Los dueños del miedo

GOMORRA
(2008, dir: Matteo Garrone)

Ganadora de varios premios internacionales (incluyendo el Premio Especial del Jurado en el último Festival de Cannes) y envuelta en cierta polémica debido a la protección oficial que Roberto Saviano ha tenido que recibir después de la publicación de su exitoso libro homónimo (en el que está basada), Gomorra asoma con la cualidad, desacostumbrada en estos tiempos, de acarrear controversia por su tema y elogios por su realización. Ciertamente, los comentarios que motiva están directamente relacionados con el tono mismo de la propuesta.
El tema de Gomorra es la Mafia napolitana (Camorra la llaman periodistas y policías en Italia), pero no es un glamoroso film noir sino un abarcador drama de denuncia. Acertadamente, su guión no se centra en un personaje sino que va y viene entre cinco relatos paralelos, de manera que, junto a los traficantes y compradores de armas y de droga están, también, quien se enriquece haciendo desaparecer residuos tóxicos, quien pone a un sastre a fabricar por escaso dinero ropa que luego se venderá en las tiendas de lujo, y adolescentes ansiosos por pertenecer al grupo o delinquiendo con descuido y desesperación.
Voluble, la narración evita que el espectador se identifique con un personaje redentor, introduciéndolo en un micro mundo de sentimientos cambiantes, de miedo permanente, de violencia agazapada. Las numerosas observaciones y entrevistas realizadas previamente por el director Matteo Garrone (1968, Roma, Italia) y la reescritura del guión a medida que se incorporaban datos nuevos, se hacen evidentes en el clima nervioso de la película. La cámara en permanente movimiento extiende esa sensación de inquietud, de cercanía, de verdad.
Gomorra es un film fuerte, que se transita con tensión; sin embargo, el director supo darle a lo cruel el mismo tratamiento que a los momentos distendidos y rutinarios, eludiendo el regodeo en la violencia. Transcurrido el primer tramo (algo errático) de la película, en los intersticios de ese infierno de traiciones y prepotencia aparecen el revuelo en torno a una pareja de recién casados, la conmoción de un joven ante una caja con duraznos en manos de una anciana, y más de un personaje dispuesto a cambiar la sujeción a esos patrones por la vuelta resignada a una vida humilde. En este sentido, Gomorra es, además, una oportuna reflexión sobre el poder del dinero en la sociedad actual.
No hay mucho aquí de los films de Martin Scorsese (la historia de iniciación es más marginal y sombría que la de Buenos muchachos) ni de El Padrino o El Padrino Parte II, de Francis Ford Coppola (no hay actores muy conocidos ni secuencias exquisitamente planificadas). Gomorra es el producto de otra época, afectada por el lenguaje urgente de los noticiarios y las imágenes sobresaltadas del registro digital. Que Garrone haya cambiado la tradicional escena de enfrentamiento entre gangsters en una barbería por una (la del comienzo) en un centro de bronceado, es un detalle al que se agregan un robo despreocupadamente pergeñado durante el juego con un metegol, el enclaustramiento de una mujer atemorizada, las astucias de los criminales para evadir la ley, un perspicaz texto final.
Referencias que llevan a reconocer que la Mafia no es un asunto histórico agigantado por la literatura o el cine, sino una realidad inmediata sustentada por agentes diversos, actuando impunemente, arremetiendo a la vuelta de la esquina.

Por Fernando G. Varea

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