Un encuentro con clásicos y modernos

A continuación, nuestra opinión sobre algunas de las películas proyectadas en distintas secciones del 33ª Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Aparte nos referimos a Vendrán lluvias suaves, escrita y dirigida por Iván Fund (Competencia Internacional) y La cama, de Mónica Lairana (Competencia Argentina). Pronto sumaremos una crónica de acontecimientos del festival, más una breve entrevista que pudimos hacerle a la realizadora Lucrecia Martel.
AUTORES
Seguramente las dos mejores películas que tuve oportunidad de ver fueron The wild pear tree [El peral silvestre] (Nuri Bilge Ceylan) y A land imagined [Una tierra imaginada] (Yeo Siew Hua), exhibidas ambas en la sección Autores. El film de Ceylan sigue a un joven que vuelve a su pueblo natal, en Turquía, reencontrándose con su familia e intentando iniciarse como escritor. Costumbres que funcionan como obstáculos (machismo, conservadurismo), además de la afición por el juego de su padre, le impiden progresar, pese a lo cual no pierde de vista su intención de publicar un libro (y conseguir que alguien lo lea). Aunque algunas decisiones del realizador de Lejano y Sueño de invierno puedan discutirse, su película contiene momentos extraordinarios –como el encuentro con una antigua amiga en un bosque o la extensa charla de tres jóvenes sobre religión mientras comen manzanas, caminan y se sientan a tomar un té– que a su riqueza formal le agregan calidez. La de Yeo Siew Hua, en tanto, tiene como eje a un trabajador chino en Singapur quien, después de sufrir un accidente, entabla relación con la dueña de un cybercafé y con un intrigante amigo en línea. La precarización laboral y deshumanización se encaminan hacia un clima agudamente pesadillesco, con ayuda de una iluminación artificiosa, de tonos parduzcos, y derivaciones argumentales que combinan la mirada pesimista sobre la vida en un país en el que la naturaleza parece no existir (se siente como un alivio cuando, una noche, el obrero y la chica cruzan a nado un río) con un enigma policial y rodeos sobre ciertos tópicos del cine fantástico.
En la Competencia Internacional también pudo verse Yara, del iraquí Abbas Fadhel (Homeland), donde una adolescente huérfana que vive con su abuela entre las montañas, en el norte del Líbano, conoce imprevistamente a un joven del que se enamora. Mucho de contemplativo hay en este film que no excede demasiado el registro de la apacible rutina de las dos mujeres: cuidar a los animales, recoger moras o dialogar con algún vecino son los pequeñas tareas que las mantienen ocupadas. La cámara se desvía a cada momento para exhibir el deslumbrante paisaje, asomando apenas una que otra idea plástica (la ropa de colores tendida al sol) y algunas sutilezas (la religiosidad de la anciana, o el teléfono celular que interrumpe las conversaciones indicando el avance de la tecnología hasta un lugar tan remoto como ese).
Infinite Football [Fútbol infinito], del rumano Corneliu Porumboiu (Policía, adjetivo, El tesoro) documenta el testimonio de un empleado público empeñado en modificar las reglas del fútbol. Su mayor parte la ocupa la conversación de Porumboiu con el gris funcionario, pero a esas declaraciones algo absurdas sobre el deseo de cambiar reglas (que pueden exceder el ámbito deportivo), se suma como plus la visita a la oficina de una anciana junto a un locuaz acompañante, para cumplir con un trámite burocrático. Curiosamente, al finalizar el film se escucha La peregrinación del santafesino Ariel Ramírez, en la artificiosa versión de Paul Mouriat. El film rumano dura poco más de una hora, lo mismo que Roi Soleil, del español Albert  Serra, también exhibido en la sección Autores, pero éste provocó deserciones en la sala y algunas risas nerviosas entre los asistentes, ya que se limita a exponer la figura de un hombre vestido como Luis XIV arrastrándose lentamente por el piso como un animal moribundo, en tiempo real, en medio de ayes y bañado de una luz roja. Golpes de piano (en un solo momento) y la insinuación de que se trataría de una instalación en una galería artística (con dos únicas palabras oyéndose al final) alteran ligeramente este experimento del director de Honor de Cavallería que, evidentemente, tomó desprevenido a más de uno. En Autores se vio, asimismo,  Le cahier noir [El cuaderno negro], de la cineasta chilena Valeria Sarmiento (esposa y colaboradora de Raúl Ruiz), quien, antes de comenzar la función, recibió de manos de la Directora Artística del festival Cecilia Barrionuevo una distinción por su trayectoria. Basada en una novela de Camilo Castelo Branco, es un discreto melodrama que transcurre en tiempos de la Revolución Francesa, cruzado de oropeles y carruajes, mejor ambientado que actuado.
TEMAS Y PERSONAJES
Varias películas de la Competencia Internacional eran acercamientos a problemáticas de actualidad o a personas dignas de ser conocidas. Es el caso del luchador transformista mexicano que la cineasta francesa Marie Losier entrevista en Cassandro el exótico! Durante el documental se lo ve eufórico, hablando de su madre y de su admiración por Lady Di, o mostrando las heridas y huellas de violencia en su cuerpo como si éste hubiera sido, durante muchos años, un auténtico campo de batalla. La representación de su posible muerte o la imagen suya caminando glamorosamente por el desierto, no son ideas muy afortunadas dentro de un trabajo cuyo interés se centra, básicamente, en la singularidad del extrovertido Cassandro, quien irrumpía en cada una de las funciones desde el fondo de la sala luciendo un fastuoso vestido.
Desparejas resultaron las estadounidenses Skate kitchen, de Crystal Moselle, y What  you gonna do when the world’s on fire [¿Qué vas a hacer cuando el mundo esté en llamas?], de Roberto Minervini. La primera sigue a una joven skater que encuentra en desinhibidas pares (que conoce en calles de Nueva York) una comprensión y contención que no le da la compañía de su madre, lo cual la impulsa a compartir cada vez más tiempo con ellas. En las liberadoras reuniones de las chicas, pendientes de sus skates y su cuenta de instagram, late cierta vitalidad generacional, pero las acciones se vuelven un poco repetitivas: otras películas con skaters (Paranoid ParkTilva roš) han tenido más vuelo u originalidad. El documental de Minervini, en tanto, presenta la realidad cotidiana de varios miembros de una comunidad negra marcada por la discriminación y el acecho de la violencia policial, yendo de sutiles guiños (chicos negros con la bandera de Estados Unidos estampada en sus remeras) hasta grupos pidiendo justicia por Alton Sterling (asesinado por la policía hace dos años) y alzando consignas militantes (Poder negro, Sin justicia no hay paz). Realizado en blanco y negro con una estructura algo caótica, de a ratos emociona y moviliza.
La misma temática pero desde otra óptica aborda If beale street could talk [Si la calle Beale hablara], el más reciente largometraje de Barry Jenkins, quien había competido con Moonlight en Mar del Plata dos años atrás, antes de ganar el Oscar. Como allí, Jenkins sigue el calvario de personajes negros de clase trabajadora (en este caso partiendo de una novela de James Baldwin ambientada en los años ’70) con refinados movimientos de cámara, cierta intensidad dramática y buenas canciones. La secuencia de una discusión familiar tal vez sea lo mejor del film, ya que las escenas románticas o la frecuencia con la que los personajes ponen música en un tocadiscos dejan demasiado en evidencia la búsqueda de sensual elegancia. Por otra parte, los problemas de la comunidad (En este país le alquilarían la casa a un leproso antes que a un negro, dicen en un momento) son un poco absorbidas por la historia de amor de la pareja interpretada por Stephan James (como un joven arrestado por un crimen que no cometió, lo que agrega pormenores de índole policial-judicial) y una sobreactuada Kiki Layne. Film de poco riesgo pero muy profesional, con Diego Luna y Dave Franco en personajes secundarios, gustó mucho al público.
CINE DE GÉNERO ENRARECIDO
Tres películas que integraron la Competencia Internacional fueron bastante discutidas, tal vez por responder a ciertos tópicos del cine fantástico y de terror (de poco prestigio para algunos) o por no definir plenamente su tono. Una fue In fabric [En tela], del británico Peter Strickland (Berberian Sound Studio), en torno a un vestido rojo que, por alguna extraña maldición, comienza a traerle problemas a varios personajes. Hay una vendedora exageradamente sinuosa, un lavarropas que enloquece, misterios e ironías varias en este film más divertido que armonioso. Las otras son las argentinas Vendrán lluvias suaves, de Iván Fund (de la que nos ocupamos aquí), y Muere, monstruo, muere, del mendocino Alejandro Fadel (director de Los salvajes y coguionista de algunos films de Pablo Trapero). Lo mejor de esta última es su atmósfera enrarecida y cargada de presagios sonoros, aunque su argumento acopla ingredientes diversos sin que quede claro si el objetivo último es la parodia o el horror psicológico partiendo de alguna problemática social, como podría serlo la violencia de género. Un adusto Esteban Bigliardi (visto recientemente en la notable Familia sumergida), junto a Víctor López y Jorge Prado (como dos graciosos policías) son los protagonistas de este producto híbrido, que reúne esplendorosos planos generales del paisaje cordillerano con un viscoso monstruo cuya apariencia sugiere genitalidad, frases sentenciosas (Todo el mundo tiene miedoEl aburrimiento lleva al horror) y un tema de Sergio Denis que se repite tres veces (nueva irrupción de una canción de los ’70 en el cine argentino reciente después de El ángel y Rojo).
MATICES DE LATINOAMÉRICA
La programación incluyó lo nuevo de Ana Katz y Ezequiel Acuña. Sueño Florianópolis, de Katz (Mi amiga del parque), abrió el festival con su aventura de una familia de clase media que emprende un viaje a Brasil en los años ’90. Claroscuros, cierta liviandad moral e indiferencia ante el futuro afloran en este grupo humano encarnado con gracia por Mercedes Morán y Gustavo Garzón junto a Manuela Martínez y Joaquín Garzón, hijos adolescentes de una y otro respectivamente. Por momentos el film parece contagiarse del ánimo vacacional de sus personajes, que se enredan en amoríos sin mucha convicción y sortean diversos incidentes sin alterarse demasiado. El guión, escrito por Ana y su hermano Daniel Katz, intenta una radiografía del argentino medio sin subrayados costumbristas. Acuña, por su parte, ofreció en la Competencia Latinoamericana La migración, filmada en Perú (donde vive y trabaja actualmente), en la que el personaje que interpretaba Santiago Pedrero en La vida de alguien viaja a ese país en busca de su amigo sin demasiadas pistas, encontrando una forma de recompensa en la relación con una simpática adolescente (Paulina Bazán) y ocasionales compañeros como un tal Santino Amigo, cuya torpeza y ternura le trae recuerdos de sus 20 años. Diáfana y melancólica, por encima del encanto artificioso de un par de escenas (la lectura de El Principito, el juego con mímica en la plaza), la película de Acuña tiene el enorme valor de la sensibilidad con la que reflexiona sobre la amistad y los recuerdos. Ofrendar discos o canciones para establecer vínculos afectivos, por ejemplo, es algo tan simple como honesto, que los seres de ficción del realizador de Como un avión estrellado ejercen naturalmente, con informalidad y un dejo de tristeza. ¿Cuánto hay de personal en el film? le pregunté a Acuña; Más del 100% me respondió.
En la Competencia principal estuvieron la brasileña Chuva é Cantoria na Aldeia dos Mortos [La lluvia es canto en la aldea de los muertos], dirigida por Joâo Salaviza y Renée Nader Messora, sobre un joven indígena que extraña a su padre fallecido, y A portuguesa, de Rita Azevedo Gomes. La primera se sumerge de manera algo desapasionada en una cultura ajena a nuestro trajín urbano, en la que despunta un conflicto interesante (en una visita a la ciudad, el pibe comienza a engancharse con costumbres, música y comidas del lugar) que finalmente se diluye. Claro que la imagen entrañable de un viejo de la comunidad bailando desnudo en plena selva resulta difícil de olvidar.
En cuanto a Azevedo Gomes, adapta una novela de Robert Musil para un fresco histórico tan fascinante en su construcción visual como parsimonioso dramáticamente. Planos fijos de arrebatador encanto visual en antiguos palacios o exteriores (un lago en el que la protagonista se baña, bucólicos bosques cruzados por conejos o ciervos que parecen salidos de un cuento) se templan por las voces monótonas y la teatralidad de los actores, que discurren sobre  hechos de la Historia (La guerra está hecha de deudas) mientras una misteriosa mujer (la cantante Ingrid Caven) aparece, cada tanto, como un testigo o un fantasma.
CLÁSICOS
¿Valía la pena volver a ver Los 400 golpes (1959, François Truffaut)? Definitivamente, sí: presentada por el propio Jean-Pierre Léaud, volver a apreciar la querible historia del adolescente Antoine Doinel en la enorme pantalla del Auditorium, recordando que una exhibición del film en otro festival (Cannes, sesenta años atrás) revelaba la consagración de la Nouvelle Vague, no podía dejar de conmovernos a los cinéfilos. Como no podía ser de otra manera, la corrida final del joven protagonista por la playa y su mirada a cámara fueron acompañadas por un efusivo aplauso.
Algo similar, aunque en una sala mucho más chica, deparó El último malón, filmada por Alcides Greca en San Javier (pcia. de Santa Fe) cien años atrás, recreación de la rebelión de un grupo de mocovíes ocurrida en esa localidad un tiempo antes, con el aditamento de una historia de amor. La película, magníficamente restaurada, fue presentada por gente del Museo del Cine y se exhibió musicalizada por Maia Koening, remedando sonidos de tambores que parecían provenir de la misma memoria. El evento recordó otros que Fernando Martín Peña (Director Artístico hasta hace dos años) solía organizar en el marco del festival, como la proyección de Los cuatro jinetes del Apocalipsis o El caballo de hierro con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de la ciudad, acontecimientos que ojalá vuelvan a producirse alguna vez.
Y si hablamos de clásicos y de centenarios, valga finalmente destacar las películas de Ingmar Bergman programadas a cien años de su nacimiento, además de una completísima muestra realizada en el Museo Castagnino marplatense (en la que el Presidente del festival José Martínez Suárez desgranó anécdotas y recuerdos relacionados con la obra del gran director sueco) y la presentación de un libro de gran calidad, iniciativa de Raúl Manrupe. En el balance personal, haber participado de esta hermosa publicación fue una gratificación de esas que escasean.

Por Fernando G. Varea

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La desnuda realidad

LA CAMA
(Mónica Lairana)

Dos personajes, un solo ambiente, diálogo escaso que no desentraña revelaciones, nada de música. Con esas piezas, la actriz y directora Mónica Lairana construye un cuadro de breves momentos en la intimidad de una pareja adulta. Sabiendo que uno de ellos va a dejar la casa, comparten esas últimas horas juntos intentando tener relaciones sexuales, revisando ropa o viejas fotografías, durmiendo, bañándose y cumpliendo desganadamente algunas tareas triviales.
Si el hecho de dilatar un hecho mínimo y recurrir a un realismo descarnado (e incluso de exponer cuerpos desnudos sin pudor ni erotismo publicitario) tiene ecos de cierto cine apreciado en festivales, La cama (que integra la Competencia Argentina del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata) le insufla vida: el admirable trabajo de arte (Maru Tomé, Renata Gelosi) y fotografía (Flavio Dragoset), más los rigurosos encuadres, consiguen expresar fuertemente un estado de ánimo, presintiendo lo que ambos personajes han vivido, lo que piensan o desean. Los planos fijos de diferentes rincones del hogar en penumbras, así como de los rostros y los cuerpos, alcanzan una desacostumbrada, doliente belleza. Una película nunca es mejor porque sus planos se asemejen a pinturas, pero en el film de Lairana la serenidad de sus imágenes impresionistas no responden a una pretensión decorativa: conmueven, angustian, interrogan.
Habrá quienes conduzcan la contemplación de la vida privada de esta pareja, interpretada por Alejo Mango y Sandra Sandrini (que algunos tal vez recuerden como joven actriz intentando abrirse camino a comienzos de los ’80), a la polémica decisión de mostrar con crudeza cuerpos marcados por la tristeza y el paso de los años, pero sería menos superficial llevar el debate a otras cuestiones: si el cine vale como mero instrumento para exponer –sin el alivio del humor– vidas grises, el posible regodeo en el patetismo, o la búsqueda por alcanzar alturas de orden estético escudriñando lo rústico y lo banal.

Por Fernando G. Varea

Argentina Rojo Shocking

ROJO
(2018; dir. Benjamín Naishtat)

En Rojo (premios por Mejor Dirección, Actor y Fotografía en San Sebastián) un respetado abogado que vive en una ciudad de provincia resuelve como puede, o como quiere, el enfrentamiento con un joven perturbado y el pedido de un amigo para apropiarse de un chalet abandonado tras un allanamiento. Otros personajes (incluyendo su mujer y su hija) y algunos conflictos secundarios se suman para esta semblanza turbia de un representativo grupo humano en la Argentina pre-dictadura. Las dos primeras secuencias ya dejan en evidencia lo que Benjamín Naishtat procura expresar: expuestos con un realismo enrarecido, el indolente saqueo de una casa y el duro altercado por ocupar una mesa en un restaurante seguido de un enfrentamiento en plena calle, hablan de la complicidad y la violencia que comenzaban a regir la vida cotidiana de los argentinos en los meses previos al golpe de marzo de 1976.
El film de Naishtat tiene algunos momentos mejores que otros, pero su tono, su atmósfera, las sensaciones de alarma y de extrañeza que lo recorren, conducen provechosamente –de manera estilizada, sin toques demagógicos– a la reflexión y al reconocimiento de un momento histórico.
Entre los personajes no hay policías, militares ni sacerdotes, tampoco militantes políticos o sindicalistas levantando consignas ni imágenes de Perón, López Rega o alguna otra figura distintiva de la época, como no queriendo exculpar del acostumbramiento al miedo y la corrupción a la población civil que no estuvo involucrada directamente en las disputas del momento. La época es la misma de El secreto de sus ojos (2009, Juan José Campanella), pero acá el protagonista no es un chanta simpático que termina redimiéndose sino un abogado de moral dudosa (un exacto Darío Grandinetti), que parece tener buenas intenciones y, al mismo tiempo, por cobardía, desorientación o conveniencia, cede ante una estafa, esconde cosas que sabe y termina siendo cómplice de más de un delito.
Hay estallidos de violencia casi absurdos y varias secuencias aparecen interrumpidas abruptamente, como si la barbarie fuera ganando terreno asestando cortes sobre la aparente tranquilidad de ese pueblo. Las situaciones inquietantes que son imprevistamente quebradas se suceden: sin adelantar mucho aquí, cabe señalar lo que ocurre con un periodista que hace preguntas incómodas, con la esposa (Andrea Frigerio) ante la aparición de un extraño en el bosque cercano a la playa, con el joven llevado en auto por un novio celoso (Rafael Faderman, protagonista de Dos disparos y de relevante rol en La larga noche de Francisco Sanctis) y sus amigos, con la mujer (Claudia Cantero) que busca a su hijo (que podría ser dicho joven) en una iglesia, con el disparo en un vestuario. Del mismo modo, son sinuosas las intenciones de un detective que habla de manera parsimoniosa (el chileno Alfredo Castro) y al joven trastornado (gran trabajo de Diego Cremonesi, visto en Kryptonita e Invisible y los ciclos televisivos Un gallo para Esculapio y El marginal) le dicen hippie, eludiéndose detalles sobre su militancia. Algunas conversaciones se estiran, tensando el tiempo y apartándose de la lógica, como la del amigo del protagonista con una mujer cómodamente sentada en los fondos de la casa saqueada.
La antes mencionada La larga noche de Francisco Sanctis reproducía con similar fruición y eficacia la estética de la época, pero lo hacía con clara vocación de film noir: Rojo, en cambio, apuesta a una visión de los ‘70 cenagosa, desviando todo el tiempo el naturalismo hacia un estado de locura.
Ocasionalmente se acerca al grotesco o desliza alusiones un poco obvias (las escenas en ralenti de la pareja jugando al tenis, el ensayo de una obra teatral, el eclipse que se produce en un momento e incluso el mago que hace desaparecer personas, alegoría a la que ya había recurrido Agresti en El acto en cuestión) y su impecable reconstrucción histórica se permite algún desliz (nuevamente en el cine argentino que recrea los ’70 vuelve a haber personajes utilizando la expresión fuera de época Todo bien). Pero muchas decisiones del joven guionista y director son inteligentes, como la utilización que hace de la canción El valle y  el volcán, que cobra fuerza sin tener una carga explícitamente política. El zoom final parece tener algo de la mirada confundida de Héctor Alterio en el último plano de La Patagonia rebelde (1974, Héctor Olivera), no casualmente una de las películas representativas de esos años que Naishtat trae a la memoria. El hecho de escuchar a alguien renegar de la política, en tanto, resuena en el presente.
Rojo seguramente tiene imperfecciones, pero son más que valiosos su búsqueda y los riesgos que asume, volviendo la mirada a una época incómoda sin tranquilizar al espectador.

Por Fernando G. Varea

La música de una vida

PIAZZOLLA, LOS AÑOS DEL TIBURÓN
(2017; dir: Daniel Rosenfeld)

Las imágenes del mar, al comienzo, no sólo resultan apropiadas porque Astor Piazzolla era marplatense y le gustaba pescar: el movimiento de las aguas y la belleza arrebatada del oleaje bien sirven para representar la agitada vida y el temperamento de este gran músico.
Pronto aparece Daniel, su hijo, cuyo dejo de tristeza irá comprendiéndose en el transcurso del film. Los preparativos de una exposición serán la llave que abrirá el torrente de recuerdos que vuelca este riquísimo documental de Daniel Rosenfeld (director de Saluzzi, ensayo para bandoneón y tres hermanos, La quimera de los héroes y Cornelia frente al espejo).
El material del que se vale Rosenfeld para Piazzolla, los años del tiburón es diverso, apasionante y casi se diría que no da respiro, nutrido de fotografías, grabaciones registradas en distintos formatos, películas familiares en Super 8 y fragmentos de antiguos programas de TV, con los intersticios ocupados por archivos documentales de los lugares que se mencionan. En la misión de recuperar zonas olvidadas o desconocidas de la memoria de la vida del autor de Adiós Nonino ayuda el rescate de unas cintas desde las cuales se oye una conversación con su hija Diana. Las pinceladas en el lienzo abarcan el humor y la ternura, la pasión y las contradicciones, los períodos de privaciones y los de reconocimiento internacional, el joven Astor perseverante y estudioso junto al artista consumado e inconformista, la inestabilidad de su salud y de su carácter, algunas actitudes cuestionables (en lo personal y en lo público) y el esplendor de su música. No hay un narrador convencional ni textos aclaratorios en el film, que a veces va y vuelve en el tiempo; sin embargo, no se disgrega ni resulta oscuro para el espectador: aunque en el recorrido se salte de Mar del Plata a Nueva York y de ahí a Buenos Aires o París, y aunque ante una obra tan fecunda es inevitable que algunas piezas queden afuera (sus notables trabajos para la banda sonora de tantas películas, por ejemplo), Rosenfeld logra equilibrar de manera ajustada los elementos.
Por otra parte, transitar la historia de Astor Piazzolla resulta un buceo por buena parte de la cultura argentina del siglo pasado, cruzándose nombres como los de Gardel, Troilo, Borges o Ginastera. En ese trayecto no pueden faltar las discusiones en torno al tango y al arte en general: Piazzolla, los años del tiburón expone, por ejemplo, sin estridencias, el audio de un áspero altercado telefónico con un periodista radial y las resistencias a Balada para un loco. Del mismo modo, asoman alusiones a hechos históricos que acompañaron o condicionaron el devenir del músico y sus hijos.
Uno de los aciertos de la película es referirse a enfermedades, muertes, casamientos o despedidas sin subrayar los hechos, sugiriéndolos apenas a partir de viejas fotografías o de palabras dichas sin solemnidad desde archivos de audio. Es que Rosenfeld manipula el material con precisión y delicadeza, logrando un trabajo luminoso, nunca efectista, en el que brotan ocasionalmente apuntes íntimos que disparan la emoción, al mencionarse el paso del poeta Jacobo Fijman por un pabellón de enfermos mentales, al escucharse una grabación de la primera esposa de Astor Piazzolla cantando, o cuando la mirada y los silencios de Daniel (músico también) expresan una desazón que le da a Piazzolla, los años del tiburón otro matiz, haciendo que el homenaje al genial músico deje espacio, por momentos, a los claroscuros de la historia de una familia.

Por Fernando G. Varea

El corazón de las fábricas

LA VIDA DE LAS FÁBRICAS
(2018; dir. Florencia Castagnani)

¿Cuántas veces han aparecido trabajadores de una fábrica en nuestro cine y nuestra TV, en los últimos años? Muy pocas: la ficción suele poner su atención en otro tipo de personajes y conflictos, y en los noticiarios televisivos suelen asomar sólo para dar cuenta de alguna crisis laboral. Cuando en la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata compitió el film portugués A fábrica de nada (Pedro Pinho) –más allá de algunos reparos al film que mencionamos aquí– fue para muchos una conmoción encontrar como protagonistas de una historia a un conjunto de obreros.
La serie documental La vida de las fábricas pone su mirada, precisamente, sobre la actividad cotidiana en el interior de diferentes fábricas santafesinas. Dos de los capítulos de la primera temporada se exhibirán en Cine El Cairo el próximo viernes 19/10 a las 20.30 hs: el realizado en Fabricaciones Rosario Cooperativa Ltda. y el de Cristalería San Carlos. Son parte de un trabajo dirigido por Florencia Castagnani, sobre guión de Castagnani y Sebastián Bier, con producción ejecutiva de Luciana Lacorazza y Francisco Matiozzi Molinas, que pudo concretarse gracias a un premio del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe a través del Programa Espacio Santafesino 2014, a lo que se sumó tres años después un nuevo estímulo del Concurso para Serie Federal Documental del INCAA, a partir del cual el equipo produjo cuatro episodios más que completan el ciclo de ocho.
Ambos capítulos comienzan sin vueltas, ya dentro del vasto espacio de las fábricas. En uno, resplandece la iniciativa del trabajo en cooperativa; en el otro, la aceptación de contar con un trabajo que, a la larga, se termina apreciando. Los testimonios en torno a dificultades y experiencias personales, las discusiones, las miradas y gestos de camaradería, van delineando el cuadro humano que conforman esos grupos de trabajadores (varones y mujeres, jóvenes y experimentados, padres e hijos) que comparten horas de su vida en un mismo sitio.
A diferencia de lo que acostumbra hacer el medio televisivo, no hay un periodista mediador sino que los propios obreros hablan de su trabajo, mientras se los ve haciéndolo. En algunos momentos del episodio de Fabricaciones Rosario se los muestra entrando o saliendo de la fábrica, pero no como lo registraban los Lumière: aquí la cámara está siempre adentro, de su lado. El capítulo de la Cristalería San Carlos, en tanto, además de exponer cómo los operarios van dando forma a vasos y jarrones –de manera artesanal, modelando formas y colores–, asoman comentarios acerca del uso que le dan al dinero ganado e incluso la confesión de un joven a quien no le fue fácil integrarse a ese ámbito en el que, “como trabajan muchos hombres”, debió soportar algún gesto de prepotencia.
Quienes hemos visto anteriores trabajos de Castagnani sabemos de su sensibilidad; acá, además, tuvo el sostén de valiosos colegas como los ya mencionados, Mauricio Riccio en la fotografía y Fernando Romero de Toma en el sonido. El resultado es óptimo no sólo por su calidad sino por plasmar elocuentemente aquello que, con sencillez, expresó alguna vez una canción de Serrat: detrás (de las máquinas, del debe y el haber de las empresas, de los resortes del comercio) está la gente.

Por Fernando G. Varea

Tribulaciones de un joven enamorado

ETERNO PARAÍSO
(2018; dir. Walter Becker)

El film comienza mostrando, de manera luminosa y cándida, la gestación de una historia de amor. Más tarde, cuando la felicidad de esa relación es quebrada por la muerte de uno de los integrantes de la pareja, la ingenuidad perdura en la solución a la angustia que procura Pablo, el protagonista: intentar un contacto con el “mundo paralelo” de los muertos.
Eterno paraíso es un drama que roza premisas del cine fantástico, cuya prolija realización compensa parcialmente la inmadurez de su planteo argumental. Una de las buenas decisiones del joven realizador santafesino Walter Becker –quien ya había evidenciado interés por el género fantástico en A dos tintas (2006), codirigida con Lucas di Santo– es no mostrar el ataque que sufre Esperanza, la pareja de Pablo. El trabajo formal de su primer largometraje en solitario es sobrio, sobreponiéndose a cierta estética televisiva: basta reparar en el lento travelling hacia atrás en el hospital cuando se conoce la muerte de Esperanza (como tomando distancia para respetar la tristeza de quienes aparecen en el plano) seguido de un travelling hacia adelante en una posterior escena de llanto (como manera de acercarse a la intimidad de Pablo).
No obstante, transcurrida la media hora inicial el film comienza a destinar demasiado tiempo en exponer el cuidado y la incertidumbre por la salud de Esperanza mientras se encuentra internada en el sanatorio, y si dudosamente eso puede resultar atractivo para el espectador, tampoco alcanza la tensión necesaria el posterior descubrimiento de Pablo del material encarpetado y filmado por su padre, en torno a la posibilidad de comunicarse con “el más allá”. Jugando tímidamente con el suspenso y descartando el humor, sin agregar conflictos menores para alternar la crisis del protagonista con hechos de otro orden (salvo los médicos, no se ve gente trabajando en la película, por ejemplo), Eterno paraíso termina pareciendo una versión modesta de films hollywoodenses como Línea mortal (1990, Joel Schumacher). Lo simplón del guión no quita la evidente capacidad de Becker como realizador.
Por otra parte, la calidez que escatiman la sobreabundante música y la iluminación se balancea con la eficacia de un actor todo terreno como  Guillermo Pfening, la belleza de María Abadi y la expresividad de Matías Mayer, quien viene creciendo como actor con diversos trabajos en teatro, cine y TV, y que aquí se pone al hombro un personaje de pocos matices.

Por Fernando Varea

Jóvenes rebeldes y no tanto

SOLEDAD
(2018, dir. Agustina Macri)

El mismo año, tres películas en torno a jóvenes contestatarios realizadas por hijos de conocidos empresarios y/o políticos argentinos: El ángel, dirigida por Luis Ortega (hijo de Ramón Palito Ortega, gobernador de Tucumán durante el menemismo y candidato a vicepresidente de Eduardo Duhalde en 1999), El camino de Santiago, dirigida por Tristán Bauer sobre guión escrito por Omar Quiroga y Florencia Kirchner (hija de los ex presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández, esta última actualmente senadora), y Soledad, dirigida por Agustina Macri (hija del ex Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y actual Presidente de la Nación Mauricio Macri).  Estrenadas con pocas semanas de diferencia, generan algunas preguntas.
En principio, ¿qué los lleva a hacer cine a estos jóvenes, cuyos ingresos familiares y posibilidades de estudiar seguramente les permitiría emprender otros proyectos de distinto tipo con holgura? Luis Ortega se ha referido varias veces al tema, combinando cierta ansiedad existencialista (“Si fuera feliz no estaría haciendo cine”, “Soy cineasta porque ser humano es terrible”) con la idea del cine como un medio de aprendizaje para quien ha vivido en una suerte de campana de cristal (“De chico, cuando vivía en Miami, estaba mucho tiempo solo y ver largometrajes era mi mundo; eso me acompañó hasta que llegué a Tucumán, en donde no había cines pero estaba la realidad que se convirtió en el cine”). Aunque de perfil bajo igual que Florencia Kirchner, de Agustina Macri se sabe que llegó al cine influenciada por su madre y sus hermanos, interesados en el teatro y la publicidad.
Sin dudas, uno puede embarcarse en la realización de una película para desplegar una vocación o para expresar sentimientos o ideas sobre determinada problemática. Pero muchas veces parece haber algo más, difícil de demarcar, que excede esa propensión por la manifestación artística y tiene que ver con el lustre, la repercusión periodística, el diseño de un poster promocional, el posible glamour que pueden ofrecer un estreno con invitados o exhibiciones en festivales internacionales, la oportunidad de sumar al proyecto figuras reconocidas, e incluso el interés por evitar la fugacidad (al margen del poco o mucho éxito en las salas, una película sigue exhibiéndose, viéndose y comentándose en TV, en plataformas digitales o en youtube), todas ventajas que no ofrecen –no de la misma manera, al menos– la publicación de un libro o la realización de un programa de TV.
Otro punto es por qué estos hijos de políticos (o empresarios empujados al terreno de la política) argentinos eligieron estudiar cine en el exterior. No sólo por la calidad de muchas de las producciones cinematográficas y televisivas que se hacen aquí sino también por nuestra tradición cinéfila, la repercusión internacional de festivales como el de Mar del Plata o el BAFICI y la gran cantidad de estudiantes que ingresan anualmente a las diversas instituciones de enseñanza audiovisual que existen en nuestro país, resulta curioso que Agustina Macri haya estudiado cine en Barcelona y Florencia Kirchner en Nueva York; incluso Luis Ortega, aunque fue alumno de la Universidad del Cine (Buenos Aires), se educó en Miami. El hecho, claro, es menos inesperado en los casos de Luis Ortega y Agustina Macri, si se asocia el apellido de ambos a los proyectos económicos de los que sus padres son o fueron parte.
Finalmente, otro rasgo curioso puede encontrarse en las temáticas y personajes elegidos. Está claro que no debería esperarse de ellos obras que parezcan spots promocionales de la gestión de sus padres, así como, por otra parte, parece natural que les atraiga participar de proyectos audiovisuales sobre personas/personajes de su misma edad. Pero aún así es sugestivo el interés de estos cineastas (en buena medida privilegiados) por ponerse en la piel de congéneres de ideas o actitudes libertarias, perseguidos por las fuerzas del orden. En todo caso, en El camino de Santiago (2018) Florencia Kirchner como coguionista se hace eco de broncas legítimamente generadas por la desprolijidad con que se manejó el caso de la desaparición seguida de muerte del militante social Santiago Maldonado, tomado por el kirchnerismo como evidencia de la represión policial ejercida por la gestión del gobierno de Cambiemos, es decir: participa de una producción que revalida lo que la corriente política representada por sus padres y su hermano ha sostenido desde un principio sobre el hecho. En la figura elegida, el formato de documental didáctico y el equipo de trabajo (incluyendo a Bauer como director) se advierte una coherencia con su posición política.
De El ángel ya hemos expresado nuestra opinión aquí. El oficio del joven Ortega para hacer cine y TV de calidad es indiscutible, en tanto ofrece apropiado material para la discusión su predilección por personajes indóciles como el que modeló a su gusto a partir de la figura real de Carlos Robledo Puch, condenado a cadena perpetua por crímenes varios a los veinte años (y que, según publicó algun diario, recientemente se ha defendido diciendo “Yo vaciaba las joyerías, luego iba y ayudaba a los pobres”). Así como, por ejemplo, en Algo quema (2018) el joven realizador boliviano Mauricio Ovando pone en duda –no sin dolor– la imagen pública de su abuelo (militar influyente y presidente de facto de Bolivia en dos ocasiones), o incluso entre nosotros hay casos como el de Javier Olivera, que en La sombra (2015) exterioriza interrogantes en torno a la trayectoria de su padre (el cineasta Héctor Olivera), Luis Ortega retrata a seres turbulentos sin dejar de homenajear a su padre Palito Ortega, cantautor-actor-productor-director-empresario cuestionado por sus canciones conformistas y sus películas oficialistas realizadas durante la última dictadura cívico-militar.
De modo se diría similar, Agustina Macri esboza en Soledad una biopic de María Soledad Rosas (la joven argentina que abrazó ardorosamente la causa anarquista en Italia en los años ’90) sin incomodar demasiado ni tocar zonas que podrían afectar la imagen del gobierno de su padre. Basado en una novela de Martín Caparrós, su film es desapasionado, hilando momentos de la vida de la chica en cuestión sin imprimirle convicción desde las imágenes. Ni la historia de amor de esta Soledad –que es como la antítesis de su tocaya Pastorutti– con su novio italiano Edo, ni el halo trágico que cerró el periplo de furor militante de ambos, son plasmados con pasión por lo que se cuenta. Puede decirse que se trata de un trabajo honesto, en tanto y en cuanto no luce sensacionalista, recurre a una fotografía nada edulcorada y compensa algunas actuaciones flojas con una esforzada caracterización de Vera Spinetta. Pero contar la historia de una joven dispuesta a todo de manera tan tibia (estética e ideológicamente hablando) suena frustrante. Vale recordar que las noticias periodísticas de algunos corresponsales argentinos sobre las detenciones y desplantes de María Soledad Rosas en Italia, antes de su suicidio en 1998, hablaban de su parecido con la Marilina Ross rapada de La Raulito (1974/75); claro que detrás de aquel film (sobre una criatura libertaria a su manera) había un director como Lautaro Murúa.
Soledad debió enfrentar algunas resistencias, durante su rodaje y después de su estreno: en Turín, Macri hija debió soportar que jóvenes italianos escribieran en paredes de la ciudad leyendas como Sole y Edo viven en la lucha, boicot al film, por lo que debió mudar la producción a Génova. Estrenado el film en Argentina, una de las proyecciones fue interrumpida por anarquistas que (según registraron los medios) vociferaban “Soledad, Santiago Maldonado, todos los mártires de la clase media se revuelven en su tumba… La hija de Macri hace una película en la que habla de nuestra compañera como se le canta y encima la pagamos nosotros”.
Aunque en 2008 colaboró con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (registrando el deterioro del Teatro Colón en su centenario durante las obras de remodelación), sería injusto cargarle a Agustina Macri el sambenito de las medidas adoptadas por el gobierno de su padre; sin embargo, no suena descabellado desear que una directora sensible a este tipo de personajes hubiera deslizado alguna crítica (aunque sea irónica o sutil) a la aprensión de la alianza gobernante hacia ciertas manifestaciones de militancia juvenil o de rebelión a la espiral capitalista. El hecho de que los incidentes durante el rodaje de Soledad en Turín la llevaran a buscar la protección de la DIGOS (la División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales, cuyos agentes inculparon al personaje real) profundiza la contradicción que significa tomar ciertos íconos de rebeldía y representarlos restándoles beligerancia, sin ponerse claramente en su lugar.

Por Fernando G. Varea