La furia del humillado

GUASÓN
(Joker, 2019; dir. Todd Phillips)

Cuando Lucrecia Martel, como presidenta del jurado del Festival Internacional de Cine de Venecia, leyó los argumentos que justificaban el León de Oro para Joker, hizo referencia a “una reflexión muy valiosa sobre los antihéroes, donde los enemigos no son los hombres sino el sistema”. Allí está, precisamente, el principal valor de esta curiosa apropiación del personaje del Guasón –el exuberante enemigo de Batman–, devenido víctima de injusticias varias que lo conducen a estallidos de irracional violencia.
“¿Me parece a mí o afuera las cosas están cada vez peores?”, le dice Arthur (Joaquin Phoenix) a su terapeuta al comienzo, mientras Ciudad Gótica aparece desbordada de basura por una huelga de los recolectores de residuos. Pronto se quedará sin su terapia, por recortes del gobierno en los servicios sociales, y sin su trabajo de payaso, por un incidente ocurrido mientras intenta animar a chicos internados en un hospital (uno de los mejores momentos del film). Pero si el Estado parece desentenderse de su situación de desprotección, tampoco ayudan mucho quienes lo rodean, empezando por su familia, por motivos que no conviene adelantar aquí. Sólo en unas pocas personas (un amigo enano, una vecina negra), y en su fantasía, encuentra algo de consuelo a una vida durísima. Para colmo, desea destacarse en un programa de TV como standupero y hasta la madre le dice “¿Para eso no deberías ser gracioso?” Obstáculo con el que cualquier mortal puede sentirse identificado, el de esperar vanamente el éxito con una actividad que podría deparar dinero y respetabilidad. El sueño americano, como quien dice, aunque aquí dado vuelta como un guante. La progresiva trasformación de Arthur en Joker (o Guasón) implica, de algún modo, la del brote de algunas formas de resistencia, de reacción, de ajuste de cuentas, también (y fundamentalmente) de locura desbordada.
Como muchos vienen señalándolo, la estética de Joker tiene menos de los abundantes productos actuales con superhéroes dirigidos al público infanto-juvenil que del cine estadounidense de los años ’70. Si bien asoman referencias no específicamente vinculadas a esa época (como un plano de la mirada del protagonista similar a la de Anthony Perkins en el cierre de Psicosis), mucho de Joker remite a films de Martin Scorsese, Sidney Lumet, Walter Hill o Sam Peckinpah, mientras ropa, televisores y teléfonos sirven para ambientar la acción en aquellos agitados tiempos.
No debería importar demasiado el discutible prestigio de los trabajos anteriores del director Todd Philips: aquí hay secuencias admirablemente orquestadas, como la del ataque y defensa en el subte, o la del encuentro en una sala de cine con el odioso candidato a alcalde (que incluye una fugaz identificación de Joker con Chaplin). Hay raptos de humor que traen alivio y, aunque el guión escrito por Phillips junto a Scott Silver cae en una que otra ingenuidad (como hacer que la madre del desdichado protagonista lo llame Feliz), hay entrelíneas que permiten varias lecturas. Cuando, por ejemplo, el altivo candidato se diferencia de los delincuentes diciendo “Quienes hemos hecho algo con nuestras vidas siempre consideraremos a esa gente unos payasos” resulta inquietante por la posición social desde la que habla, consiguiendo a la vez que muchos se asuman, orgullosamente, como “payasos”. Si la risa del Guasón fue siempre, en series y películas previas, señal de malicia, aquí es también tic, descarga emocional, enajenación, sufrimiento. Algunas ideas sobre rebelión, desobediencia civil, venganza y líderes “apolíticos” palpitan sobre el final, estimulando la discusión. Hasta el destino que sufre el showman interpretado por Robert de Niro –teniendo en cuenta el peso del actor en el cine de los ’70– puede ser objeto de distintas interpretaciones.
La angustiosa música, interceptada por canciones varias, y la luz áspera, aportan a la atmósfera de este film que, aún sin la madurez de Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) o The Warriors (1979, Walter Hill), derrocha casi en todo momento solidez y energía. En cuanto a la composición de Joaquin Phoenix como Guasón, cabe señalar que tuvo entre manos uno de esos personajes que invitan al exceso y la divertida adhesión de los fans (como había pasado ya con Heath Leadger en Batman – El caballero de la noche asciende); a su favor, hay que reconocer que el dúctil actor lo hace creíble y turbador. Y al respecto vale agregar un dato: en el mismo Festival de Venecia donde Phoenix recibió este año, junto a Phillips, el premio principal, su hermano River había sido premiado en 1991, como mejor actor por su recordado Mike –otro marginado del sistema, aunque menos peligroso y estridente– en Mi mundo privado.

Por Fernando G. Varea

http://www.jokermovie.net/

Anuncios

En crisis

LA DEUDA
(2018/19; dir. Gustavo Fontán)

Desde hace años, el dinero suele ser eje de numerosos largometrajes de ficción del cine argentino. También lo es en La deuda, aunque resulta notable lo que su director hace con el tema. Si en películas recientes como La odisea de los giles (2019, Sebastián Borensztein) o Animal (2018, Armando Bo) la plata suele ser motivo de fascinación, mezquindad y rencores, aquí es sinónimo de sufrimiento, de búsqueda ansiosa. No hay planos detalle de billetes ni un final en el que el acopio de capital asegure felicidad: los personajes se relacionan dificultosamente mientras el dinero les resulta algo necesario y esquivo. Nadie lo obtiene gracias a un ardid malicioso, simplemente se lo usa para pagar, se gana y se pierde, se pide y se presta.
No es la primera vez que Gustavo Fontán incursiona en la ficción con actores profesionales: ya lo había hecho en su olvidada Donde cae el sol (2002, con Alfonso de Grazia) e incluso en otras de sus películas, de estructura narrativa más  elástica, como Elegía de abril (2010) o El limonero real (2016). Aquí, si bien hay un relato ceñido a un personaje principal (Mónica, joven empleada que en pocas horas debe reponer una suma de dinero faltante en la oficina donde trabaja) y varios actores conocidos (a Belén Blanco, con su singular rostro y medida expresividad, se suman Marcelo Subiotto, Leonor Manso, Edgardo Castro, Waltar Jacob y Andrea Garrote en roles secundarios), la intención no pasa por la tensión que genera un conflicto a resolver, al modo de Dos días, una noche (2014), de los Dardenne. Tampoco el desenvolvimiento de un clima de intriga ni el planteo de un dilema moral parecen haber sido premisas del guión, escrito por Fontán junto a Gloria Peirano.
Uno de los objetivos que La deuda, claramente, se ha planteado, es jugar con las expectativas del espectador, retaceando información y dejando abiertos algunos datos. El personaje de Edgardo Castro, por ejemplo, ¿es un hermano, un amigo o una ex pareja de Mónica? Y el de Leonor Manso ¿es la madre, una vecina o una compañera de jornadas compartidas en el bingo? Éstas y otras preguntas, como las relacionadas con los motivos del abatimiento de la protagonista, van generándose a medida que la acción avanza, atravesando una historia que el espectador deberá completar con su propia mirada y sus pensamientos. Al mismo tiempo, el trabajo de Fontán como director, la fotografía de Diego Poleri, la edición de Mario Bocchicchio y la angustiosa música incidental conducen el periplo de Mónica hacia algo algo extraño y pesadillesco. Las idas y venidas en auto por las calles del conurbano bonaerense, en medio de la madrugada, o las situaciones mismas en el interior de los distintos departamentos, aunque tienen una base real, se desvían permanentemente hacia algo turbio. Por ejemplo, el ingreso de Mónica al bingo –trasladada por la escalera mecánica como si descendiera a los infiernos– transmite esa turbadora sensación. Al comienzo, entre los preparativos por el cumpleaños de la hermana en el departamento de ésta, hay un clima distendido y agradable, pero ya allí el marido (Pablo Seijo) comenta que han echado gente de su trabajo. De todos modos, la intranquilidad va más allá de lo que ocasionalmente diga algún personaje: la ambientación, la luz enrarecida, los encuadres y sobreencuadres van descomponiendo el ánimo, asomando algunos gestos de solidaridad en medio de la desapacible noche.
Esa deuda asumida de modo irresponsable, desencadenando una crisis posterior, permite una lectura por la cual el problema de Mónica puede ser general, como si representara a la sociedad argentina en su conjunto. Interpretación que ratificaría el tramo final, en el que su figura se confunde y se multiplica con las de otros ciudadanos que, al despuntar un nuevo día, salen al ruedo con su fragilidad, su miedo a cuestas y el impulso por dar batalla a la adversidad, pese a todo.

Por Fernando G. Varea

[Escuchar entrevista a Gustavo Fontán sobre La deuda aquí]

Tinieblas humanas en el espacio

HIGH LIFE
(2019; dir. Claire Denis)

Los significados que dispara esta historia de ciencia ficción y la leve tensión que rige sus coordenadas tal vez no deberían importar tanto como su desafío lúdico, el afán de la realizadora Claire Denis por mover los hilos de la ficción recurriendo a los ardides audiovisuales que ofrece el cine.
Casi toda High life transcurre en el interior de una nave espacial que funciona como una cárcel o un hospital, donde un pequeño grupo de hombres y mujeres son utilizados para experimentos genéticos. Allí pasan sus días, condenados por diferentes delitos. Un jardín artificial es el único contacto con lo terreno, aunque están también los recuerdos, los miedos e incluso la cercanía física de los acompañantes, lo que (más allá de las restricciones y el control) puede derivar en algún ataque inesperado. También confinada y sometiendo a sus compañeros a turbias prácticas científicas, una doctora –con algo de bruja o hechicera ganada por el rencor– ejerce su dominio, rondando por los pasillos con su blanco guardapolvo y sus largos cabellos oscuros. Desde un principio un joven llamado Monte (Robert Pattinson), que se resiste como puede a la tortuosa doctora, lleva adelante la acción, incluso con evocaciones y pensamientos en off, aunque no siempre el film adopta su punto de vista. Se agregan ciertas particularidades, como el hecho de que en la nave el tiempo parece transcurrir de manera diferente al planeta de donde provienen.
Sostenido en una banda sonora cargada de ecos enigmáticos, el film se mece entre el peso dramático de la convivencia forzosa entre personas atormentadas por su pasado y el terror, que no procede de nada monstruoso que no sea lo que anida en el interior de esos mismos seres humanos. La malicia se cruza con los sentimientos nobles que ocasionalmente afloran, por ejemplo en el amor de Monte hacia su hija (hasta llegar a un desenlace que abre la posibilidad de una aventura peligrosa pero también de una esperanza), mientras que, dentro de ese universo de manipulación clínica, fríos espacios y silencioso paisaje sideral, irrumpen rastros de sangre, orina, semen, leche materna, sudor. Se presiente el hedor del encierro y si alguien, en un momento, acaricia la tierra del restringido invernadero –una de las varias ráfagas tarkovskianas–, es porque parece extrañar al lejano planeta que dejó atrás. La realizadora de Bella tarea (1999) y 35 ruhms (2008) procuró, claramente, la reflexión provocadora: “Tabú” le hace deletrear Monte a su pequeña hija. La vida puesta en juego, el aprendizaje dado por la contemplación de antiguas películas en una pantalla, los ligeros flashbacks con recuerdos y el encuentro con una nave no ocupada por seres humanos estimulan interpretaciones y pensamientos.
Todo el tiempo High life corre el peligro de caer en el absurdo, más aún teniendo en cuenta que no hay fulgurantes efectos especiales detrás. Precisamente por ello, vale la pena ver cómo la directora francesa logra convertir un acto de autosatisfacción sexual en una suerte de danza temible y visualmente arrebatadora, cómo articula la secuencia de un ataque violento con admirable precisión, y cómo sabe aprovechar, en beneficio de los efectos buscados, la expresividad de Juliette Binoche (notable el momento en que alguien le recuerda los crímenes por los que fue castigada) y la disposición de Robert Pattinson para ponerse a las órdenes de realizadores audaces, como lo hizo recientemente con los hermanos Safdie (en Good time) o David Cronenberg (en Cosmópolis y Polvo de estrellas).

Por Fernando G. Varea

Rodeos en torno al Hollywood de 1969

HABÍA UNA VEZ… EN HOLLYWOOD
(2019, Once upon a time in Hollywood; dir. Quentin Tarantino)

Recreación es la palabra que mejor define el noveno largometraje de Quentin Tarantino: reconstruir artísticamente lugares y personajes para que un momento histórico cobre vida, por un lado, y proporcionar diversión o distracción, por el otro, son los objetivos que, claramente, lo alentaron a materializar este film ambicioso e irregular.
Tres líneas narrativas se alternan en el transcurso de los 165 minutos de Había una vez… en Hollywood, cruzándose y relacionándose no tanto en función de un relato de progresivo interés sino para plasmar un clima de época, jugar con sus seres de ficción y rendir un homenaje al Hollywood de fines de los ’60.
Lo más convincente está en Rick Dalton, actor que sufre ante la declinación de buenos papeles y el paso del tiempo. Aunque los rasgos persistentemente aniñados de Leonardo Di Caprio (además de cierta tendencia suya a la sobreactuación) limitan la imagen de un hombre con experiencia de vida, sus traspiés y caprichos divierten, transmiten nerviosismo y hablan del estado de tensión que suele rodear a los actores secundarios o de mediana edad, más aún en esos tiempos en los que el cine clásico atravesaba una profunda crisis, mutando en series de TV y producciones clase B. Tarantino también acierta en la descripción de la cultura pop en la ciudad de Los Ángeles en 1969: marquesinas, afiches, canciones, fragmentos de películas y de programas televisivos o radiales, avisos publicitarios, ropas, peinados, automóviles y muebles se integran con autenticidad mientras las cámaras sobrevuelan los estudios de filmación y los chalets con piscina. Las referencias cinéfilas –que van desde un caricaturesco Bruce Lee hasta la reproducción de tópicos del western– completan el friso.
Doble de acción y amigo de Rick, Cliff, en tanto, es un personaje más interesante por las características determinadas por el guión (solitario, fiel, sospechoso de un crimen en el pasado) que por lo que logra hacer con el mismo Brad Pitt. Ciertamente, la elección del actor para Cliff parece una concesión al divismo (con sus lentes, su sonrisa ganadora y su aspecto despreocupado recuerda, por momentos, al cowboy que encarnó para Thelma & Louise veinticinco años atrás), de la misma manera que Margot Robbie termina siendo una figura apenas decorativa. Sharon Tate, a quien encarna, era, más allá de su transparente belleza, una actriz en ascenso, además de esposa de Roman Polanski (con quien había trabajado en La danza de los vampiros), pero aquí se la ve únicamente bailando como lo haría una modelo en un aviso publicitario y, más tarde, presenciando una película suya en una sala de cine con inocencia de principiante.
Tarantino sumerge su film en una dispersión general que funciona si se trata de hacer partícipe al espectador de las idas y venidas por calles iluminadas por luces de neón y caminos que atraviesan las montañas, confundiéndose deliberadamente las mansiones de las estrellas y sus glamorosas fiestas con los sets de filmación y las casas rodantes en polvorientos recodos. Al mismo tiempo, resulta grotesca la caracterización de varios personajes (el productor que interpreta sin esfuerzo Al Pacino, la joven hippie, la esposa italiana de Rick), hay un perro aparentemente inofensivo haciendo monerías que parecen salidas de una comedia del montón, el clima de libertad de la época se expresa a medias (se fuma y se bebe mucho pero el sexo es eludido), de vez en cuando aparecen intempestivamente datos informativos (a través de una voz en off o textos sobreimpresos) y las referencias a la contracultura (la oposición a la guerra de Vietnam y a la violencia de las series estadounidenses, por ejemplo) asoman livianamente.
Como en Bastardos sin gloria (2009), algunos hechos históricos son cambiados, demostrando hasta dónde pueden llegar las posibilidades de la ficción. Sin embargo, queda la sensación de que Tarantino se vale de la perversidad intrínseca de los nazis o del clan Manson para darse el gusto de desatar sin culpa una explosión de violencia, dejando a salvo –como en tantas películas de acción y westerns estadounidenses que admira– la imagen del (anti)héroe implacable (Cliff, recordemos, se dice que es “héroe de guerra” y odia a los hippies).
Finalmente: está claro que la intertextualidad, las citas, el metacine, son plus que el público cinéfilo agradece y disfruta. Pero cabe preguntarse hasta qué punto agiganta una película, o la convierte en buena, el hecho de que su acción transcurra en el ámbito del cine o que despliegue con profusión links a films preexistentes.

Por Fernando G. Varea

Misterio rockero en el Litoral

ENCANDILAN LUCES – VIAJE PSICOTRÓPICO CON LOS SÍQUICOS LITORALEÑOS
(2018; dir: Alejandro Gallo Bermúdez)

Hacen una música que fusiona el chamamé con el rock y el free jazz, sus presentaciones se caracterizan por la informalidad y una suerte de camuflaje (se calzan túnicas, pelucas y sombreros) y generan cierta extrañeza y misterio, despertando curiosidad en el ámbito pueblerino de Curuzú Cuatiá tanto como entre periodistas especializados y amantes de la música de Buenos Aires e incluso del exterior.  Se hacen llamar Síquicos Litoraleños y de la enigmática estela que dejan a su paso se ocupa la ópera prima de Alejandro Gallo Bermúdez, realizador formado en la UBA y con varios cortometrajes en su haber.
Es acertado el modo elegido por el director para contar la historia de esta banda que mezcla la interpretación musical con algo más circense o teatral, y el talento con el disparate. El tono es el de una película artesanal hecha con retazos reunidos mientras se siguen los pasos de este singular grupo de músicos, a veces con distorsiones visuales procurando una estética psicodélica o exponiendo registros espontáneos captados en sitios poco iluminados, sin descuidar el profesionalismo y la calidad de los encuadres al exponer diversas situaciones en el interior de sencillas viviendas, pensiones y calles de tierra en la mencionada localidad correntina: numerosos son los planos a lo largo de sus 80 minutos, pero todos parecen significativos.
Dividiendo –tal vez innecesariamente– en capítulos el recorrido por la historia de los Síquicos Litoraleños, Encandilan luces sumerge al espectador en una sucesión de testimonios, actuaciones del grupo y ocasionales reconocimientos, como alguna aparición en el ciclo televisivo Peter Capusotto y sus videos. “A veces ni ellos saben lo que tocan” dice un vecino, mientras otro señala que se escudan tras máscaras y pelucas porque si dan la cara corren el riesgo de que los maten. Si la propuesta artística de Síquicos Litoraleños no desdeña el humor ni el origen provinciano (“El chamamé es la identidad del correntino” señala alguien), el film integra esas características a su itinerario, en el que van apareciendo, como sorpresas en el camino, la pérdida de instrumentos musicales en determinado momento de una manera algo insólita, los chispazos entre los músicos de la misma banda y con los de otras similares, las sospechas de un influjo extraterrestre y de hongos alucinógenos hallados providencialmente.
En ese devenir medio sinuoso (rondando siempre el delirio, e incluso el temor de que haya detrás atisbos de locura), el paisaje natural, humano, e incluso musical, de Curuzú Cuatiá, aflora sin subrayados pintoresquistas ni ironías: allí están el peso de las voces que se oyen desde la radio, las modestas granjas, las fiestas populares, las imágenes de la Virgen de Luján y el Gauchito Gil en amable convivencia y, por supuesto, termos y mates dominando la escena.

Por Fernando G. Varea

Flora y Iair, la nostalgia y el humor

FLORA NO ES UN CANTO A LA VIDA
(2018; dir: Iair Said)

(Por DENISE LORENZON)
Al terminar de ver Flora no es un canto a la vida, presentada por su director en el Cine El Cairo, la última pregunta que oí y movió mis sentimientos fue la que le planteó una señora bastante mayor a mí: No es una pregunta sino una duda personal ¿es Flora realmente un canto a la vida?
El documental conlleva una reflexión nostálgica. Es un film donde las emociones se confunden, moviéndose entre lo cómico y lo dramático, y en el que Flora está más presente que nunca. Lo reconoció su director cuando le preguntaron si la extrañaba: No, cada vez menos, este proyecto la mantiene viva en mi memoria. Esta película que fue filmada a lo largo de siete años (cinco desde que comenzó a producirse en forma casera y dos más de edición) me hace pensar en su realizador, en su forma de crear esto que revuelve.
Casualmente (o mejor dicho causalmente), por momentos uno sabe de su interés por obtener el departamento donado, pero por otro lado se nota que no deja de ser quién es, mostrándose como una persona que comienza a tomarle algo de cariño al personaje de Flora, quien, a su vez, no es un personaje sino alguien de verdad (valga la redundancia, tratándose de un documental).
Flora es muy graciosa, sufre dolores musculares que en realidad reflejan el paso del tiempo, esos que a a veces nos quiebran. Ese paso de los años, junto al agobio de crecer y el deseo de morir, le hacen decir que no existe felicidad alguna en este mundo. La esencia del alma, a veces el deterioro de nuestros sueños, las frustraciones con las que cargamos, la tendencia a exagerar nuestros sentimientos cuando lo que nos rodea nos satura. La remarcación de esos pequeños momentos, fugaces, durante los cuales somos un poquito más felices, como cuando éramos niños y creíamos que lo que la vida prometía era hermoso, el frenar y envolverse de dolores que nos unen y nos deprimen: hay un hilo muy fino entre ahogarse en un vaso de agua o salir al próximo round porque, a veces, no nos queda otra.
Cuando hay una historia que se sabe contar todo puede emerger. Iair Said filma a su tía abuela con cualquier objeto fotográfico que tiene en el momento, sin que importe la calidad. Flora no es un canto a la vida es un film para aplaudir, recomendable para quien quiera disfrutar de algo cómico pero a la vez reflexivo y melancólico. ¡Bravo, Iair!

Trailer de Flora es un canto a la vida aquí