El río, las islas, la denuncia y la poesía

Tenemos al río Paraná con sus islas a un paso y, sin embargo, no han sido muchos los realizadores locales interesados en explorar con su cámara los misterios y riqueza de este extraordinario ecosistema. Ante la creciente inquietud provocada por los incendios en las islas del Delta del Paraná en los últimos meses, surge el interrogante: ¿hubo producciones audiovisuales que anticiparan esta catástrofe ecológica? ¿Cuántas veces se registraron las imágenes y sonidos que provee esa belleza natural en peligro o se puso la mirada en problemas ambientales que afectan a los ciudadanos santafesinos?
Con noble propósito didáctico, hubo algunos cortos y mediometrajes animados en las últimas dos décadas: De frente al río (Luis Lleonart), Viaje a la Tierra del Quebracho (Manuel Quiñones), El viaje de Gaia (Pablo Rodriguez Jáuregui) –que tuvo amplia difusión proyectándose en escuelas y en TV– y dos vivaces trabajos de Gonzalo Rimoldi: Modesta historia de un suntuoso derrochónInvasión Verde.
Muchos años antes, cuando no era fácil contar con recursos para hacer cine, Araldo Acosta realizó un corto documental sobre la contaminación ambiental llamado ¿Hasta el fin? (1977). En los años ’90 se sumaron dos documentales sobre daños ecológicos: Barrera a la tala, de Sonia Helman (que expuso la movilización de habitantes de pueblos santafesinos para detener la tala indiscriminada de bosques de eucaliptos) y Crónicas para no olvidar, de Horacio Ríos (que recordó la explotación del quebracho en el norte de la provincia). Más cerca en el tiempo, se hicieron varios trabajos sobre la contaminación del cordón industrial: Peligro invisible (Taller Ecologista), Cuando el río suena (Fernando Domínguez / Julián Alfano), Entre sueños y humedad (Nahuel Almada), Islas de Santa Fe (Sergio Rinaldi / Leandro Rovere), Memoria del suelo (Sebastián Carazay), Con agua y vida (Sonia Helman), InVertidos (Martín Concina / Estefanía Giménez), Santa Soja (Christian Fuma / Cristian Andrade) y algunos otros de carácter institucional. Las trágicas inundaciones ocurridas durante abril-mayo de 2003, durante el gobierno de Carlos Reutemann, merecieron asimismo documentales como Gran inundado (Juan Kantor / Ricardo Robins) y Seguir remando (María Langhi), pudiendo agregarse Yo, pasto de los leones (reciente corto escrito y dirigido por Milton Secchi).
Las aguas del Paraná y su entorno natural fueron centro también, en los ’90, de los documentales Remanso Valerio (Eduardo Luis Blotta) y Pescadores (Silvana Sánchez / Élida Moreyra / Mario Piergentili), y afectuosa cita en recuerdos, fotografías y cuadernos de La escuela de la Señorita Olga (Mario Piazza). En los últimos años se agregan un documental contemplativo (Guía para plantarse en la costa, de María Emilia Cortés), otro sobre el río como lugar de tránsito para un joven guineano que llega a nuestra zona viajando como polizón (El gran río, de Rubén Plataneo) y otro de tono más turístico o deportivo (Paranada, un viaje por ahí, de Maia Krajcirik). En el terreno de la ficción se encuentran A cada lado (2005, de Hugo Grosso), que cruza historias entre personajes de Rosario y Victoria durante la construcción del puente, Bronce (2012/2013), que ambienta un drama familiar a orillas del Paraná, y el corto Río adentro (2012, Maia Ferro), próximo al género de terror. El río también asoma como marco de una Rosario de belleza ruinosa y aura mítica en El investigador de ciudades (1996/2000, Fernando Zago), y en búsquedas por apresar la esencia de textos de Juan José Saer, Juan L. Ortiz y otros autores (en la obra de Raúl Beceyro y Gustavo Fontán, por ejemplo).
La referencia es más puntual en Paraná, biografía de un río (2011), coproducción de canal Encuentro con Señal Santa Fe, escrita y dirigida por Julia Solomonoff y Ana Berard sobre investigación de Federico Bergamaschi y Federico Actis, cuyo punto de partida fue la expedición fluvial Paraná Ra’anga organizada por el CCPE/AECID de Rosario junto con los centros culturales de España en Buenos Aires, Córdoba y Asunción del Paraguay, remontando los ríos de la Plata, Paraná y Paraguay con una tripulación compuesta por artistas, intelectuales e investigadores. En el 3º capítulo de esta serie documental se habla del “mayor humedal del planeta” y una museóloga reflexiona sobre el impacto que causa la acción humana en su afán de aprovechar el majestuoso caudal del río para la rentabilidad, señalando que, hasta unos años antes, esas tierras inundables eran vistas como improductivas. “Su enorme importancia fue menospreciada por no tener valor de mercado”, dice Solomonoff, agregando: “Debido al avance de la soja y posibilitado por la ley de arrendamiento de tierras fiscales, se ha intensificado el uso de los humedales para pastoreo, llegando a pasar de 15.000 a 250.000 cabezas de ganado en la zona de islas frente a Rosario”. Ya se hace mención allí a los incendios en pastizales provocados por la gente que cría el ganado, provocando contaminación.
También se ocupó específicamente del problema el documentalista rosarino Carlos Larrosa, recientemente fallecido, en Las islas, paraíso en peligro (1999) y Humedales, los últimos santuarios (2013). “El día que hayamos envenenado el ultimo río, abatido el ultimo árbol y asesinado el último animal, nos daremos cuenta que el dinero no se come”, se dice en este último, que realizó con la colaboración del ecologista Sergio Rinaldi con el estilo de un informe periodístico de TV, y en el que pueden verse –junto a biólogos y pescadores– manifestantes en el Monumento a la Bandera levantando pancartas con la advertencia El Paraná no se toca.
Por diversos motivos merece destacarse, finalmente, el trabajo de dos realizadores locales. La visión de Pablo Romano del río y el ámbito natural y humano que lo contiene, en El porvenir de una ilusión (2003), Apuntes del natural (2004) y Una mancha en el agua (2005) excede el apunte testimonial, entrañando una indagación por sensaciones y evocaciones que rodean ese paisaje. El último de estos cortos, escrito por el propio Romano junto a  Patricia Suárez, procura asimilar el agua del río que corre a la memoria, con un aliento lírico al que contribuyen poemas de Juan L. Ortiz leídos en off por el gran Fernando Birri. Por su parte, la sinceridad y sensibilidad de Diego Fidalgo para expresar su inquietud ante problemas ambientales de la región se evidencia claramente en Los ríos del río (2019, producido por el Club de Investigaciones Urbanas), donde el Paraná se muestra como eje de diversas problemáticas, aunando testimonios e insinuándose enigmas expresados con recursos diversos (desde tomas con drones hasta sobreimpresiones y planos sagazmente editados), y en Fotosíntesis (2019), siguiendo el meditabundo tránsito de un joven fotógrafo por caminos rurales, casas abandonadas y festejos pueblerinos, con una melancólica música acompañando sus pasos: “Matías Sarlo (el fotógrafo) aborda desde una mirada lateral el problema del extractivismo y la sojización –nos explicaba Fidalgo aquí cuando estaba preparando su trabajo– a través de la denuncia y de la poesía, que quedan atrapadas en sus fotografías”.

Por Fernando G. Varea

Imagen: Fotograma de El investigador de ciudades (Fernando Zago).

La sorpresa audiovisual de cada día

Para paliar la inquietud (o la quietud) a la que nos ha llevado la pandemia y la consecuente cuarentena, desde hace tres meses decenas de producciones audiovisuales nos incitan para que les prestemos atención en la TV y en la web. De entre esas propuestas, una apareció discretamente y es digna de celebrar por varios motivos: Filmoteca Online comparte todas las noches, de lunes a viernes (a las 20 hs.), por youtube y facebook, un corto o mediometraje diferente, inédito la mayoría de las veces, pasado directamente de fílmico, que los usuarios/espectadores pueden ir comentando mientras lo ven. El factor sorpresa (no se sabe exactamente cuál es o cómo es el corto que se verá hasta que comienza, insinuándose algo de su temática o su historia en el ambiguo título con el que se lo anuncia) es uno de los incentivos, tanto como la presentación que hace previamente a la exhibición de cada una de las obras el impulsor de esta iniciativa, el coleccionista, docente, periodista y programador Fernando Martín Peña, con esa combinación de erudición e informalidad que lo caracteriza –y que puede apreciarse en sus publicaciones, como El cine quema: Raymundo Gleyzer, El cine quema: Jorge CedrónCien años de cine argentino–, quien cuenta para esto con el aporte de Ignacio Tula y Marcelo Torretta. Quien se pierde la ligera adrenalina de sorprenderse a la hora acordada puede, de todas maneras, acceder después a los videos, que permanecen subidos a la cuenta de Filmoteca Online, completamente gratis.
El material va desde un olvidado corto de Raúl Beceyro sobre relato de Juan José Saer (de despojada y conmovedora belleza, rescatado y restaurado) o trabajos nunca (o muy poco) difundidos de Sam Fuller, René Clair, Jerome Robbins, José Martínez Suárez, Jorge Cedrón y Ricardo Becher hasta curiosos documentales políticos o institucionales y películas animadas de distintas épocas y procedencias. Una de las varias perlas reveladas fue el registro de una entrevista al equipo de realización de Güemes, la tierra en armas (1971) en pausas del rodaje en Salta, incluyendo testimonios del director Leopoldo Torre Nilsson y una Mercedes Sosa nerviosa ante el desafío de tener que encarnar en el film a Juana Azurduy.
Con paciencia de hormiga y contagiosa pasión, Peña y sus cómplices en esta aventura han llegado ya a las 70 ediciones. No es poca cosa en estos tiempos de zozobra acompañar, divertir, sorprender, permitirnos viajar un poco en el tiempo y por distintas geografías, abrirnos pequeñas ventanas a la nostalgia pero también al conocimiento: Filmoteca Online no deja de ser, además de un extraordinario medio de difusión cultural, un gesto solidario.

Por Fernando G. Varea

Imagen: fotograma del corto Compacto Cupé, de Jorge Catú Martín, que puede verse completo en Filmoteca Online (ubicándolo con el nombre Animación Argentina 1).

Identidades en tránsito

EL LABERINTO DE LAS LUNAS
(2019; dir. Lucrecia Mastrángelo)
CANELA, SE VIVE DOS VECES
(2020; dir. Cecilia del Valle)

“¡Créase o no, es un hombre!”, afirmaba escandalosamente la promoción de Testigo para un crimen (1963) para referirse a una tal Michelle, travesti estadounidense que actuaba en una escena de ese thriller erótico dirigido por Emilio Vieyra y protagonizado por Libertad Leblanc. Muchas otras referencias estigmatizantes y sensacionalistas eran habituales en esa época y en los años siguientes, en el cine, la TV y la vida cotidiana de los argentinos. Lenta, trabajosamente, travestis y transexuales fueron conquistando espacios, ganando respeto y conquistando derechos. En documentales recientes, que están dándose a conocer en distintas plataformas, dos realizadoras rosarinas abordaron la problemática, centrándose en conmovedoras historias de vida.
El laberinto de las lunas, producido y realizado por Lucrecia Mastrángelo (quien desde fines de los ’90 viene volcando sus inquietudes en cortos de ficción y documentales, generalmente ligados a problemas de la sociedad que necesitan ser visibilizados, como Sexo, dignidad y muerte: Sandra Cabrera, el crimen impune), expone los testimonios de dos travestis en proceso de adopción y de la madre de una niña transgénero, a los que integra la presencia de la artista y escritora Susy Schok, con sus reflexiones y poemas. Por su parte, Canela, se vive dos veces, escrito, producido y dirigido por la joven Cecilia del Valle (quien, después de estudiar cine y teatro en Buenos Aires, realizó el corto Dilemas de un abandono en cinco fragmentos y se dedicó a la docencia y la dirección teatral), documenta la nueva vida de una mujer trans, arquitecta en actividad, satisfecha por haber decidido dejar de ser Áyax y convertirse en Canela en plena madurez, mientras duda si intervenir quirúrgicamente su cuerpo o no.
El film de Mastrángelo es franco, directo y respira aire de barrio. Se habla de travas sin complejos y se muestra a esas mujeres haciendo los mandados por calles de tierra, atendiendo un humilde kiosco o compartiendo sencillas rutinas con sus hijos o parejas. Tiene también una intención claramente militante, no sólo porque de algunos testimonios se desprende información o frases que ruedan como eslogans, sino porque agrega imágenes de concurridas marchas y manifestaciones rebosantes de pancartas. En este sentido, el añadido de unos dibujos animados y niñas jugando –con una canción de fondo que habla de diversidad y de igualdad– parece innecesario, por redundante, acercando la propuesta a un film institucional. Su fuerte son las confesiones de sus retratadas, que ocasionalmente surgen mientras conversan con algún familiar o incluso entre ellas. En comparación con Gabriela (madre de la primera niña trans en obtener su DNI en nuestro país), a quien se la ve demasiado segura, tal vez acostumbrada a exponer en público sus conceptos, se ganan más fácilmente el afecto del espectador Maira, de vida y actitudes campechanas, y Karla, de clase media y serenos modales. Sus relatos deslizan anécdotas tristes o graciosas, que Mastrángelo sabe dosificar, con el plus de los dos únicos varones que cobran protagonismo en la película: el marido de Karla y el hijo de Maira. Dos grandes historias de amor asoman detrás de las elocuentes miradas y silencios de ambos.
“Nos creamos a nosotras mismas” sostienen las mujeres, deseando salir de las zonas en las que la sociedad las mantuvo durante mucho tiempo: las de las crónicas policiales, las curiosidades científicas o los chistes discriminatorios. A pesar de los recuerdos amargos de algunas de ellas, en El laberinto de las lunas prima un clima festivo, como si celebraran haber ganado una batalla (de alguna manera así lo fue), por eso una de las últimas secuencias es la de Maira organizando su cumpleaños Nº 50 como si cumpliera 15. Tal vez los mejores momentos del film estén en algunos gestos de la vida cotidiana registrados sin énfasis ni exceso de palabras, como la cariñosa charla de Maira con su hijo mientras comen una tarta en su casa.
A diferencia del documental de Mastrángelo, Canela, se vive dos veces se centra en una sola persona y agrega la presencia eventual de profesionales (un médico, una psicóloga), en intervenciones que no resultan forzadas y aportan observaciones relevantes. La protagonista en cuestión es una arquitecta cuya transformación física está en tránsito (“Me voy a jubilar antes de ser mujer” dice en un momento) y, mientras tanto, conversa de igual a igual con pintores, obreros o alumnos de la facultad donde da clases, especie de dicotomía que ya asoma al comienzo, cuando se la ve yendo de una ruidosa obra en construcción a una mercería. Canela no es avasalladora y, aunque las decisiones que ha tomado para sentirse bien implican no pocas dosis de audacia, se la ve relacionándose con quienes la rodean con cierto pudor, cuidando sus ademanes y riendo nerviosamente. La cámara es siempre respetuosa de su intimidad, como lo demuestra el momento en que la acompaña hasta su dormitorio sin ingresar más allá de la puerta.
Cecilia del Valle acierta al ir revelando cuidadosamente aspectos de la vida del pasado y el presente de Canela. Una antigua anécdota al ver El juego de las lágrimas (1993, Neil Jordan) o la aparición de algunos familiares –no conviene aquí adelantar quiénes– permiten conocerla un poco más, lo mismo que fugaces planos de fotografías de su niñez o juventud. Canela habla con propiedad de la arquitectura en Rosario o de los problemas económicos que le traería someterse a la operación que modificaría su cuerpo, a la vez que participa de un encuentro en un precario “centro de adoración a Jesucristo” (regido por una pastora), quizás más por necesidad de afecto que por una cuestión de fe. La delicada melancolía que desprenden escenas como aquélla en la que se la ve bebiendo en soledad una gaseosa con limón en un bar, se alterna con raptos de humor, imponiéndose la ternura en la mirada sobre este personaje entrañable y singular. Canela, se vive dos veces se cierra con una canción algo ingenua y la duda de cómo seguirá su vida: no es un cierre, en realidad, sino una puerta abierta a la posibilidad de sus decisiones, en su empeñosa búsqueda de felicidad.

Por Fernando G. Varea

Gracias por el fuego

Si hubiera que pensar en el director argentino que mejor documentó los problemas políticos, económicos y sociales que atravesó nuestro país durante las décadas del ’80 y ’90, seguramente ese cineasta sería el rosarino Marcelo Céspedes, lamentablemente fallecido ayer en Buenos Aires.
Céspedes se había abocado al cine apenas finalizados sus estudios secundarios, asistiendo interesado a las funciones del Cine Club Rosario y luego estudiando en la Escuela Panamericana de Arte de Buenos Aires. Sus primeros cortos fueron Fin (1975, con guión y cámara a cargo del también rosarino Pascual Massarelli, integrando ambos un grupo llamado XP) y Luján (1980). Tenía 26 años cuando se convirtió en uno de los fundadores de la productora Cine Testimonio, junto a Tristán Bauer, Silvia Chanvillard, Alberto Giudici, Víctor Benítez, Mabel Galante y Laura Búa, a quienes luego se sumaron Daniel Matz y Mario Piazza. Como parte de esa agrupación, Céspedes realizó los mediometrajes en 16 mm Los Totos (1982, sobre la realidad cotidiana de chicos habitantes de villas miseria en los alrededores de la capital argentina) y Por una tierra nuestra (1983, sobre la toma de tierras y asentamiento de una comunidad quilmeña durante la última dictadura, premiado en los festivales de Leipzig, Alemania, y de Cine de Arquitectura de Lausana, Suiza). El primero –en el que trabajó como responsable del sonido directo Juan José Campanella, con quien Céspedes colaboró ese mismo año para un film en super 8 llamado Victoria 392– se dio a conocer en septiembre de 1983, junto a cortos de Giudici, Bauer y Chanvillard, en el porteño cine Arte; el segundo integró (con trabajos de los tres realizadores recién mencionados, más otro escrito y dirigido por Víctor Benítez) De este pueblo, que tuvo su estreno formal el 28 de noviembre de 1985 también en el Arte (hoy Bama) y luego en otras salas del país, como el extinguido microcine rosarino Colonial. El crítico Jorge Abel Martín destacaba del corto de Céspedes en Tiempo Argentino “el tono mesurado de la narración, la cuidada selección de los testimonios, el manejo de la cámara, los encuadres y la funcionalidad de la música”, en tanto Fernando Chao escribió en La Capital de Rosario que “en esta fusión de documento y testimonio trabajada por la agrupación productora, Por una tierra nuestra ofrece, sobre todo en su segunda mitad, una prueba de tal intento”, elogiando la “progresiva intensidad a través de un cada vez más medido ritmo narrativo” al exaltar el espíritu de colaboración de la construcción del barrio en cuestión.
Debe recordarse que en esos tiempos era dificultosa la realización y exhibición de cortos, mediometrajes e incluso largometrajes documentales, más aún si señalaban desigualdades sociales o ponían su mirada en sectores de la sociedad que los medios de comunicación y el cine de ficción ignoraban bastante. De alguna forma, Cine Testimonio parecía tomar la posta de lo que anteriormente habían hecho otros como Fernando Birri, Raymundo Gleyzer, el grupo Cine Liberación o el documentalista y antropólogo Jorge Prelorán, después del forzoso silenciamiento impuesto por la dictadura a producciones audiovisuales de este tipo.
En 1986, tras una investigación de un año, realizó Hospital Borda, un llamado a la razón, con la colaboración de Carmen Guarini –de aquí en adelante su compañera en muchos proyectos– y el apoyo de la Fundación Banco Provincia de Buenos Aires, el INC y el Colegio de Graduados de Antropología. El documental, de 70 minutos, se estrenó en el Instituto Goethe en julio de ese año, después de haber participado en el Foro del Cine Joven del Festival de Berlín y en el Festival du Cinèma du Réel de París, Francia. El fuerte, desolador, aunque nunca morboso registro de las rutinas dentro de la conocida institución psiquiátrica para hombres, fue reconocido por la crítica: Jorge Miguel Couselo, en Clarín, la definía como “un acto de valentía de muchos” y agregaba: “No es un alegato ni una denuncia. O lo es de todos contra todos. Está allí para mostrarnos el grado de culpabilidad que a cada uno nos corresponde”. Víctor Hugo Ghitta en La Nación hacía referencia a la “crudeza conmovodera” de sus imágenes y afirmaba que, para los espectadores, después de ver la película “La ciudad ya no será la misma”.
Devenido Cine Testimonio en la productora Cine Ojo, junto a Guarini, realizaron juntos los documentales A los compañeros la libertad (1987, en torno al recorrido que periódicamente hacen la madre y el hijo de una detenida política hasta la cárcel de Ezeiza hasta que, finalmente, la mujer y otros detenidos por la dictadura son liberados), premiado en Oberhausen (Alemania) y Bahía (Brasil), y Buenos Aires, Crónicas villeras (1988, sobre lo ocurrido con miles de pobladores de zonas marginales de la capital argentina cuando fueron expulsados por la fuerza de sus viviendas durante la intendencia del militar Osvaldo Cacciatore).
La noche eterna (1991, acerca de la dura realidad del trabajo de los mineros de Río Turbio), Jaime de Nevares, último viaje (1995, centrado en los últimos tramos de la vida del obispo neuquino, ejemplar defensor de los derechos humanos) y Tinta roja (1997, incursión en el agitado trabajo de los periodistas de la sección Policiales del diario Crónica) bastarían para conocer o recordar lo que fue la Argentina durante el menemismo, sin desestimar en el afán testimonial cierto lirismo, frescura y sincera admiración por las personas que brindan sus testimonios. La noche eterna se conoció en agosto de 1991, año en que hubo sólo diecisiete estrenos nacionales, ninguno exitoso. Jaime de Nevares, último viaje (que ganó la Paloma de Oro al mejor documental en el Festival de Leipzig, Alemania) tuvo su pre-estreno en Neuquén, y el periodista Diego Lerer, presente en el evento, describía en su posterior crónica para Clarín, el 26 de septiembre de 1995: “Sólo una figura como la de Jaime de Nevares podría ser capaz de reunir en un mismo lugar a señoras de mediana edad, jóvenes militantes, aborígenes, monjas y representantes del poder político y religioso de la provincia”, mencionando la presencia de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, y de Osvaldo Bayer, guionista (“Mi aporte en la película es solo un granito de arena”, decía Bayer). Entre los varios momentos de la vida de monseñor De Nevares que se registran en la película, merece recordarse el que lo muestra renunciando a su cargo como convencional constituyente por el Frepaso, desilusionado por la forma en que estaba planteada la reforma de la Constitución. En Tinta roja podía verse cómo mucha gente se acercaba a contar sus problemas a la redacción de Crónica, que, de esa manera, recogía todo el tiempo dramas individuales y sociales. “Acá vemos cómo se rompe todo” dice la veterana periodista Martha Ferro en un momento del film, del que Luciano Monteagudo señaló en Página/12, cuando fue estrenado (en los cines Cosmos y Tita Merello), que no abordaba el tema “con una tesis que necesita ser confirmada”, y estimando “su disposición a ver y a escuchar, su voluntad de acercarse a una realidad desconocida para tratar de captar algunos de sus momentos más reveladores, un poco a la manera del modelo que estableció en Francia el cine de Raymond Depardon”.
Ya para entonces el panorama del cine documental en Argentina estaba cambiando y Céspedes –al tiempo que siguió realizando trabajos propios, como La voz de los pañuelos, Historias de amores semanales, Ilusiones perdidas o HIJOS, el alma en dos– comenzó a producir films de Sergio Wolf, Lorena Muñoz, Andrés Di Tella, Alejandro Fernández Mouján, Edgardo Cozarinsky, Cristian Pauls y otros. También se abocó al DocBuenosAires, foro de formación y coproducción que pronto se convirtió en una muestra pensada para exhibir películas documentales de distintos estilos y procedencias.
Quienes lo trataron en los últimos años destacan su pasión por la pintura y el arte latinoamericano (gestó incluso un proyecto interdisciplinario denominado La ballena va llena, del que se desprendió la película homónima): prueba de ello es que sus últimos posteos en facebook son pinturas de Chagall, Picasso, Goya y otros, extraídos de una página especializada de la web, incluyendo una de Diego Velázquez –que compartió precisamente el 1º de mayo– que iba acompañada de una declaración de principios del artista español: “Prefiero ser el pintor número uno de las cosas comunes, que el segundo del arte más elevado”.

Por Fernando Varea

Imagen: Marcelo Céspedes (de pie, con su cámara al hombro), en tiempos del grupo Cine Testimonio. 

Historias detrás de una mesa de bar

BARES
(2018, varios directores)

La idea es sencilla y permite ensamblar el mundo del trabajo con el de los afectos, revelándose anécdotas e historias de vida tras las conversaciones que se suceden en el interior de un bar, entre clientes o entre mozos y empleadores. Recuerda a Un cortado, historias de café, el ciclo de ficción que se emitió por la TV Pública entre 2001 y 2006, aunque Bares es una serie web de sólo ocho capítulos (de alrededor de diez minutos cada uno), con el plus de haberse grabado en distintos bares de Rosario.
Escrita, producida y realizada por un grupo de egresados/as de la Escuela Provincial de Cine y TV de nuestra ciudad, gestores de un saludable proyecto (la Cooperativa de Producción Audiovisual de Rosario), este puñado de historias llegó a concretarse gracias al apoyo de Espacio Santafesino. Después de una presentación oficial en el cine Arteón, actualmente puede verse gratuitamente en Cine.ar, la plataforma de streaming con contenidos audiovisuales nacionales sostenida por el INCAA.
Bares exhibe solvencia en sus rubros técnicos y buenas intenciones en su tratamiento, con una sorpresa en el desenlace en la mayoría de los casos. Por encima de algunas frases escritas o dichas con cierta dureza, o que se han salteado una buena revisión (en Mala fama una periodista dice dos veces que alguien fue “protagonista de Pedro Almodóvar”), asoman aciertos dignos de señalar: los enredos y el humor inocentón de Al dente, un final abierto con una discusión que no se oye en Azahares, un buen uso de la cámara en el plano secuencia de Mal trago, un misterio que queda suspendido ante los artificiosos encuentros de Reencuentro. Asimismo, entre los actores y actrices sobresalen, por soltura, frescura y presencia, Ignacio Amione, Raúl Calandra, Eva Ricart, Marita Vitta y Micael Genre-Bert. Asunto para un debate más extenso sería la tendencia de las ficciones locales al costumbrismo derivado de las charlas entre amigos, como si la famosa mesa de los galanes de Roberto Fontanarrosa se repitiera una y otra vez, con ligeras variantes (en Gluteus Maximus, por ejemplo, aunque sean mujeres las protagonistas, asoma la remanida idea del grupo incentivando a un levante).
Si bien los integrantes de COPAR cumplieron en cada corto distintas y variadas funciones, vale destacar a Flavia Barrega por su trabajo de producción general (co-guionista además de Azahares, dirigido por Noelia Durigón), junto a Gustavo Gianelli, Claudio Abba, Gino Bellofatto y Agustín Maggi Fernández, buena gente con la que este periodista compartió clases en la mencionada EPCTV, y de quienes vale esperar con expectativa nuevas obras.

Por Fernando G. Varea

https://play.cine.ar/INCAA/produccion/5961