La música del azar

VIOLA
(2013; dir. Matías Piñeiro)

Lúdico cruce de sentimientos y palabras, delicado periplo en busca de la gracia, ejercicio mundano y al mismo tiempo sofisticado, Viola tiene el mérito de lograr un par de cosas siempre deseables pero inusuales en el cine: el recreo y la sorpresa.
Tras un tramo inicial en el que un grupo de actrices ensaya un texto de Shakespeare (Noche de reyes), el film empieza a seguir a una chica (María Villar) que va en su bicicleta repartiendo DVD a domicilio, atravesando livianas contrariedades y encuentros con otros jóvenes, entre quienes estarán aquellas actrices. Como una abeja en busca del néctar, la cámara de Matías Piñeiro (1982, Buenos Aires) comenzará a desviarse todo el tiempo -sin nerviosismo- hacia donde la lleve el encanto de sus personajes, el brillo de sus miradas o sus sonrisas y la dulzura de ciertos sonidos (incluyendo las voces). Ese devaneo zigzagueante no resulta presuntuoso sino, en todo caso, demasiado frágil: el interés de Viola se agota en el impreciso recorrido, en el espíritu ligero con el que se nos ofrecen acercamientos y conversaciones en torno al amor. En un momento la protagonista ve por la calle a un joven que parece gustarle y, segundos después, lo descubre besándose con su novia, sin que asome en esa situación un nudo a desatar ni conflicto alguno: simplemente la certeza de que el amor anda por allí, dando vueltas, de una forma u otra. De ese material sensible, casi etéreo, hecho de roces y miradas, se vale Piñeiro para plasmar sus inquietudes, sin otros cálculos que los que hacen a la puesta en escena. Lo bueno es que Viola (segundo eslabón de una trilogía sobre los roles femeninos en la obra de Shakespeare) puede desconcertar con su experimentación formal y dramática, pero sin dejar de ser cordial y luminosa.
Entre los referentes del cine de Piñeiro habría que considerar la obra inicial de Manuel Antín, quien también abrevaba en fuentes literarias sabiendo que lo importante de ellas son las figuras retóricas y poéticas que se agitan bajo la cáscara. Antín también sostenía, en la entrevista realizada para este blog (que puede leerse aquí), que la belleza de las formas e incluso de las actrices formaba parte de su manera de entender el cine, algo que bien podría aplicarse a este joven director, que viene despertando interés en festivales internacionales. Como aquellas películas, o como The players vs. ángeles caídos (1969, Alberto Fischerman) –a las que no supera en ambiciones pero sí en frescura– Viola corre varios riesgos, pero lo hace confiadamente.

Por Fernando Varea

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