20º BAFICI: Cada uno elige su propia aventura

Evaluar la 20ª edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires no sería razonable, teniendo en cuenta que pudimos estar allí poco tiempo. Pero lo cierto es que (más allá de los avances y retrocesos que atravesó el festival a lo largo de los años) para los cinéfilos sigue siendo estimulante el vértigo de poder elegir entre varias propuestas atrayentes al mismo tiempo, durante poco más de una semana. Van a continuación algunas consideraciones sobre lo que pudimos apreciar este año, en las salas de cine y fuera de ellas.
20 AÑOS NO ES NADA. El festival cumplió veinte años pero el aniversario no fue capitalizado para generar un clima de fiesta. El spot institucional parecía hecho por alguien sin idea alguna de lo que representa el BAFICI y se editó un libro con historias del festival (Otoños porteños) que no era sencillo conseguir y que no contó con testimonios u opiniones de sus dos primeros directores (Andrés Di Tella y Fernando Martín Peña). Al mismo tiempo, no resultaba muy acogedor el ámbito de trabajo para el periodismo especializado: una serie de casillas frente al Centro Cultural Recoleta, con medialunas y buena atención pero escasas computadoras y ni siquiera afiches de película en sus paredes de madera. No hubo tampoco recitales o acontecimientos artísticos que incentivaran la sensación de festejo o (como en ediciones anteriores) acompañaran la oferta cinematográfica: apenas un espacio de realidad virtual curiosamente a cargo del realizador José Celestino Campusano. El debate organizado por Colectivo de Cineastas en torno a las dificultades para hacer cine independiente en Argentina (al que se sumaron expresiones de Mariano Llinás, premiado por su maratónico film La flor) tal vez echen luz sobre el poco ánimo de celebración.
CLÁSICOS Y MODERNOS. La presencia de John Waters, Philippe Garrel y James Benning fue ponderable, en tanto la del actor Ewen Bremner, para rendir una suerte de homenaje al film de Danny Boyle Trainspotting, pareció una concesión a cierto público juvenil que suele concurrir al BAFICI. El video de Waters encontrándose con Isabel Sarli –a raíz del entusiasmo del director estadounidense por Fuego (1969, Armando Bo, protagonizada por Sarli)– aportó un poco de simpatía y confirmó esa frívola predilección por agasajar o convocar a divas del cine argentino que viene repitiéndose en los últimos años, tanto en el BAFICI como en Mar del Plata. Respecto a Waters, quien esto escribe tuvo oportunidad de ver su película Pink Flamingos (1972) en copia impecable en el cine Gaumont, en medio de un público enfervorizado, función precedida por el propio director recordando graciosamente algunas anécdotas. La experiencia de ver esa obra paradigmática de la contracultura de principios de los ’70 no en la mezquina pantalla de una computadora sino en una espléndida sala de cine, fue uno de esos momentos por los que valió la pena asistir al festival, tanto como apreciar la versión restaurada y completa (tres horas) de El bueno, el malo y el feo (1966, Sergio Leone), con su puesta en escena magistral, su mezcla de acción, emoción y humor, sus personajes que parecen salidos de un comic y una última parte resuelta con planos generales espléndidamente compuestos, todo envuelto en la recordable música de Ennio Morricone.
De entre las películas recientes, exhibidas en carácter de estreno, merece destacarse The green fog (Guy Muddin/Evan Johnson/Galen Johnson), lúdico experimento por el que distintos momentos del clásico de Hitchcock Vértigo (1958) se reconocen a través de un obsesivo montaje de infinitos fragmentos de otras películas, con los diálogos cuidadosamente eliminados, música omnipresente y una puesta en abismo por la que algunos de los actores se ven a sí mismos en la pantalla de un televisor. Los créditos de todos los films citados cierran este divertimento cinéfilo. Los cortos experimentales del cineasta mexicano Teo Hernández, algunos proyectados en 16 mm (incluyendo su bello Salomé), y el documental La locura lúcida de Marco Ferreri (2017, Anselma Dell’Olio) depararon, igualmente, momentos placenteros. El film sobre Ferreri comienza rescatando la acalorada discusión del realizador italiano con un periodista durante una conferencia de prensa y continúa con interesantes apuntes para quienes apreciamos su obra, desde el dato de su deseo de haber sido veterinario (“Hay algo en él de vincular la vida humana con la animal” dice alguien) y las opiniones de Isabelle Huppert (“Era misógino y feminista”), Hannah Schygulla (“Era, como Buñuel y Pasolini, un arcángel de la destrucción que también traía resurrección”), Andrea Ferreol, Philippe Sarde, Sergio Castellitto y el siempre hiperquinético Roberto Benigni. Trabajos como éstos se alzaban con peso propio por encima de algunas de las películas de la Competencia Internacional, como la sueca Blue my mind (Lisa Brühlmann), en la que una adolescente cuya rebeldía nunca llega a justificarse se interna en una espiral de droga, abusos sexuales y malas compañías, mientras poco a poco va convirtiéndose (literalmente) en sirena. Ni la belleza de su protagonista Luna Wedler salva al film de su paulatino descenso hacia el desatino.
ARGENTINOS EN COMPETENCIA. En la Competencia Argentina, además de Las hijas de fuego (Albertina Carri) y Esto no es un golpe (Sergio Wolf) –sobre las que escribimos aparte–, pudimos ver La otra piel (Inés de Oliveira Cézar) y Casa propia (Rosendo Ruiz). El film de Oliveira Cézar (Como pasan las horasEl recuento de los daños), sobre una chica que, tras la imprevista muerte de un ocasional amante, escapa a Brasil, está mejor dirigido que escrito. El clima tormentoso, el fondo sonoro (ruido de aviones y trenes insinúan presagios) y los sugestivos paneos por el interior de silenciosas viviendas prometen una intriga que va diluyéndose. La búsqueda emprendida por la protagonista parece ingenua, más ligada al ocio vacacional (y sin problemas de dinero) que a un estado emocional. Mónica Galán y Rafael Spregelburd aportan profesionalismo en personajes secundarios, combinándose elementos de la ficción cinematográfica con los ensayos de una obra teatral.
Menos ambiciosa pero más sincera es Casa propia, tal vez la mejor película hasta el momento de Rosendo Ruiz (De caravana, Todo el tiempo del mundo). El mérito principal está en poner el foco en un tipo de personajes y conflictos cotidianos de nuestra clase media que no suelen verse en el cine argentino: un docente de mediana edad sortea con bastante dignidad los obstáculos que le presentan la relación con su novia (que tiene un hijo de una pareja previa), el cuidado de su madre (que sufre una enfermedad) y las discusiones con su hermana más joven, mientras busca dificultosamente un departamento para alquilar. Nadie es demasiado patético ni ridículo, nada es muy cruel: la vida de esta gente transcurre con altibajos emocionales, temores lógicos y ocasionales motivos de alegría. La visión de Ruiz es compasiva y afectuosa, sin desestimar detalles que sirven para una pintura barrial nada idealizada y un registro campechano pero elocuente de la dudosa prosperidad de los argentinos en estos tiempos. En tanto resultan poco comprensibles algunos aditamentos del guión en torno al protagonista (su visita a un prostíbulo, una trifulca con su pareja hacia el final), no concede sobresaltos el trabajo con la cámara: apenas el simpático momento en el que espía por la ventana de una maqueta sorprende dentro del estilo clásico de Casa propia, con suaves travellings que dan tiempo a los comunicativos actores a desplegar sus gestos.
Finalmente, merece señalarse que en la Competencia Latinoamericana (como ya anticipábamos aquí) participó la producción rosarina Tito (Esteban Trivisonno). Cercana a películas como Upa! (2007, Giralt/Toker/Garateguy) e incluso El escarabajo de oro (2014, Moguillansky/Sandlund), Tito responde a esa suerte de subgénero que suele denominarse cine dentro del cine, con incipientes cineastas en problemas para poder concretar su proyecto (tópico que suele gustar mucho en el BAFICI). En este caso, un grupo de estudiantes de Comunicación Social se proponen para su tesis realizar un documental sobre el experimentado actor Tito Gómez, enfrentando problemas apenas se contactan con él, quien empieza a tratarlos con diminutivos, a hablar de sí mismo en tercera persona y a utilizar expresiones del tipo “Hoy es un día Gómez”. Las sospechas se agravan cuando algunos realizadores y actores consultados para el documental insinúan rasgos despóticos en el actor: la empresa terminará siendo accidentada, y no sólo por el absorbente carácter del entrevistado.
El resultado es liviano y gracioso, con momentos inspirados y otros en los que el amateurismo de los personajes parece trasladarse al film mismo. Un par de conversaciones registradas con montaje paralelo, después de una escena de Tito Gómez en El asadito (como si fueran ecos del film de Gustavo Postiglione), y los planos del desenlace, son resoluciones formales afortunadas, que evidencian un planeamiento previo; el resto (incluyendo un ensayo teatral divertido por los cruces entre los intérpretes, beneficiado por la presencia de Andrea Fiorino) se deja llevar por los avatares de la improvisación, recurriendo al zoom y la cámara en movimiento, transmitiendo la inestabilidad del trabajo de este grupo de desafortunados realizadores y dejando, al mismo tiempo, la sensación de que el disparate podría no haber desdeñado el rigor.
Tito entraña, por otra parte, una paradoja: a la vez que insiste en el discutible concepto de que el “cine rosarino” empieza y termina en el cine de ficción realizado por Postiglione (subestimando valiosas experiencias realizadas en nuestra ciudad en materia de cine de animación, experimental y documental), también ironiza sobre el punto, jugando con la idea de que el actor del título (o lo que representa) pueda ser visto como una amenaza.

Por Fernando G. Varea

Imágenes: Fotogramas de The green fog (derecha, arriba)  y El bueno, el malo y el feo (debajo).

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