Pensó el cine, vivió su vida

Su obra es tan rica, discutible y diversa, que sería un poco absurdo intentar resumirla en unos pocos párrafos. Preferimos despedir a Jean-Luc Godard (1930/2022) rescatando algunas declaraciones que hizo en el transcurso de una entrevista de Frédéric Bonnaud y Arnaud Viviant para la revista Los Inrockuptibles Nº 28, 1998, publicada en forma completa en el libro Historia(s) del cine (Caja Negra Editora, Buenos Aires).

  • «No puedo decir que esté celoso de (Steven) Spielberg. Pero en el fondo, lamento tener menos ocasiones de ver películas que me gusten: hay muchas menos que antes y todo es menos nuevo. Vi una de (Takeshi) Kitano, Flores de fuego, que me pareció espléndida, pero no tengo necesidad de ir a ver otras, que probablemente no me parecerán tan buenas. De (Abbas) Kiarostami vi una película magnífica y otra mala, no fue capaz de hacer tres buenas películas seguidas. Capacidad que, por cierto, a mí también me falta. Hay una baja considerable de la media. En mis películas, hay momentos buenos y otros sin ningún valor, y películas completamente fallidas. Hacer, como (Alfred) Hitchcock, seis o siete películas seguidas en las que estén todas las bases del arte, es excepcional».
  • «Siempre me ha causado gracia la gente que habla de su vocación remontándose a sus tres años, cuando vieron su primera película de (Charles) Chaplin. Para mí el cine fue algo que uno podía elegir, como se elige irse de viaje. El cine se escapaba a la vez de la esfera de la cultura y de la de los padres».
  • «El cine es lo único que puede dar un sentimiento del tejido o del río de la historia. Puede dar lo que los diarios llamaban en otros tiempos el registro de los acontecimientos. En literatura no se puede».
  • «La oposición entre lo visual y lo escrito es engañosa, porque lo que llaman visual es de hecho algo superescrito, sobre el que se dicen y se vuelven a decir cosas, hasta que la foto de una atrocidad deja de atemorizar. Cuando en realidad es mucho más atroz la primera media hora de Rescatando al soldado Ryan de Spielberg, que no tiene nada que decir, excepto la voluntad de los norteamericanos de seguir siendo líderes».
  • «Respecto a las imágenes de Auschwitz que incluyo en Historia(s) del cine, no creo que haya que establecer prohibiciones como (Theodor) Adorno, que exagera porque obliga a discutir infinitamente sobre fórmulas del tipo No se puede filmar, No se puede representar: no hay que impedir que la gente filme, no hay que quemar los libros, si no ya no podemos criticarlos. Yo digo que pasamos del Nunca más al Siempre ha sido así. Y muestro una imagen de La pasajera de (Andrzej) Munk junto a otra de una película porno de Alemania Occidental donde se ve a un perro peleándose con un deportado; es todo: el cine permite pensar las cosas».
  • «Toda imagen es una metáfora. Y el cine, incluso hoy, es profético, predice y anuncia las cosas, más allá de que la película sea buena o mala».
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El cine de Claudio Perrín y la mirada de un crítico

CLAUDIO PERRÍN – EL MAR Y LA MIRADA DE UN NIÑO
(Leandro Arteaga; Editorial Ciudad Gótica ; 2022)

De los títulos que la editorial Ciudad Gótica viene sumando a su colección Estación Cine, dirigida por Sergio Fuster, Historietas y películas (Cuadritos en movimiento) y La pantalla dibujada – Animación desde Santa Fe fueron –por la calidad periodística y seriedad con la que fueron abordados– dos de los más provechosos. Quien escribía y compilaba textos en ambas ocasiones era el periodista y docente Leandro Arteaga, responsable ahora de un nuevo libro, segundo de una serie dentro de dicha colección destinada al cine rosarino, coordinada por el colega Marcelo Vieguer, autor, a su vez, de Mujer, tú eres la belleza! – Investigación y análisis de una película (casi) perdida.
En principio, sorprende que el primer director elegido para esta serie no sea, por ejemplo, Luis Bras, sino alguien en actividad como Claudio Perrín, lo cual parece responder al criterio algo indefinido y desprejuiciado de la colección, que, entre sus más de treinta libros, abarca desde dos sobre Charly García y su relación con el cine hasta uno reciente acerca de Relatos salvajes (Puro cine, de Alberto Tricarico) u otro con reflexiones de Gustavo Galuppo (Después de Godard: la legitimidad de lo incierto). Lo que no puede dejar de celebrarse es la intención, explicitada por el propio Vieguer en la introducción: reflexionar sobre nuestro cine, es decir sobre nuestra cultura, ayudando a comprender ciertos aspectos del “escenario audiovisual confuso” de Rosario, como señala Arteaga (quien de todas formas aclara, acertadamente, que el cine es cine más allá de donde provenga). El autor, al enumerar los factores que influyen en la profesionalización del sector, señala las instituciones educativas, las políticas de subsidios y la organización de colectivos (podrían añadirse los espacios de difusión y de crítica), puntos muy poco discutidos en medios de comunicación locales.
Es destacable cómo logra resumir con precisión, al comienzo del libro, algunos rasgos de la historia del cine realizado en el marco de nuestra región, recordando incluso a 13 segundos (1997, Maximiliano González) y Maricel y los del puente (1999, Daniel Mancini), que integraron la segunda y tercera Historias breves –años más tarde llegarían los notables Los teleféricos (2010, Federico Actis) y Los invasores (2016, Juan Francisco Zini), que representaron al cine local en ediciones más recientes del concurso de cortos impulsado por el INCAA–, cortos que, directa o indirectamente, fueron parte de la renovación generacional que atravesó el cine argentino en los ’90, catalogada por un sector de la crítica como Nuevo Cine Argentino (repitiendo la expresión utilizada treinta años antes para caracterizar los nuevos aires aportados por Torre Nilsson, Ayala y otros jóvenes directores).
En el libro, Claudio Perrín cuenta que su deseo de filmar nació siendo espectador en un cine de la zona sur al que también concurría de chico quien esto escribe, el América. Esas y otras confesiones del guionista y director revelan la sencillez, la sensibilidad y la nobleza que lo caracterizan como persona, e incluso, se diría, con las que escribe o elige las historias para sus películas. Esto más allá de la opinión que se pueda tener de cada una de ellas, o de su manera de procurar el drama de denuncia o de incursionar en distintos géneros cinematográficos (el policial, la comedia) recurriendo a lo accesible, lo cercano y lo querido (su mujer actriz Claudia Shujman, su hijo Zahir, su casa, registros de algún viaje). Pero no es esta la ocasión para analizar los méritos del trabajo de Perrín: está claro que Arteaga lo estima, es respetable que lo considere un “autor” y plausible la manera con la que examina su filmografía, aunando interpretaciones y preferencias personales con información. Acierta, por ejemplo, al considerar que Los deseos del camino (2001) anticipa el cine de Campusano, que Umbral (2017) se acerca al cine de terror a la vez que puede emparentarse con Bolivia (2001, Adrián Caetano), o al advertir que El cuento (2019) pronosticó, en cierta manera, la pandemia del Covid-19.
Entre las cuestiones que el autor del libro desliza hay tela para cortar (cuando, por ejemplo, a propósito de Umbral, señala la “consolidación de la derecha argentina como proyecto político”, cabría preguntarse por las causas de este hecho, incluso el rol de los medios de comunicación y las características de proyectos audiovisuales que levantan banderas progresistas de forma inconvincente). Si bien no está planteado para incentivar debates, Claudio Perrín – El mar y la mirada de un niño bien puede servir para algo más que interiorizarse en la obra del empeñoso cineasta.
Mientras tanto, a seguir expectante para saber cuál será la próxima parada en la Estación Cine.

Por Fernando G. Varea

Una revista, la misma ciudad, otros tiempos

Una nueva sorpresa ofrecida por el Archivo Histórico de Revistas Argentinas, suerte de oasis para quienes extrañamos esos estimulantes objetos de divulgación y entretenimiento que hoy apenas sobreviven en formato papel llamados revistas: cinco números de la publicación cultural rosarina Arte Litoral, creada a comienzos de 1958 por Rafael Oscar Ielpi, Gabriel Letier, Luis Ortolani Asuar y Humberto Gianelloni (no está subido el último número, aparecido al año siguiente). “El litoral es el lugar de enunciación elegido y construido por la revista ya desde su título y por el origen de quienes colaboraron en ella, aunque no tanto por los asuntos abordados”, sostiene Marcelo Bonini en la presentación. Revisar esos ejemplares de Arte Litoral –que pueden descargarse gratuitamente– permite intuir el clima del ambiente cultural de la ciudad en aquellos tiempos en los que Arturo Frondizi era presidente de la Nación, Carlos Sylvestre Begnis gobernador de la provincia y Luis Cándido Carballo intendente de Rosario (los tres de la Unión Cívica Radical Intransigente), al tiempo que revela el esfuerzo que implicaba el desarrollo de algunos proyectos y, asimismo, ciertos problemas que parecen haber continuado a través de las décadas.
Entre los jóvenes que aportan sus textos en el primer número se encuentran Ielpi y Walter Operto, con sendas poesías, y Mirko Buchín, con una reseña sobre el Teatro Dramático del Litoral. En una de las secciones se publica información sobre las funciones del Cine Club Rosario, que se realizaban en Mitre 731. En el Nº 4 puede leerse una nota de Rubén Naranjo (“alumno del Instituto Superior de Bellas Artes de Rosario”), otra de Víctor Iturralde Rúa (“cineísta destacado”), un capítulo de una novela inédita de Fernando Chao (el escritor y periodista español que ya era respetado jefe de la sección Espectáculos del diario La Capital), una nota de Salomón Lotersztein sobre un polémico festival de cine argentino en Santiago del Estero (titulada “Aguas demasiado caldeadas en las termas de Río Hondo”) y otra sobre “la breve historia del Instituto de Cinematografía de Rosario”, que no contaba con subvención oficial y funcionaba en un espacio cedido por la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación (que veintiún años después comenzaría a llamarse Facultad de Humanidades y Artes), con Alejandro Saderman y Rodolfo Kuhn entre sus profesores, y en cuyo acto inaugural “disertó Fernando Birri”. En otra de las secciones se menciona la reciente visita a Rosario del poeta cubano Nicolás Guillén y del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Entre los firmantes de producciones literarias o periodísticas publicadas a lo largo de 1958 aparecen Nicolás Rosa, Irma Peirano y Hugo Padeletti.
Un dato de indudable relevancia histórica es la mención en el 5º número de la revista de “la primera documental rosarina” (La inundación, de un tal Luis Mervar). También hay allí un artículo sobre “quienes posibilitaron en 1958 el reencuentro del cine argentino”, en el que, dentro de las películas nacionales estrenadas durante ese año, se alaba a El jefe (dirigida por Fernando Ayala, debut de la productora Aries) como “película de más valores argentinos” y El secuestrador (dirigida por Leopoldo Torre Nilsson) como “la de mayores valores formales”. La extensa nota (sin firma, aunque seguramente escrita por Manuel y Salomón Lotersztein, encargados de la sección Cine y Teatro) destaca, entre los nuevos actores, a Leonardo Favio: “Creemos –sostienen– que se puede esperar mucho, pero mucho de él, a poco que los directores lo sepan hacer rendir”. Se agrega un balance del año de las actividades del Cine Club Rosario, mencionándose algunas charlas y debates “aunque no abundaron” y considerando que “hay vetas aún totalmente inexplotadas, como la publicación de un periódico que reflejara la inquietud de nuestra ciudad por el séptimo arte”, además de la novedad de un cortometraje dirigido por Enrique Davidowicz (quien poco después comenzaría a hacerse conocido con el apellido abreviado, Dawi) junto al equipo técnico del mencionado ”Instituto de Cinematografía de Rosario”, y en cuyo libreto habían participado escritores rosarinos. La ribera era su título, y se esperaba su estreno para 1959, recompensando de ese modo “los esfuerzos de estos entusiastas jóvenes que, privados de todo apoyo oficial y librados a su iniciativa individual, crearon esa realidad que es hoy el Instituto de Cinematografía de Rosario”.

Por Fernando G. Varea

El que busca, encuentra

¡MUJER, TÚ ERES LA BELLEZA! – INVESTIGACIÓN Y ANÁLISIS DE UNA PELÍCULA (CASI) PERDIDA
(Marcelo Vieguer; Editorial Ciudad Gótica; 2020)

¡Es! le dijo entusiasmado Marcelo Vieguer a Sofía Elizalde cuando, hurgando entre las latas con películas en 35 mm acumuladas por un coleccionista, advirtió que el contenido de una de ellas anticipaba lo que buscaban: fragmentos de ¡Mujer, tú eres la belleza! (1928, Camilo Zaccaría Soprani), el film rosarino con desnudos femeninos que parecía perdido. Siete años después, Vieguer (realizador audiovisual y docente) ofrece en un libro detalles de lo que ocurrió durante y después de ese provechoso hallazgo.
En ¡Mujer, tú eres la belleza! – Investigación y análisis de una película (casi) perdida –eslabón Nº 23 en la Colección Estación Cine, de la editorial local Ciudad Gótica–, el autor describe con apasionamiento lo que exhiben los fotogramas encontrados, los intertítulos, el afiche promocional y parte del guión, además de examinar ciertos films a los que Soprani echó mano para completar u ornamentar el suyo. El estudio incluye algunas conjeturas ante la falta de datos ciertos, analogías con construcciones formales o personajes de recordadas películas de Sergei Eisenstein o Akira Kurosawa, y datos sobre el estreno (en Rosario y Buenos Aires) y el éxito del film. Junto a la información, asoman apreciaciones para aclarar que Soprani no había procurado exponer morbosamente cuerpos desnudos, buscando, como él mismo puntualizaba, “que el realismo no afecte un ápice el pudor ni suscite la sensualidad” (¿se puede separar una cosa de la otra, es decir, mostrar un desnudo excluyendo la posibilidad de que sea objeto de deseo de uno o varios espectadores? ¿por qué eso podría ser un problema? son preguntas que se disparan).
Años de libertad creativa aquéllos del cine mudo, en los que las posibilidades técnicas y comerciales del nuevo medio expresivo eran exploradas por jóvenes animosos como Soprani, italiano que comenzó a vivir en Rosario a los nueve años, y que más tarde dirigió y produjo otras películas, fue cronista teatral y cinematográfico, fundó una revista especializada y publicó varios libros. Leyendo la publicación de Vieguer se impone la sensación de una libertad saludable, no sólo por la falta de censura durante la época. “La última secuencia nuclea la vuelta a lo natural en el momento del baño, donde los cuerpos desnudos se hacen uno con el agua y el mundo, modo de retornar a cierto origen líquido del cual todos venimos”, expresa el autor en determinado momento, trayendo a la memoria películas que mucho tiempo después gestaron Armando Bo (Embrujada y otras tantas) o Leonardo Favio (Nazareno Cruz y el lobo).
Las referencias a los colores a los que viraban las imágenes, a las esculturas griegas y los baños termales de la antigua Roma, a bailes y rituales de Hawái o de India, al valor del deporte y la respiración, invitan a apreciar aún más los matices de aquélla curiosa y lejana experiencia audiovisual.

Por Fernando G. Varea