Clara Zappettini: «Todo trabajo audiovisual es como una batalla»

Cuando se presentó el libro Huellas e historias del cine platense 1955/1978 en el reciente 37º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Clara Zappettini (Buenos Aires, 1940) protestaba con una sonrisa porque en la tapa había una foto suya, aunque –más allá de su modestia– ese reconocimiento parece razonable para quien, después de estudiar cine y TV en las universidades de la Plata y del Salvador, empezó a ocupar con dignidad espacios importantes en el medio audiovisual en tiempos en que no era habitual encontrar allí mujeres. Buscar en la web información sobre sus trabajos, sin embargo, no es tarea fácil: como ocurre con otros valiosos profesionales argentinos de su generación, no ha sido muy entrevistada. Tal vez por ese motivo, o por su comunicativa personalidad, se predispuso sin problemas a que le hiciera una serie de preguntas. La charla se inició en noviembre en Mar del Plata y continuó, desde Rosario, por mail y por whatsapp, nutriéndose de comentarios de Zappettini sobre contratiempos varios (el viento marplatense, el calor porteño, algún problema de salud, los ruidos imprevistos en el consultorio del departamento de arriba al que alquila) con sus numerosos recuerdos.
– ¿Es cierto que, cuando empezaste a estudiar cine, Antonio Ripoll te dijo “Las mujeres no pueden ser montajistas, solo cortan negativos”?
– Sí, fue realmente así. Muy amablemente, evitó el compromiso de dejarme ir a la cabina para ver cómo se compaginaba. Habíamos tenido dos años de clase con él en La Plata. Teníamos una moviola vertical, la única vertical que recuerdo haber visto alguna vez. Ripoll era muy macanudo y tenía mucha confianza con nosotros, por eso me atreví a planteárselo. Le había dado trabajo a compañeros nuestros, como Armando Blanco y Carlitos Piaggio. No recuerdo cómo era el tema del pago pero era algo rentado. Yo además veía en el montaje –que siempre me interesó– la posibilidad de trabajar, ya que estábamos terminando los estudios y había que ver para qué lado rumbeaba uno.
– ¿Te costó desarrollar tu vocación siendo mujer?
– Yo lo que tenía claro es que no tenía una vocación doméstica. Con todo respeto, lo digo hoy también: no soy ama de casa. Me encantaría serlo pero no lo soy. A lo mejor era también la marca de mis padres inmigrantes, esa necesidad de pensar en el trabajo. Por ser mujer me costó integrar equipos de trabajo y tener autoridad, pero también por mi carácter: uno tiene que tener flexibilidad y no siempre fui muy flexible que digamos.
– En la presentación en Mar del Plata del libro sobre la carrera de cine de la Universidad Nacional de La Plata se mencionó en varias ocasiones a Raymundo Gleyzer. ¿Lo conociste?
– Lo recuerdo muy poco, no lo traté. Raymundo no era de nuestro grupo. Sí me acuerdo que me había impactado mucho su trabajo en Malvinas, para Canal 13. Lo que me molesta es esa actitud que tenemos en general en Argentina, de subrayar y engrandecer la entrega de la vida en favor de la patria y a través de la profesión. No tengo por qué criticarlo a él ni a los que se dedicaron a la política en forma expresa y violenta, pero hay distintas formas de vivir la patria y de encarar la propia vida.
– En 1968 participaste del Festival de Mar del Plata como coordinadora en seminarios de especialistas en cine. ¿En qué consistía tu trabajo?
– En ese momento el secretario del festival era el periodista Germinal Nogués, del cual me hice muy amiga. La tarea consistía en coordinar los encuentros culturales que habían caracterizado al festival hasta ese momento. No únicamente invitar directores, como ocurre últimamente, sino organizar charlas. Otros años había sido coordinador Rolando Fustiñana [Roland], que había sido profesor nuestro de Historia del cine. Se trataba de organizar esos encuentros y estar en los lugares donde se realizaban.
– De 1972 a 1979 fuiste productora ejecutiva en Canal 7 (TV Pública). ¿Cómo fue esa experiencia?
– Yo trataba de evitar cierto tipo de situaciones, me refiero a algunos invitados en determinado momento… Pero me acuerdo cuando se anunció la tablita [cambiaria] y la llegada al canal de Martínez de Hoz, que me quedé para espiarlo un poco. La famosa tablita la explicó en un pizarrón con tiza. Huelgan mis comentarios. Prefiero hablar de las cosas que pude realizar. Hubo, por ejemplo, un proyecto con Roberto Grasso sobre inmigrantes españoles e italianos, llegamos a grabar entrevistas que después regrabábamos en off con otras voces, como un relato. Eso fue en diciembre de 1975 y principios de 1976. Al volver de unas vacaciones, quisimos retomar esa experiencia pero con el golpe [del 24/3/1976] el proyecto se desmembró, solo pudimos revivirlo en un programa especial de una hora y media que fue un desastre como realización. Había además muchos programas que no eran de nuestra creación, que salían en vivo. Todos los días, por ejemplo, había programas musicales específicos: uno de tango, otro de jazz, otro de folklore. Recuerdo que Antonio Tarragó Ros debutó en ese viejo Canal 7 de calle Viamonte, inclusive –aunque él no se debe acordar– le ofrecí presentar un programa litoraleño porque no teníamos quien lo hiciera, y, como él siempre fue tan dicharachero, aceptó. Se fomentaba muchísimo la música de Argentina. Me acuerdo también que estuve en la coordinación de producción de los programas del Teatro Colón, que transmitían los espectáculos más importantes que se hacían allí. Eso dentro de la programación, por supuesto en blanco y negro.
– ¿Es cierto que cuando empezaste a trabajar en TV conociste a Luis Moglia Barth?
– Lo de Moglia fue un privilegio de mi vida, que yo, tímida y corta, no supe aprovechar en ese momento. Él andaba por los setenta y pico de años y estaba en la pobreza, en la lona; de hecho, terminó sus días en la Casa del Teatro… como corresponde a uno de los primeros directores que hicieron cine sonoro en la Argentina (se ríe, irónicamente). A mediados de los años ’70, este señor había conseguido un apoyo del Fondo Nacional de las Artes, que le prestó su filmoteca para un programa de TV que se llamaba El cine y el Fondo Nacional de las Artes. Utilizó ese material, que era reversible, reeditando las películas que pasaba en moviola. El problema fue que no le dieron oportunidad ni horarios para rearmarlas después, o sea que ese material quedó desarmado. Mucho después, por el 2005, jovencitos de la época en un documental que hicieron sobre el FNA lo criticaron por esta cuestión de depredar el material. Pero, en realidad, no lo depredaba sino que lo ponía en valor. Trabajaba solo, era muy exigente. Ese programa duró unos meses y era simple, digamos, pero de gran envergadura, aunque después lo hayan minimizado porque el viejo –como le decíamos– no pudo rearmarlo. Ay de mí cuando no tenemos el foco puesto en el respeto por la gente…
– Fuiste parte de programas televisivos de divulgación cultural muy recordados: Generación espontánea (1974), Argentina secreta (1975, retomado en 1984 como Historias de la Argentina secreta), Historias con aplausos (1989/1992). ¿Qué apoyo tenían?
Generación espontánea es un gratísimo recuerdo porque pudimos tratar en profundidad a un periodista y productor extraordinario como fue Miguel Ángel Merellano. Él traía ese programa de la radio, un programa nocturno que había sido un éxito total. En Argentina secreta mi colaboración fue breve, en la primera o segunda temporada. Llegué a acompañar a Roberto Vacca en algunos viajes. Iba como fotógrafo Jorge De León. El programa era realmente de Vacca y el otro periodista, Daniel Pla, ya que cuando el programa empezó a hacerse en ATC estaba Otelo Borroni. La responsabilidad era de ellos. Historias con aplausos fue un programa de ATC, se generó artesanalmente y pudo existir porque el canal público tenía ciertos elementos técnicos casi artesanales. Ningún canal tenía un transfer en 35 mm, por ejemplo. Y los viejos técnicos –que venían del Canal 7 de calle Viamonte, o incluso del de calle Posadas o del Palais de Glace– armaron un transfer. Nosotros en general pedíamos las películas en 16 mm pero muchas veces nos facilitaban algunos actos (no completas) en 35 mm. La moviola que el canal tenía era grande, de varios platos, y tenía la opción de 16 mm y 35 mm. Es muy loco imaginárselo ahora, en la era digital: ver las películas muchas veces incompletas y marcarlas –porque tampoco las cortábamos– de papel a papel, o sea una entrada y una salida. Después teníamos un horario especial para el transfer en el laboratorio, que tanto el viejo canal como ATC tenían para revelar el material reversible que se usaba en los noticieros. Era un trabajo chino lograr la transcripción en el laboratorio, donde estaba el viejo proyector de 35 mm, pasando a video los fragmentitos que nosotros elegíamos. Se producían simultáneamente tres capítulos de personajes distintos, era la única manera de terminar los programas semanales que eran como mediometrajes de 50 minutos.
– ¿Cómo fue entrevistar a tantas figuras del cine y el espectáculo, la mayoría ya retiradas, incluyendo algunas que no accedían fácilmente a la TV en esos años, como Zully Moreno?
– No recuerdo quién aprobó el proyecto de Historias con aplausos, probablemente haya sido Marito Sábato, que era gerente artístico. Recurrimos a Claudio España para la investigación. Fue un ciclo muy laborioso, lo mismo que La otra tierra (1986/1988, retomado en 2000), sobre los inmigrantes, con Marta Prada como investigadora. Porque obviamente no se podía improvisar. En general, se encaraba de entrada la búsqueda de material de archivo. Suponéte que te entrevistábamos a vos: ya sabías que íbamos a hablar de tus padres o tus abuelos y si tenías alguna fotografía, un pasaporte, o algún hecho significativo, tratábamos de ilustrarlo de cualquier forma. La otra tierra llegó a tener entre Canal 7 y Canal (á) 99 capítulos. Habría que rescatar esas entrevistas, porque había testimonios de inmigrantes del comienzo de siglo, que habían vivido la primera Guerra Mundial… Pero bueno, alguna vez Argentina tendrá buenos archivos. El apoyo del público para Historias con aplausos fue inmediato. La famosa entrevista con Zully Moreno fue precaria, de eso me hago cargo, porque fue tan difícil durante un año y medio estar detrás de ella… Representó una cuestión emblemática de producción porque no había enfrentado una cámara desde que había vuelto a la Argentina, después de radicarse en España con [Luis César] Amadori por la caída de Perón. Ellos habían sido muy oficialistas, Amadori fue uno de los pocos directores que filmaba porque conseguía película en una época en la que no había. El encuentro con ella fue fantástico aunque tenía un problema de salud del que prefiero no hablar, realmente. Pero ese capítulo logró 11 puntos de rating, que para Canal 7 era completamente excepcional. Para ambos ciclos tuvimos un gran apoyo periodístico. Independientemente que Claudio España, dentro de lo que podía, movía en Espectáculos de La Nación, fue Pablo Sirvén en los comienzos de su carrera –creo que en el diario Tiempo Argentino– quien apoyó mucho este programa y otros que hicimos. Por ejemplo Café con Canela (1985), en el que hacíamos transmisiones en vivo desde las provincias. Pero desde los canales provinciales, no llevando el móvil del canal como se hizo después en El espejo. Historias con aplausos ganó dos premios Martín Fierro seguidos y eso le dio más difusión.
– ¿Hubo gente a la que no pudieron entrevistar o programas que les trajeron problemas?
– Todos los programas eran problemáticos en lo cotidiano. Siempre fue muy difícil hacer cierto tipo de TV. Los argentinos somos un poco problemáticos, en nuestra forma de organizarnos desorganizadamente. De pronto, había que conseguir dos equipos permanentes para rotar, cuando el sindicato te obligaba a salir con once personas para hacer un reportaje (se ríe)… Porque nosotros no solo teníamos la cámara sino también el sonido y la iluminación. Además, estaba el chofer de la camioneta que siempre venía y se metía en un departamento chiquitito, o al revés, en la sala del Liceo, recuerdo ahora, se paraba a inspeccionar lo que estábamos haciendo en la mitad del palco donde estábamos preparando la entrevista con Enrique Pinti. Todo era levemente promiscuo en cuanto a la cantidad de personas. Teníamos también dos editores que rotaban. No te cuento lo que era musicalizar los programas, porque puede ser largo y aburrido. Y sí, quedó gente afuera que no pudimos entrevistar. Una fue María Duval, que tenía una actitud de privacidad muy grande. Por las vueltas de la vida, la llegué a conocer en el Festival de Mar del Plata, cuando en 2001 hubo un homenaje de la sección La Mujer y el Cine a todas las actrices argentinas. Allí aceptó ir. Me acuerdo que fuimos a una cena juntas, fuera del festival, que le habían brindado a ella y a Olga Zubarry. Era una señora encantadora y muy ubicada en la vida. Más para una entrevista para La otra tierra, por el tema de la inmigración, que para Historias con aplausos. Los recuerdo con mucho respeto a todos los que entrevistamos, francamente. Hugo del Carril no aceptó ser entrevistado pero igualmente hicimos el programa con él presente, en su casa, mientras hablamos con el hijo, la hija y otras personas. Cuando entramos, todos me decían “No va a estar, no va a querer ver la grabación” Y yo les decía «¡Pero sí!… ¡Si el tipo ve que entramos con un farol va a querer oler la luz de la cámara que le está dando al hijo! ¿Se va a perder una grabación a esta altura de su vida?» Y efectivamente, en ese departamento de la calle Perón, al entrar había un living grande y a la izquierda un comedor enorme con una mesa muy larga, y Hugo estuvo sentado en la cabecera todas las veces que fuimos a verlo. Recuerdo cuando entramos –de esto tengo testigos vivos todavía–, lo primero que dijo fue “Uh, cuántas mujeres” (se ríe)…
– Es interesante que en tu documental Buenos Aires, la tercera fundación (1979) los protagonistas son los trabajadores, los ciudadanos anónimos. Incluso cuando aparecen algunas personalidades lo hacen fugazmente y sin hablar. ¿De quién había sido la idea de darle ese enfoque?
– El objetivo final era que la ciudad es fundada todos los días por la gente que trabaja. No sé si quedó muy claro, pero era el objetivo. Por eso, no queríamos ponerles nombres a las personas destacadas. Con Roberto Grasso, que trabajó en el guion conmigo, nos habíamos planteado que si poníamos los nombres de Caloi o quien fuera, era distinguirlos. Terminamos poniéndolos en los agradecimientos únicamente. La idea era que el trabajo nos iguala a todos. Volví a verla hace poco y nos preguntamos si hoy la gente reconocería a esas personalidades. La verdad es que no sé… En ese momento se celebraban los 400 años de la segunda fundación de Buenos Aires, la de Garay. Me parece que en la película no se aclara lo de las dos fundaciones, la primera tan cruenta, que termina de una manera tan espantosa. En realidad, para hacer un documental quizás era más atractiva la primera que la segunda… De todas formas, fue una feliz locura. La preproducción, la producción: fue todo muy artesanal, muy precario dentro de nuestros límites, de dinero y creativos. Uno tiene que hacerse cargo de lo que ha hecho y yo lo quiero realmente a este no largo, porque apenas tenía un poquito más de una hora. Pero en fin, Buenos Aires la tercera fundición (como algunas veces la llamé), fue una batalla. Todo lo que tenga que ver con lo audiovisual, o cualquier trabajo encarado en equipo, suele ser una batalla. Pueden ser batallas muy bellas, el problema es después pagar las consecuencias. En una Argentina en la que no había estrenos, ese jueves de junio que era el aniversario de la fundación de la ciudad se estrenó junto con otras dos películas argentinas, en salas de cine cercanas entre sí. Bastante suicida la cosa.
– En un momento de esta película la voz en off que representa a los ciudadanos dice “A veces sos tan pacífica, Buenos Aires”, y la ciudad responde “Cuando ustedes me dejan”. Resulta sugestivo ese diálogo si se piensa que se filmó en 1979 y se estrenó en 1980. ¿Tuvieron problemas de censura o algún condicionamiento?
– La película se pudo hacer porque aprobaron el guion en el Instituto Nacional de Cinematografía. Nos cuidamos muy bien de poner lo que creíamos que podía circular. Desde un punto de vista ideológico, no se ensalzaba lo militar. Nosotros pusimos hincapié en el laburo, en el trabajo. El metamensaje del trabajo no creo que le interesara mucho a esta gente… La película fue un poco consecuencia de ese proyecto sobre la inmigración que te contaba, previo al golpe. Surgió también por la frustración de que nos levantaran un programa documental llamado Memorias de una anciana dama, en homenaje a Buenos Aires, en el que habíamos puesto mucha energía, era muy bueno. No sé por qué lo levantaron, son esas cosas que suelen pasar en el canal estatal, que la programación se levanta de un día para otro al cambiar el director artístico, ese tipo de cosas. Con el mismo equipo surgió la idea de hacer un documental que no fuera histórico, no sobre la fundación de Garay sino sobre el Buenos Aires de todos los días. Y el INC lo aprobó, aunque censura por supuesto que había. Nosotros la filmamos en enero de 1979, sábados y domingos. No había mucha gente en la ciudad y ese fue otro de los problemas que tuvimos. La hicimos con mucho amor pero no previmos esas cosas. Hay un doble juego ahí: se dice “Cuando ustedes dejan de trabajar”… y había cosas que pasaban en la ciudad que no eran precisamente de trabajo ¿no? Era algo muy sutil. Sos una de las pocas personas que pudo entenderlo. Si nosotros hubiéramos encarado la temática del trabajo de otra manera hubiéramos tenido que hacerla con nuestra plata y estrenarla, no sé… El estreno en sí fue otro combate, porque nadie quería estrenar un documental. Llegaron a amenazar a nuestro exhibidor –prefiero no dar nombres–, que renunció después, y a quien hace poco lo vi en un BAFICI… Cuando logramos estrenarla y vimos que no se podía pagar el crédito, fue todo un calvario. Después el Instituto de Cine nos autorizó a hacer exhibiciones en los colegios.
– ¿Cómo se dio tu participación en El palacio de la risa (1992/95), el programa de Antonio Gasalla?
– A Gasalla lo conocía como actor, no personalmente. En un momento determinado me convoca porque yo seguía haciendo Historias con aplausos pero el programa, a pesar de los dos premios Martín Fierro, no salía al aire. En vez de ayudarte te bloqueaban, era bastante feo, un maltrato muy terrible. Cada gerente nuevo venía con sus ideas y su grilla, lo mismo que pasa en general con nuestro queridísimo país ¿no? Cada uno quiere imponer su impronta. Fue entonces que Antonio me convocó para hacer videos sobre figuras importantes de la época de oro del cine y contemporáneos. Cuando llegó el segundo año le planteé que no podíamos seguir con lo mismo y empezamos a recrear situaciones de actualidad. No tengo copias de esos programas, con tantas mudanzas tuve que desprenderme de esas cosas… El inconveniente fue que Antonio me plantó en cámara, y para los que no estamos acostumbrados y de alguna forma le tenemos fobia a eso, la primera vez fue horrible. Pero, por otro lado, fue muy divertido, por los comentarios de la gente que me había bloqueado el programa, porque de alguna manera yo lo seguía haciendo y hasta aparecía ante la cámara. Cosas propias de Gasalla, que siempre fue un tipo muy creativo. Recuerdo cuando falleció Federico Fellini. Fue muy difícil organizar un video para ¡Fellini! (se ríe)… era como una falta de respeto. Y se me ocurrió poner el fragmento de cuando llega el famoso barco Rex, de Amarcord (1973), en un mar artificial, de papeles. El barco no entraba de derecha a izquierda o al revés, sino desde el fondo. No compaginé nada, puse eso nomás.
– ¿Cómo fue tu contacto con otras mujeres cineastas de nuestro país? 
– Lamentablemente a Vlasta Lah no la conocí, sí al hijo y al marido, Catrano Catrani. Tampoco trabajé con María Herminia Avellaneda, aunque la tuve de gerente en ATC en un período no muy largo, en la época de Alfonsín. Hizo un par de películas pero era más que nada una excelente directora de TV, su tratamiento de los primeros planos era muy creativo y dramático. A Eva Landeck la quería conocer, además ella sí puso en su película Gente en Buenos Aires (1974) cosas que nosotros queríamos poner en Buenos Aires, la tercera fundación y no lo logramos. Tenía un concepto cinematográfico muy desarrollado. Con María Luisa Bemberg y Lita Stantic tuve el privilegio de compartir el trabajo en Camila (1983/84). Las productoras éramos Marta Parga y yo. Para mí significaba la tercer experiencia en cine, después de Buenos Aires, la tercera fundación y antes La balada del regreso (1974) con Oscar Barney Finn, en la que yo era multirubro porque llegó un momento en que se fue todo el equipo. Allí era asistente de dirección y llegué a hacer producción. En Camila mi trabajo en la producción fue algo único: hoy se me ocurre que sería una película imposible de producir. Haber conseguido carruajes del Museo de Luján, llevarlos a Colonia transportándolos en el buque bus… Francamente si alguna vez tuve que terminar de comprender muchas cosas del trabajo de producción eso me lo enseñó indirectamente Lita y la experiencia de haber trabajado con María Luisa. Ella no era muy… (piensa) no se acercaba mucho al equipo, en general… Por supuesto que uno hablaba con ella, pero estaba más con el equipo de luz y de dirección.
– ¿Hay en el cine argentino actual directoras que te gusten?
– Hay algunas que me interesan, me gusta mucho Ana Katz. Pero por el infarto que tuve, y después por la pandemia, en los últimos años he ido muy poco al cine y al teatro. Recién en este año que pasó fui al cine, a ver el documental sobre Ennio Morricone y Argentina 1985. Además estoy más abocada al tema de Derecho de Autor, participando de las comisiones directivas de Argentores. Esto me mantiene ocupada y activa.

Por Fernando G. Varea
Imagen: Fotografía de Magdalena Viggiani

Anuncio publicitario

Hugo Grosso: «Me interesa contar la realidad desde la ficción»

Así como en los años ’90 Hugo Grosso se ocupó de figuras de la memoria popular de nuestra ciudad (los documentales Negasegro y La salvaje – Rita, con el alma al desnudo, ambos codirigidos con Sergio García), y en 2007 estrenó A cada lado (2004/2005), con actores porteños y santafesinos dando vida a personajes cuyas vidas se relacionan a partir de la construcción del puente Rosario-Victoria, ahora puso su atención en una leyenda urbana que derivó en titulares de diarios y charlas de café varios años atrás, por la cual distintos perros habrían caído al vacío en el Parque España, confundidos por algún sonido o atraídos por una posible fuerza misteriosa. Perros del viento parte de esos hechos para rondar otras ansiedades, ligadas al paso del tiempo, las dificultades en los afectos, la idea de la muerte: Siempre hay algo escondido detrás de lo que vemos afirma su eslogan.
Hablamos con Grosso –quien estudió y fue docente en instituciones educativas de Rosario y en la mítica Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, y dirigió también uno de los episodios de Fontanarrosa, lo que se dice un ídolo (2017)– sobre este film sensible, protagonizado por el siempre eficaz Luis Machín (con quien ya había trabajado en varias ocasiones), junto a Gilda Scarpetta (cuya mirada y elegancia, por momentos, traen recuerdos de Julia Von Grolman), un sobrio Carlos Portaluppi, Marta Lubos (actriz que ha trabajado dirigida por cineastas como Lucrecia Martel y  Diego Lerman), el uruguayo Roberto Suárez, la española Estrella Zapatero, Lorenzo Machín, Juan Nemirovsky, Roberto Moyano y Claudio Danterre, entre otros.
– Tanto en A cada lado como en Perros del viento vinculás hechos de nuestra región (incluso imágenes de construcciones emblemáticas) con historias de ficción. ¿Te interesa el cruce entre documental y ficción?
– Tanto en estas dos películas como en Balas perdidas (2017), la serie de ficción que hicimos para la TV Pública que cuenta la estafa del tesoro regional Rosario del Banco Provincial de Santa Fe de 1993, el procedimiento es más o menos el mismo. Reconozco la influencia en mi formación de la Escuela Documental de Santa Fe, de Fernando Birri, con una metodología cercana a la investigación en las Ciencias Sociales, y entrevistas en profundidad a sujetos inmersos en esa realidad que, a la vez, operan sobre la misma. Esto me permite tener como un gran reservorio en el cual nutrirme a la hora de escribir el guion, construir un verosímil a partir de eso, que ya no es la realidad misma sino la de mi subjetividad y la de lo que me cuentan. Porque es muy interesante lo que la gente cree y crea a partir de ese fenómeno, atravesado por las palabras y las formas en que se expresan. Eso me da una especie de arcilla sobre la cual modelar el guion de ficción, con ciertas seguridades. Fundamentalmente en los diálogos, cuando necesito que el verosímil esté cercano al hecho real. También hay una cuestión que vengo analizando: la observación de la realidad en los medios, sobre todo en la TV, hoy es pura ficción. Eso me despierta el deseo de contar la realidad desde la ficción. Creo más en la mentira de la ficción que en el tratamiento de la realidad.
– En Perros del viento hay un enigma propio de un policial o de cine fantástico, y a la vez una historia digna de un melodrama. Pero con un tono contenido, sin acentuar los rasgos característicos de estos géneros cinematográficos.
– Coincido con lo que decís respecto al tono contenido y al aprovechamiento de ciertos mecanismos de los géneros. Godard decía que todas las películas tienen principio, desarrollo y desenlace pero no necesariamente en ese orden: esa provocación es siempre un estímulo para quienes intentamos escribir un guion. Creo que esos mecanismos me permitían trabajar esa contención, ya que me interesaba que la película fuera atrapante sin caer en el estereotipo. La propuesta siento que se cumple: que el espectador esté en un estado de inmanencia, ante algo que puede ocurrir o no. Alguna vez me adentré en el libro de Rick Altman sobre los géneros cinematográficos tratando de ver por dónde iba lo que yo quería contar… y no encuentro muchas respuestas. Las encontrarán los espectadores o las miradas más críticas.
– Por ahí asoman algunos indicadores de los años en que transcurre, como los precios en un bar o el uso de contestadores automáticos. ¿Por qué no te interesó mostrar otros detalles de la época?
– Es algo que sufrió muchas modificaciones durante el proceso de guion. Por eso hay cosas que no están planteadas con precisión, posiblemente. También porque parto de un hecho real que se ubica entre los ’90 y la actualidad, no quise precisar demasiado en qué momento pasó. Preferí concentrarme en la situación, o en la pintura de época, más o menos cercana a nuestros días, pero sin exactitud. Empezarían a entrar otros fenómenos, como la quema de las islas, o el intento de magnicidio a la vicepresidenta… Tiene que ver con tu primera pregunta: como los medios de comunicación construyen ficción, prefiero que mi película universalice…
– En el vínculo del protagonista con el pibe se advierte un cariño, una ternura muy particular. ¿La decisión de trabajar con Luis y su hijo Lorenzo Machín, así como con su esposa Gilda Scarpetta, estuvo desde el comienzo?
– Me interesaba reflexionar sobre algo que me obsesiona: las influencias con las que se forma una generación. La figura paterna puede no estar necesariamente ligada al padre sino a un mentor. Al padre uno lo reconoce cuando llega a los cuarenta años y se encuentra parecido a él, o se da cuenta el esfuerzo que ha hecho para superarlo, pero en el día a día a los chicos los forman un montón de cosas, incluyendo el vínculo con un maestro o un extraño. Yo, por una cuestión generacional, ya que veníamos de una situación represiva muy fuerte, fui parte de un sueño colectivo de que los hijos de los amigos sean también nuestros hijos, esa idea de que nos llamen tíos… Quería construir eso, que el chico puede llevarse mejor con quien no es su padre que con quien lo es. Lorenzo Machín en un principio no era el actor para el personaje, pero al filmar en pandemia la idea de filmar en familia cerró. Con Luis nos reíamos porque cuando empezó el guion su hijo tenía dos años, no pensamos que podía terminar trabajando en la película. En el proceso, Luis pensaba que no era su hijo para provocar el necesario distanciamiento actoral. Es muy interesante cómo se corrían del vínculo padre-hijo y, después del corte, volvían a esa relación.
– Sé que el proyecto atravesó los problemas de la pandemia, de hecho en las calles o en el mismo Parque España se ve menos gente de la que habría ahora, por ejemplo. ¿Cómo fue la experiencia de filmar durante ese tiempo?
– Teníamos fecha de rodaje febrero-marzo de 2020, y casi entrando en preproducción, con la firma de los avales y los problemas administrativos resueltos, vino un parate muy grande y doloroso. A partir de la vacunación –yo hasta me anoté como voluntario para las vacunas, para ver si podía estar cubierto de la enfermedad lo antes posible– retomamos. El equipo trabajó en estas condiciones, la pandemia hizo que nos cuidáramos todos con todos. El hecho de que se vea una ciudad un poco desolada tiene dos cosas opinables: por un lado, yo quería una película de invierno, atravesada por el viento y el frío, si nos distraíamos con el verde de los árboles perdíamos ese componente dramático; y, por otra parte, era más cómodo filmar con menos curiosos. Volviendo a una pregunta tuya anterior: no queríamos que se vieran barbijos ni nada referido a la pandemia para no anclarla en ese momento. Y el contexto terminó favoreciendo el sentimiento de soledad de los personajes, envueltos en sus propias culpas y angustias.

Por Fernando G. Varea

https://www.instagram.com/perrosdelviento/

Jorge Debiazzi: “Me fui del Madre Cabrini sintiendo que había hecho algo por la gente”

Actualmente, algunos lo reconocen por haberlo visto en Todo pasa, todo queda, el programa televisivo que viene haciendo junto a Daniel Grecco desde hace doce años y que en 2014 fue declarado de Interés Municipal (“Hay gente que me mira y no se anima a pararme”, cuenta), pero lo cierto es que el nombre de Jorge Debiazzi viene sonando en el ámbito cinéfilo local desde hace décadas, por distintos motivos, sobre todo por su larga y fructífera labor como programador y proyectorista en el cine del colegio Madre Cabrini. Continuando con la serie de entrevistas de Espacio Cine a rosarinos vinculados al ámbito audiovisual de extensa trayectoria, conversamos con él sobre su(s) historia(s), mientras transcurría una proyección en la sala Arteón, donde programa ciclos de cine. A continuación, el resultado de ese encuentro: como había ocurrido anteriormente con Mirko Buchín y Emilio Bellon, también aquí la charla incluyó divertidas anécdotas, secretos revelados, algunas opiniones para discutir y una contagiosa pasión por el cine.
– ¿Cómo fueron tus primeras experiencias como espectador de cine?
– La primera vez que vi una proyección fue en mi casa: cuando cumplí cuatro años mi padre trajo a un proyectorista que iba a domicilio y pasó dibujos animados de Walt Disney con un formato de 9 mm francés, un sistema que había antes del famoso 8 mm. Era fines de la década del ’40. Esto me despertó las ganas de pedirle después a mis padres que me regalaran un proyectorcito, a manivela. De ahí pasé a los primeros proyectores de cine mudo en 16 mm para uso familiar. De esa manera, le pasaba cine a los chicos del barrio. Y cuando iba al cine, giraba la cabeza para ver por dónde salía la luz. Vivía cerca del cine Tiro Suizo, de San Martín al 5200, y un día se me ocurrió mandarme a la cabina. El operador me atendió bien y empezamos a tener cierta amistad. Una vez le dije ¿Me deja dar vuelta el rollo? Otro día ¿Me deja cargar la máquina? Y así empezó la cosa, sin otra instrucción.
– ¿Cuándo empezaste a trabajar profesionalmente?
– El 1º de mayo de 1961, como los operadores no trabajaban, el dueño me vino a buscar a mi casa para pedirme que le hiciera el favor de proyectar. Y lo hice. Al día siguiente, en los árboles de la Avenida San Martín apareció mi nombre en la lista de todos los que habíamos trabajado ese 1º de mayo (se ríe)… Las películas eran Turno para morir (1961, The singer not the song), con Dirk Bogarde, y Norman al galope (1957, Just my lock), con un comediante inglés, Norman Wisdom. Yo a la vez trabajaba en Teléfono del Estado, en la central Arijón.
– ¿La práctica y la experiencia eran suficientes? ¿O se exigían estudios previos?
– Para ser operador tenías que tener un título de electricista. Te hacían rendir en el cine: ibas a la cabina y si no servías, chau. ¿Sabés qué pasaba en esa época? El entusiasmo te hacía aprender. En 1965 salió al aire Canal 3, yo era muy amigo de un mecánico de proyectores que se había presentado a trabajar en lo que se denominaba cadena de telecine –donde se cargaban los comerciales fílmicos, las series y las plaquitas para publicidad–, y él me llevó a mí. Cuando inauguraron el canal el 20 de junio de ese año, empecé a trabajar allí. Dos años después necesitaban un camarógrafo. Eran los primeros pasos del estudio de canal 3, que estaba donde hoy se encuentra la sala Mateo Booz. El estudio estaba en el escenario. Ahí empezó De 12 a 14. Yo me presenté de guapo, digamos: venía filmando en 8 mm, en super 8, tenía conocimiento de lo que era un encuadre y ese tipo de cosas, y me anoté. Fui el primer camarógrafo de Canal 3 junto con Ramiro Nieto –que hoy tiene una empresa importante de TV– y un hermano suyo que falleció muy joven. Los tres estuvimos como camarógrafos en el show inaugural de la noche del 20 de junio de 1967.
– ¿Se conserva algo de ese material?
– Yo lo tengo.
– ¿Qué anécdotas recordás de esos tiempos?
– Me acuerdo que había una pequeña habitación donde se hacía el noticiero. El conductor era Norberto Chiabrando. Una vez, estando él sentado con la cámara tomándolo, Ramiro lo encuadró, dejó la cámara sola y se fue atrás de la escenografía con un palo para ponérselo en el que te dije. El gordo (Chiabrando) empezó a pegar unos saltos… Otras veces Ramiro detrás de cámara se bajaba el cierre del pantalón para hacerlo tentar de la risa. En un momento me tocó hacer un programa llamado Las cuatro palabras, con El Negro Guillermo Brizuela Méndez, que venía de Buenos Aires, un tipo macanudísimo. El comercial, de productos de belleza, se hacía en vivo. Yo con una cámara tomaba al Negro y con la otra al stand donde estaba la modelo con los elementos. Cuando vi que la otra cámara se me acercaba, me fui. El Negro, que estaba fuera del aire, se vio en el monitor y empezó a manotear el corbatero, que todavía se usaba… Cosas de aquella época. Más tarde estuve con Ercilio Pedro Gianserra, con Raúl Granados, con Alberto Lotuf. Siempre hablando del cine clásico.
– ¿Cuándo comenzaste en Arteón?
– En 1970 dejé el canal. Ya se había dejado de proyectar en 16 mm y justo la persona que me había llevado a canal 3 era un técnico mecánico de cinematografía, había instalado el equipo en Arteón y me propuso como proyectorista. Lentamente, llamémosle así, empecé con el tema de la programación. Con este hombre previamente habíamos estado pasando cine en el salón de la parroquia Nuestra Sra. de La Guardia (Presidente Roca al 4500).
– ¿Ya coleccionabas películas?
– Siempre uno andaba juntando cositas, afiches, algún trailer, alguna peliculita en 16 mm. Desde el ‘70 hasta el ‘83 estuve en Arteón, que trabajaba muy bien, sobre todo con los estudiantes. Era la época de Bergman, Fellini, Pasolini.
– Eran años bastante convulsionados, de muchos casos de censura en el cine.
– En 1976, justo cuando íbamos a proyectar Queremos los coroneles (1973, Mario Monicelli), se produjo el golpe. Esa mañana vine corriendo y saqué el afiche. Pero más de allí no pasó la cosa. En esos años, mientras estaba en Arteón, las distribuidoras me mandaban a veces tres o cuatro copias de una película para que lograra sacar una. Me acuerdo de La aventura del Poseidón (1972, Ronald Neame): en una copia faltaba una cosa, en otra copia otra cosa, y así. Tenía que lograr que hubiera una copia completa. Me traía las copias a Arteón y, como ya las conocía, sabía cuál rollo estaba completo y cuál no. He arreglado miles de películas. Una noche debía proyectar 2001, Odisea del espacio (1968, Stanley Kubrick), que había llegado de Buenos Aires sin tiempo para ver si estaba en buen estado. Resulta que tenía los rollos cambiados, así que a la mitad volvió para atrás. Imagináte, una película compleja, que cuando se estrenó le daban a la gente un librito para entender de qué se trataba… Así que paré la proyección y tuve que explicarle al público, aclarándoles que podían volver otro día a verla. Esa noche me quedé hasta las tres de la mañana a compaginarla. Generalmente yo arreglaba las copias para la distribuidora mientras proyectaba, ya que podía hacer las dos cosas a la vez: en una ocasión, vino Contacto en Francia (1972, William Friedkin) y yo estaba arreglando en ese momento Doña Flor y sus dos maridos (1976, Bruno Barreto). Ya había venido con un rollo que saltó hasta no sé dónde. En esa época se empalmaba con acetona y al pasar la pincelada nunca había que dejar que entrara aire. La película me empezó a complicar los tantos esa noche y en el quilombo hago el cambio de rollo: en plena acción de Contacto en Francia, la veo a Doña Flor cruzando la calle… Al instante se escuchó una carcajada en toda la sala. Fue mortal. Otra locura fue cuando pasé Carrie (1976, Brian De Palma): en el final, cuando ella se acerca a la tumba, bajé un poco el volumen de la música y cuando sale la mano para atacarla lo subí. Los hice saltar a todos (risas)… Algo similar hacía con Noche de brujas (1978, Halloween, John Carpenter). Además, con un micrófono me gustaba grabar los gritos de la gente.
– ¿Cómo fue que pasaste al Madre Cabrini?
– Un día me llamó por teléfono alguien de la comisión de padres de ese colegio. Estaban buscando una persona que se hiciera cargo del cine, ya que la persona que tenía la concesión había tenido problemas porque le habían pedido que no pasara Bárbara (1980, Gino Landi), con Raffaella Carrá, y la pasó igual. Entonces me llamaron a mí. Aunque te parezca mentira, esta gente vino a mi casa para ver cómo vivía… Después hablé con una religiosa que era la superiora y me dijo Yo acá no los quiero ni a Porcel ni a Olmedo ¿eh? Me va a tener que presentar la programación todos los meses. Yo le dije Déme una oportunidad. Después del primer mes, confíe en mí. Y me dijo que le parecía bien.
– ¿Por qué les habría molestado esa película con Raffaella Carrá? Era apta para todo público.
– Porque usaba esas mallas, se le verían las gambas, qué sé yo. Escucháme: yo en 1983 le pintaba con una fibra negra un pantalón largo en el afiche a Graciela Alfano porque tenía short. Y en el afiche de Romeo y Julieta (1968, Franco Zeffirelli) tuve que pintarles como una capa a los protagonistas porque parecía que estaban desnudos. Le decía a la Madre Regina, la superiora, Déjense de embromar… Cuando vi que los sábados a la noche las monjas se entretenían jugando a las cartas les enseñé a usar una videocasetera. Al principio tenía que andar pidiendo la llave para entrar, hasta que un día la Madre Regina me dijo Hacéme el favor, hacéte una llave y entrá directamente. Ese mismo año, ella –que era una mujer muy inteligente– me invitó a Merlo (San Luis), donde vivía su familia, para que los conociera. Viajé con mi mujer y mi hijo en un Renault 12 y cuando llegué tuve que ir a un taller porque el auto ya pedía socorro. Hacía un calor de 40 grados y a la noche llovió de manera impresionante. Cuando al día siguiente nos dispusimos a ir a la chacra donde estaba con su familia, me encontré con un vado de agua imposible de cruzar. De vuelta en el hotel, vi de repente a la Madre Regina que pasaba en un citroën, vestida no como monja. Finalmente, la familia nos recibió con un asado en un lugar muy lindo de por ahí, donde había un arroyo. Yo estaba con el equipo de filmar. Cuando le propuso a mi hijo salir a buscar una olla de agua, los acompañé. Ella iba con una malla enteriza roja y yo filmaba a escondidas (se ríe)… Hasta que me cansé y me volví. Pero todo bien. A la semana siguiente, ya en el colegio, le dije Madre, quisiera mostrarle una filmación para ver qué le parece. Cuando vio en el televisor lo que había filmado, le dije Si usted no me renueva el contrato el año que viene, yo esto lo hago público. Me respondió Sos de lo que no hay… Así era el trato, con buena onda.
– Recuerdo que algunos días a la noche había también funciones con películas para público adulto, digamos.
– Claro, yo se lo propuse y le pareció bien. Un día quería pasar una película grosa, no me acuerdo si era Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) o Expreso de medianoche (1979, Alan Parker). La empecé a anunciar y un día antes me dice Llamaron del Arzobispado, no va la película. Terminé reemplazándola por La novicia rebelde (1965, The sound of music, Robert Wise)… Pero no me metí más en el balurdo y esas funciones nocturnas anduvieron muy bien. Entre el ’83 y el ’95 o ’96 para mí fue bárbaro. En 1991 apareció la posibilidad de proyectar video ampliado, con un proyector de tres cañones, un mamotreto. Tenía en VHS los clásicos de Disney, por ejemplo, que no se habían visto más. En la punta del escenario puse una pantalla de telgopor blanca, de dos por dos, para proyectar allí, y después agujereamos el techo para hacer como un periscopio. Al año siguiente creo que apareció el primer proyector para pasar películas en VHS. Se veía como de seis, siete puntos, pero había tanto entusiasmo que la gente iba igual. Hasta que surgió un proyector más profesional, que lo colocaba arriba de la planta alta, aunque por la temperatura de la lámpara tuvimos que cambiarlo cuatro veces. No quedaba otra: no había repuestos ni service. Iba haciendo todo un proceso a medida que cambiaba la tecnología. Cuando apareció la luz fría se terminaron esos problemas. El DVD apareció el 1º de marzo de 1997 en EEUU y yo lo tuve el 1º de mayo de ese año. Me lo había traído una amiga con diez películas, entre ellas Cantando bajo la lluvia (1952, Gene Kelly/Stanley Donen). Cuando la exhibimos le mostramos a la gente cómo era el sistema.
– Un gran éxito en el Madre Cabrini fue Jurassic Park (1993, Steven Spielberg). ¿Cómo fue eso?
– Después de siete semanas de exhibirse en la sala del Broadway, la película se cayó. La gente había dejado de ir porque empezó a hacer mucho calor, a pesar de que estábamos en septiembre. Entonces me llamaron de Buenos Aires para preguntarme si me animaba a seguir exhibiéndola. Les dije que sí y lo primero que hice fue tirar publicidad en TV. Así llegué a tenerla 36 semanas en el Madre Cabrini. Empecé dándola en inglés y después en castellano. Iba cambiando los afiches, porque si no los que pasaban ya ni miraban lo que había. A pesar de todo, tuvo una consecuencia negativa: se me fue el público de la noche y costó recuperarlo.
– Hubo un episodio curioso en 2009: les robaron un proyector justo cuando iban a pasar Rififí (1955, Jules Dassin).
– Así fue. Nunca había pasado nada hasta ese momento. Me acuerdo que la portera me dijo que ni se me ocurriera salir a buscar los equipos porque terminaría con un puñal en la espalda. Los que lo robaron era gente que había trabajado en el colegio. Tenían todo estudiado. Después me robaron por segunda vez.
– ¿Cuáles fueron los verdaderos motivos por los que dejaste el Madre Cabrini?
– La última función fue el 4 de marzo de 2018. Ese mes yo tenía que renovar por tres años más. Ya venía ocurriendo que cuando modificaban algo te lo avisaban el día anterior: Mire, me decían, mañana necesitamos el salón de actos para tal o cual cosa, y yo tenía que suspender la función que tenía programada. Por otra parte, ese salón estaba pegado a la capilla. Una noche yo estaba pasando una película de 007, al lado estaban en misa y vino alguien a preguntar dónde era que estaban tirando bombas. Después de eso no quise proyectar más cine cuando hubiera un evento en la capilla. La Madre Regina ya no estaba y con la persona que ocupó su lugar –una religiosa joven, oriunda de San Luis– tuve una buena relación pero hasta ahí nomás. Un día me dijo que habría una convención en el salón y que debía parar con las proyecciones unos quince días. Entonces empezó a sacar cortinas, cambiaron de lugar algunas cosas y me pidieron que retirara elementos que yo guardaba en el lugar. Cuando en el colegio pintaron toda la parte de abajo me pusieron delante de la pantalla esa especie de andamio que se usa para pintar. En fin, era como que les daba lo mismo que continuáramos o no con el cine. Le dije Me extraña su actitud, y me respondió Bueno, si no está conforme… Y al día siguiente pensé Me voy. Eso fue en mayo o junio de 2017. Tuve tiempo de masticarlo bien hasta marzo del año siguiente, que debía renovar. Me acuerdo que fui a Buenos Aires a hablar con la máxima autoridad de la orden de las hermanas. Después de 35 años, las conocía a casi todas. Cuando me hicieron pasar me dicen Ya sé a qué venís. A decir que no seguís más. Yo les pregunté si tenía la posibilidad de seguir un solo año y después ver qué hacíamos. Pero me dijeron que tenía que ser por tres años y entonces dije que no. Cuando se filtró la noticia, en un mismo día recibí cuarenta y pico de llamadas de distintas radios por el tema. En el salón iba a empezar a realizar algunas actividades Nora González Pozzi [directora del Estudio de Comedias Musicales], pero ante el quilombo que se armó no permitieron más ninguna actividad extra escolar.
– Algo que pocos saben es que actuaste en dos cortos en 1966, No era su día y Ambición fatal, dirigidos por un tal E. J. Imperiale, y que dirigiste un corto con el humorista Juliovich (Extraños en la noche, 1978) y otros sobre obras de teatro de María Teresa Gordillo.
– Imperiale tenía una ferretería en la calle San Martín, entre Anchorena y Lamadrid. Era un tipo muy entusiasta. En esos dos cortos trabajaba mi hermano, y en el primero también mi papá. Fueron filmados en 8 mm. Uno duraba 15 minutos y el otra casi 50. Extraños en la noche fue un corto que se hizo para un espectáculo de Juliovich en Aureliano. Comenzaba con ese corto, de unos cinco minutos. Era como un racconto, unos sketches de Juliovich. Todo eso lo tengo… En cuanto a Gordillo, dirigía el grupo de teatro de su colegio. Eran obras completas: Un hospital y dos gallinas y una sátira llamada Cristóbal Colón. También las tengo. Fue en los años ’80, lo mismo que una película de un festival de jazz que aporté para La noche del jazz, un espectáculo con Quique Pesoa junto a la cantante Cecilia Petrocelli para recaudar fondos para la gente de la isla, porque la monja del Madre Cabrini ayudaba mucho a esa gente y al barrio Toba. Como parte del show se pasaba esa película.
-¿Cómo fue tu colaboración en el rescate de algunas películas mudas santafesinas?
El último centauro – La epopeya del gaucho Juan Moreira (1923, Enrique Queirolo) me la trajo una persona oriunda de San Nicolás para digitalizarla. No había otra forma, porque era nitrato. Cuando estaba haciendo ese trabajo, en un momento se cortó la película, se prendió fuego el rollo, explotó la lámpara y empezaron a caer las cenizas, que empecé a apagar con el pie hasta que llegó mi hijo retándome y diciendo que estaba loco. Después se encontró la partitura, Alfredo Scaglia fue uno de los que se movió con eso. Lo que quedó de la película –toda menos un rollo– fue a manos de Fernando Martín Peña. El hombre bestia (1934, Camilo Zaccaría Soprani) me la trajeron de San Nicolás y la digitalicé también. Con esa no hubo problemas.
– ¿Cómo vivís el hecho de que gente joven recurra a vos para preguntarte por tus recuerdos y experiencias, por ejemplo en el documental Cinética – Energía en movimiento (2009, Javier Matteucci) o el capítulo de calle San Martín de Cuatro calles (2012, Francisco y Pablo Zini)?
– Me gusta colaborar, es volcar de alguna manera los conocimientos que uno tiene. El otro día cuando pasé acá en Arteón clásicos de monstruos (Drácula, Frankenstein) vinieron muchos adolescentes y después se acercaron a hablar conmigo, lamentándose que esas películas no se pasan en ninguna parte. Yo escucho a todos.
– ¿Ves películas nuevas, en streaming o en salas de cine?
– Te soy sincero: no tengo Netflix, no veo estrenos, no creo en los Oscar ni nada de eso. Me gustaba ver las entregas de los Oscar en los años ’80 y las tengo grabadas, pero ahora es todo distinto. Con tantos años que estoy en el tema, te diría que este es el momento más triste. Los cines se fueron achicando, de salas inmensas con mucha capacidad pasamos a las multisalas. ¿Te imaginás si hoy estuviera abierto el Gran Rex, con 2.200 localidades? ¿Para qué?
– La concurrencia masiva a los cines se suele dar ahora en los festivales, en eventos especiales, en estrenos que atraen.
– Pero eso es como cuando en Arteón hace poco pasamos gratis la versión completa de Cinema Paradiso (1990, Giuseppe Tornatore). El cine es un comercio también y si la gente no viene no se lo puede seguir teniendo abierto. Además uno no sabe qué va a pasar económicamente, porque las entradas al cine van a tener que seguir aumentando. En el Madre Cabrini yo terminé en 2018 cobrando la entrada 30 pesos, hoy estamos hablando de 600. Y lo peor que nos pasó fue la pandemia, que provocó el desacostumbramiento del público. La gente va a ver recitales, es cierto, pero es porque nos machacaron que es peligroso estar en una sala cerrada. Y está también la inseguridad, el transporte público que viene cuando quiere… Y lo último para mí, para ir a ver un espectáculo, es el estado de ánimo. Si no estás bien puedo llevarte a ver un cómico y no te reís. La gente está con muchos problemas. Como espectador no disfruto si me falta el entorno. Cuando fui con mi hijo el día del estreno de la última de James Bond –seguimos siempre la saga–, en el Showcase a las nueve de la noche éramos veinticuatro personas. Entiendo que es un fenómeno universal, pero ¿cómo explicarte? No veo creatividad en las nuevas películas. Es cierto que hay casos como Batman (The Batman, 2021, Matt Reeves), pero estamos hablando siempre de lo mismo. Cuando dejé en Madre Cabrini vi en mi casa más de cien películas completas y lo disfruté, porque antes las veía por partes por estar atento a la proyección. Me gusta volver a las películas del cine clásico remasterizadas, porque es como ver lo mismo pero otra cosa.
– ¿Solo queda la nostalgia?
– No (piensa)…  Lo que pasa es que perdí el entusiasmo como espectador. Me pasa con la música también.
– Cuando Arteón cierre en julio de este año ¿te parece que lo vas a extrañar?
– No, no, no (con firmeza). Yo acá me enganché porque me llamaron. Posiblemente yo esté equivocado con la programación, no sé, pero voy viendo qué funciona y qué no. Además, dada mi edad ¿sabés lo que es montar una salita? No es nada fácil. Yo cuando me fui del Madre Cabrini ya estaba hecho. Me fui por la puerta grande. Sentí que había hecho algo por alguien.
– ¿Qué crees que puede pasar en el futuro respecto al cine?
– Nada. El streaming es televisión, no le demos vuelta. El cine es la pantalla grande, la buena calidad de sonido. Pero dame películas que realmente contengan algo. No me muestres películas europeas cuyo modus vivendi yo no conozco como para interpretarlo en profundidad. En Rumania te pueden hacer un drama que uno lo ve y se queda medio perdido, porque no sabemos cómo es su vida. Odio el lenguaje lento, largo, insoportable, de silencios. Después de setenta años de mirar cine ¿con qué me van a sorprender? ¿Por qué hacen remakes? ¿Para qué hicieron Amor sin barreras (West Side Story) si la original estaba bien hecha? O Muerte en el Nilo… Tampoco creo en la crítica: el crítico soy yo. Veo una película y digo Me gustó o No me gustó, nunca voy a decir Es una porquería. Una vez Ignacio Suriani había ido a ver El día del chacal (1973, Fred Zinnemann), un rato antes había discutido con su mujer en su casa, entró al cine y después como crítico destrozó la película… Me cuesta muchísimo sentarme a ver una película nacional, por ejemplo: no de los años ’50 o ’60 sino de las actuales. No creo más en el cine. A mí no me jodan con la pantalla verde, me gusta el cine más artesanal, hecho a pulmón. No pierdo tiempo con Rápido y furioso y ese tipo de cosas. Del cine actual un buen drama puedo ver; comedias como la gente, en cambio, ya hace mucho tiempo que no veo. Eso se murió. No soy fatalista pero lo veo así. Yo leo, ojo ¿eh? Estoy al tanto de todo, de los estrenos semanales, veo los trailers. Pero de ahí a que me convenzan hay otro paso.

Por Fernando G. Varea
Imagen: fotografía de Rubén Lescano (de su muro de FB)

Juan Benítez Allassia: «Si cierran las salas de cine, el cine muere»

Díaz es una pequeña localidad santafesina ubicada a 74 km al norte de Rosario. Al igual que otros pueblos, contaba con una sala de cine que movilizaba a sus habitantes y que, por consecuencia de los cambios tecnológicos y culturales que atravesaron nuestra sociedad, dejó de funcionar como tal. Juan Benítez Allassia vivía allí hasta que se fue a la ciudad de Santa Fe a estudiar Comunicación Social y –estimulado por un par de profesores rosarinos, Gustavo Galuppo y Leandro Arteaga– despertó su vocación por el universo audiovisual. Una beca le permitió perfeccionarse en CABA, estudió luego en la Universidad del Cine y allí pudo aprender y compartir impresiones con docentes como Jorge La Ferla y Sergio Wolf. A los 25 años comenzó a trabajar en un proyecto documental en torno a esa sala de cine, a la que asistía de chico y cuya comisión integraba su padre, pero dos años después éste falleció y el trabajo cobró otra dimensión. Hoy, con producción de Yaela Gottlieb y Federico Vicente, dirección de fotografía del uruguayo Andrés Boero Madrid, sonido del sanjavierino Augusto Bode Bisio y el audaz título El cine ha muerto, su documental ya está listo para competir en marzo en el Festival Internacional de Cine Documental de Tesalónica (Grecia) y participar en junio del Latino Film Festival de Filadelfia (EEUU). Hablamos con Juan de esta película que expone ante espectadores del mundo no sólo sus inquietudes y recuerdos, sino también algo de la historia y la identidad de un pueblo de nuestra provincia.
– Lo primero que llama la atención de tu documental es el estilo. A diferencia de otros sobre temas similares, el tuyo recurre a planos fijos, sobreimpresiones, proyecciones en sitios no convencionales (las paredes de un galpón o el frente de una casa), no tiene música ni testimonios a cámara.
– Nunca pensamos eso como una golosina visual sino desde un lugar más conceptual. Me movilizó mucho lo que me dijo una señora: Cuando había cine en el pueblo la gente salía de su casa, veías movimiento. Nos pareció interesante lograr que en el pueblo abandonado que ficticiamente construimos los cuerpos aparecieran gracias al cine. Me contaban también que la gente se sentaba con reposeras a ver pasar el tren. Queríamos contar que con el cine y el tren la gente aparecía y después se iba. El espectáculo maquínico ¿no? De chico mirar la luz del tren que se acercaba a lo lejos, en la oscuridad de la noche, era similar a la luz del proyector en la oscuridad de la sala… En la idea del maping (eso de filmar y proyectar en el mismo lugar) o el doble encuadre, me parece que hay algo interesante.
– Se produce un efecto medio fantasmal. Ahora bien ¿no existía el riesgo de que el resultado tenga características de una instalación artística?
– Eso es muy acertado porque yo pensé el proyecto así. Pienso el cine desde el lugar instalacional y espacial. No era un riesgo sino algo buscado. Por ejemplo: yo odio hacer guiones y sinopsis, en cambio un guion expandido tiene que ver más con el dibujo y la fotografía. Cuando les di los afiches a la gente que se ve desplegándolos en un momento de la película, o cuando le propuse a la señora del museo que contara cosas, no les pregunté nada, les dije que hablaran lo que quisieran. La mujer del museo estudiaba teatro y se había venido con algo muy estudiado (risas)… Me pareció hermoso, pero finalmente lo cambiamos por su voz en off diciendo más o menos las mismas cosas de manera menos teatral.
– Los efectos sonoros también influyen para que se acerque al cine fantástico.
– Cuando con Augusto (Bode Bisio) pensamos cómo debía sonar la película, nos dimos cuenta que debía ser con las pantallas, los televisores, lo mecánico. No quería que el pueblo suene como pueblo. Los sonidos son todos registros sonoros del pueblo pero teniendo en cuenta esta búsqueda. El sonido de un molino, que se escucha a la madrugada, lo sintetizamos con la computadora, transformándolo en otra cosa.
– En la segunda parte, cuando con tu voz en off hacés comentarios sobre registros en video de vacaciones familiares, recordé documentales recientes como El silencio es un cuerpo que cae, Esquirlas o La vida dormida.
– Las dos primeras películas que mencionás son como referentes. No se trata de una voz en off Dios que deja por sentadas las cosas, sino que interviene en las imágenes y las problematiza. Quería que mi voz en off sonara como si yo estuviera sentado mirando esas imágenes. Hay una película que me volvió loco, Stand by for tape buck-up (2015, Ross Sutherland). Busqué esa voz todo el tiempo. También tuve en cuenta la trilogía de la luz de Patricio Guzmán.
– Más allá del clima melancólico y la sensación de que el pueblo ya no es lo que era, como decís en un momento, hay varias reflexiones interesantes, como cuando hablás de la posibilidad que da el cine de esconderse en la oscuridad o el hecho de que los cuerpos desaparecen pero no los archivos. Esto último me recordó el desinterés por preservarlos, ya que –como con la extinción de los trenes– las decisiones políticas influyen en esos abandonos.
– Me gusta que la película genere preguntas, que no son las mismas en todos los que la ven. El pueblo ya no es lo que era porque de chico mi viejo me contaba cosas de cada lugar, de cada casa, y cuando volví después de varios años noté que muchos de esos espacios habían cambiado. Por eso El cine ha muerto: si cierran las salas de cine, para mí el cine muere. Entiendo que el título es fuerte, la gente del cine se enoja mucho y eso me gusta. Originalmente era El cine ha muerto pero sus sombras aún nos acechan, igualmente nietzchiano. Para mí es una manera de decir que el documental, tal como nació, ha muerto. Ya Rossellini en los ’60 dejó de hacer cine y empezó a hacer televisión, o sea que no es de ahora la cosa. Además, si podía haber algo militante a favor de preservar las salas de cine, cuando mi viejo murió esa idea murió también. Me acuerdo que la última película que vi en esa sala fue Titanic (1997, James Cameron), un día de mucho frío. Se derrumbaba el barco y, de alguna manera, también el cine… Actualmente en el mismo sitio, que se usa para otras cosas, podría proyectarse cine y de hecho en el documental usamos un pedacito de un largo registro de Poroto, el viejo proyectorista, probando la máquina. En estos tiempos no se piensa qué pasará con el cine digital. El INCAA y otras instituciones no le están dando la importancia que deberían darle a la preservación de los archivos. Tampoco se está discutiendo esto en Santa Fe.
– El trabajo de filmación, incluso con sus contratiempos, forma parte del documental. ¿Por qué te interesó eso?
– Creo que hay algo de lo que podríamos llamar el género del autorretrato. Introducir el cuerpo en la escena. Para mí, la película es un work in progress. Después de escuchar a mucha gente diciéndome que tal o cual cosa no va a funcionar, en un momento me hinché las pelotas, mandé a todos a la mierda y me dije Quiero terminarla… Es que no hay una única manera para hacer una primera película. Entonces quise poner en escena eso. Un poco como hacía Vertov, que me encanta.
– ¿Por qué decís que el cine a vos y a tu padre los unió y también los separó?
– Porque yo dejé el pueblo por el cine. Cuando me fui a estudiar a Santa Fe comenzó un letargo en nuestro vínculo, hasta que él asistió a la presentación de un documental que hice en Uruguay, me felicitó y eso nos reconcilió. Mi intención era hacer esta película juntos. Después, al trabajar con ciertas imágenes sentía que hablaba con él. Hoy siento que con la película amplío la vida de mi viejo.

Por Fernando G. Varea

Trailer de El cine ha muerto AQUÍ