El dolor en voz baja

MARACAIBO
(2017; dir. Miguel Angel Rocca)

Mejor que esperar de Maracaibo los sobresaltos de un policial como promete, de alguna manera, su eslogan publicitario (“¿Cuándo termina una venganza?”), es apreciarla como un drama contenido sobre un hombre cuyos conceptos de éxito y hombría trastabillan tras una tragedia familiar.
El film, escrito por Miguel Ángel Rocca (1967, Buenos Aires) y Maximiliano González (1972, misionero formado en Rosario y Buenos Aires), y dirigido por el primero,  se centra en el desconcierto que le provoca a un prestigioso médico enterarse de la homosexualidad de su único hijo, hasta que la muerte de éste en circunstancias dramáticas lo confronta con la culpa y afecta la relación con su esposa, que hasta entonces parecía perfecta.
Rocca procura expresar el dolor ahogado del profesional (Jorge Marrale) y su mujer (Mercedes Morán) sin elevar nunca el tono. Las civilizadas discusiones y la casi ausencia de estallidos dramáticos se sustentan con un montaje sin sacudimientos, una luz que atenúa el brillo de la lujosa casa donde transcurre la mayor parte de la acción y ciertos procedimientos más comprensibles que otros: dejar a algunos personajes fuera de foco en el fondo del plano, por ejemplo, parece pertinente para formular aturdimiento; la alternancia de planos durante los diálogos en la cárcel, en cambio (insertando un plano de perfil en medio del clásico plano-contraplano), no parecen justificados.
Esa represión de los sentimientos, palpable en conversaciones y ambiente, lleva a templar secuencias que hubieran podido brindarle al espectador un alivio de calidez, como el momento en que el protagonista detiene su coche a un costado de la ruta y se refugia en un bar a descargar su tristeza con un desconocido (Tito Gómez), o el mismo final, que se resuelve con dos o tres planos encuadrados e iluminados de manera tal que se contemplan como decorativas postales. Por esa representación de los problemas entre grave y sosegada, sin un estilo que le dé un encanto distintivo, Maracaibo termina pareciéndose a un cine argentino que ya no se hace, con los intérpretes tomándose unos segundos y buscando los ojos de su interlocutor antes de pronunciar cada frase.
Si la película progresa despertando interés es porque, al mismo tiempo, aparecen pliegues que permiten otras lecturas. En este sentido, la amistad del médico con un colega y su acercamiento al asesino van adentrándose en una zona ambigua, despertando interrogantes: el grado de confianza con el primero y la rara mezcla de fascinación con instinto paternal que le genera el segundo, parecen sacarlo de su coraza. Algo de tensión sexual sobrevuela esos vínculos.
Son acertadas algunas decisiones del  guión para explicar la personalidad del médico (su empecinamiento en arreglar una herramienta de trabajo de su mujer odontóloga) y para ir sembrando de traspiés su seguridad y su deseo de cerrar heridas (el hecho de que el hombre a quien agrede en la calle reciba rápidamente la atención de su pequeño hijo no resulta fortuito). Lucen más exteriores los personajes de la esposa (que pareciera no tener amigas) y del delincuente encarnado por Luis Machín. El tono amenazante con el que se recubre el barrio en el que éste vive resulta discutible, pero debe reconocerse que tampoco se alza el bienestar económico del matrimonio en cuestión como ideal envidiable, embestido por sensaciones de soledad, culpas y miedo. Finalmente, el recurso de la revelación que depara un corto animado en el último tramo de la historia, termina siendo –empleando la misma palabra que utiliza en un momento la mujer– un poco básico.
Los actores saben sostener en sus miradas el peso de sus personajes, lo que vale tanto para los sólidos Marrale y Morán (que ya habían trabajado juntos en Cordero de Dios, de Lucía Cedrón) como para los jóvenes Matías Mayer y Nicolás Francella, este último con el mérito adicional de entregar la única escena de llanto espontáneo de esta película honesta y distante.

Por Fernando Varea

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