Solo quiero que me amen

ERRANTE CORAZÓN
(2020; dir. Leonardo Brzezicki)

¿Inmaduro? ¿Inestable? ¿Posesivo? ¿Autodestructivo? ¿Tóxico? ¿Irreflexivo? ¿Cómo definir a Santiago, el protagonista del segundo film como director de Leonardo Brzezicki (que también se ha desempeñado como actor en algunas películas)?
Santiago tiene una madre, una hija, una ex mujer, amigos. También un buen trabajo y un departamento que parece confortable. Sin embargo, vive de manera resbaladiza, dominado por miedos e impulsos, huyendo de la soledad al tiempo que la provoca, irritando a los demás o buscando compañía errática y sinuosamente.
Todo el tiempo la cámara procura plasmar la intensidad de esa vida serpenteante, deteniéndose casi siempre en los ojos húmedos, la risa nerviosa, los tics y el andar agitado de Santiago (notable entrega física de Leonardo Sbaraglia, sobreponiéndose al aspecto juvenil que todavía lo acompaña y prestándose al desafío de más de una escena riesgosa). Pero también, por momentos, adopta el punto de vista de su hija Laila (Miranda de la Serna, quien ocasionalmente recuerda a su madre Érica Rivas en las escenas de histeria familiar de Los sonámbulos). Alberto Ajaka y Beatriz Rajland –una ex pareja y la madre de Santiago, respectivamente– no sólo aportan solidez interpretativa sino también algo de cordura desde sus personajes episódicos.
El subibaja emocional de Santiago (que curiosamente no parece afectar demasiado su responsabilidad como chef de un restaurante) lo va llevando a vivir distintas circunstancias, incluyendo un viaje con su hija a Brasil donde se reencontrará con su ex mujer Eloísa (tanto o más atolondrada que él) y donde entablará amistad con una pareja gay. En determinado momento, el guión impone un hecho dramático en medio de los festejos de fin de año.
En más de una ocasión, todo lo que luce deseable (casas, playas, reuniones en las que ronda el deseo sexual o la contención familiar) se enrarece por la angustia y la compulsión hiperquinética de Santiago o de Eloísa. Como director, Brzezicki logra hacer vívido el ánimo que bien refleja el título de su película, sin poder evitar desvíos hacia cierta estética publicitaria, sobre todo en algunos exteriores en locaciones brasileñas, o por ejemplo al mostrar a Laila improvisando un baile con un paraguas. Acierta, en tanto, cuando al comienzo expone un desprejuiciado encuentro de hombres desnudos y semidesnudos en el departamento de un viejo amigo (encarnado por Iván González, uno de los hijos del cantante Jairo) comiendo pizza y charlando espontáneamente de bueyes perdidos, o cuando musicaliza el inquieto tránsito de Santiago por comercios porteños finalizando la secuencia en un espectáculo de danza de su hija en un teatro.
Una zona discutible de Errante corazón es la especie de coraza de confort material en la que confina a sus personajes, sin salirse del centro porteño, alguna casa con piscina en las afueras y otros espacios no menos prósperos en Brasil. Apenas una ligera aparición de los sonrientes empleados del restaurant y la manifestación de un pequeño grupo de vecinos –que Santiago y uno de sus amigos atraviesan al pasar– cortando una calle con una irónica pancarta, son señales de que otra gente con otras preocupaciones los circundan.
“De vos lo único que aprendí es que cada uno se salva solo” le reprocha Laila a su madre, en medio de una dolorosa discusión, parte de una de las secuencias más tensas del film. Tal vez pueda hallarse allí (no sin esfuerzo) una visión del egoísmo e individualismo de esos adultos a los que la chica opone una reacción, una bronca legítima, un desesperado gesto de sinceridad.

Por Fernando G. Varea

Había una vez un viejo, un pibe y un gallo

CRY MACHO
(2012; dir. Clint Eastwood)

40 largometrajes en 50 años: imposible que no haya altibajos en tan nutrida producción, que tuvo sus picos de calidad en las décadas del ’80 y ’90 (Honkytonk Man, El jinete pálidoBird, Cazador blanco, corazón negroLos imperdonablesLos puentes de MadisonMedianoche en el jardín del bien y del mal) y algunos trabajos controvertidos en el último tiempo (como el irritante El francotirador).
Con envidiable pasión, Eastwood no se detiene y este año dio a conocer Cry Macho, que parte de una novela homónima de N. Richard Nash y está planteada casi como un cuento: con simpleza, candidez, personajes de atributos marcados y momentos de tensión que se suavizan con ternura.
Hay una ex estrella del rodeo que, a pedido de un amigo, debe ir a México a buscar al hijo preadolescente de éste y volver con él; al encontrarlo, se entera que, distanciado de su conflictiva madre, se gana la vida gracias a un gallo de riña. En definitiva: un viejo, un pibe, animales (caballos, gallos), personajes solitarios, pequeños grandes desafíos, viaje y aventura. Con todo ello, Eastwood gestó en pandemia y con 90 años (en mayo último cumplió 91) esta película menor pero con encanto, en la que, como actor y director, transmite la calma que da la experiencia y el hecho de haberse formado trajinando estudios de cine y televisión desde los años ’50. En Cry Macho varias transiciones y resoluciones formales son como suspiros de un cine que ya casi no existe.
Podría decirse, además, que lo simplón se balancea con lo valioso: si la caracterización de la madre del chico (Fernanda Urréjola) es telenovelesca y los comentarios sobre ella dejan un regusto conservador, eso se compensa con el otro personaje femenino importante, una viuda de carácter fuerte y seductora presencia (la actriz mexicana Natalia Traven, que se gana al espectador cada vez que aparece en pantalla). El chico (Eduardo Minett) no es tan salvaje como se anticipa, pero eso ayuda a que el film no centre su interés en lo que sería la difícil domesticación de un rebelde sino en la relación casi filial que entabla con quien podría ser su padre o su abuelo (y que finalmente no reemplaza al padre biológico). La música tiene momentos en los que resulta redundante (subrayando los momentos emotivos) y otros en los que asoma con brillantez, absolutamente integrada al paisaje geográfico y humano, sobre todo durante la primera mitad. Hay diálogos ingenuos entrecruzados por agridulces reflexiones en las que se expone mansamente el aprendizaje que significa aprender a convivir con el recuerdo de seres queridos y desgracias vividas, así como el estereotipado trazo de los policías mexicanos y lo previsible de algunas persecuciones no conducen, afortunadamente, a convencionales balaceras. No queda del todo claro por qué la acción transcurre treinta años atrás, aunque esto último tal vez sirva para justificar ciertas acciones. Los traspiés se equilibran con hermosos segmentos, como el primer encuentro con la mujer en el bar, la comunicación del viejo con una niña con mensajes de señas o su conversación con el pibe en la capilla.
Cry Macho no es una película para aplaudir pero tampoco –salvo que se la vea con sorna o desconfianza– para denostar. Pequeña en ambiciones, ligeramente anacrónica pero noble, afable, placentera sin estridencias, como encontrar refugio una noche de lluvia o escuchar un bolero de Eydie Gormé con el trío Los Panchos.

Por Fernando G. Varea

https://www.crymachofilm.net/

Causas y efectos

TRES COSAS BÁSICAS
(2021; dir. Francisco Matiozzi Molinas)

Tal vez el interrogante no debería ser si entregar la vida por una causa es un gesto de grandeza, sino qué significa exactamente eso. ¿Estar dispuesto a morir si la causa lo reclama? ¿Simplemente no tener miedo a ser asesinado? ¿O destinar tiempo, esfuerzo, iniciativas y compromiso a lo largo de la vida por esas ideas, sin necesidad de inmolarse por ellas?
Preestrenado en la  8ª Semana de ADN Doc, Tres cosas básicas dispara preguntas como esas. Lo hace reconstruyendo testimonios en torno a uno de los tantos episodios perturbadores ocurridos durante la larga noche de la última dictadura cívico-militar en Argentina: el secuestro de dos militantes de Montoneros (Tulio Valenzuela y su compañera Raquel, embarazada), la posterior proposición de viajar a México para delatar a compañeros, una fuga, una denuncia y el hecho de enfrentar una tragedia quizás inevitable.
Al querer desentrañar enigmas que lo acompañan por el recuerdo de sus cinco tíos asesinados durante aquellos años oscuros, el rosarino Francisco Matiozzi Molinas (docente, realizador audiovisual, director de Murales: El principio de las cosas y otros documentales) no evidencia particularmente enojo ni una ciega admiración, sino sincera curiosidad. En este caso, transmite su inquietud con un planteo que evita las simplificaciones con las que ciertos políticos y comunicadores abordan los claroscuros de la época, combinando grabaciones, fotografías, declaraciones ante su cámara o en el transcurso de distintos juicios. Alguien de quien podría suponerse un desapego por la vida dice, desde un lejano audio, “Hay objetivos por los que querer vivir y personas a las que queremos mucho”, y en uno de los testimonios más elocuentes otra persona enfatiza “No eran robots, eran seres humanos”. Al mismo tiempo, un ex represor desliza sin vueltas una broma macabra sobre los vuelos de la muerte y un ex integrante de Montoneros considera que él y sus compañeros son “héroes” que formaban parte de una “guerra”, subrayando “No me arrepiento de nada”.
Yendo de Argentina a México y Cuba, los recuerdos e impresiones de Roberto Perdía, Pablo Fernández Long, Daniel Cabezas, Ignacio González Jansen, René Chávez, Daniel Sverko y varios más se suceden, alrededor de ideales y traiciones, de certezas y dudas. Antiguos registros audiovisuales devuelven la ominosa imagen de Galtieri balbuceando una arenga y la de Mario Firmenich irritando al proponer tranquilamente desde su exilio una “resistencia masiva”.
Breves planos fijos de las distintas ciudades y de algunos sobrevivientes de esta historia mirando silenciosamente a cámara, así como un uso de la música que evita el exceso, favorecen el tono contenido de Tres cosas básicas, su respeto por las opiniones de los entrevistados y de los espectadores. Esa sobriedad no impide que, en determinados momentos, asomen leves estremecimientos, cuando alguien reencuentra el sitio donde se había organizado una improvisada conferencia de prensa más de cuarenta años atrás, cuando Sebastián Álvarez recuerda el encuentro con su hermana desaparecida en 2008, o cuando se escucha la voz susurrante de Raquel Negro –alias María–, militante perseguida y envuelta en una trama de desenlace previsible, afirmando: “Aún dentro de esta situación, soy feliz”.

Por Fernando G. Varea

Fulgores de una vida

MARTIN EDEN
(2019; dir. Pietro Marcello)

Sin dudas, dentro del puñado de películas extranjeras que se han estrenado en salas comerciales de nuestro país desde que las condiciones sanitarias lo permiten, Martín Eden es una excepción. No tanto por ser una coproducción italiana-francesa-alemana, sin estrellas y sobre conflictos (sociales, políticos, de personalidad) complejos y nada complacientes, sino por lo que el realizador Pietro Marcello hace con esos elementos.
En principio, el guión (escrito por Marcello junto a Maurizio Braucci, quien previamente fuera coguionista de películas como el Pasolini de Abel Ferrara, o Gomorra y Reality, de Matteo Garrone) traslada la acción de la novela homónima de Jack London de Oakland a Nápoles. El retrato de época no procura la minuciosa reproducción de un momento determinado sino que –aunque la historia transcurre evidentemente durante la primera década del siglo XX– hace del tiempo algo elástico, con fugaces momentos que se cruzan como anticipos o flashbacks, como si el relato avanzara sin desestimar los pensamientos, las intuiciones y los recuerdos del protagonista. Lo interesante es que el realizador recurre para ellos a material de archivo, filmaciones en 16 mm. o fragmentos de antiguas películas, logrando que esos segmentos transmitan (por su textura y sutileza, así como también por la musicalización) un tono como de ensueño, entre la perturbación y el lirismo. Recursos que Marcello empleaba también en su película anterior más conocida, la notable La bocca del lupo (premiada en la edición 2010 del BAFICI).
Otro punto de interés, nada menor, se encuentra en las ideas que se sacuden en torno al personaje central (que hace creíble Luca Marinelli, Mejor Actor en el Festival de Venecia 2019), joven marinero que se gana la simpatía de una familia burguesa conociendo a Elena (Jessica Cressy), de la que se enamora al tiempo que descubre la posibilidad de superarse. Sus esfuerzos por brillar como escritor lo van llevando a un doble camino: por un lado cierto éxito, después de muchos tropiezos; por otro (yendo de su amistad con un bohemio socialista y su comprensión por los sufrimientos de trabajadores humildes hasta una suerte de individualismo desprendido de dogmas), el dolor de enfrentar su posición ante la vida con la realidad, lo que incluye los privilegios de clase de la familia en cuestión y sus allegados. No sabe, o no puede, o no quiere, moverse con prudencia en una sociedad en la que gestos de solidaridad se cruzan con el cinismo y la indiferencia de muchos.
Por eso se llega a un desenlace tan distinto a lo que suelen ofrecer las biopics convencionales (tan parecidas a tratados de autoayuda), previsible para quienes conocen la novela original pero resuelto con sobriedad y lucidez.

Por Fernando G. Varea

Lazos humanos para sobrevivir

FIRST COW 
(2019; dir. Kelly Reichardt)

Un hallazgo en un espeso bosque dispara la historia, que se remonta a dos siglos atrás: espacios naturales como ése permiten que la acción pueda pasar de una época a otra casi sin que el tránsito provoque sobresaltos. La directora no subraya la elipsis con música ni efecto alguno, apenas algunas señales van demostrando que –después de esos primeros minutos, y como se irá confirmando con unos pocos datos desprendidos de los diálogos– la historia transcurre en Oregon, Estados Unidos, hacia 1820. No conviene anticipar demasiado aquí, ya que de la delicadeza con la que van progresando los hechos depende la seducción que ejerce la película, pero puede decirse que un encuentro fortuito entre dos hombres jóvenes los marcará a ambos. Uno es huérfano, de modales resignados, se hace llamar Cookie y transmite una entrañable sensación de desamparo gracias a la presencia y la mirada de John Magaro (actor con varios trabajos televisivos y cinematográficos en su haber, incluyendo el novio fotógrafo de Rooney Mara en Carol). El otro, King-Lu (Orion Lee) está también a la deriva aunque parece menos temeroso y más emprendedor. “No soy indio, soy chino” le aclara a quien se convertirá en su compañero de penurias, y el dato no es menor ya que First cow gira, en buena medida, sobre el entendimiento y la cooperación entre seres humanos que buscan sobrevivir pese a todo.
En algún punto, el film de Reichardt (realizadora estadounidense que estuvo presente en una edición del Bafici doce años atrás) puede verse como un recorte de la sociedad, representando a través de ambos personajes algo más general o universal, más allá del contexto histórico y geográfico: la necesidad de comer, de escapar del peligro, de encontrar amigos, de tener proyectos o ilusiones (hablan de establecer un hotel o una panadería) y de dejarse llevar por los recuerdos a los que puede conducir el saboreo de un simple pastel (alguien dice que le hace acordar a su madre, otro a Londres). Asimismo, la imposibilidad de Cookie y King-Lu de contar con los medios adecuados para llevar adelante satisfactoriamente un informal emprendimiento (la preparación y venta de buñuelos), así como la aparición de un terrateniente muy cordial mientras nadie quiera sacarle lo que es de su propiedad, exponen coordenadas que ordenan las leyes del mercado y desigualdades que vienen de lejos.
Como en otras películas de Reichardt (incluyendo Wendy y Lucy, la única que tuvo estreno comercial en Argentina), un clima de  mansedumbre y melancolía baña el relato, diluyéndose apenas cuando los personajes sonríen o Cookie le habla con cariño a la vaca que le provee la leche. Al tiempo que la verde exuberancia y los sonidos del paisaje se integran naturalmente a sus sensaciones, asoman sutilezas: una niña cargando un pesado balde con leche expresa el deseo de Cookie que se hará real y tangible más adelante, el bebé en la canasta que le dejan a su cuidado por unos instantes parece enfrentarlo con su infancia.
Cuando First Cow ingresa en su última media hora empieza a jugar con el suspenso. En su azaroso escape los amigos encuentran algunos gestos de solidaridad y se va acercando el triste pero hermoso final, ligado al comienzo (y en el que tal vez tenga algo que ver el pibe que había aparecido un rato antes, frustrado al no poder comprar los deseados buñuelos). Reichardt siempre se pone del lado del espectador: de hecho, situaciones dramáticas vividas por los protagonistas son cautamente eludidas. Y si en su película –que se estrenó en Estados Unidos unos días antes que las salas cerraran por la pandemia, y que afortunadamente ahora puede apreciarse en la plataforma Mubi– son poco relevantes los roles femeninos, Cookie (hábil cocinero) y King-Lu son más sagaces que fuertes, diferentes a muchos agresivos varones que los rodean. Dos hombres algo fuera de norma en ese entorno propio de un western pero, por encima de todo, dos amigos, dos personas, dos vidas.

Por Frnando G. Varea

De discusiones y simulacros

EL PRESI
(2021; dir. Gustavo Postiglione)

Dentro de la nutrida producción del rosarino Gustavo Postiglione (que abarca largometrajes de ficción, documentales, trabajos para TV, videoclips, videos institucionales y experiencias en teatro), es posible advertir un marcado interés por registrar conversaciones cruzadas en medio de rituales cotidianos, como queriendo captar la gracia que se desprende de ciertas discusiones inútiles y el rencor larvado que puede aflorar sin sorpresas. Hay también un gusto por crear personajes y jugar con las posibilidades que puede ofrecer el entramado de un guión o las fronteras entre realidad y representación. En algunos casos, se agrega un propósito de desafío u originalidad. Todo esto puede apreciarse en El asadito (2000), El cumple (2002) y la reciente Simulacro (2021) –todas ellas rodadas con limitaciones de espacio y tiempo–, pero también en el episodio de Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo (2017). Esas mismas características se repiten en El Presi, grabada en su totalidad con un teléfono celular en el interior de un automóvil.
Desde ya, en cualquier película las audacias técnicas o narrativas tienen sentido cuando están al servicio de la historia que se procura contar o de la búsqueda propuesta: un plano secuencia, por ejemplo (recurso al que Postiglione ha acudido más de una vez, por ejemplo en el comienzo de Brisas heladas), puede ser provechoso o un virtuosismo que encubre pobreza de ideas, como suele apreciarse en el cine de Iñárritu. En El Presi –que tiene previsto su estreno en salas de cine y plataformas digitales en las próximas semanas–, la decisión de filmar de esta manera, como el propio director lo ha declarado, fue “casi como un juego” así como un intento de encontrar nuevas formas de producción “y un trabajo con el tiempo que es totalmente distinto al que se aplica en un rodaje tradicional”. Por eso no cambiaría demasiado que la acción transcurriera en el interior de un despacho oficial o de un bar: el eje es el torbellino de opiniones, reproches e intereses que se mueven en torno al presidente en cuestión (Jorge Ferrucci).
Su asesora de imagen, su ex esposa, su amante, un periodista y el encargado de custodiarlo son algunos personajes que van apareciendo, uno tras otro, aportando comentarios que resultan inquietantes o sarcásticos. Algunos ponen en duda el efecto de expresiones como pueblo o lavarse las manos, otros emprenden intercambios verbales tarantinescos (como las discusiones en torno al cine iraní o a músicos de rock nacional) u ofrecen al espectador posibles acertijos para adivinar si detrás de este presidente de “una realidad alternativa en Argentina” puede identificarse a uno puntual. Ocasionalmente asoman observaciones más ácidas, como cuando alguien dice que “Hoy en día ni siquiera hacen falta armas para matar a un presidente” o lo que le expresa al primer mandatario desde una videollamada su propia hija: “Desearte lo mejor para vos es desearle lo peor al resto” (refutando lugares comunes que varios comunicadores se empeñaban en repetir durante el gobierno anterior, hablando ya no de ficción).
Si no fuera porque en las charlas despuntan nombres propios (Menem, Rucci) y porque no es opulenta en producción y ambiciones, El Presi recuerda a La cordillera (2017, Santiago Mitre), por deslizarse sobre recovecos del poder político sin afán testimonial. Predomina un aliento satírico, aunque el ataque de un joven al vehículo y los incidentes que van precipitándose en el tramo final la acercan al género policial. Ciertas decisiones resultan curiosas, como la de registrar a personajes mirándose a la cara (no a los costados o hacia adelante) mientras conversan en el interior del auto en movimiento, o la de permitir que se escuchen en off los pensamientos de Marcelo (Juan Nemirosky) en determinado momento.
Recorrida por diálogos que algunos de los intérpretes logran expresar con conveniente naturalidad (especialmente María Celia Ferrero, Claudia Shujman y Juan Pablo Yevoli), El Presi es, en definitiva, una suerte de broma que se pone oscura asimilando la política a un terreno resbaladizo.

Por Fernando G. Varea