Relato semi salvaje

ANIMAL
(2018; dir: Armando Bo)

Películas como ésta o El ciudadano ilustre (2015, Cohn-Duprat) llevan a añorar tristemente tiempos en los que los films argentinos prestigiosos –los que nos representaban en festivales internacionales y al mismo tiempo atraían a cierto público adulto– eran, por ejemplo, los que hacía Torre Nilsson en el despertar de los años ’60: cotejar la complejidad de los personajes, la agudeza con la que se examinaba la sociedad argentina y las búsquedas formales de aquellas películas con lo que suele verse en el cine argentino reciente, es realmente desalentador. En el caso de Animal (segundo largometraje dirigido por el nieto de Armando Bo, después del discreto El último Elvis), el problema no es que se centre en un personaje ambiguamente corrupto, sino la simpleza de su planteo. Había también antihéroes esquivando la ley en La herencia (1962, Ricardo Alventosa) o Tiempo de revancha (1981, Adolfo Aristarain), pero el ingenio de la primera y la solidez de la segunda las alzan a un nivel al que el film de Bo no llega a pesar de su pulimento técnico, para no hablar del contenido político –en el sentido más amplio y positivo de la palabra– que ambos proponían. Hasta las moralmente equívocas Nueve reinas (2000, Fabián Bielinsky) y Relatos salvajes (2014, Damián Szifrón) tenían un engranaje aceitado que, dentro de sus pretensiones, las volvía divertidas y las llevaba a buen puerto. Argumentalmente, Animal es casi un desprendimiento del film de Szifrón nominado al Oscar, premio que involucra también a Francella (actuó en la ganadora El secreto de sus ojos) y a Bo (lo obtuvo como guionista de Birdman), ingredientes que, para muchos, garantizan per se la calidad y el éxito.   
Los problemas de Animal son varios. En principio, la insistencia por ubicar a Guillermo Francella en personajes dramáticos, con resultados discutibles. A pesar de la estimable contención del actor en esta ocasión, demasiados años de tics para ganarse la complicidad del televidente hacen que por ahí su Antonio parezca pícaro o que algunas de sus reacciones no resulten creíbles. El actor no sólo tiene ocho años más que su personaje sino que, además, cuesta entender cómo alguien tan medroso haya llegado a ser gerente de un frigorífico marplatense. No está mal que, en diálogo con uno de sus obreros, se lo muestre ignorante de la realidad económica de la clase trabajadora, pero la intención de mostrarlo tan bienintencionado suena a capricho del guión, sólo para acentuar la pérdida de paciencia que vendrá después (dicho sea de paso, que la solución para el obrero con un bajo salario sea confiar en el buen corazón de su patrón parece acorde a los tiempos que corren en nuestro país).
Por otra parte, tanto Francella como Carla Peterson (que encarna a su esposa) hablan pronunciando blandamente cada palabra, restando autenticidad a las conversaciones. Hasta Marcelo Subiotto y Gloria Carrá (una pareja amiga) se expresan como recitando breves parlamentos que intentan ser naturalistas. Por eso, las imprevistas carcajadas de Federico Salles (el sinuoso donante de riñón, que exige una casa y otras cosas a cambio) asoman como toques de espontaneidad dentro del parsimonioso desempeño actoral. El personaje de este joven desmelenado resulta, desde ya, el más atractivo del film, si bien arriesgado en términos ideológicos: sus objetivos parecen claros, es el único al que se ve en un momento leyendo un libro y parece haber sido un sostén o un ejemplo para su compañera (Mercedes de Santis en un rol en el que uno imagina, tal vez por cierto parecido físico, a Sofía Gala Castiglione). Lo aventurado es que no está desocupado por no conseguir trabajo sino por elección, por lo cual Animal evita pintar como peligroso a un hombre en situación de calle pero lo hace con quien se mantiene fuera del sistema por decisión propia (desde hippie hasta anarquista, los motes pueden ser varios).
Por qué el guión escrito por Bo junto a Nicolás Giacobone decide que el joven se insinúe como posible abusador de la hija de Antonio, y que su novia busque al atribulado protagonista como ocasional amante, es un misterio, salvo que sea para agregar malicia y sobresaltar al espectador. Habría que ver, por otra parte, qué dirán médicos y especialistas en trasplantes sobre la ligereza con la que el film aborda el tema.
Los planos del mar embravecido y la música solemne, cuando no inadecuada (incluyendo esas extrañas enfermeras cantantes en lo que parece ser una fiesta y el incomprensible agregado en el desenlace de una canción en inglés interpretada por el Elvis de El último Elvis, John McInerny), así como el plano secuencia inicial, le dan cierto lustre superficial a un film cuyo eje temático es, en definitiva, el dinero. No con el enfoque que le dio Robert Bresson en su película con ese título, claro, sino, en todo caso, con el de Adrian Lyne en Propuesta indecente (1993): acá la recompensa es una buena casa y el precio donar un riñón, pero la estrategia para inquietar al público es la misma.
Convengamos que Bo no tiene por qué tener las inquietudes ni el talento de Bresson, pero la tensión creciente del último tramo de Animal lleva a pensar en el buen thriller que podría haber sido si el joven guionista y director hubiera apostado abiertamente al género.

Por Fernando G. Varea

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