– legible en la iniciación de Alejandro en encuentros sexuales. Por último, en ese derrotero de aprendizaje, la universidad sólo presupone una localización que, semejantemente al film de Mitre, otorga un marco donde situar el relato de metamorfosis que experimenta el protagonista. Evolución que, dinamizada por la pérdida de la inocencia en el iniciado, asesta entonces una previsible crítica moral sobre las relaciones hipócritas que dominan el mundo de los adultos. Porque para Reinos la única vía de acceso a la madurez implica la defraudación que obliga a adjurar de las ilusiones altruistas juveniles.
Gonzalo Villalba

VIEJO CALAVERA
(Kiro Russo) –Competencia Internacional–
La muy buena ópera prima de Kiro Russo se llevó el premio especial del jurado en la Competencia Internacional. Aquí el joven director retoma el mundo de los mineros de su cortometraje Juku (2012) pero incorporándole en esta ocasión un elemento extraño que viene a traer algo de intranquilidad en este microambiente bastante endogámico. Ese elemento es en verdad una persona y, para más detalles, una no muy querible. Elder Mamani es un intratable joven boliviano que tiene un apego al alcohol tan acendrado como su desapego hacia las personas, con quienes parece no saber relacionarse si no es por medio del improperio. Tras la muerte de su padre, Elder es llevado contra su voluntad a vivir con el resto de la familia en un intento de su tío de reencauzar al joven en una vida más ordenada, para la cual está contemplado que comience a trabajar en la mina de Huanumi a la par de los hombres de la zona. La desprolija sinopsis es apenas una aproximación a la película de Russo, quien trabaja sobre esa línea argumental con un deliberado descuido por hacer inteligible su progresión narrativa para dedicarse en cambio, con una atención por momentos preciosista, a trabajar en el nivel de las formas: los encuadres, los movimientos de cámara y el tratamiento de la fotografía, que apuesta a extremar la oscuridad del plano, son aquí lo que realmente importa para componer el relato. La jugada de Russo es arriesgada en la medida en que todo el tiempo acecha a la película la amenaza de caer en el regodeo formalista. Sin embargo el director boliviano hace notar que cada decisión formal es funcional al ambiente claustrofóbico de la mina y a la encerrona existencial en que se debate la vida de su protagonista. Sobre el tercio final la película abandona sus aires metafísicos y traiciona audaz y eficazmente su propia poética para retratar con recursos más cercanos al realismo al grupo de mineros que, ahora sobre la superficie de la tierra y totalmente distendidos, disfrutan de unos días de descanso en un complejo vacacionaluna-ciudad-provincia-rodrigo-moreno del sindicato. Hermosos retazos de vida que la película prodiga junto con la creencia –en tantos otros films despreciada– de que en los vínculos filiales y de amistad anidan las más certeras razones que vuelven tolerable cualquier existencia.
Javier Rossanigo

UNA CIUDAD DE PROVINCIA
(Rodrigo Moreno) –Competencia Argentina–
Como sus títulos de crédito, esta incursión de Rodrigo Moreno en las rutinas de una ciudad entrerriana está escrita con minúsculas. Después de un comienzo en el que la cámara envuelve, con un elegante movimiento, una majestuosa edificación mientras se escucha la música que un pueblerino interpreta en una emisora de radio local, se da paso a una mirada que pone su atención en lo pequeño y lo frágil. Moreno no busca satirizar ni idealizar las sencillas costumbres de los pobladores; sólo se detiene en gestos y detalles, que van apareciendo como en bloques, determinados por distintos ámbitos. Delectándose con los empleados que entran y salen de distintas oficinas en el interior de una dependencia oficial, o con una mano que intenta acomodar pequeñas artesanías en una vidriera, logra gags imprevistos que recuerdan el cine de Jacques Tati; colándose en las conversaciones de dos pescadores o de un grupo de risueños adolescentes, consigue extraer miradas y expresiones sinceras, en las que puede hallarse algo de esa nobleza difícil de encontrar en las grandes ciudades; acompañando a dos chicas que no paran de criticar a personas que conocen mientras circulan en moto, convierte un hecho intrascendente en un acto vital y gracioso. Algunas decisiones no parecen justificadas, como demorarse dos veces en el juego de unos jóvenes rugbiers (si bien en la segunda ocasión una pelea entre los mismos produce chispazos), aunque se evidencia, y se agradece, que el director esté todo el tiempo raspando el diamante en bruto que ofrece su material, encontrando a menudo fulgores y explotando, con el encuadre o la edición, ideas con sentido lúdico. En estos tiempos en los que casi no apartamos la vista de nuestros teléfonos celulares, el film reivindica el placer de mirar (personas, perros, calles, paisajes, lo que sea), distrayéndose incluso, sin apuro ni fines utilitarios.
Fernando G. Varea

CETÁCEOS
(Florencia Percia) –Competencia Argentina–
Percia construye en su primer largometraje una comedia que explota la abulia característica de la vida burguesa que, si bien cuenta con seguridad y confort económico, al mismo tiempo resulta intolerable debido a la cadencia iterativa de la rutina cotidiana. En tal sentido, comienza con una escena de mudanza que continuará el propio proceso de migración interna de su protagonista, Clara (Elisa Carricajo), una joven profesora e investigadora desencantada con la trayectoria construida hasta ese momento de traslado con la cual se abre la película. De ahí que el relato avance mediante el planteo de eventos irrisorios, donde Clara participa motivada por el hastío insalvable ocasionado por esa vida profesional que el film retrata antagónico con los nuevos intereses que sintetizan ejemplarmente las secuencias de resistencia a aceptar una beca de investigación. De tal modo, la apuesta humorística de Percia debe leerse en la incursión absurda de Clara en actividades recreativas e inutilitarias que abarcan desde salir a bailar con una cohorte de extranjeros desconocidos, hasta el retiro espiritual con un grupo de new age en el campo. De hecho, el intento por construir secuencias humorísticas con mayor grado explícito que puede visualizarse en la fascinación por las ballenas del biólogo marino Martín (Esteban Bigliardi), fracasa en la medida que recae en el gag previsible de imitación torpe de sonidos guturales. Finalmente, si apuesta por un humor de índole absurda, resulta improcedente el reclamo de verosimilitud basado en el juicio moral sobre el abandono irresponsable del confort que decide la protagonista. Próxima a la irracionalidad lúcida que proponen las películas de Wes Anderson, Cetáceos imagina las eventualidades que podrían suceder luego de decidir dar el portazo a una vida emocional y económicamente estabilizada pero asfixiante.
Gonzalo Villalba

NIÑATO
(Adrián Orr) –Competencia Internacional–
Registro presumiblemente documental de la vida de un treintañero cantante de hip-hop que lidia con la crianza de sus tres pequeños hijos, esta ópera prima tiene el aliento del cine de los hermanos Dardenne, aunque su intención testimonial es más lateral y menos explícita. El aspecto ocasionalmente descuidado de los chicos, la luz mortecina de los espacios cerrados, la lluvia exterior y los sonidos de sirenas encaminan el retrato personal-familiar hacia un terreno desangelado, indicador de que las cosas no funcionan demasiado bien en la España actual. Algunos diálogos casuales agregan elementos, con el vínculo padre-hijos en primer plano. “Lo que hacemos es lo que somos, no lo que pensamos que somos”, les dice el joven a sus chicos, cuyas travesuras (e incluso sus llantos) asoman espontáneamente. En algún punto recuerda a Go get some Rosemary (dirigida por Joshua y Benny Safdie, exhibida en el BAFICI siete años atrás), pero lo que se busca aquí es captar instantes de la vida de estas personas y sus sentimientos, a través de la elocuencia de sus miradas. Aunque el premio a Mejor Película pareció excesivo, el film de Orr es un ejercicio atendible que deja un sedimento agridulce.
Fernando G. Varea

UNA MUJER
(Daniel Paeres/Camilo Medina) –Competencia Latinoamericana–
Ninguna propuesta original que resulte ajena a los clisés melodramáticos de la telenovela de la tarde puede encontrarse en esta ópera prima de la dupla colombiana Paeres y Medina. En tal sentido, parece proponerse trasladar al cine una versión resumida y sintetizada de los enredos amorosos que, magnificados y multiplicados en el guión de la telenovela, permiten sostener la producción diaria de episodios requerida por ese formato televisivo. De ahí que esa síntesis que impone aquí el propio medio cinematográfico, resuelva en una notable chatura y artificialidad en Gabriela (Diana Giraldo), la protagonista que explica el título de la película, reducida a mero arquetipo de mujer despechada que –como todo espectador de telenovela sabe– es capaz de las acciones más bajas por el Amor (así, con mayúsculas). Por ese motivo, el intento de proximidad con la figura de femme fatale que dejan leer las escenas de sexo en las cuales Gabriela alterna entre diferentes amantes a fin de conseguir sus propios objetivos quede, finalmente, desdibujada frente a la personificación prevalente como antiheroína convencional, cuya mala experiencia en el amor desencadena un derrotero destructor de las (buenas) familias constituidas. Por último, si todo el film no escapa formalmente a las fórmulas que –previsiblemente– concentra el tópico del triángulo amoroso conformado por Gabriela con dos varones que son entre sí mejores amigos, por otro lado tampoco renuncia a la moralina bienpensante que vertebra la sinopsis argumental de las telenovelas. De allí que, si pareciera pretender reivindicar el libre albedrío femenino a través de la manipulación sexual que Gabriela intenta con sus amantes, contrariamente resuelva, en una escena final netamente reaccionaria, condenarla en calidad de mala mujer reventada.
Gonzalo Villalba

CÍCERO IMPUNE
(José Celestino Campusano) –Competencia Argentina-
Sus ficciones ambientadas en barrios marginales, no muy pulidas y sin actores profesionales, le sirvieron a Campusano para ser considerado por muchos referente distintivo de un cine argentino realista y sin adornos. Su nueva película es otra muestra de ese estilo desmañado, aunque narrativamente más convencional y con un look más rockero, al menos si se tiene en cuenta la música que resuena en la banda sonora. Hablada en portugués, esta historia de un joven que sale a la búsqueda de un hechicero-violador serial reúne personajes de actitudes ingenuas, envueltos en un engranaje de situaciones armadas precariamente. Desde funcionarios estereotipadamente maliciosos o indiferentes hasta prostitutas baratas de dentadura perfecta, todo conduce a una verosimilitud dudosa, a pesar de que en los recovecos del pueblo brasileño por donde la cámara se mueve –casi siempre con indecisión de aficionado– se advierten sensaciones cercanas y ciertas. Si esa estética, en la que parecen cruzarse el cine de Armando Bo y Crónica TV, da para discutir largamente, en esta ocasión se agrega un enfoque simplón (con una resolución políticamente incorrecta) sobre machismo pueblerino, inoperancia de autoridades, abusos sexuales y femicidios.
Fernando G. Varea

OTRA MADRE
(Mariano Luque) –Competencia Argentina–
Mujeres de distintas edades comparten silencios y charlas en sus casas y lugares de trabajo, en el contexto de una serena población cordobesa. De eso se trata Otra madre: de describir con delicadeza ese universo íntimo en el que lavarropas, máquinas de coser, tareas escolares y cremas para la piel mantienen ocupadas a estas madres, hijas, hermanas o amigas, todas deteniendo en algún momento su mirada en algún punto lejano, pensativas, transmitiendo una conmovedora melancolía. Salvo una noche distendida en un bar con música de fondo, el resto son instantes de soledad y pequeñas o grandes preocupaciones (que casi no se dicen pero se intuyen). El joven realizador cordobés Mariano Luque ya había mostrado interés por el mundo femenino en Salsipuedes (2012), pero acá da un paso adelanteencuadrando los ambientes como recortándolos sutilmente de la realidad y aprovechando las posibilidades que el paisaje cordobés puede ofrecer cuando aparece alejado de los clisés turísticos. Esa creación de un estado anímico marcado por la congoja (hasta cuando dos de las mujeres mantienen una cordial conversación mientras comen helado asoma una música que baña la situación de tristeza) se sostieotra_madrene en la expresividad de Mara Santucho, Eva Bianco y las otras actrices, así como en el excelente trabajo de Eduardo Crespo como director de fotografía.
Fernando G. Varea

EL CORRAL
(Sebastián Caulier) –Hacerse grande–
El cine de Caulier evidencia una notable tendencia en narrar el envés de las instituciones. Particularmente, su escueta pero remarcable producción fílmica concentra la crítica de humor ácido contra la escuela: esa institución que la doxa progresista encubra responsable de la formación y socialización igualitaria entre los ciudadanos. De tal modo, si en el precedente La inocencia de la araña  (2011), Caulier centra la puesta en el conflicto moral de atracción sexual entre docentes y alumnos (por cierto, temática que ese mismo año explota seriamente desde la perspectiva lgbt Marco Berger con Ausente), aquí construye una trama nucleada en la venganza resentida que acometen los alumnos marginados por el curso. Esa condición de raritos que, incluso, Caulier explota en fugaces escenas homoeróticas, funda la amistad entre los jóvenes protagonistas. Por un lado, el tímido Esteban (Patricio Penna), personificado siguiendo los rasgos estereotipados del nerd que presuponen desde la portación de anteojos hasta la afición a la escritura (con autofiguración de poeta maldito incluida), y, por otro, Gastón (Felipe Ramusio Mora), el nuevo alumno recién llegado al colegio que resulta excluido por los propios compañeros en virtud de su condición de outsider. De ahí que el desarrollo recurra al conocimiento paulatino de la personalidad pseudo anarquista que Esteban descubre y, a la vez, le fascina en su nuevo y único amigo, al tiempo que esa relación le exija la participación cómplice en ataques dirigidos contra compañeros y profesores abusadores. El mismo colegio es retratado como escenario patético de enclaustramiento y adoctrinamiento juvenil, que bien merecido tiene cualquier tipo de atentado. Por último, si bien la puesta pretende parodiar el discurso de buena conciencia sobre la escuela, Caulier no percibe en aras de ese propósito el desfasaje antiverista suscitado en el personaje de Gastón, emisor de un discurso político altisonante de raigambre anárquica que no puede salvarse en la causa de mayor verosímil de rebeldía adolescente, pese a las múltiples veces que lo obligan a repetir la palabra boludo a fin de ligarlo con el argot juvenil. Como si este personaje adolescente fuese habitado por el adulto Caulier, registra allí el único despropósito en una realización con remarcable destreza técnica (ejemplar la secuencia de baile en el boliche que hace uso de la iluminación y la música para sugerir el estado interno de los personajes) y un argumento excéntrico y original, encomiable dentro de la falta de ideas generalizada en el cine contemporáneo.
Gonzalo Villalba

TOUBLANC
(Iván Fund) –Vanguardia y género–
Sobre un guión escrito por el santafesino Iván Fund, el entrerriano Eduardo Respo y el cordobés Santiago Loza, esta película de apacible belleza se presenta “inspirada en vida y obra de Saer” (sic). Apropiadamente entonces, imágenes de París y Santa Fe se cruzan sin previo aviso, surgen distraídamente un fresco isleño en una pintura o un ejemplar de Cicatrices, un caballo enigmático, un juego a la pelota y otras piezas desprendidas de la obra del escritor serodinense. El relato se hilvana en torno a tres personajes: un policía, una profesora de francés y un alumno de ésta, interpretados respectivamente por Nicolas Azalbert (crítico y cineasta francés), Maricel Álvarez (la actriz de Biutiful y Mi amiga del parque) y el joven Diego Vegezzi. Pero lo que les sucede no conduce a desenlaces cerrados: importa lo que sienten y recuerdan; por eso Fund emplea la pantalla dividida desdoblando acciones y crea una atmósfera melancólica, con fragmentos de pudoroso encanto registrados en calles parisinas o en las islas santafesinas. Un gato, un perro o un caballo son elementos de la acuarela sensible que propone este esbozo delicado, nunca altisonante, al que podría objetársele alguna repetición (el policía jugando al fútbol con su hijo), sin dejar de celebrar la sensibilidad de su indagación.
Fernando G. Varea

ACHA ACHA CUCARACHA – CUCAÑO ATACA DE NUEVO
(Mario Piazza) –Artes–
Los integrantes del grupo de teatro experimental local Cucaño, de efímera existencia a fines de la última dictadura en Rosario, son rastreados y entrevistados por el director de La escuela de la Srta. Olga (1991) para dar forma a un documento valioso. Articulado de forma dinámica, como contagiado del espíritu zumbón y ligeramente ingenuo de aquéllos jóvenes artistas –hoy todavía entusiastas y defendiendo esa experiencia–, el film recurre frecuentemente a filmaciones de la época y elude explicaciones innecesarias: como en sus anteriores documentales, es evidente la simpatía de Piazza por quienes retrata y da por sentado que los espectadores comparten su opinión. Con afán más reivindicador que exploratorio de las posibles aristas controvertidas de la época y del grupo, Acha Acha Cucaracha es un trabajo riguroso y divertido, con un acertadísimo final. Otro segmento de la historia rosarina rescatado por uno de nuestros realizadores más perseverantes.
Fernando G. Varea

THE OTHER SIDE OF HOPE
(Aki Kaurismaki) –Trayectorias–
Un refugiado sirio intentando sobrevivir en Finlandia se cruza con un vendedor que decide instalar un restaurante sin demasiados conocimientos para ello: de ese encuentro derivan situaciones tragicómicas, sumándose otros personajes. Kaurismaki cuenta su historia desplegando sus recursos habituales: planos fijos, reducida gama de colores, actores de expresiones lacónicas, ocurrentes elipsis, sorpresas narrativas, economía de gestos. El drama muta en humor y éste en drama de nuevo, con infortunios actuales (guerra, racismo, discriminación) presentados desde una perspectiva solidaria y sin permitir que moralejas sustituyan la importancia de la puesta en escena. El encuentro con el film de Kaurismaki (El hombre sin pasado, El puerto) en el marco del festival fue un disfrute, afortunadamente compartido por muchos espectadores (entre quienes pudieron verse a Martín Rejtman y Rodrigo Moreno, realizadores razonablemente interesados en el cine del finlandés). Una lección de cine y de humanismo.
Fernando G. Varea

Preguntas que inquietan

TRIPLE CRIMEN
(2017; dir: Rubén Plataneo)

¿Cómo reflexionar sobre el asesinato de los tres jóvenes inocentes –de inmediato convertidos en sospechosos– en el barrio Villa Moreno, en enero de 2012, sin repetir las fórmulas utilizadas en los noticiarios y sin hacer del trágico hecho una mera excusa para elaborar un docudrama sensacionalista? Rubén Plataneo (1958, Santa Fe, director de Muertes indebidas, Dante en la casa grande, Tanke PAPI, El gran río y otras) supo muy bien qué tenía que hacer: dio voz a los familiares de las víctimas –los propios Jere, Mono y Patóm aparecen fugazmente en videos grabados con algún teléfono celular– y compartió testimonios y pensamientos que ayudan a pensar en los motivos que llevan a tantas muertes jóvenes en ciudades como Rosario.
El documental, escrito, producido y dirigido por Plataneo, es ambicioso y perturbador. Reúne declaraciones de testigos, periodistas (José Maggi, Carlos del Frade), fiscales, militantes sociales, policías y funcionarios, aunque exponiéndolas de diferente manera. Evita, asimismo, los convencionalismos del registro periodístico haciendo que algunas imágenes se fusionen con otras, que las voces a veces se disgreguen, que un rumor de fondo y la música de Charlie Egg generen un clima inquietante. La cámara serpentea por los pasillos de la villa y de Tribunales, volviendo una y otra vez a la canchita donde ocurrieron los crímenes, espacio de juegos y encuentro devenido lugar aciago. Mientras tomas aéreas muestran las luces de una Rosario esplendorosa, la mirada se detiene en los recodos del barrio humilde que habitaban los tres jóvenes, poblado de perros, gatos y gallinas, y por donde se ven circular patrulleros policiales.
Otro aspecto que la diferencia de los habituales informes televisivos sobre este tipo de sucesos es que elude simplismos y no estimula la indignación para después replegarse. El narcotráfico (que alguien define como “flujo maldito”) encuentra su razón de ser en la mecánica capitalista que termina enredando a políticos y policías, aunque quienes caen suelen ser los más débiles y segregados. “¿Será que el asesinato ya es una institución?”, se pregunta Plataneo, cuya voz en off invita todo al tiempo al debate (discutible, por subrayada, al impostar la burla a la forma en que se catalogan estos crímenes). Los límites del cine documental y el repetido concepto de inseguridad son también parte de lo que dice, procurando un análisis que supere lo que aparece en la superficie.
Triple crimen es fuertemente emotiva; sin embargo, destina varios tramos a las coloridas y ruidosas manifestaciones callejeras que permitieron que el caso no permaneciera impune. Su pico dramático está en la sentencia, tras la cual se extiende para mostrar cómo vivieron posteriormente –o cómo superaron lo vivido– los familiares.
Lo mejor de la película tal vez sean algunas ideas formales, apropiadas para el ávido testimonio propuesto: dos o tres intermedios con significativos fragmentos de viejas películas (incluyendo un gag del gran Buster Keaton), el hallazgo de algunos encuadres (ese pibe que, pelota en mano, pide silencio a sus amigos al ver que están filmando) o el plano dividido, en dos y más partes, para mostrar momentos del juicio desde distintos ángulos.
Este relevante trabajo, que integró una de las cuatro secciones competitivas del último BAFICI, es coherente con la filmografía previa de Plataneo, sostenido por un equipo de profesionales (Virginia Giacosa, Tomás Viú, Julián Alfano, Lionel Rius y otros) laborioso y apasionado.

Por Fernando G. Varea