21º BAFICI: En busca de la experiencia del cine

Por encima de los rumores y comentarios que rodearon la última edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, dos cosas parecen indiscutibles.
Por un lado, está claro que el BAFICI ya no es lo que era. Con menos películas, exiguas actividades especiales, sin publicaciones ni invitados internacionales convocantes, el de este año fue un festival visiblemente acotado, no sólo si se lo relaciona con sus primeras ediciones (cuando por su variedad de propuestas y huéspedes ilustres se alzaba como una suerte de inabarcable festín para el cinéfilo) sino incluso con las de los últimos años. “El mercado decidirá” había respondido tiempo atrás un ministro cuando le preguntaron qué pasaría al liberar el precio de los combustibles: está claro que un gobierno que le da esa potestad al mercado difícilmente confíe en un festival creado para promover producciones audiovisuales arriesgadas o menos convencionales que las que aseguran en los shoppings una buena venta de pochoclo. Si es “el encuentro cinematográfico más importante de América Latina”, como lo promocionan sus organizadores, no merecía el evidente recorte que sufrió este año.
Al mismo tiempo, no habría por qué desaprovechar lo que un evento como éste –aún con sus problemas– tiene para ofrecer. La experiencia del espectáculo cinematográfico compartido en una sala sigue siendo única y las oportunidades de ver determinadas películas en condiciones ideales, rodeado de gente interesada, son cada vez más limitadas. Mi paso este año por el BAFICI durante apenas tres días tuvo, precisamente, el incentivo de salir en busca de esas experiencias intensas. Y algunas hubo.
El ciclo destinado a las películas que el director portugués Paulo Rocha (1935/2012) realizó junto a la actriz Isabel Ruth deparó momentos de raro placer. De los varios de sus trabajos exhibidos en 35 mm en la Sala Lugones, pude ver un corto (Pousada das chagas) y el largometraje Vanitas (2004), en torno a los conflictos y personajes que envuelven a una veterana diseñadora de modas, en el marco de la ciudad de Oporto. Abatida y luminosa a la vez, apelando al melodrama pero con la madurez y la calma que suelen caracterizar a cierto cine portugués, Vanitas se nutre de reflexiones dichas sin énfasis, elocuentes canciones y exteriores de una belleza seductoramente antigua. Presente en la sala, Ruth recordó un ya lejano viaje a Brasil junto al director y destacó sus ganas de poder conocer mejor Buenos Aires. Lástima que, al finalizar la función, el presentador que la acompañaba no supo sacar demasiado provecho de su participación (las presentaciones de las películas y debates posteriores dejaron bastante que desear en las funciones del BAFICI de este año).
También en Sala Lugones fue la exhibición de Trailers de medianoche, una selección de trailers de películas italianas y argentinas, policiales y eróticas, sensacionalistas en la mayoría de los casos, de las décadas del ’60, ’70 y ’80, rescatados por el Museo del Cine y exhibidos en 35 mm. Los sonidos del proyector y los colores desteñidos de algunas copias permitían reencontrarse con esas sensaciones casi olvidadas que deparaba la proyección de material fílmico en las salas. La función duró alrededor de una hora, fue divertida y muy celebrada por un público mayoritariamente joven, por lo cual hubiera sido oportuno que en la presentación (a cargo de los periodistas radiales Santiago Calori y Fiorella Sargenti) se brindara información más precisa sobre los films en cuestión: al menos dos de ellos (Las locas y Adiós, Roberto…) merecían comentarios previos. Al reemplazarse las referencias histórico-cinéfilas sólo por chistes, el valor del material exhibido quedó relegado al terreno de lo curioso o lo desatinado.
El regocijo de una sala colmada de público entusiasta –y más aún si no se trata de la fría multisala de un shopping– se repitió en la función en el Gaumont de Método Livingston,de Sofía Mora, quien se mostró algo abrumada por la calurosa recepción de los numerosos espectadores. Las risas y aplausos durante la proyección tenían su explicación: el documental es tan ameno y polifacético como su retratado, el arquitecto Rodolfo Livingston. Apasionantes anécdotas, fragmentos de apariciones televisivas (su filoso diálogo con Bernardo Neustadt en los ’90 fue festejado efusivamente por el público) y perspicaces razonamientos sobre su especialidad pero también sobre otros temas y sobre la vida en general, aparecen enlazados casi sin dar respiro, un poco a la manera de Piazzolla, los años del tiburón (2017, Daniel Rosnefeld), que también le sacaba el jugo a una figura de nuestra cultura muy vital y con una historia personal y profesional llena de pliegues. La sorpresa que despierta en Livingston enterarse del parentesco del camarógrafo Matías Iaccarino con cierta persona que él conoció, y la forma con la que la directora capitaliza la situación, constituye uno de los hallazgos de esta película que ganó el Premio del Público.
Otro tipo de sensaciones provoca el documental The Unicorn (Isabelle Dupuis/Tim Geraghty), premiado como Mejor Película de la Competencia Internacional. El catálogo del festival hace referencia al primer músico de country abiertamente gay, pero ni la música country ni las preferencias sexuales de Peter Grudzien son lo más significativo del film: lo que importa es el movilizador testimonio de una familia de desclasados en pleno corazón de Estados Unidos. Junto al músico, medio ermitaño y de esquivo éxito, asoman una hermana que parece un tragicómico personaje de ficción y un padre anciano, cuyos recuerdos de hace casi un siglo (cuando siendo niño debía trabajar sin que nadie se preocupara demasiado por sus derechos) resultan conmovedores. Vecinos y agentes de Policía son vistos como una amenaza para los tres, que han vivido y resistido como pudieron. El film lleva a conocerlos, a comprenderlos, a encontrar en ellos puntos de identificación, a preguntarse por las condiciones familiares y sociales que los condujeron a vivir de esa manera, incorporando por momentos imágenes registradas por el propio Grudzien con una cámara propia. De vez en cuando éste habla del único disco que llegó a grabar (el que da título al film), como un logro personal al cual aferrarse, en tanto ocasionales textos sobreimpresos proporcionan la información necesaria, sin subrayados sentimentales. Alguien del público les preguntó a los realizadores (ella francesa, él estadounidense) si la música había sido un medio de supervivencia para Grudzien, pero éstos aclararon que logró mantenerse sólo con la ayuda de planes sociales.
Otras películas de la Competencia Internacional depararon efectos más débiles o previsibles. El drama isrealí God of the piano (Itay Tal), sobre una pianista obsesionada en tener un hijo talentoso, luce un poco distante, como contagiado de la gélida tensión con la que su protagonista (Naama Pries) se mueve sigilosa entre ambientes impecables, muebles lustrosos y música clásica. El mejor momento es cuando su instinto la impulsa a espiar de lejos a un grupo de chicos que entran a un aula (no conviene aclarar aquí por qué ni de qué tipo de institución educativa se trata), sutil desvío en su temperamento que más tarde se repite, previo a un expresivo plano final.
La canadiense Ms Slavic 7 (Sofía Bodhanowicz/Deragh Campbell) comienza despertando expectativas que luego se cumplen a medias. La joven protagonista se ocupa de buscar datos sobre la correspondencia que su bisabuela supo mantener con un poeta polaco, en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, inquietud que provoca alguna discusión familiar y activa interrogantes sobre el pasado. Pero la lectura de cartas en voz alta nunca se ha llevado muy bien con el cine: aquí hay demasiadas palabras dichas o leídas con displicencia y fatigosos planos de la chica en cuestión en la mesa de un bar, hablándose a sí misma o a un interlocutor que no vemos. Las imágenes de la celebración familiar en un salón de fiestas aportan un poco de melancolía, dentro de un film que rastrea cuestiones apasionantes desapasionadamente.
También el sueco Johannes Nyholm desaprovecha, como guionista y director, el material tomado para Koko-di Koko-da. Un cuento infantil es la excusa para que, después de un hecho trágico, se vuelva una y otra vez a un mismo punto (una mujer escuchando el zumbido de un mosquito mientras su marido duerme, en la carpa que comparten en medio de un bosque solitario), generándose diferentes variantes que sugieren crueles pesadillas. Los fragmentos con ingenuas animaciones diluyen el clima inquietante de lo que podría haber sido un buen film de terror.
Por su parte, Ray y Liz, con la que el fotógrafo inglés Richard Billingham recrea hechos de su infancia y la de su hermano junto a padres bastante torpes y negligentes, no llega a transmitir cabalmente la sensación de desprotección de los chicos. En el primer tramo aparecen un par de personajes algo irritantes que se agregan a estos padres desmañados, imponiéndose cierta crueldad bastante habitual en el cine inglés. Sobre el desenlace, cuando se resuelven determinadas situaciones, remonta el interés del film, cuya actriz principal (Ella Smith, la obesa madre que pasa sus horas bordando y fumando) fue premiada en el festival.
Dentro de la Competencia Argentina, dos películas destacables fueron Breve historia del planeta verde (Santiago Loza), que ganó una Mención Especial, y La vida en común (Ezequiel Yanco), premiada por Mejor Montaje. Pronto se publicará en Espacio Cine mi entrevista a Loza en torno a su curioso largometraje, suerte de fábula sobre la fraternidad entre seres diferentes. En cuanto a Yanco, su largometraje echa una mirada serena a costumbres y ritos cotidianos de un pueblo sanluiseño. Casi sin adultos (apenas una que otra maestra y alguna abuela), con voces en off de pibes de distintas edades mientras se trepan por las barandas de la escuela, juegan con sus teléfonos celulares o conversan con frescura asoman referencias a la luz mala, a un puma que ronda por la zona e incluso a la leyenda de Nazareno Cruz y el lobo, representada por algunos de los chicos en una encantadora secuencia (seguramente la primera vez que el cine argentino retoma la leyenda más de cuarenta años después que la abordara Leonardo Favio).
También pude ver The Scoundrels, con la que el muy joven director chino Tzu-hsuan Hung, presente en el festival, expone su destreza para plasmar vertiginosas escenas de acción. El protagonista es un deportista irascible que, por distintas circunstancias, se enfrenta a un matón que puede ser su rival pero también representar su lado oscuro, como se insinúa antes del frenesí de los créditos finales. Exhibida en la sección Late Night, es un pasatiempo aceitado, con escenas de encontronazos y persecuciones bajo la lluvia muy bien resueltas.
Estas últimas –y la mayor parte de las películas programadas– se exhibieron en el Multiplex Belgrano, ya que este año las principales actividades se concentraron en ese barrio. El espacio destinado a la prensa, así como las reuniones del BAL, se situaron en el Museo Enrique Larreta, un sitio ciertamente distinguido y con hermosos jardines pero muy poco práctico (valga un ejemplo: solía haber a mano medialunas para los periodistas, pero se nos avisaba que no teníamos permitido comerlas fuera del reducido ámbito dedicado a la prensa). Se mascullaban quejas por las dificultades que traía el cambio de sede, por el pueril spot promocional del festival o por la organización, durante el primer fin de semana, de una serie de propuestas al aire libre (sobre calle Juramento) bastante ajenas al espíritu de lo que puede entenderse por cine independiente (fotos frente a decorados de Forrest Gump o Titanic, stands para maquillar a los chicos como estrellas de cine, proyecciones de películas como Flashdance y Mamma mía!), y lo cierto es que éstas y otras decisiones hicieron tambalear este año la relevancia del BAFICI.
Una vez más, hay que recordarlo: los festivales de cine tienen valor porque suelen ser lugares de encuentro, de debate, de aprendizaje, permiten la difusión y circulación de muchas producciones audiovisuales e implican una apuesta a la diversidad, la calidad y la novedad. Cuidarlos, fomentarlos y mejorarlos es responsabilidad de sus organizadores y de los dirigentes políticos que nos representan.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: fotogramas de Vanitas (izq) y The Unicorn.

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Cocinando un mundo propio

GUISO DE SATURNO
(2019; dir. Juan Linch)

Cordiales encuentros de entrecasa que se desvían hacia el absurdo. Jóvenes aniñados cuyo candor parece ocultar algún tipo de zozobra emocional. Meticulosa preparación de comidas con boleros u óperas de fondo –como una sensual invitación a disfrutar los placeres de la gastronomía–, mientras incidentes ligeramente insólitos y lacónicos diálogos sugieren la existencia de algún misterio, con el relato buscando tímidamente escaparse de la lógica. Con esos elementos, el rosarino Juan Linch viene realizando una serie de cortos que ya insinúan una obra de rasgos propios, que puede tener en el cine de Martín Rejtman una posible influencia.
A Recetas de Antonio Zamora, Campamento en el centro de la tierra y El cumpleaños de Mora (ganador en Espacio Santafesino y exhibido en la Muestra Argentina de Cortos del BAFICI el año pasado) se suma ahora Guiso de Saturno, que integra la Competencia de Cortos del BAFICI 2019 junto a trabajos de Martín Farina, Nicolás Prividera, Manuel Abramovich y otros.
Melisa Martiniuk, Carolina Díaz Kelly, Gabriel Bisang, Mumo Oviedo y Nacho Farías dan vida al puñado de singulares personajes de Guiso de Saturno, cuya acción transcurre en el interior de un departamento de pasillo en el que lo disparatado se cruza con lo fantástico. Lo bueno es que la gracia del film no se limita a lo que dicen sus melancólicos freaks: todas las decisiones de Linch (responsable del guión, la fotografía, la dirección y la edición) y de Marlen Breuning (a cargo del arte y el vestuario) parecen justas y medidas, en función del tono buscado.
Dentro de una edición del BAFICI algo acotada y sin otras producciones audiovisuales santafesinas en la programación, Guiso de Saturno merece atención, sobre todo porque no recurre al repentismo televisivo ni se escuda alzando alguna idea políticamente correcta por delante de su pequeña historia: aún con sencillez, Linch divierte y se expresa sin descuidar el lenguaje propio del cine.

Por Fernando G. Varea

Un encuentro con clásicos y modernos

A continuación, nuestra opinión sobre algunas de las películas proyectadas en distintas secciones del 33ª Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Aparte nos referimos a Vendrán lluvias suaves, escrita y dirigida por Iván Fund (Competencia Internacional) y La cama, de Mónica Lairana (Competencia Argentina). Pronto sumaremos una crónica de acontecimientos del festival, más una breve entrevista que pudimos hacerle a la realizadora Lucrecia Martel.
AUTORES
Seguramente las dos mejores películas que tuve oportunidad de ver fueron The wild pear tree [El peral silvestre] (Nuri Bilge Ceylan) y A land imagined [Una tierra imaginada] (Yeo Siew Hua), exhibidas ambas en la sección Autores. El film de Ceylan sigue a un joven que vuelve a su pueblo natal, en Turquía, reencontrándose con su familia e intentando iniciarse como escritor. Costumbres que funcionan como obstáculos (machismo, conservadurismo), además de la afición por el juego de su padre, le impiden progresar, pese a lo cual no pierde de vista su intención de publicar un libro (y conseguir que alguien lo lea). Aunque algunas decisiones del realizador de Lejano y Sueño de invierno puedan discutirse, su película contiene momentos extraordinarios –como el encuentro con una antigua amiga en un bosque o la extensa charla de tres jóvenes sobre religión mientras comen manzanas, caminan y se sientan a tomar un té– que a su riqueza formal le agregan calidez. La de Yeo Siew Hua, en tanto, tiene como eje a un trabajador chino en Singapur quien, después de sufrir un accidente, entabla relación con la dueña de un cybercafé y con un intrigante amigo en línea. La precarización laboral y deshumanización se encaminan hacia un clima agudamente pesadillesco, con ayuda de una iluminación artificiosa, de tonos parduzcos, y derivaciones argumentales que combinan la mirada pesimista sobre la vida en un país en el que la naturaleza parece no existir (se siente como un alivio cuando, una noche, el obrero y la chica cruzan a nado un río) con un enigma policial y rodeos sobre ciertos tópicos del cine fantástico.
En la Competencia Internacional también pudo verse Yara, del iraquí Abbas Fadhel (Homeland), donde una adolescente huérfana que vive con su abuela entre las montañas, en el norte del Líbano, conoce imprevistamente a un joven del que se enamora. Mucho de contemplativo hay en este film que no excede demasiado el registro de la apacible rutina de las dos mujeres: cuidar a los animales, recoger moras o dialogar con algún vecino son los pequeñas tareas que las mantienen ocupadas. La cámara se desvía a cada momento para exhibir el deslumbrante paisaje, asomando apenas una que otra idea plástica (la ropa de colores tendida al sol) y algunas sutilezas (la religiosidad de la anciana, o el teléfono celular que interrumpe las conversaciones indicando el avance de la tecnología hasta un lugar tan remoto como ese).
Infinite Football [Fútbol infinito], del rumano Corneliu Porumboiu (Policía, adjetivo, El tesoro) documenta el testimonio de un empleado público empeñado en modificar las reglas del fútbol. Su mayor parte la ocupa la conversación de Porumboiu con el gris funcionario, pero a esas declaraciones algo absurdas sobre el deseo de cambiar reglas (que pueden exceder el ámbito deportivo), se suma como plus la visita a la oficina de una anciana junto a un locuaz acompañante, para cumplir con un trámite burocrático. Curiosamente, al finalizar el film se escucha La peregrinación del santafesino Ariel Ramírez, en la artificiosa versión de Paul Mouriat. El film rumano dura poco más de una hora, lo mismo que Roi Soleil, del español Albert  Serra, también exhibido en la sección Autores, pero éste provocó deserciones en la sala y algunas risas nerviosas entre los asistentes, ya que se limita a exponer la figura de un hombre vestido como Luis XIV arrastrándose lentamente por el piso como un animal moribundo, en tiempo real, en medio de ayes y bañado de una luz roja. Golpes de piano (en un solo momento) y la insinuación de que se trataría de una instalación en una galería artística (con dos únicas palabras oyéndose al final) alteran ligeramente este experimento del director de Honor de Cavallería que, evidentemente, tomó desprevenido a más de uno. En Autores se vio, asimismo,  Le cahier noir [El cuaderno negro], de la cineasta chilena Valeria Sarmiento (esposa y colaboradora de Raúl Ruiz), quien, antes de comenzar la función, recibió de manos de la Directora Artística del festival Cecilia Barrionuevo una distinción por su trayectoria. Basada en una novela de Camilo Castelo Branco, es un discreto melodrama que transcurre en tiempos de la Revolución Francesa, cruzado de oropeles y carruajes, mejor ambientado que actuado.
TEMAS Y PERSONAJES
Varias películas de la Competencia Internacional eran acercamientos a problemáticas de actualidad o a personas dignas de ser conocidas. Es el caso del luchador transformista mexicano que la cineasta francesa Marie Losier entrevista en Cassandro el exótico! Durante el documental se lo ve eufórico, hablando de su madre y de su admiración por Lady Di, o mostrando las heridas y huellas de violencia en su cuerpo como si éste hubiera sido, durante muchos años, un auténtico campo de batalla. La representación de su posible muerte o la imagen suya caminando glamorosamente por el desierto, no son ideas muy afortunadas dentro de un trabajo cuyo interés se centra, básicamente, en la singularidad del extrovertido Cassandro, quien irrumpía en cada una de las funciones desde el fondo de la sala luciendo un fastuoso vestido.
Desparejas resultaron las estadounidenses Skate kitchen, de Crystal Moselle, y What  you gonna do when the world’s on fire [¿Qué vas a hacer cuando el mundo esté en llamas?], de Roberto Minervini. La primera sigue a una joven skater que encuentra en desinhibidas pares (que conoce en calles de Nueva York) una comprensión y contención que no le da la compañía de su madre, lo cual la impulsa a compartir cada vez más tiempo con ellas. En las liberadoras reuniones de las chicas, pendientes de sus skates y su cuenta de instagram, late cierta vitalidad generacional, pero las acciones se vuelven un poco repetitivas: otras películas con skaters (Paranoid ParkTilva roš) han tenido más vuelo u originalidad. El documental de Minervini, en tanto, presenta la realidad cotidiana de varios miembros de una comunidad negra marcada por la discriminación y el acecho de la violencia policial, yendo de sutiles guiños (chicos negros con la bandera de Estados Unidos estampada en sus remeras) hasta grupos pidiendo justicia por Alton Sterling (asesinado por la policía hace dos años) y alzando consignas militantes (Poder negro, Sin justicia no hay paz). Realizado en blanco y negro con una estructura algo caótica, de a ratos emociona y moviliza.
La misma temática pero desde otra óptica aborda If beale street could talk [Si la calle Beale hablara], el más reciente largometraje de Barry Jenkins, quien había competido con Moonlight en Mar del Plata dos años atrás, antes de ganar el Oscar. Como allí, Jenkins sigue el calvario de personajes negros de clase trabajadora (en este caso partiendo de una novela de James Baldwin ambientada en los años ’70) con refinados movimientos de cámara, cierta intensidad dramática y buenas canciones. La secuencia de una discusión familiar tal vez sea lo mejor del film, ya que las escenas románticas o la frecuencia con la que los personajes ponen música en un tocadiscos dejan demasiado en evidencia la búsqueda de sensual elegancia. Por otra parte, los problemas de la comunidad (En este país le alquilarían la casa a un leproso antes que a un negro, dicen en un momento) son un poco absorbidas por la historia de amor de la pareja interpretada por Stephan James (como un joven arrestado por un crimen que no cometió, lo que agrega pormenores de índole policial-judicial) y una sobreactuada Kiki Layne. Film de poco riesgo pero muy profesional, con Diego Luna y Dave Franco en personajes secundarios, gustó mucho al público.
CINE DE GÉNERO ENRARECIDO
Tres películas que integraron la Competencia Internacional fueron bastante discutidas, tal vez por responder a ciertos tópicos del cine fantástico y de terror (de poco prestigio para algunos) o por no definir plenamente su tono. Una fue In fabric [En tela], del británico Peter Strickland (Berberian Sound Studio), en torno a un vestido rojo que, por alguna extraña maldición, comienza a traerle problemas a varios personajes. Hay una vendedora exageradamente sinuosa, un lavarropas que enloquece, misterios e ironías varias en este film más divertido que armonioso. Las otras son las argentinas Vendrán lluvias suaves, de Iván Fund (de la que nos ocupamos aquí), y Muere, monstruo, muere, del mendocino Alejandro Fadel (director de Los salvajes y coguionista de algunos films de Pablo Trapero). Lo mejor de esta última es su atmósfera enrarecida y cargada de presagios sonoros, aunque su argumento acopla ingredientes diversos sin que quede claro si el objetivo último es la parodia o el horror psicológico partiendo de alguna problemática social, como podría serlo la violencia de género. Un adusto Esteban Bigliardi (visto recientemente en la notable Familia sumergida), junto a Víctor López y Jorge Prado (como dos graciosos policías) son los protagonistas de este producto híbrido, que reúne esplendorosos planos generales del paisaje cordillerano con un viscoso monstruo cuya apariencia sugiere genitalidad, frases sentenciosas (Todo el mundo tiene miedoEl aburrimiento lleva al horror) y un tema de Sergio Denis que se repite tres veces (nueva irrupción de una canción de los ’70 en el cine argentino reciente después de El ángel y Rojo).
MATICES DE LATINOAMÉRICA
La programación incluyó lo nuevo de Ana Katz y Ezequiel Acuña. Sueño Florianópolis, de Katz (Mi amiga del parque), abrió el festival con su aventura de una familia de clase media que emprende un viaje a Brasil en los años ’90. Claroscuros, cierta liviandad moral e indiferencia ante el futuro afloran en este grupo humano encarnado con gracia por Mercedes Morán y Gustavo Garzón junto a Manuela Martínez y Joaquín Garzón, hijos adolescentes de una y otro respectivamente. Por momentos el film parece contagiarse del ánimo vacacional de sus personajes, que se enredan en amoríos sin mucha convicción y sortean diversos incidentes sin alterarse demasiado. El guión, escrito por Ana y su hermano Daniel Katz, intenta una radiografía del argentino medio sin subrayados costumbristas. Bueno, lo vemos, repite el personaje de Morán cada vez que alguien le propone algo, con una mezcla de indolencia, pasividad y desinterés por el futuro que la película insinúa como rasgos distintivos de la Argentina que apañó al menemismo. Acuña, por su parte, ofreció en la Competencia Latinoamericana La migración, filmada en Perú (donde vive y trabaja actualmente), en la que el personaje que interpretaba Santiago Pedrero en La vida de alguien viaja a ese país en busca de su amigo sin demasiadas pistas, encontrando una forma de recompensa en la relación con una simpática adolescente (Paulina Bazán) y ocasionales compañeros como un tal Santino Amigo, cuya torpeza y ternura le trae recuerdos de sus 20 años. Diáfana y melancólica, por encima del encanto artificioso de un par de escenas (la lectura de El Principito, el juego con mímica en la plaza), la película de Acuña tiene el enorme valor de la sensibilidad con la que reflexiona sobre la amistad y los recuerdos. Ofrendar discos o canciones para establecer vínculos afectivos, por ejemplo, es algo tan simple como honesto, que los seres de ficción del realizador de Como un avión estrellado ejercen naturalmente, con informalidad y un dejo de tristeza. ¿Cuánto hay de personal en el film? le pregunté a Acuña; Más del 100% me respondió.
En la Competencia principal estuvieron la brasileña Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos [La lluvia es canto en la aldea de los muertos], dirigida por Joâo Salaviza y Renée Nader Messora, sobre un joven indígena que extraña a su padre fallecido, y A portuguesa, de Rita Azevedo Gomes. La primera se sumerge de manera algo desapasionada en una cultura ajena a nuestro trajín urbano, en la que despunta un conflicto interesante (en una visita a la ciudad, el pibe comienza a engancharse con costumbres, música y comidas del lugar) que finalmente se diluye. Claro que la imagen entrañable de un viejo de la comunidad bailando desnudo en plena selva resulta difícil de olvidar.
En cuanto a Azevedo Gomes, adapta una novela de Robert Musil para un fresco histórico tan fascinante en su construcción visual como parsimonioso dramáticamente. Planos fijos de arrebatador encanto visual en antiguos palacios o exteriores (un lago en el que la protagonista se baña, bucólicos bosques cruzados por conejos o ciervos que parecen salidos de un cuento) se templan por las voces monótonas y la teatralidad de los actores, que discurren sobre  hechos de la Historia (La guerra está hecha de deudas) mientras una misteriosa mujer (la cantante Ingrid Caven) aparece, cada tanto, como un testigo o un fantasma.
CLÁSICOS
¿Valía la pena volver a ver Los 400 golpes (1959, François Truffaut)? Definitivamente, sí: presentada por el propio Jean-Pierre Léaud, volver a apreciar la querible historia del adolescente Antoine Doinel en la enorme pantalla del Auditorium, recordando que una exhibición del film en otro festival (Cannes, sesenta años atrás) revelaba la consagración de la Nouvelle Vague, no podía dejar de conmovernos a los cinéfilos. Como no podía ser de otra manera, la corrida final del joven protagonista por la playa y su mirada a cámara fueron acompañadas por un efusivo aplauso.
Algo similar, aunque en una sala mucho más chica, deparó El último malón, filmada por Alcides Greca en San Javier (pcia. de Santa Fe) cien años atrás, recreación de la rebelión de un grupo de mocovíes ocurrida en esa localidad un tiempo antes, con el aditamento de una historia de amor. La película, magníficamente restaurada, fue presentada por gente del Museo del Cine y se exhibió musicalizada por Maia Koening, remedando sonidos de tambores que parecían provenir de la misma memoria. El evento recordó otros que Fernando Martín Peña (Director Artístico hasta hace dos años) solía organizar en el marco del festival, como la proyección de Los cuatro jinetes del Apocalipsis o El caballo de hierro con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de la ciudad, acontecimientos que ojalá vuelvan a producirse alguna vez.
Y si hablamos de clásicos y de centenarios, valga finalmente destacar las películas de Ingmar Bergman programadas a cien años de su nacimiento, además de una completísima muestra realizada en el Museo Castagnino marplatense (en la que el Presidente del festival José Martínez Suárez desgranó anécdotas y recuerdos relacionados con la obra del gran director sueco) y la presentación de un libro de gran calidad, iniciativa de Raúl Manrupe. En el balance personal, haber participado de esta hermosa publicación fue una gratificación de esas que escasean.

Por Fernando G. Varea

Iván Fund: “Los chicos son un atajo a la ficción”

Entrevistamos por primera vez a Iván Fund (santafesino nacido en San Cristóbal y criado en Crespo, Entre Ríos), cuando apenas superaba los veinte años y competía con su primer largometraje La risa (2009) en el BAFICI. Otros encuentros se sucedieron en torno a trabajos posteriores como Los labios (que codirigió con Santiago Loza y fue premiado en la sección Un Certain Regard de Cannes en 2010),  Hoy no tuve miedo (2011) y Toublanc (2017, sobre obra de Juan José Saer, con producción de Señal Santa Fe). Su nuevo largometraje Vendrán lluvias suaves (2018) integró la Competencia Internacional del 33º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde el rumano Andrei Ujica (colaborador de Harun Farocki), el productor y director español Lluís Miñarro, la fotógrafa y cineasta franco-armenia Valérie Massadian, la documentalista italiana Maria Bonsanti y la actriz y realizadora argentina María Alché (Familia sumergida) le otorgaron el Premio Especial del Jurado, compartido con el film brasileño Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos (Renée Nader Messora/João Salaviza). De clima sereno pero efecto persistente, Vendrán lluvias suaves roza lo fantástico imaginando un pueblo en el que un día los adultos no despiertan y los chicos espontáneamente van agrupándose, ayudándose uno al otro y saliendo en busca de respuestas sin renunciar al juego y la aventura. La película tiene un tono austero y delicado, desenvolviendo sin demasiados sobresaltos algunos momentos de sugestiva belleza, como cuando muestra imágenes consecutivas de pibes de diferentes edades explorando el pueblo semivacío en compañía de sus gatos o perros. En el marco del festival (antes de saber que recibiría un premio) dialogamos con Fund sobre su obra.
– ¿Qué te motivó a hacer la película? 
– No hubo un disparador concreto. Siempre hay un conglomerado de elementos que, de a poco, comienzan a ordenarse. En el caso de Vendrán lluvias suaves yo había estado un par de años muy obsesionado con los libros infantiles, las novelas gráficas, los comics. Me había fascinado ese universo que desconocía y, de hecho, tuve la experiencia de hacer un libro llamado El organismo, para el que convoqué a una ilustradora y que por suerte se editó este año en Francia. Con esas inquietudes descubro El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch, un libro infantil muy simple, con ilustraciones. Ahí había algo de la forma de relacionarse con el mundo y con la muerte que me interpelaba. Por otro lado, hace ya diez años que hago películas, en los últimos tiempos se fue clausurando cierta búsqueda y volvieron esas ganas de recuperar el cine que yo veía de pibe, por el cual empecé a dedicarme a esto también.
Vendrán lluvias suaves parece una combinación de ese cine que mencionás con tu estilo habitual, con tu propia búsqueda.
– Seríamos vende humo si dijéramos que es una película de aventura o de cine fantástico. No es eso. Sólo incorpora elementos de ese lenguaje, como de alguna manera lo hacía Toublanc con el policial. Tenía interés de empezar a incorporar códigos del cine de género. Si se quiere, abrir un poco el hermetismo que tenía mi cine anterior.
– Un rasgo que se mantiene es la ternura, una mirada  sensible sobre las cosas.
– Eso es un halago y me encanta que la película pueda transmitir esa manera de ver el mundo. Estamos bastante bombardeados por un cine que suele ser más un comentario que una experiencia y quería poner la atención en esos matices que hay entre el blanco y el negro. Porque si no pareciera que uno es un predicador, que dice Se viene el Apocalipsis o La salvación es ésta. La realidad afortunadamente siempre es mucho más compleja, con más fisuras.
– La película estimula distintas interpretaciones. ¿Hubo alguna reflexión en particular que te interesó dejarle al espectador?
– Para mí es valioso que la película dispare ese abanico, que cualquiera de las hipótesis funcionen. Puede haber una lectura epidérmica y cosas más subterráneas. Algunas tan subterráneas que no las ve nadie… Se trata un poco de esta búsqueda que uno está haciendo. Me gustaba que la película se eleve por sobre el blanco y el negro, celebrando la posibilidad de que, finalmente, lo único con lo que contamos es al que tenemos al lado, y cómo lo tratás. Es la única manera de atravesar el mundo, digamos. Los adultos están dormidos, hay cosas que se les pasan. Y aunque tenemos la tendencia a pensar en una catástrofe, los niños ven que eso está pasando pero no les preocupa verdaderamente porque tienen esa mirada matizada por otras cosas.
– Por el juego, por ejemplo.
– Eso es interesante porque yo pensé mucho en la idea del juego, en cómo está profundamente ligado a su realidad. Cuando el niño juega, se juega la vida, porque en realidad piensa que eso puede pasar. Si bien los niños asumen –tal vez un poco secreta o melancólicamente– esa suerte de desamparo, o de existencialismo pre-púber, devuelven la dimensión real a cada cosa. Como si dijeran Esto está mal, pero mientras tanto… Se puede luchar estando contentos, digamos. Creo incluso que el festival asumió un riesgo al programar Vendrán lluvias suaves, porque en las secciones principales suele haber películas más fácilmente tematizables, en sintonía con la agenda del momento.
– ¿Los fundidos a negro representan el gesto de dar vuelta las páginas de un libro?
– Sí, total. Tiene que ver con esa visión un poco fragmentada, que te dormís y pescás esto o lo otro. Hay una lógica de ensueño en la película. Por eso es un poco arbitraria en algunas cosas. Bueno, el cine es arbitrario siempre.
– Las locaciones elegidas tienen algo de pueblo venido a menos, con esas fábricas abandonadas y casas a medio revocar. No son lugares demasiado bonitos ni terroríficos.
– En eso fue fundamental Maxi Schonfeld, ayudó mucho. Como los protagonistas son rubios y de ojos celestes, siempre hacíamos el chiste Alguien va a decir que parece una película danesa, pero en Crespo son todos descendientes de alemanes. No sólo los chicos son de allí, también sus casas y sus perros. Me encantó trabajar con ellos, son una masa. Fueron re cómplices. Proponían todo el tiempo. Son un atajo a la ficción, no tenés que convencerlos de nada.
– ¿Por qué te interesó que transcurriera en un lugar indeterminado de Argentina?
– Transcurre en lugares que tienen una connotación emocional muy fuerte, porque me crié ahí. La fábrica es donde trabajó mi viejo cuarenta años. La casa es de un amigo, donde yo me quedé a dormir fuera de la mía por primera vez. La idea de no anclarla en una geografía concreta tiene que ver, además, con la idea de que puede estar pasando todo en la cabeza de alguien. Medio en broma y medio en serio, digo que es como El Eternauta con niños. Y el protagonismo lo tiene un grupo, no un héroe.
– La música aporta extrañeza y sentimiento al mismo tiempo. Y su uso no es excesivo.
– La hizo Mauro Mourelos, un músico de jazz que por primera vez hace música para una película. Yo había tenido una buena experiencia con él con Me perdí hace una semana (2012), en la que hizo un fragmento. Me gusta que la música sea como las piedritas que ponés para ir pasando por encima del agua, Mauro lo entendió perfecto. Hay también cierto uso de la misma como en el cine oriental o el animé.
– ¿Por qué no hay teléfonos, computadoras o televisores encendidos?
– Entiendo que como director de cine en 2018 debería empezar a incorporar esos elementos al relato. El teléfono de tubo fue fundamental para la historia del cine, por ejemplo. Habría que repensar cómo usar las nuevas tecnologías: la única peli que me gustó cómo está usado eso es Personal Shopper (Olivier Assayas), ya que en la manera en que la protagonista manda los mensajes o usa la computadora hay un hecho estético. En nuestro caso, no lo necesitábamos para la historia. Ayudó que cuando hicimos el casting le preguntábamos a los nenes que venían cuál era su juego favorito y nos decían Jugar al fútbol, a la escondida, ir al parque con los amigos. Casi nadie dijo Jugar a la play. Lo cual me sorprendió.
– Hay un plano cenital bastante curioso, con la cámara elevándose, mientras los chicos caminan.
– Me pareció un buen recurso para expresar desolación. La cámara está siempre a la altura de los chicos, por eso me parecía importante que un par de planos los contextualizara en ese pueblo abandonado. Se hizo con un dron. Teníamos poco tiempo pero creo que funcionó. Juega también con la idea de que alguien viene del espacio, mirando desde una perspectiva no humana. Además, hay algunas presencias que yo quise que fueran muy sutiles: el que las ve las ve, y el que no, no las ve.

Por Fernando G. Varea

La desnuda realidad

LA CAMA
(Mónica Lairana)

Dos personajes, un solo ambiente, diálogo escaso que no desentraña revelaciones, nada de música. Con esas piezas, la actriz y directora Mónica Lairana construye un cuadro de breves momentos en la intimidad de una pareja adulta. Sabiendo que uno de ellos va a dejar la casa, comparten esas últimas horas juntos intentando tener relaciones sexuales, revisando ropa o viejas fotografías, durmiendo, bañándose y cumpliendo desganadamente algunas tareas triviales.
Si el hecho de dilatar un hecho mínimo y recurrir a un realismo descarnado (e incluso de exponer cuerpos desnudos sin pudor ni erotismo publicitario) tiene ecos de cierto cine apreciado en festivales, La cama (que integra la Competencia Argentina del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata) le insufla vida: el admirable trabajo de arte (Maru Tomé, Renata Gelosi) y fotografía (Flavio Dragoset), más los rigurosos encuadres, consiguen expresar fuertemente un estado de ánimo, presintiendo lo que ambos personajes han vivido, lo que piensan o desean. Los planos fijos de diferentes rincones del hogar en penumbras, así como de los rostros y los cuerpos, alcanzan una desacostumbrada, doliente belleza. Una película nunca es mejor porque sus planos se asemejen a pinturas, pero en el film de Lairana la serenidad de sus imágenes impresionistas no responden a una pretensión decorativa: conmueven, angustian, interrogan.
Habrá quienes conduzcan la contemplación de la vida privada de esta pareja, interpretada por Alejo Mango y Sandra Sandrini (que algunos tal vez recuerden como joven actriz intentando abrirse camino a comienzos de los ’80), a la polémica decisión de mostrar con crudeza cuerpos marcados por la tristeza y el paso de los años, pero sería menos superficial llevar el debate a otras cuestiones: el valor del cine como mero instrumento para exponer vidas grises (sin el alivio del humor), el posible regodeo en el patetismo, o la búsqueda por alcanzar alturas de orden estético escudriñando lo rústico y lo banal.

Por Fernando G. Varea

Mar del Plata: algunos momentos en la historia del festival

1961: En enero finalizaba la 3ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y la revista Radiolandia mostraba a Lautaro Murúa (premiado por su debut como director con Shunko, Mejor Film hablado en castellano) junto a Susan Strasberg (premiada por su actuación en Kapó, de Gillo Pontercorvo). Muchos esperaban que el premio otorgado a Murúa fuera a manos del español Juan Antonio Bardem, por A las cinco de la tarde, por lo que el español Bardem recibió posteriormente un pergamino “en desagravio”. Según consigna la nota, la entrega de premios fue precedida por la presentación de la orquesta de Mariano Mores en un escenario levantado en la explanada de los Lobos. Como puede verse, entre los asistentes estaba Leonardo Favio, despuntando ya su vocación de director.

1968: En un artículo de la revista Análisis de marzo de ese año, el cronista se sorprendía porque por primera vez el Festival era absolutamente oficial (“presidido, financiado e inspirado por las autoridades del Instituto Nacional de Cinematografía”) y se lamentaba por el cambio de funcionarios estables en la conducción del mismo. En la nota se destacaba el vigor de Bonnie and Clyde  (Arthur Penn) y la extravagancia del realizador inglés Peter Collinson (que había organizado un baile con sus actores antes de presentar su film En la encrucijada), señalándose que algunas funciones habían sufrido cambios para que pudiera exhibirse Playtime (Jacques Tati). Asimismo, se indignaba porque el Consejo Nacional de Calificación Cinematográfica había impuesto cortes a algunas películas. Ese año el Festival no contó con el apoyo de la Asociación Argentina de Actores, gesto que no impidió que Armando Bo e Isabel Sarli se hicieran presentes.

1996: Después de más de veinte años, el festival volvía a realizarse con la gestión de Julio Mahárbiz al frente del INCAA, oportunidad a la que fueron invitadas actrices como Raquel Welch, Gina Lollobrigida, Elsa Martinelli y Jacqueline Bisset. Página/12 recordaba el hecho en septiembre de 1999, año en que el evento pasaría a noviembre y cuya organización quedaría en manos de una asociación integrada por comerciantes del rubro turístico, presidida por el empresario Florencio Aldrey Iglesias (amigo personal del presidente Carlos Menem). El año anterior había sido convocada para integrar el jurado una actriz más joven pero tan vistosa como las anteriormente mencionadas, la italiana María Grazia Cucinotta. En la misión de juzgar las películas en competencia la habían acompañado, entre otros, el realizador iraní Abbas Kiarostami y el escritor santafesino Juan José Saer.

1998: En una de sus crónicas del festival, Clarín entrevistaba a Rodrigo Moreno, Nicolás Saad, Mariano de Rosa y Salvador Roselli, que presentaban en competencia Mala época. Los jóvenes realizadores, egresados de la Universidad del Cine, contaban que el film había podido hacerse con 280.000 pesos. “No es una película industrial –decía Roselli– y venir fue la única manera de promocionarla. La trajimos para que la vea Kiarostami”. Hubo protestas por ser la única película argentina no programada en horario central, lo cual ocurría, según los directores, porque “se hace cargo del momento político y probablemente a alguien del Instituto eso no le gustó”. El año siguiente desaparecían las secciones Contracampo y La mujer y el cine, programadas por equipos dirigidos por el cineasta Nicolás Sarquís y la actriz Marta Bianchi respectivamente. Sarquís se quejaba, consultado por Página/12: “Hasta ahora mi interlocutor siempre había sido Mahárbiz, pero ahora hay una comisión de empresarios marplatenses que no conozco”, al tiempo que lamentaba la sorpresiva aparición de una sección denominada Otra Opción: “No se trata solamente de reunir películas por su origen exótico, Contracampo implicaba otra mirada”.

2002: En noviembre, el realizador Miguel Pereira asumía como coordinador artístico del Festival, cuya 18ª edición se anunciaba para marzo del año siguiente. El director del INCAA, Jorge Coscia, consideraba que “así como el cine siempre luchó por su autarquía, el Festival deberá en el futuro tener la suya, sin que el Estado se ausente”. Consultado por Página/12, Pereira proponía una programación de cine hispanoamericano: “Tenemos que ser realistas y ver dónde estamos parados; decir que Mar del Plata es un festival clase A es como decir que un peso es igual a un dólar”. 2004: Uno de los invitados fue el director inglés Ken Russell, quien –según consignaba Horacio Bernades en Página/12– presentó sus trabajos con una camisa tachonada de espejos, cantando, gritando y alentando al público al desorden en la sala. 2015: Por encima de la calidad de algunas películas, de los invitados internacionales y las diversas actividades, Paraná Sendrós destacaba razonablemente en Ámbito Financiero la exhibición de Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921) en copia restaurada por los historiadores Kevin Bronlow y David Gill, proyectada en 35 mm y con música en vivo a cargo de la Orquesta Sinfónica de Mar del Plata. “Dos horas y media de proyección de una historia conmovedora  –describía–, con una música que ponía piel de gallina y la sala del Colón repleta hasta el gallinero. Las ovaciones fueron atronadoras”. El principal impulsor de estos eventos era Fernando Martín Peña, entonces director artístico del Festival.

Por Fernando G. Varea

http://www.mardelplatafilmfest.com/