BAFICI 2014: un balance personal

Mi primera experiencia en el BAFICI fue en abril de 2007. Entonces se hacía en Semana Santa (por lo cual no había que pensar cómo eludir obligaciones laborales para poder asistir), en el Abasto, con Fernando Martín Peña como director artístico. Recuerdo aquella experiencia como una fiesta inabarcable: además del increíble abanico de películas, el shopping parecía un alucinante laberinto en el que, internándose en sus distintas zonas, uno podía encontrar todo el tiempo charlas de cineastas extranjeros, presentaciones de libros y mesas de debate. A unas cuadras estaban Yann Tiersen tocando en Harrod’s, Tom Waitts hablando con el público en el Teatro Alvear y músicos acompañando la proyección de una película de Guy Muddin en el Teatro Coliseo. Se agregaban un par de factores que, en un plano más personal, representaban un plus: había realizadores rosarinos participando en algunas secciones y mi artículo sobre el festival sería publicado como nota de tapa en el suplemento Señales del diario La Capital del domingo siguiente.
Comparar aquella excitante edición del festival –que, en realidad, era la novena– con la de este año puede ser un poco decepcionante. En Recoleta, con entradas más caras para el público, pocas computadoras y poca gente en el Centro de Prensa, sin el diario del festival impreso en papel, catálogos sólo para acreditados registrados en una lista selecta (en la que, por supuesto, yo no figuraba) y un acotado repertorio de invitados y actividades, el BAFICI resiste con su prestigio intacto pero tomando distancia de su mejor época, lo que va generando una suerte de círculo vicioso de decaimiento en el interés por el mismo por parte de funcionarios, medios de comunicación y espectadores.
De todos modos, más allá de que ha sido siempre un festival algo indiferente con periodistas y estudiantes del interior del país (que para asistir debemos hacernos cargo de todos los gastos), en el plano local no ayuda el empalidecido panorama respecto a espacios donde difundir notas vinculadas al cine que éste promueve: aunque algunos prefieren agigantar pequeños gestos o mirar para otro lado, debe asumirse que en materia comunicacional y de efervescencia cultural Rosario no responde, actualmente, a lo que se espera de una ciudad tan importante. Consecuencia de esto es que no hubo este año medios rosarinos dispuestos a cubrir el BAFICI (las excepciones que confirman la regla han sido algunas notas en el suplemento de espectáculos de La Capital, publicadas más por la buena voluntad del colega Fernando Herrera que por interés del diario, y mi humilde aporte desde este espacio hecho a pulmón). Tampoco ha habido realizadores locales en competencia o en alguna de las mesas de discusión, con la solitaria, honrosa excepción de Carnaval, de la productora rosarina Avifilms con guión y dirección de la ramonense Lisa Caligaris, que formó parte de la Muestra de Cortos (melancólico retrato de la soledad en un pueblo santafesino con festejos del carnaval en off, de notable ambientación y composición de sus planos fijos). Puede sospecharse que, por ejemplo, la gran cantidad de películas cordobesas que hubo en esta edición del BAFICI responde menos a los valores intrínsecos de las mismas que a la influencia de críticos y programadores, pero aún si fuera así se estaría indicando otra carencia de los santafesinos (por otra parte, cabe recordar que la gente de Calanda Producciones ofrece todos los años una muestra de las producciones vistas en el festival, pero sería para debatir en otra oportunidad si su esfuerzo y trabajo de difusión son suficientes, y si organismos oficiales, escuelas de cine y medios de comunicación les brindan el apoyo que merecen).
Tal vez, a pesar de todo -más allá de estas consideraciones que intentan estimular la discusión-, lo mejor sea ver el vaso medio lleno y celebrar que el el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires persiste, como un lugar de encuentro cinéfilo a proteger. Por si hace falta recordarlo, digamos que no se trata sólo de un evento donde ver películas: durante el BAFICI se aprende, se comparte, se delibera, se abre la mirada, se descubre qué hay de nuevo y de bueno en el mundo del cine. Que en la programación de este año se hayan cruzado obras de Jean Renoir, Billy Wilder, John Huston, Alain Resnais, Carlos Schlieper, Walter Hill, Stan Brackage, Lois Patiño, Raya Martin, Tsai Ming-Liang, Claude Lanzmann, Joâo Pedro Rodríguez, Miguel Gomes, Kelly Reichardt, Sion Sono, Jim Jarmusch y David Cronenberg, entre otros, y que hayan tenido la oportunidad de dar a conocer sus nuevas películas Edgardo Cozarinsky, Gustavo Fontán, Rodrigo Moreno, Rosendo Ruiz, Santiago Palavecino, Sergio Wolf, Néstor Frenkel y Santiago Loza, no es poca cosa.

UN FESTIVAL CON BUENAS PELÍCULAS
Si en algún momento la cantidad de películas argentinas programadas en la edición de este año pudo parecer un capricho o un exceso, la buena noticia fue que varias revelaron calidad y audacia. Incluso asomaron saludables apuntes sociales y sarcasmos, por ejemplo en Réimon (Rodrigo Moreno), que acompaña la rutina de una joven empleada doméstica con una indiferencia sólo aparente, esbeltez formal y pensamientos marxistas expuestos como perturbadoras interferencias. El film tiene un planteo que parece muy simple pero no lo es, seduce e inquieta con recursos muy bien pensados y permite recordar que Moreno es uno de nuestros más agudos directores. También El escarabajo de oro (Alejo Moguillansky/Fia-Stina Sandlund) lució perspicaz, deslizando ironías sobre la Historia argentina, el feminismo, el mundo del cine y los prejuicios sobre lo extranjero. Lo bueno es que llega a eso apelando a una regocijante mezcla de comedia de enredos con film de aventuras y adaptando sin solemnidad, además, textos de Poe y Stevenson. Como amigos jugando, Moguillansky y su equipo (Mariano Llinás, Rafael Spregelburd, Walter Jacob y otros) se divierten y divierten viajando por el Litoral argentino en busca de un tesoro que tal vez sea, en definitiva, la realización de una película.
Del mismo modo, hay personas del medio cinematográfico haciendo de sí mismas en Tres D (Rosendo Ruiz), que vincula con sencillez y frescura una historia de ficción con los pormenores de un festival de cine (el estimulante FICIC). Con otro criterio, el cordobés Santiago Loza experimentó en Si je suis perdu, c’est pas con las reacciones, recuerdos y expectativas de un grupo de actores en París, con más de improvisación teatral (con la cámara algo perdida, sin despegarse de las personas/personajes) que de obra audiovisual depurada y dramáticamente precisa como su anterior La Paz (2013).
La Salada (Juan Martín Hsu) sigue a tres inmigrantes (un boliviano, una coreana, un taiwanés) en el ámbito del mercado del mismo nombre en Buenos Aires, con un logrado clima de intimidad y momentos eficaces pero excesiva simpleza, como si sólo importara ver cuándo y cómo cada uno de ellos consigue pareja y trabajo. El rostro (Gustavo Fontán), en cambio, a partir del regreso de un hombre al lugar donde nació, se interna en una búsqueda imbricando capas de significado con una belleza árida, inquietante.
Entre las extranjeras en competencia, la ganadora Fifi howls from happiness (coproducción franco-estadounidense dirigida por la iraní Mitra Farahani) resultó auténticamente interesante al revelarnos a un artista desconocido (Bahman Mohassess), de talento y personalidad a discutir, apelando a sus puntos de vista y los de la directora, a registros audiovisuales de distintas épocas y a digresiones sobre el arte, la política, la vida y la muerte. Otra película que trasuntó libertad fue la tailandesa Mary is happy, Mary is happy (Nawapol Thamrongrattanarit), que recrea los 410 twitts reales de una adolescente en un relato hecho de fragmentos muchas veces imprevisibles y graciosos, que lamentablemente se extiende más de la cuenta y es asaltado hacia el final por un hecho trágico.
Tanto la chilena Naomi Campbel – No es fácil convertirse en otra persona (Nicolás Videla/Camila José Donoso) como la francesa Grand Central (Rebecca Zlotowski) abordan problemáticas del mundo actual con seriedad, aunque sujetándose a fórmulas conocidas. La digna soledad de una transexual que se gana la vida como tarotista sin el dinero suficiente para someterse a una operación de cambio de sexo y el riesgoso trabajo en un reactor nuclear de un grupo humano que incluye un joven enamorado de la mujer de uno de sus compañeros, son la base de estos films que, aunque poco originales, saben comprometer afectivamente al espectador, en el segundo caso con conocidos actores como Tahar Rahim, Léa Seydoux, Olivier Gourmet e incluso el argentino Nahuel Pérez Biscayart. Por su parte, The wait, del estadounidense M. Blash (que como actor trabajó bajo las órdenes de Gus Van Sant y Kelly Reichardt), comienza como algo prometedor pero deriva en una belleza formal sin rumbo, lo que comprende casonas, bosques, varios jóvenes intérpretes y vanos ejercicios con la cámara.
Fuera de la competencia era posible encontrar a una divertida Isabelle Huppert junto a Sandrine Kiberlain (Une affaire d’amour) en la ocasionalmente ocurrente Tip Top (Serge Bozon) y disfrutar de las charlas del jovial Richard Linklater con el sabio James Benning en un documental de Gabe Klinger.  Double Play: James Benning And Richard Linklater bien puede ser visto como un índice de los muchos, provechosos encuentros (entre directores de distintas generaciones, entre diferentes tipos de cine) que el festival estimula.

Por Fernando Varea

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