20º BAFICI: Cada uno elige su propia aventura

Evaluar la 20ª edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires no sería razonable, teniendo en cuenta que pudimos estar allí poco tiempo. Pero lo cierto es que (más allá de los avances y retrocesos que atravesó el festival a lo largo de los años) para los cinéfilos sigue siendo estimulante el vértigo de poder elegir entre varias propuestas atrayentes al mismo tiempo, durante poco más de una semana. Van a continuación algunas consideraciones sobre lo que pudimos apreciar este año, en las salas de cine y fuera de ellas.
20 AÑOS NO ES NADA. El festival cumplió veinte años pero el aniversario no fue capitalizado para generar un clima de fiesta. El spot institucional parecía hecho por alguien sin idea alguna de lo que representa el BAFICI y se editó un libro con historias del festival (Otoños porteños) que no era sencillo conseguir y que no contó con testimonios u opiniones de sus dos primeros directores (Andrés Di Tella y Fernando Martín Peña). Al mismo tiempo, no resultaba muy acogedor el ámbito de trabajo para el periodismo especializado: una serie de casillas frente al Centro Cultural Recoleta, con medialunas y buena atención pero escasas computadoras y ni siquiera afiches de película en sus paredes de madera. No hubo tampoco recitales o acontecimientos artísticos que incentivaran la sensación de festejo o (como en ediciones anteriores) acompañaran la oferta cinematográfica: apenas un espacio de realidad virtual curiosamente a cargo del realizador José Celestino Campusano. El debate organizado por Colectivo de Cineastas en torno a las dificultades para hacer cine independiente en Argentina (al que se sumaron expresiones de Mariano Llinás, premiado por su maratónico film La flor) tal vez echen luz sobre el poco ánimo de celebración.
CLÁSICOS Y MODERNOS. La presencia de John Waters, Philippe Garrel y James Benning fue ponderable, en tanto la del actor Ewen Bremner, para rendir una suerte de homenaje al film de Danny Boyle Trainspotting, pareció una concesión a cierto público juvenil que suele concurrir al BAFICI. El video de Waters encontrándose con Isabel Sarli –a raíz del entusiasmo del director estadounidense por Fuego (1969, Armando Bo, protagonizada por Sarli)– aportó un poco de simpatía y confirmó esa frívola predilección por agasajar o convocar a divas del cine argentino que viene repitiéndose en los últimos años, tanto en el BAFICI como en Mar del Plata. Respecto a Waters, quien esto escribe tuvo oportunidad de ver su película Pink Flamingos (1972) en copia impecable en el cine Gaumont, en medio de un público enfervorizado, función precedida por el propio director recordando graciosamente algunas anécdotas. La experiencia de ver esa obra paradigmática de la contracultura de principios de los ’70 no en la mezquina pantalla de una computadora sino en una espléndida sala de cine, fue uno de esos momentos por los que valió la pena asistir al festival, tanto como apreciar la versión restaurada y completa (tres horas) de El bueno, el malo y el feo (1966, Sergio Leone), con su puesta en escena magistral, su mezcla de acción, emoción y humor, sus personajes que parecen salidos de un comic y una última parte resuelta con planos generales espléndidamente compuestos, todo envuelto en la recordable música de Ennio Morricone.
De entre las películas recientes, exhibidas en carácter de estreno, merece destacarse The green fog (Guy Muddin/Evan Johnson/Galen Johnson), lúdico experimento por el que distintos momentos del clásico de Hitchcock Vértigo (1958) se reconocen a través de un obsesivo montaje de infinitos fragmentos de otras películas, con los diálogos cuidadosamente eliminados, música omnipresente y una puesta en abismo por la que algunos de los actores se ven a sí mismos en la pantalla de un televisor. Los créditos de todos los films citados cierran este divertimento cinéfilo. Los cortos experimentales del cineasta mexicano Teo Hernández, algunos proyectados en 16 mm (incluyendo su bello Salomé), y el documental La locura lúcida de Marco Ferreri (2017, Anselma Dell’Olio) depararon, igualmente, momentos placenteros. El film sobre Ferreri comienza rescatando la acalorada discusión del realizador italiano con un periodista durante una conferencia de prensa y continúa con interesantes apuntes para quienes apreciamos su obra, desde el dato de su deseo de haber sido veterinario (“Hay algo en él de vincular la vida humana con la animal” dice alguien) y las opiniones de Isabelle Huppert (“Era misógino y feminista”), Hannah Schygulla (“Era, como Buñuel y Pasolini, un arcángel de la destrucción que también traía resurrección”), Andrea Ferreol, Philippe Sarde, Sergio Castellitto y el siempre hiperquinético Roberto Benigni. Trabajos como éstos se alzaban con peso propio por encima de algunas de las películas de la Competencia Internacional, como la sueca Blue my mind (Lisa Brühlmann), en la que una adolescente cuya rebeldía nunca llega a justificarse se interna en una espiral de droga, abusos sexuales y malas compañías, mientras poco a poco va convirtiéndose (literalmente) en sirena. Ni la belleza de su protagonista Luna Wedler salva al film de su paulatino descenso hacia el desatino.
ARGENTINOS EN COMPETENCIA. En la Competencia Argentina, además de Las hijas de fuego (Albertina Carri) y Esto no es un golpe (Sergio Wolf) –sobre las que escribimos aparte–, pudimos ver La otra piel (Inés de Oliveira Cézar) y Casa propia (Rosendo Ruiz). El film de Oliveira Cézar (Como pasan las horasEl recuento de los daños), sobre una chica que, tras la imprevista muerte de un ocasional amante, escapa a Brasil, está mejor dirigido que escrito. El clima tormentoso, el fondo sonoro (ruido de aviones y trenes insinúan presagios) y los sugestivos paneos por el interior de silenciosas viviendas prometen una intriga que va diluyéndose. La búsqueda emprendida por la protagonista parece ingenua, más ligada al ocio vacacional (y sin problemas de dinero) que a un estado emocional. Mónica Galán y Rafael Spregelburd aportan profesionalismo en personajes secundarios, combinándose elementos de la ficción cinematográfica con los ensayos de una obra teatral.
Menos ambiciosa pero más sincera es Casa propia, tal vez la mejor película hasta el momento de Rosendo Ruiz (De caravana, Todo el tiempo del mundo). El mérito principal está en poner el foco en un tipo de personajes y conflictos cotidianos de nuestra clase media que no suelen verse en el cine argentino: un docente de mediana edad sortea con bastante dignidad los obstáculos que le presentan la relación con su novia (que tiene un hijo de una pareja previa), el cuidado de su madre (que sufre una enfermedad) y las discusiones con su hermana más joven, mientras busca dificultosamente un departamento para alquilar. Nadie es demasiado patético ni ridículo, nada es muy cruel: la vida de esta gente transcurre con altibajos emocionales, temores lógicos y ocasionales motivos de alegría. La visión de Ruiz es compasiva y afectuosa, sin desestimar detalles que sirven para una pintura barrial nada idealizada y un registro campechano pero elocuente de la dudosa prosperidad de los argentinos en estos tiempos. En tanto resultan poco comprensibles algunos aditamentos del guión en torno al protagonista (su visita a un prostíbulo, una trifulca con su pareja hacia el final), no concede sobresaltos el trabajo con la cámara: apenas el simpático momento en el que espía por la ventana de una maqueta sorprende dentro del estilo clásico de Casa propia, con suaves travellings que dan tiempo a los comunicativos actores a desplegar sus gestos.
Finalmente, merece señalarse que en la Competencia Latinoamericana (como ya anticipábamos aquí) participó la producción rosarina Tito (Esteban Trivisonno). Cercana a películas como Upa! (2007, Giralt/Toker/Garateguy) e incluso El escarabajo de oro (2014, Moguillansky/Sandlund), Tito responde a esa suerte de subgénero que suele denominarse cine dentro del cine, con incipientes cineastas en problemas para poder concretar su proyecto (tópico que suele gustar mucho en el BAFICI). En este caso, un grupo de estudiantes de Comunicación Social se proponen para su tesis realizar un documental sobre el experimentado actor Tito Gómez, enfrentando problemas apenas se contactan con él, quien empieza a tratarlos con diminutivos, a hablar de sí mismo en tercera persona y a utilizar expresiones del tipo “Hoy es un día Gómez”. Las sospechas se agravan cuando algunos realizadores y actores consultados para el documental insinúan rasgos despóticos en el actor: la empresa terminará siendo accidentada, y no sólo por el absorbente carácter del entrevistado.
El resultado es liviano y gracioso, con momentos inspirados y otros en los que el amateurismo de los personajes parece trasladarse al film mismo. Un par de conversaciones registradas con montaje paralelo, después de una escena de Tito Gómez en El asadito (como si fueran ecos del film de Gustavo Postiglione), y los planos del desenlace, son resoluciones formales afortunadas, que evidencian un planeamiento previo; el resto (incluyendo un ensayo teatral divertido por los cruces entre los intérpretes, beneficiado por la presencia de Andrea Fiorino) se deja llevar por los avatares de la improvisación, recurriendo al zoom y la cámara en movimiento, transmitiendo la inestabilidad del trabajo de este grupo de desafortunados realizadores y dejando, al mismo tiempo, la sensación de que el disparate podría no haber desdeñado el rigor.
Tito entraña, por otra parte, una paradoja: a la vez que insiste en el discutible concepto de que el “cine rosarino” empieza y termina en el cine de ficción realizado por Postiglione (subestimando valiosas experiencias realizadas en nuestra ciudad en materia de cine de animación, experimental y documental), también ironiza sobre el punto, jugando con la idea de que el actor del título (o lo que representa) pueda ser visto como una amenaza.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: Fotogramas de The green fog (derecha, arriba)  y El bueno, el malo y el feo (debajo).

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Frágiles vidas cruzadas

SIEMPRE ES TARDE
(2018; dir: Patricio Carroggio)

“Un fresco de la vida de dos amigos”: así definía Patricio Carroggio (realizador barcelonés que desde hace diez años vive y trabaja en Rosario) Siempre es tarde, consultado hace un año y medio por Espacio Cine tras haber sido seleccionado en la 9ª edición de la Convocatoria Espacio Santafesino. Decía también (en aquélla nota que puede leerse aquí) que su propuesta podía resumirse como “Un fragmento de lo que podría ser una historia más grande”.
Hoy, con la película terminada, puede afirmarse que Carroggio cumplió su objetivo. Porque los rodeos de sus personajes (Eugenia y su amigo) no son más que el armazón por donde se agita la respiración de sus vidas, sus temores e ilusiones. Ella está por viajar por razones de trabajo, dubitativa ante esa decisión que implicará tomar distancia de su pareja; él, en tanto, mientras se distrae con sus ensayos de teatro, parece dejarse llevar por un estado de abatimiento y preocupación. Las decisiones para acompañar esa sensación de melancolía resultan atinadas: las características de las casas donde viven y que visitan, el clima de barrio, la luz otoñal, la música severa apenas incidental, estimulan esa cotidianidad agrisada. El director acierta también poniendo toda la atención en la comunicatividad de los rostros, dejando fuera de campo la comida o detalles de la casa que su “fresco” no necesita. El encuentro con la madre de Eugenia, y la charla entre los tres, transmite ese mismo efecto tristón, apenas interceptado por los chispazos de alguna discusión. En esos diálogos desplegados con admirable espontaneidad puede advertirse cierta confrontación entre sexos y la estabilidad de los afectos en riesgo con la descarga de ciertas palabras. “Sólo hay que saber lo que no hay que hacer”, dice en un momento la madre de Eugenia, recordando una reflexión relacionada a su afición (la pintura) que pareciera poder aplicarse a otras cuestiones.
Al mismo tiempo hay en Siempre es tarde una historia paralela, a la luz de la cual los mencionados personajes y sus actitudes pueden resignificarse. Un obrero que trabaja para el novio arquitecto de Eugenia sufre un accidente en su trabajo y sobrelleva la situación con una mezcla de dignidad y resignación: con sus intervenciones y las de amigos suyos –pescando, susurrando la Marcha Peronista, charlando en torno a penurias parecidas– la película procura balancearse dando lugar, ocasionalmente, a otra mirada, a otro mundo que es el mismo de Eugenia y su gente pero distinto. Ese contrapunto no es lo suficientemente inquietante o convincente, si bien evidencia cómo cada uno sigue su camino casi predeterminado por su condición social, iguales todos en el presentimiento de estar cumpliendo con el sino pesimista que expresa el título del film.
Aunque uno de los trabajos más conocidos de Carroggio es un documental (El perro de Ituzaingó, 2016, sobre el cineasta independiente Raúl Perrone), a este cineasta treintañero le gusta indagar en las posibilidades de la ficción, como lo demuestran la ligeramente extravagante Sábado hawaiano (2010) y el astuto corto French y Beruti (2011). Aquí prueba algo distinto, interesado más en la tensión que generan conversaciones y silencios, con un marco formal sereno en el que asoman momentos inspirados (toques bressonianos en el accidente del obrero y la posterior “compensación”, bella composición de los planos a orillas del río). Finalmente, entre los valores de Siempre es tarde merece señalarse la expresividad de sus intérpretes principales María Eugenia Solana, Gustavo Maffei y Francisco Fissolo, que nunca ceden a énfasis costumbristas y con su sinceridad seducen noblemente al espectador.

Por Fernando G. Varea

Producciones santafesinas en el BAFICI

Una nueva edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) se acerca y como siempre, procurando dar difusión a las producciones audiovisuales realizadas en el ámbito de nuestra provincia, en Espacio Cine queremos destacar el puñado de rosarinos y santafesinos que estarán allí, siendo parte del seductor banquete cinéfilo que viene repitiéndose –con variantes y a pesar de algunos altibajos– desde hace veinte años. Entre homenajes a John Waters y Phillip Garrel (con la presencia de ambos), la exhibición de los nuevos films de Hong Sang-soo, Michael Haneke, Abel Ferrara, Wes Anderson, Christian Petzold, Fernando Pino Solanas, Juan Villegas, Albertina Carri y otros, el rescate en copias restauradas de clásicos como El monstruo de la laguna negra, El bueno, el malo y el feo y El desprecio, dentro de una programación amplia y diversa, en el evento que se desarrollará entre el 11 y el 22 de abril asomarán dos largometrajes y dos cortos realizados por jóvenes cineastas de nuestra provincia.
En la Competencia Latinoamericana estará Tito (2018), largometraje escrito y dirigido por Esteban Trivisonno. Comparado por Álvaro Arroba en el catálogo del festival con el Bela Lugosi del Ed Wood de Tim Burton, el Tito del título es el actor rosarino Tito Gómez  (visto en Ilusión de movimiento, El asadito y otras), a quien cinco estudiantes eligen para retratar en un documental, tarea que se les complica ante el narcisismo y desvaríos de la estrella. Realizada con actores y técnicos rosarinos, Tito tiene fotografía de Lucas Ponce Tesido y música de Pablo Crespo. Trivisonno estudió en la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario, es docente y actor, fue guionista y director del ciclo televisivo documental Locura de clown (2014, ganador de Espacio Santafesino), coguionista de la serie web Postres (2015) y asistente de dirección de varias producciones locales dirigidas por Elena Guillén, Pablo Romano, Santiago King, Héctor Molina y otros.
En la sección Derechos Humanos –en la que el año pasado participó Triple crimen, de Rubén Plataneo–, compite Mekong-Paraná: los últimos laosianos (2018), con guión y dirección del santafesino Ignacio Javier Luccisano, música también de Pablo Crespo y fotografía de Martín Turnes (ganador de un Cóndor de Plata como director del documental Pichuco). La película acompaña a una familia desde el Laos atravesado por la guerra en 1978 hasta Tailandia y de allí –por circunstancias fortuitas– a un humilde pueblo del interior de Santa Fe. Según escribió Marcela Gamberini en el catálogo, está “contada desde los gestos, las risas contagiosas, las lágrimas, los bailes, las confusiones del lenguaje”. Es el primer documental de Luccisano, que estudió en la FUC y codirigió (con Aníbal Martínez y Nadia Benedicto) el mediometraje El embolsadito (2007).
Otra producción local en competencia es el corto Yo, pasto de los leones (2018), escrito y dirigido por el santafesino Milton Secchi, con fotografía de Iván Fund (director de Toublanc y, entre otras, Los labios, junto a Santiago Loza) y la actuación de Sofía Brito, Cecilia Sosa y Gerónimo Bayúgar. A lo largo de veintitres minutos, Yo, pasto… expone las dificultades de una actriz quien, al dirigir un casting para un film sobre una inundación en Santa Fe, se enfrenta a los interrogantes que le plantean los distintos testimonios y su propia experiencia. Secchi estudió en la ENERC, ha sido montajista y asistente de dirección en varias producciones, y realizó los cortos Verano (2010), Lo-Fi (2011) y Donde no hay nada (2016), que compitieron en anteriores ediciones del BAFICI y en otros festivales.
También figura en la programación del BAFICI el corto El cumpleaños de Mora, realizado por el rosarino Juan Linch, que formará parte de la Muestra Argentina de Cortos. En apenas doce minutos, El cumpleaños de Mora imagina el alunado cumpleaños de una treintañera, con una visita inesperada que llega desde el más allá. Tiene fotografía de Patricio Carroggio (director de El perro de Ituzaingó), escenografía de Marlen Breuning, sonido de Santiago Zecca y música de Leo Serial. “Es un cortometraje fantástico”, nos dijo su realizador, guionista y productor tras haber ganado la convocatoria de Espacio Santafesino hace poco más de un año (en una nota que puede leerse aquí). Linch se formó como cineasta de manera autodidacta y filmó antes La vida en Marte (2014) y Campamento en el Centro de la Tierra (2015), cortos de humor asordinado y estilo rejtmaniano.
Finalmente, cabe agregar que en el marco del festival se verá Malambo: El hombre bueno (2017), que pasó por el Festival de Berlín de este año, dirigido por el cordobés Santiago Loza con participación de gente del medio de nuestra región, como el sancristobalense Iván Fund y el crespense Eduardo Crespo en la fotografía, y la casildense Lorena Moriconi en el sonido. Del mismo modo, vale señalar que el realizador de La vida que te agenciaste (2018, documental en torno a un grupo de poetas porteños en los años ’90) es el rosarino Mario Varela, quien estudió cine en Avellaneda.
Un dato significativo: Tito y El cumpleaños de Mora ya están programadas para una función especial el 11 de mayo en el Cine El Cairo, de Rosario.

Por Fernando Varea

Imágenes: Tito (Esteban Trivisonno), Yo, pasto de los leones (Milton Secchi) y El cumpleaños de Mora (Juan Linch).

http://festivales.buenosaires.gob.ar/2018/bafici/es/home

Fernando Birri y el caso “Los inundados”


inudConfirmé la vigencia de Los inundados (1961) cuando volví a verla con atención en 2003, para escribir –a pedido del amigo Alejandro Hugolini– sobre la trágica inundación que afectó la ciudad de Santa Fe y alrededores, durante la gobernación de Carlos Reutemann (la nota, que puede leerse aquí, fue publicada en Rosario/12 el 28/5). Al año siguiente tuve oportunidad de asistir a la charla que su director, Fernando Birri, ofreció en el salón de actos de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario, en la que había sido cálidamente recibido por un auditorio numeroso, formado en su mayor parte por estudiantes de cine y de dicha universidad, dispuestos a escuchar con más curiosidad que admiración a quien probablemente conocían muy poco. En esa tarde calurosa, pidió permiso para sacarse su saco y su proverbial sombrero antes de referirse a la apertura de una nueva Escuela de Cine en Santa Fe: “Abramos el zoom con una lente por lo menos nacional –propuso–, mejor si es latinoamericana y, mejor aún, si es una lente cósmica”. En un momento reconoció que sus años vividos (79) no lo convertían en oráculo: “Un niño de cinco años puede expresarse con más sabiduría y más libertad que un viejo”, expresó.
Ayer, este artista santafesino viajero y luchador falleció en Roma, a los 92 años, dejando una obra repartida en distintos países, épocas y disciplinas (cine, poesía, ensayo, pintura), por lo que resulta casi inabarcable y seguramente merecedora de algo mejor que rápidos panegíricos, más allá del indiscutible valor del mediometraje documental Tire dié  y el largo de ficción Los inundados como gérmenes de un cine latinoamericano realista y crítico. En su homenaje rescatamos el análisis que Horacio Verbitsky publicaba en la revista Tiempo de Cine Nº 13 (marzo de 1963) sobre cómo el Instituto Nacional de Cinematografía desestimaba Los inundados mientras era buscada y valorada en el exterior.

(Doble click en la imagen para ampliarla y poder leerla)

Crear imágenes a través de la escritura

Son cuatro jóvenes que estudian o estudiaron cine y, al mismo tiempo, dedican buena parte de su tiempo a escribir. Pero no son guionistas, redactores de gacetillas o avisos publicitarios ni utilizan la escritura con un sentido práctico, sino que les sirve para expresarse, a través de cuentos, poesías o canciones. ¿Qué los lleva a confiar en el noble ejercicio de la escritura? ¿Cómo complementan su vocación por las artes audiovisuales con la posibilidad de volcar sentimientos e inquietudes en un texto?
Lisandro Giampietro (35 años) estudió Comunicación Social en la UNR y cine en la EPCTV. Después de realizar la serie documental Territorio cero, dictar un taller en Cetear, desempeñarse como ayudante de cátedra en la facultad y escribir un par de guiones que docentes y amigos celebraron, publicó en forma independiente Cuentos de cine. En este libro de 125 páginas despliega siete relatos en los que aparecen constantes guiños al mundo del cine: un film titulado El suburbano para emular El ciudadano, un director que piensa suicidarse por la mala recepción de un trabajo suyo (mientras un crítico radial opina “a Sanguinetti en el papel de rescatista no lo veo para nada”), los contratiempos de una filmación en una oficina de ANSES, una persona a la que le cuesta enfrentar la cámara para enviar un saludo de cumpleaños, etc. Comunicativos, sencillos, ocasionalmente tiernos, estos cuentos parecen ideales para cobrar forma como cortos de ficción. Su lectura se disfruta, sobre todo si se está familiarizado con pormenores de la profesión y se hacen propios interrogantes que desliza el autor, como la duda acerca de si el responsable del fracaso de un film es exclusivamente el director. Posiblemente distraiga un poco la abundancia de personajes en El video de cumpleaños o pueda discutirse el fastidio de un entendido ante la falta de emociones en el final de una película en Morir por el cine (cuento ganador de un concurso en Ordizia, localidad del País Vasco), pero Giampietro trasluce cariño y sensibilidad en sus escritos, en los que asoman referencias a lugares de la ciudad, al cine fantástico y a cierto culto por la amistad entre varones habitual en la obra de Fontanarrosa. El autor reconoce esta influencia (recuerda haber leído más de cincuenta veces Viaje al país de los Naninga, del humorista rosarino) y siente que la publicación de Cuentos de cine responde a una auténtica necesidad, mientras sigue escribiendo en sus ratos libres, tanto ficción en prosa como en formato de guión.
Federico Monti (24 años) reside en Rosario pero es de Pergamino, donde –con la ayuda de la Subsecretaría de Cultura de dicha ciudad– publicó este año su primer libro de poesías, Las flores y la criatura. Al mismo tiempo, comenzó a estudiar cine en la EPCTV, dejando atrás estudios de Contabilidad y de Historia. La muerte de su padre hace cinco años lo impulsó a escribir: “Tenía muchos interrogantes y escasas respuestas –confiesa–. Escribía en formato de canción sobre todo aquello que me dolía. Finalmente, haber asistido a un taller literario dictado por el escritor Daniel Ruiz Rubini me sirvió para perfeccionarme.” Sus textos invitan a la reflexión y suelen sugerir imágenes, como Un barco del sur: Nace de lagos de cristal / un barco del sur / revoluciona el agua y los sentidos /se condensan en la hora del viento / al margen de sierras / erosionadas como los arados de dios. / Muere de incógnitas de hielo / un hombre del mundo / transita la insignificancia y la existencia / se desnuda ante el temperamento del páramo / aunque agonice / en la memoria de un ángel.
Nacido en Río Negro, Alejandro Torriggino (28 años) se instaló hace algunos años en Rosario para estudiar cine en la UAI. Ya egresado, reparte su tiempo entre sus trabajos como realizador audiovisual y distintas presentaciones como músico y cantautor independiente. “Lo primero que compuse fue música para proyectos de la carrera y cortometrajes –recuerda–. Siempre me gustó escribir: cuentos cortos, poemas, letras de canciones, guiones. La canción es una película en sí misma. Con otro formato pero la misma intención: expresar una emoción y decir algo.” Con influencias que van de B.B. King y Pink Floyd a músicos contemporáneos como John Mayer y Gary Clark Jr., Torriggino encontró en el sello independiente River Flow Records la oportunidad de editar el año pasado su primer álbum, Sureste, producido y mezclado por el productor rosarino Gonzalo Esteybar. Este año llegó Blue Light, con raíces en la música afroamericana. “Una cosa que aprendí estudiando cine es a pensar en imágenes y en sonido –sostiene–. Es lo que hay que tener en cuenta a la hora de escribir un guión. Si hay una imagen evocativa que me atrae, la uso en una canción, y a veces a la inversa, uso una melodía para una escena o personaje. También incluí efectos de sonido en algunas de mis canciones.” No hace mucho musicalizó (junto a Esteybar) una proyección del clásico mudo de Fritz Lang Metrópolis (1927) en un conocido bar rosarino.
Matías Julián Pérez (18 años) también escribe canciones. A los diez años dejó de golpear cacerolas y comenzó a hacer música con su propia batería. Hoy se muestra agradecido a sus amigos Joaquín, Fabrizio, Micaela y León, que ayudaron en su afición por la música: los dos últimos le regalaron una guitarra eléctrica y otra criolla, con las cuales fue dándole vida a letras inconclusas que había escrito tiempo atrás. Con la experiencia de haber integrado junto a compañeros de su escuela secundaria, en Arroyo Seco, una banda llamada Multitud Rock, y tras haber compuesto canciones como En ti (dedicada a su madre), actualmente realiza presentaciones junto a Fabrizio Ricchetti, bajo el nombre Luz y Sombra. “Algo que nos caracteriza son las improvisaciones en vivo, tanto en letra como en instrumental –comenta–, lo cual me llevó a experimentar la rima improvisada”. Junto a Maribel Ferreyra, además, ha emprendido un proyecto llamado Acuáridas. Mientras tanto, estudia en la EPCTV. “Desde que empecé la secundaria, filmo y edito mis propios cortometrajes –cuenta–, proponiéndome crear una película por año. Así llegué a hacer ya ocho películas, con mi celular o con lo que podía, narrando mi paso por la secundaria y las experiencias, sentimientos e ideas que me atravesaron.”
Combinar la pasión por el cine con la producción de textos es el sueño de estos jóvenes, aunque no son los únicos (el periodista cinéfilo Martín Fraire tiene una novela escrita que espera salir a la luz, Federico Basteri publicó recientemente su libro Retorno a la oscuridad tras estudiar cine en la UAI, y la lista podría ensancharse). “La clásica recomendación a los que empiezan a escribir es: escribe sobre lo que sabes –sostiene Lisandro Giampietro–. No sé si sé de cine, pero quería escribir y las ideas que se me ocurrían se relacionaban con ese mundillo que conocía y que me proporcionaba material para desarrollarlas.” Alejandro Torriggino sostiene que, en su caso, el cine y la música van muy unidos al hecho de crear algo, y concluye: “Después de todo, la historia es lo que cuenta y cómo está contada, sea en un corto, película o canción.” Por su parte, Federico Monti considera que “lo escrito le da materialidad a cosas volátiles como pensamientos, ansiedades, locuras, alegrías, tristezas, ideas… si no se vuelcan sobre un papel, desaparecen.” Y agrega: “En el cine el guión es una guía, una brújula, del mismo modo que, en su momento, lo fue para mí la poesía para asumir la muerte, tener los pies sobre la tierra y seguir mi vida.”

Por Fernando Varea

Imagen (de izq a der): Lisandro Giampetro, Alejandro Torriggino, Federico Monti y Matías Julián Pérez.