De actriz secundaria a protagonista de la Historia

EVA DUARTE, MÁS ALLÁ DE TANTA PENA
(César Maranghello; Eudeba; 2016)

Después fue historia. Antes fue mujer, afirmaba la promoción de La pródiga (1945, Mario Soffici) cuando finalmente se estrenó en un cine porteño, en agosto de 1984. El nuevo libro del investigador César Maranghello pone su atención, precisamente, en las vivencias, sueños, esfuerzos y ambiciones de aquella mujer cuyo objetivo era llegar a ser una heroína de Hollywood y terminó siendo mucho más que eso.
El trabajo de Maranghello exhibe la minuciosidad y la pasión que han tenido otros libros suyos, como Fanny Navarro, un melodrama argentino (1997, escrito con Andrés Insaurralde) o Artistas Argentinos Asociados: La epopeya trunca (2002), con esa suerte de fascinación que, evidentemente, le provoca escudriñar en los recovecos del mundo del espectáculo y de la sociedad argentina durante el primer peronismo. Aquí, a lo largo de más de ochocientas páginas, reconstruye paso a paso la vida de Eva hasta que su carrera artística es desplazada por su actuación en política: de esa manera, va dando cuenta de un primer novio docente y gremialista ferroviario, de su aventurado viaje a Buenos Aires, de su temprana participación (a instancias de un novio posterior, Agustín Magaldi) en un festival para recaudar fondos para la liberación de costureras detenidas durante una huelga, de los altibajos y sinsabores compartidos con la gente del radioteatro y los escenarios, del logro de ser considerada “revelación” y “actriz del momento” en 1939. Mientras tanto, Maranghello va describiendo con lucidez la realidad socio-política de esos años, los cambios en la moda, el ensanchamiento de la calle Corrientes, la creación del Sindicato Argentino de Actores, el surgimiento de los industriales como un nuevo sector social y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. Introduciendo datos sobre la temperatura reinante o los lugares a donde solía ir a comer (y qué pedía), se hace vívida la sensación de estar atravesando la época.
Relatando el agitado paso de Eva por la década del ’40, recuerda el decreto para el congelamiento de los alquileres, la alarmante desocupación en el ámbito teatral, las primeras apariciones públicas de Perón y el contrato de la actriz para encarnar la vida de dieciocho heroínas famosas de la historia para Radio Belgrano, hecho este último que significó el fin de su inestabilidad económica y la progresiva popularidad de su voz en discursos encendidos.
El autor señala el catastrófico terremoto de San Juan, en enero de 1944, como un hecho fundacional por el que “se puso a prueba un Estado que, algo torpemente, logró responder a la situación”. Pronto se produce la llegada de Perón a la vicepresidencia y, en octubre, la creación del Estatuto del Peón, entre otros revolucionarios instrumentos jurídicos en defensa de los trabajadores rurales. En ese contexto comienza la relación de Eva con Perón, quien deja de lado a la adolescente mendocina con la que convivía. Diferentes sectores de la sociedad argentina (y también del exterior) empiezan a dudar de las intenciones de la joven actriz, quien aprovecha para favorecer con película virgen (limitada por consecuencia de la guerra) a los directores con los que quería trabajar, llegando así a conseguir personajes importantes en La cabalgata del circo (1945, Boneo/Soffici)  y La pródiga, rodada parcialmente en Santa Rosa de Calamuchita y finalizada, tras varios cabildeos, por Ralph Pappier y Leo Fleider. Un camino marcado por mucho trabajo, en medio de actitudes a veces mezquinas y otras generosas de sus compañeros, con incursiones como modelo antes de los veinte años e incluso la interpretación de temas musicales en determinadas obras.
El libro detalla todas sus intervenciones en radio, teatro y cine, agregando fragmentos de críticas recibidas en los distintos medios gráficos; desliza datos sobre sus diferentes domicilios; menciona  a sus sucesivos compañeros sentimentales (incluyendo su conflictivo vínculo con Pedro Quartucci, de quien habría esperado un hijo que finalmente perdió, según documenta el autor); algún gesto solidario de Luis Sandrini y el destrato de Daniel Tinayre tras tomarle una prueba; una que otra desventura de su hermano Juan Duarte; los casos de censura a diferentes obras, en las distintas épocas. Se suman, además, opiniones sobre Eva, desde alguien que asegura que pronunciaba erróneamente las palabras hasta quienes elogiaban su piel o su sonrisa. La fotógrafa Annemarie Heinrich, al recordar el desplante que le había hecho a una empleada suya que no la quería, explicaba: “Sólo era así con los que se creían más que ella”. Cuando menciona a Raúl Apold, o al propio Perón, Maranghello intercala datos biográficos con precisión; cuando informa sobre actos públicos, nombra a sus participantes y hasta recuerda los cánticos coreados en las calles; cuando Perón y Eva ya son pareja, reproduce parte de conmovedoras misivas que se escribían uno al otro. Echa luz, asimismo, sobre hechos mitificados, como la supuesta cachetada a Libertad Lamarque, el desplazamiento de Jorge Luis Borges de la biblioteca Miguel Cané y el encontronazo de Eva con damas de sociedades de beneficiencia.
Más allá de la ficcionalización de ciertos episodios, se advierte una monumental, meticulosa labor de investigación. No deja de ser interesante, por otra parte, que el autor se aproxime a Eva y al peronismo con sus posibles contradicciones: de Perón, por ejemplo, destaca que fue el primer hombre de Estado que se ocupó realmente de los proletarios, sin dejar de señalar su perfil maquiavélico y su interés por el poder. “Los obreros no lucharon por sus conquistas –sostiene en un momento Maranghello–. Se las dio Perón y por eso lo ungieron como su líder”. En el mismo párrafo agrega que el Coronel lograría “un estado de bienestar impensable años después”.
Los últimos capítulos pormenorizan el surgimiento del peronismo, citando la discreta participación de Eva en los sucesos del 17 de octubre de 1945, su casamiento casi secreto con Perón poco después, y el surgimiento de decretos como el que estableció el sueldo anual complementario, rechazado por el comunismo que lo veía como una medida demagógica de corte fascista. Finalmente, la cerrada oposición, las burlas en las revistas de espectáculos y los medios antiperonistas.  “No hay doctrina política o religiosa comparable con los celos que despierta una mujer en una comunidad machista”, razona el autor. Y afirma: “A Eva no se la seguía por sus ideas, a ella se la amaba”.
Eva Duarte, más allá de tanta pena, que comprende también doce hojas con fotografías, es un valioso rescate de la Evita menos conocida, un excitado viaje en el tiempo y una publicación de incalculable valor histórico.

Por Fernando G. Varea

Anuncios

El cine de Hugo del Carril

Razonablemente considerado por algunos el acontecimiento cinematográfico del año, la exhibición en el MALBA de la totalidad de la obra de Hugo del Carril (1912/1989) como realizador –más una selección de sus trabajos como actor–, en 35 mm y en las mejores condiciones posibles, tiene un valor que quienes hemos estado en algunas de las funciones pudimos dimensionar claramente. El ciclo (organizado por Fernando Martín Peña) es un ejemplo de programación realizada con criterio, recupera la producción cinematográfica de uno de los artistas más importantes que hemos tenido en nuestro país y demuestra la fuerza que pueden tener buenas películas de otros tiempos exhibidas en pantalla grande, tal como fueron pensadas. Celebrando el evento, compartimos una entrevista a del Carril publicada en mayo de 1985 en la revista Humor Nº 150.

http://www.malba.org.ar/evento/hugo-del-carril/

Méritos sin fronteras

Tal vez alguien piense que el hecho de que una película francesa tenga como protagonista a un actor argentino (como ocurre con la recientemente estrenada 120 pulsaciones por minuto, cuyo personaje principal es interpretado por Nahuel Pérez Biscayart) puede ser un hecho excepcional. Sin embargo, han sido muchos –y por distintos motivos– los actores y actrices que han hecho cine en Estados Unidos y Europa a lo largo de los años. Sin ánimo exhaustivo, proponemos recorrer ese largo camino de rostros y voces que trascendieron más allá de nuestras fronteras.

    • Ya en los comienzos del cine sonoro, Carlos Gardel filmó en los estudios Joinville de París para la Paramount Las luces de Buenos Aires (1931), a la que siguieron otras siete películas, en algunas de las cuales intervinieron Sofía Bozán, Pedro Quartucci, Tito Lusiardo, Gloria Guzmán, María Esther Gamas y Vicente Padula (quien formó parte, a su vez, de numerosos films españoles, mexicanos y estadounidenses, llegando a trabajar para Jean Negulesco y Anthony Mann, entre otros). En los años ‘30, el también actor y cantante de tangos Agustín Irusta actuó en dos producciones españolas y Azucena Maizani cantó en la producción de RKO hablada en castellano Di que me quieres (1938, Robert Snody).
    • Mucho antes de encarnar a la abuela de Camila (1984, María Luisa Bemberg), Mona Maris fue actriz de numerosos films en Francia, Alemania y EEUU: Michael Curtiz, John Ford, Frank Borzage y George Marshall son algunos de los directores para los que trabajó. Otro argentino que tuvo una trayectoria relevante en Hollywood fue Carlos Thompson, quien, invitado por la actriz Ivonne de Carlo, viajó a EEUU en 1952, iniciando en ese país y en Europa una sucesión de trabajos cinematográficos que van desde Fort Algiers (1953, Lesley Selander) hasta La vie de chateau (1965, Jean Paul Rappeneau). También Paul Ellis hizo carrera en Hollywood, trabajando junto a Clark Gable, Jean Harlow, Rita Hayworth, Greta Garbo y otros, en tanto Amanda Varela (hermana de Mecha Ortiz) intervino en cuatro películas hollywoodenses en aquéllos tiempos.
    • Dejando de lado los casos de los nacidos aquí que, por diferentes circunstancias, lograron desarrollar exitosamente su vocación en el exterior (Imperio Argentina, Linda Cristal, Olivia Hussey, Berenice Bejo, Juan Diego Botto), merecen mencionarse varios que extendieron su campo de trabajo a EEUU y Europa. Fernando Lamas, galán promocionado por la Metro Goldwyn Meyer como “el Clark Gable latinoamericano”, actuó junto a estrellas como Lana Turner y Elizabeth Taylor (sumando experiencias como guionista y realizador). Jorge Rigaud actuó en más de 150 producciones extranjeras, incluyendo algunas dirigidas por René Clair, Max Öphuls, Henry Hathaway, Claude Chabrol y Giuliano Montaldo. Alba Arnova fue la estatua que cobra vida en Milagro en Milán (1951), el célebre film de Vittorio de Sica, director para el que también trabajó en una oportunidad Nedda Francy. Roberto Airaldi y Osvaldo Miranda participaron de Los vengadores (1950, John H. Auer) y Berta Singerman, después de dar una serie de recitales de poesía en Estados Unidos, fue invitada a protagonizar un largometraje para la Fox.
    • Hubo quienes filmaron con frecuencia en México: Libertad Lamarque (quien filmó más de cuarenta películas en ese país incluyendo Gran Casino, dirigida por Luis Buñuel), Laura Hidalgo, Niní Marshall, Tita Merello, Francisco Petrone, Juan Carlos Thorry, Susana Freyre, Nelly Edison, Amanda Ledesma, Alicia Barrié, Ana María Campoy, Pepe Cibrián, Luis Aldás, Gogo Andreu, Bertha Moss, Pepe Iglesias, Raúl Astor, Juan Verdaguer, Rosita Quintana, Jorge Salcedo, Zulma Faiad y Marcela López Rey, entre otros. En algunos casos, la necesidad de tomar distancia del peronismo que gobernó en los ‘40/’50 era el motivo de la búsqueda de oportunidades allí.
    • La fama ganada en el mercado hispanoamericano permitió que algunos fueran contratados para hacer cine en España. Fue el caso de Hugo del Carril, convocado en 1950 para realizar y protagonizar El negro que tenía el alma blanca (antes había actuado en tres películas mexicanas). Al actor Carlos Estrada el éxito obtenido con La tía Tula (1964, Miguel Picazo) determinó que le siguieran otros cuarenta largometrajes en España (también su mujer Erika Wallner se desempeñó como actriz en algunas películas españolas).  Mabel Karr participó de una docena de proyectos cinematográficos incluido El coloso de Rodas, de Sergio Leone. Elisa Christian Galvé compuso el principal personaje femenino de Cómicos, de Juan Antonio Bardem. Delia Garcés fue actriz de dos películas en México incluyendo El, de Luis Buñuel, y una en España. Alfredo Alcón actuó en Jandro y Cartas de amor de una monja. Analía Gadé fue, a partir de los años ’50, una de las actrices más populares en España: entre las cuarenta películas para las que trabajó figuran Mi profesora particular y Las largas vacaciones del 36, ambas dirigidas por Jaime Camino y en la primera junto a Joan Manuel Serrat. Otros fueron Alberto Berco (quien también intervino en algunas producciones inglesas y estadounidenses), Alberto Dalbes (actuó en más de cuarenta películas), Luis Dávila (participó de numerosas producciones en los ’60), Zully Moreno (en España y en México), Mecha Ortiz (con un único largometraje, Sangre en Castilla), Mirtha Legrand (cuyo protagónico en Doña Francisquita en 1952 fue su única actuación en cine en color), Susana Campos (tras acompañar la presentación en Cannes de Rosaura a las diez fue convocada para actuar en varias producciones españolas), Pepita Serrador, Amelia Bence, Pedro Maratea, Malvina Pastorino, Olga Zubarry, Mariano Vidal Molina, Joe Rígoli, Ana Marzoa, Mirta Miller, Nené Morales, Norma Sebré y Hugo Pimentel.
    • La femme fatale de los primeros años del sonoro en Argentina, Tilda Thamar, fue intérprete central de una veintena de películas en Francia, España, Alemania e Inglaterra. Con la ayuda del director y productor Hall Bartlett –su marido desde 1958–, Ana María Lynch logró actuar en dos producciones hollywoodenses, Los invictos y Almas en tinieblas, compartiendo responsabilidades con Alan Ladd, Joan Crawford y otros grandes. Narciso Ibáñez Menta tuvo un primer contacto con Hollywood en épocas del cine mudo y más tarde actuó en varias películas españolas. Alberto de Mendoza fue parte de más de cincuenta películas en México y Europa, incluyendo algunas dirigidas por Claude Sautet, Mario Camus y Lucio Fulci. Susana Mayo participó en siete películas españolas en los ’70 y posteriormente en una italiana (Isola alla deriva). Luis Sandrini actuó en varias películas en México y España, en una de ellas (Maldición gitana) junto a su hermano Eduardo, así como Guillermo Murray fue director, guionista y actor de varias películas en ambos países. Tras viajar a Europa en 1957, Milo Quesada fue actor de reparto en Rey de reyes (1961, Nicholas Rey), El desierto rojo (1964, Michelangelo Antonioni) y otras producciones españolas e italianas, algunas dirigidas por Marcel Ophüls, Claude Chabrol, Mario Bava y Sergio Corbucci. Alejandro Rey actuó en varias producciones europeas, incluyendo  Salomón y la reina de Saba (1959, King Vidor, rodada en España), cumpliendo más tarde roles secundarios en films estadounidenses.
    • Entre los que tuvieron suerte en Italia se encuentran Nino Persello y Juan Carlos Lamas, quien actuó en nueve films, incluyendo Escándalo en Roma (1953, Steno-Mario Monicelli). Durante una estadía en Europa a mediados de los años ’70, el escenógrafo, productor y animador televisivo Eduardo Bergara Leumann logró intervenir –en roles menores o apenas como extra– en seis películas, entre ellas Casanova (1976, Federico Fellini) y Calígula (1979, Tinto Brass).
    • A algunos cómicos, bailarinas y vedettes, las giras con sus espectáculos les permitieron incursionar en el cine extranjero, como Diana Maggi, quien en los ’50 actuó para tres películas en España. Alfredo Alaria participó de un puñado de films españoles e italianos (incluyendo Diferente, en 1961 y sobre guión propio). Violeta Montenegro y Víctor Ferrari fueron responsables de las escenas de baile de Cleopatra (1963, Joseph Mankiewicz). Eber Lobato escribió y dirigió la producción estadounidense El grito de la mariposa (1965), protagonizada por Nélida Lobato. Ethel Rojo fue comediante y bailarina en varias películas mexicanas y españolas como Esa pícara pelirroja (1963), donde compartió una escena de danza con Antonio Gades, en tanto su hermana Gogó intervino también en cinco películas españolas. Libertad Leblanc tiene en su haber una decena de películas españolas y mexicanas.
    • La popularidad alcanzada por sus triunfos como boxeador llevaron a Carlos Monzón a actuar en dos películas en Italia: La cuenta está saldada (1976, Stelvo Massi) y El macho (1977, Mark Andrews), en ambas junto a Susana Giménez, su pareja de entonces. Otro boxeador argentino, Gregorio Goyo Peralta, participó también en una producción europea: Dinero sangriento (1975, Anthony Dawson).
    • En los ’70 tuvo su experiencia en el cine español Germán Kraus, en dos películas poco relevantes, en tanto algunos de sus colegas se vieron forzados a probar suerte en el cine europeo debido a la imposibilidad de trabajar en Argentina (prohibidos por la dictadura iniciada en marzo de 1976 o amenazados un par de años antes por la Triple A). Héctor Alterio, a partir de Cría cuervos (1975, Carlos Saura), se convirtió en un rostro habitual del cine español e italiano: algunas de las más de cincuenta películas en las que participó son Asignatura pendiente (1976, José Luis Garci), A un dios desconocido (1977, Jaime Chavarri) –por la que fue premiado en San Sebastián–, El crimen de Cuenca (1979, Pilar Miró) y Flesh + blood (1985, Paul Verhoeven). Marilina Ross viajó a España en 1976 para actuar en Parranda (Gonzalo Suárez) y en un film de Manuel Gutiérrez Aragón del que finalmente desistió (siendo sustituida por Ángela Molina), protagonizando luego otras cinco películas. Norman Briski fue parte de cinco proyectos cinematográficos en España, incluyendo la nominada al Oscar Mamá cumple cien años (1979, Carlos Saura). Luis Politti también actuó en una docena de films en ese país, donde murió en 1980. Cipe Lincovsky actuó en Luto riguroso (unos años antes había sido parte de la producción alemana La Tomasa) y, del mismo modo, el uruguayo Walter Vidarte, Martín Adjemián, Raúl Fraire, Zelmar Gueñol, Norma Bacaicoa, Sara Bonet y Zulema Katz tuvieron intervenciones en el cine español en esos años.
    • A Norma Aleandro no le resultó fácil ser tenida en cuenta por el cine europeo en ese período, pero tras la repercusión internacional de La historia oficial (1984, Luis Puenzo) comenzó a ser convocada para distintos proyectos en el extranjero: así actuó junto a Liv Ullman en Gaby, una historia verdadera (1987, Luis Mandocki) –labor por la que estuvo nominada al Oscar– y con Anthony Hopkins en el telefilm Un hombre en guerra (1990, Sergio Toledo), y fue dirigida por Joel Shumacher (Un toque de infidelidad) y James Ivory (La ciudad de tu destino final). Siendo muy joven, después de actuar en un par de films argentinos, Cecilia Roth viajó a España con sus padres continuando allí su profesión, trabajando para  Iván Zulueta en el film de culto Arrebato (1979) y para Pedro Almodóvar en varias de sus películas (entre ellas Todo sobre mi madre, ganadora de un Oscar), además de actuar en la serie televisiva Luisa Sanfelice (2004), dirigida por los hermanos Taviani. También Darío Grandinetti fue actor de Almodóvar en Hable con ella (2002) y Julieta (2016), tras haber incursionado en el cine español en 1998 (El día que murió en silencio); una de las más recientes producciones europeas de las que participó es la italiana Sleeping around (2008, Marco Carniti).
    • En 1988 Pepe Soriano encarnó a un doble de Franco en Espérame en el cielo (Antonio Mercero), trabajando ocasionalmente en otras producciones españolas. Pablo Alarcón actuó en Enemistad, largometraje italiano dirigido por Gianfranco Cabiddu. Otras intervenciones de actores argentinos en el cine italiano de esos años fueron las de Tino Pascali en Giovanni Falcone (1992, Giuseppe Ferrara) y Salo Pasik en El ángel con la pistola (1992, Damiano Damiani). A Arturo Bonín pudo vérselo en la película española Amanece que no es poco (1989, José Luis Cuerda) y a la modelo Daniela Cardone en Operación Gónada (2000, Daniel Amselem). Marilú Marini intervino en Molière (1978, Arianne Mnouchkine) y otras seis películas francesas. Héctor Malamud también actuó en dos largometrajes franceses en los ’80, así como Iris Marga fue convocada a los noventa años para actuar en un film de Fabio Carpi (El amor necesario). Por su parte, el cómico Jorge Porcel tuvo la oportunidad de actuar bajo las órdenes de Brian de Palma y junto a Al Pacino en Carlito’s way (1993). El recientemente fallecido Federico Luppi fue otro de los actores argentinos más convocados para hacer cine en el exterior, actuando para el mexicano Guillermo del Toro en Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), y para el estadounidense John Sayles en Hombres armados (1997), interpretación por la que fue nominado al Globo de Oro [sobre la trayectoria de Luppi nos hemos ocupado más detenidamente aquí].
    • Un caso singular fue el de Mía Maestro, quien después de participar en la coproducción Tango (1998, Carlos Saura) continuó trabajando en España. Algo similar le ocurrió a su compañero en dicha película Miguel Ángel Solá, quien comenzó a frecuentar películas españolas como La playa de los galgos (2002, Mario Camus) y Tiovivo c. 1950 (2004, José Luis Garci). En El corredor nocturno (2009, Gerardo Herrero), Solá compartió los roles principales con Leonardo Sbaraglia, quien a partir de Intacto (2001, Juan Carlos Fresnadillo) –donde actuó junto a Max Von Sydow– intervino en más de veinte películas en España. Cecilia Dopazo formó parte de Territorio comanche (1997, Gerardo Herrero) con Gastón Pauls, quien fue parte también de Che: Guerrilla (2008, Steven Soderbergh).
    • Guillermo Francella actuó en la mexicana Rudo y cursi (2008, Carlos Cuarón) y la española ¡Atraco! (2012, Eduard Cortés), donde lo acompañaron Nicolás Cabré y Daniel Fanego. Cabré trabajó, asimismo, en Sólo para dos (2013, Roberto Santiago), así como Fanego en Los condenados (2009, Isaki Lacuesta) junto a los argentinos Leonor Manso, María Fiorentino, Arturo Goetz, Juana Hidalgo y Nazareno Casero. Rodrigo de la Serna fue tentado para actuar en Hollywood después de encarnar a Alberto Granado en Diarios de motocicleta (2004, Walter Salles) –por la  que ganó un Premio Independent Spirit y estuvo nominado al Bafta– y en 2016 protagonizó la miniserie televisiva Llámame Francisco, dirigida por el italiano Daniele Luchetti. Mercedes Morán integró las producciones españolas Remake (2006, Roger Gual) y Neruda (2016, dirigida por el chileno Pablo Larraín), en tanto el popular Ricardo Darín actuó en España en películas como La educación de las hadas (2006, José Luis Cuerda), Truman (2015, Cesc Gay) y Todos lo saben (2018), esta última dirigida por el iraní Asghar Farhadi (ganador de dos premios Oscar).
    • Rodrigo Guirao Díaz fue parte de algunos telefilms en Italia y un par de películas españolas, en una de ellas (La noche después de que mi novia me dejara) junto a Chino Darín, quien también fue dirigido por Fernando Trueba en La Reina de España. Lola Ponce actuó en dos producciones italianas (una de ellas dirigida por Sergio Castellito) y Beatriz Spelzini en una italiana y otra alemana (aunque rodada en Buenos Aires).
    • La reseña culmina con Nahuel Pérez Biscayart, quien debutó en el cine francés después que Benoit Jacquot viera en Cannes La sangre brota (2008, Pablo Fendrik): de esa manera obtuvo un papel en En lo profundo del bosque (2010), alternando posteriormente trabajos en Canadá, Reino Unido, Alemania, España, Italia, Bélgica, México y Brasil. En Grand Central (2013, Rebecca Zlotowski) fue uno de los intérpretes centrales junto a Tahar Rahim, Léa Seydoux y Olivier Gourmet. Su celebrada actuación en 120 pulsaciones por minuto –vital y severo ejercicio de militancia en torno a los derechos de los enfermos de HIV– resulta un ejemplo más de nuestro talento de exportación.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: Carlos Gardel en El tango en Broadway (1934, Louis J. Gasnier), Carlos Thompson en Fort Algiers (1953, Lesley Selander), Libertad Lamarque en Gran Casino (1946, Luis Buñuel), Carlos Estrada en La tía Tula (1964, Miguel Picazo), Analía Gadé y Joan Manuel Serrat en Mi profesora particular (1973, Jaime Camino), Mirtha Legrand en Doña Francisquita (1952, Ladislao Vajda), Alberto de Mendoza en Una lagartija con piel de mujer (1971, Lucio Fulci), Héctor Alterio en Cría cuervos (1975, Carlos Saura), Marilina Ross en Parranda (1976, Gonzalo Suárez), Liv Ullman y Norma Aleandro en Gaby, una historia verdadera (1988, Luis Mandoki), Jorge Porcel y Al Pacino en Carlito’s way (1993, Brian de Palma), Federico Luppi en Cronos (1993, Guillermo del Toro), Cecilia Roth en Todo sobre mi madre (1999, Pedro Almodóvar), Darío Grandinetti en Hable con ella (2002, Almodóvar) y Nahuel Pérez Biscayart en 120 pulsaciones por minuto (2017, Robin Campillo).
– Para esta nota fue consultado el libro de Mario Gallina De Gardel a Norma Aleandro / Diccionario sobre figuras del cine argentino en el exterior (Corregidor) –

El legado de un actor

Desde que, seis años atrás, le hice un reportaje a Federico Luppi con el grabador puesto en pausa (una de mis anécdotas menos brillantes como periodista) tenía la ilusión de volver a entrevistarlo. Eso ya no podrá ser.
Aquella vez –con amabilidad y disposición, en bambalinas del Teatro la Comedia de Rosario– me dijo que le gustaba trabajar con directores jóvenes porque no tenían vueltas para darle indicaciones a diferencia de los realizadores de una generación mayor, que le tenían demasiado respeto. Pensó bastante cuando le pregunté cómo hacía para componer personajes heroicos sin que resultaran solemnes o inverosímiles. Comentó que nunca había sentido tanto calor como en el verano en el que estuvo en Rosario filmando Cuestión de principios. Y recordó emocionado a Eduardo Mignogna, con quien había filmado tres películas.
La historia de Luppi comienza en Ramallo (pcia. de Buenos Aires), donde nació y pasó toda su infancia y adolescencia. Después de trabajar en la Cooperativa Agrícola de la zona se trasladó a La Plata; allí fue empleado bancario, estudió en la Escuela de Bellas Artes e ingresó en un grupo de teatro independiente. Ya en Buenos Aires, algunos trabajos en teatro y TV (incluyendo el exitoso teleteatro escrito por Nené Cascallar Cuatro hombres para Eva) le permitieron ser convocado para cumplir roles menores en dos películas de Rodolfo Kuhn (Pajarito Gómez y Noche terrible), en el episodio dirigido por Manuel Antín de Psique y sexo (1965), en Todo sol es amargo (1966, Alfredo Mathé) y en el corto Los contrabandistas, que Hugo Santiago filmó dos años antes que Invasión (1969).  La revelación llegó con su Aniceto de Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más (1967, segunda película dirigida por Leonardo Favio y cuya coprotagonista era Elsa Daniel, fallecida este año), que permanece como uno de los personajes más recordados de la historia de nuestro cine. A lo largo de su carrera muchos han criticado su dicción o su tendencia al énfasis, pero las películas en la que debía hablar poco o de manera contenida (como la de Favio) le permitieron lucirse ampliamente. Es que Luppi fue un actor eminentemente cinematográfico, cuya presencia en cámara podía bastar para definir o agigantar un personaje.
Mientras su imagen de galán varonil iba dejando lugar a la del tipo común con agallas y vocación caudillesca, se sumaban películas, incluyendo dos dirigidas por Néstor Paternostro (Mosaico, Paula contra la mitad más uno) y dos por Raúl de la Torre (Crónica de una señora, La revolución), así como Los herederos (1969), única incursión en el cine del inquieto grupo Gente de Teatro, responsable de valiosas producciones en TV (como Cosa Juzgada) y teatro, y que integró junto a Norma Aleandro, Marilina Ross, Bárbara Mugica, Emilio Alfaro, Carlos Carella, el autor Juan Carlos Gené y el director David Stivel.
Su contacto con la empresa Aries comenzó con dos largometrajes dirigidos por Héctor Olivera, Las venganzas de Beto Sánchez (1973) y La Patagonia rebelde (1974), donde realizó una comunicativa recreación de José Font, alias Facón Grande, uno de los obreros que participaron de las huelgas rurales en la Patagonia en 1921 reprimidas cruelmente por el Ejército. En esos años participó también en Triángulo de cuatro, Una mujer… y Juan que reía, y tuvo la oportunidad de actuar en el último film dirigido por Hugo del Carril, Yo maté a Facundo (1975). Luppi contó para el libro de Mario Gallina Diccionario sobre figuras del cine argentino en el exterior cómo una vez el veterano director lo retó duramente por haber llegado dos horas tarde al rodaje. “Carajeaba, puteaba, empujaba, era cariñoso y contenedor -recordaba-. Muchas veces nos quedábamos conversando en su coche y solía franquearse conmigo.”
Iniciada la dictadura cívico-militar en marzo de 1976, después de haber representado en España la obra El gran deschave junto a su mujer de entonces, Haydeé Padilla, debió enfrentar –igual que muchos colegas– la prohibición de trabajar en cine y TV. Su regreso al cine fue potente: con Tiempo de revancha (1981, Adolfo Aristarain), encarnando a Pedro Bengoa (un trabajador que simula un accidente para vengar la falta de escrúpulos de la empresa en la que trabaja), se convirtió en símbolo de la época, por su solitaria lucha y el silencio que se impone para preservar su vida. Nuevos trabajos para Aries, bajo la dirección de Aristarain, Olivera o Fernando Ayala (el notable policial Últimos días de la víctima, Plata dulce, El arreglo, No habrá más penas ni olvido) fueron llevándolo a cierta repetición: en un chiste de la revista Humor alguien, mirando la cartelera en el diario, se asombraba porque en una sala exhibían “una película argentina extrañísima” y cuando le preguntaban si era por la temática respondía “No, porque no trabajan Rodolfo Ranni ni Federico Luppi”.
Siguieron dignos trabajos en TV (Situación límite, Luces y sombrasHombres de ley) y más de cincuenta largometrajes. Cuando en 1993 Luis César D’Angiolillo le ofreció protagonizar Matar al abuelito confesó que lo sorprendió enterarse que debía interpretar al abuelito del título. De esa época de intensa actividad merecen destacarse las películas que realizó con Eduardo Mignogna (Flop, Sol de otoño y El viento), quien supo extraer de Luppi nuevos matices, ofreciéndole personajes diferentes a los que venía interpretando. También volvió a trabajar con Aristarain, en films como Un lugar en el mundo, La ley de la frontera Martín (Hache), los dos primeros con un tono cercano al western que siempre le vino muy bien a su imagen, como lo confirmó Mi querido Tom Mix (1992, Carlos García Agraz), que filmó en México.
García Agraz no fue el único realizador extranjero para el que trabajó: lo hizo además con el español Mario Camus, a quien admiraba mucho, en La vieja música (1985), y con la alemana Jeanine Meerapfel, en La amiga (1989, donde interpretaba al marido de Liv Ullman), antes de una sucesión de largometrajes en España, Chile, Perú y Uruguay, entre ellos Las huellas borradas (1999, Enrique Gabriel) El último tren (2002, Diego Arsuaga, donde volvió a trabajar con Héctor Alterio y Pepe Soriano, sus compañeros de Las venganzas de Beto Sánchez y La Patagonia rebelde), Machuca (2004, Andrés Wood) y Magallanes (2015, Salvador del Solar). En Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006) actuó bajo las órdenes del mexicano Guillermo del Toro, incursionando en el cine de terror y consiguiendo un premio en Sitges. Uno de sus films en el exterior más relevantes fue Hombres armados (1997), del director estadounidense John Sayles, que fue nominado al Globo de Oro y ganó un premio de la Crítica Internacional de San Sebastián; allí daba vida a un médico idealista enfrentado a la realidad violenta de un país latinoamericano.
En su madurez se dio el gusto de debutar como director en España (con Pasos, en 2005) y de actuar para jóvenes realizadores argentinos como Rodrigo Grande (Rosarigasinos, Cuestión de principios, Al final del túnel), Ariel Winograd (Cara de queso), Miguel Cohan (Sin retorno), Nicolás Goldbart (Fase 7), Fabián Forte (La corporación) y Martín Hodara (Nieve negra).
En los últimos tiempos, sus opiniones poco diplomáticas sobre ciertos íconos del espectáculo argentino (Mirtha, Susana, Darín) y las quejas públicas de dos de sus ex mujeres llevaron a que la grandeza de su trayectoria se desdibujara, como si de pronto hubiera dejado de importar que haya sido embajador de nuestra cultura durante más de medio siglo con sus películas, en distintas partes del mundo. Difundida ayer la noticia de su muerte, Guillermo del Toro lo despidió comparándolo con Laurence Olivier y Daniel Day Lewis, un diario español lo definió como el “Sean Connery porteño” y The New York Times recordó su reseña de Cronos en la que lo relacionaba con Vincent Price.
En el final de Hombres armados, tras recorrer las profundidades de la selva en busca de estudiantes de Medicina a quienes había enviado y atravesar situaciones que ponen a prueba el sentido humanitario de su vocación de médico, se sienta a descansar bajo un árbol y, suspirando, piensa en voz alta antes de morir: “Cada hombre debe dejar un legado, algo que construyó. Dejarle algo al mundo. Pasar su reconocimiento a otro, a alguien que será su continuación. Esto es lo que yo dejo. Este es mi legado.”

Por Fernando G. Varea

Imagen: Federico Luppi en Hombres armados (Men with guns), de John Sayles. 

Recordando a River Phoenix

La única vez que se publicó un texto mío en la revista de cine El Amante fue en agosto de 1994. Transcurridos algunos meses de la muerte de River Phoenix (el 31 de octubre del año anterior), Alejandro Ricagno había escrito un conmovedor artículo sobre el actor que obtuvo gran repercusión entre los lectores, al punto de que la sección Correo del Nº 30 estuvo destinada exclusivamente a publicar algunas de las cartas recibidas. Una de ellas fue la mía, que ahora rescato y comparto aquí.

En medio de la lustrosa frivolidad de esa rutina abundante en gerontes maquillados, alguien pronunció su nombre. El pibe rubio sabía que el Oscar por mejor actor secundario sería para Kevin Kline. Entonces aplaudió ruidosamente, burlonamente quizás.
River Phoenix siempre pareció indiferente a los fuegos de artificio de su profesión, y su carrera fue tan distinta como puede serlo la de quien no acaba siendo un simpático comodín, sino un actor sensible. Empujado a la aventura por amigos o padres de ficción, nunca fue gracioso estereotipo, sino chico descubridor, inusitadamente profundo. Después estudiante universitario, colimba o marginal, nunca fue sonriente triunfador de plástico, sino joven preocupado, interior, capaz de sacrificarse por los que quiere, viviendo intranquilo en una sociedad hostil.
En todas sus películas parecía extendernos la mano, pidiendo mansamente ayuda. Lástima que no hayamos podido dársela.

Fernando Varea